CAPÍTULO 44
MADELINE
Ayer, cuando regresé al estudio y dejé a Eiden abajo, con el deseo todavía tensándole la mandíbula y la mirada clavada en mi espalda como una promesa peligrosa, me sentí poderosa.
Durante años, cada decisión importante de mi vida ha estado marcada por el miedo: a decepcionar, a equivocarme, a no estar a la altura de unas expectativas que nunca fueron realmente mías.
Con Eiden he aprendido a arder, a perder el control, a entregarme; pero después de esto, he aprendido algo nuevo:
A escucharme a mí misma, a dejar que mi corazón haga lo que le plazca sin pensar en nadie más.
Me acompañó hasta la puerta sin volver a tocarme como si aquello no le estuviera costando una barbaridad. Cualquier otro día me habría rodeado la cintura, me habría arrastrado con él sin pedir permiso, me habría recordado —con hechos, no con palabras— que me deseaba.
Pero no lo hizo, y no pude más que sonreír con la certeza de que esta vez todo sería diferente. Cerré la puerta con el corazón acelerado, apoyé la frente en la madera y respiré como si hubiera estado conteniéndome durante semanas.
Cuando se lo conté a Maya, apenas tuve tiempo de dejar el bolso en el suelo.
—¡Lo habéis arreglado! —gritó, llevándose las manos a la cabeza.
Empezó a dar pequeños saltitos por el estudio, riéndose, girando sobre sí misma como una niña.
—Estoy orgullosa de ti, bombón —dijo de pronto, deteniéndose frente a mí—. Le has obligado a demostrarte que puede ser algo más que control y deseo.
Me dejé caer en la cama, agotada emocionalmente, mientras ella se sentaba a mi lado.
—Y escúchame bien —añadió, bajando un poco la voz—. Cuando te cases con Eiden…, dejarás de ser una Crowley.
Sentí un nudo en el pecho, pero cuánto necesitaba oír esas palabras en voz alta.
—Se acabó el apellido, la tortura emocional que has soportado durante toda tu vida. Se acabó esa familia que nunca te dejó ser tú —continuó—. No es solo casarte con él, es salir de ahí para siempre.
Crowley nunca había sido solo un apellido.
Era una jaula elegante, un nombre que sonaba bien de puertas para fuera y dolía por dentro.
Pensar en soltarlo para siempre me produjo una sensación extraña, como si por primera vez alguien aflojara una cadena que siempre había llevado puesta sin darme cuenta.
Dormí profundamente, sin pesadillas ni sobresaltos, aferrada a esa idea.
Pero hoy mis nervios están hechos polvo.
Son apenas las once y media de la noche y el club entero vibra como una bestia a punto de despertar.
Puedo sentir la electricidad incluso antes de cruzar la puerta, la pelea de esta noche no es solo un combate más.
Es el cierre de lo que en su día fue el inicio de mi nueva vida.
La Leyenda contra el Cuadro de la Muerte.
Eiden contra Lucian, de nuevo.
Y no puedo evitar preguntarme si esta noche también marcará un antes y un después.
Sé que Eiden le ha permitido a venir a entrenar estas semanas, pero un combate significa mucho más, significa pactar una tregua.
El interior del club nos engulle como una boca hambrienta, las luces bajas, el olor a sudor y a alcohol…
El murmullo expectante de una multitud que no ha venido a ver deporte, sino sangre.
El sonido grave de la música retumba en mi pecho, acompasándose con los latidos de mi corazón, que va demasiado rápido para mi gusto.
Maya y yo avanzamos entre la gente cogidas de la mano, aprieto sus dedos con más fuerza de la necesaria, y ella se inclina hacia mí sin dejar de caminar.
—Tranquila, bombón —me dice al oído con una sonrisa—. No la volverán a liar, he amenazado a tu hermano con tenerlo un año entero sin sexo si la caga.
No puedo evitar soltar una pequeña risa nerviosa.
—Y Eiden… —continúa— no se arriesgaría a perderte de nuevo. Tenlo claro.
Joder, eso espero, porque no podría soportarlo. Le sonrío agradecida y nos colocamos cerca del cuadrilátero. Parece más pequeño de lo que recordaba, como si no estuviera hecho para contener a dos hombres como ellos.
El público ruge cuando Eiden aparece. La máscara en su rostro me lleva inevitablemente a esa noche que me persiguió y me reclamó suya, y tengo que contener un jadeo que amenaza con escapar.
Entonces aparece Lucian, el nudo en el estómago se aprieta hasta doler, cruza la mirada con Eiden y, durante un segundo, todo lo demás desaparece.
No hay rencor, odio o sed de venganza, hay… algo distinto, algo muy parecido al respeto, a una segunda oportunidad.
Cuando suben, el árbitro apenas tiene que dar instrucciones. Ambos las conocen, han estado aquí demasiadas veces. El primer golpe llega rápido, seco, y la multitud estalla.
No puedo apartar la mirada, los movimientos son precisos, calculados. No es una pelea caótica, es casi… íntima. Escucho risas roncas entre los golpes y eso, de algún modo, me tranquiliza. No quieren matarse, al menos no esta noche.
Lucian gime de dolor cuando recibe un golpe directo en las costillas.
Eiden responde con un bufido que suena peligrosamente cercano a una carcajada.
El sudor les empapa el torso, los músculos tensos brillan bajo las luces del cuadrilátero, y cada vez que Eiden recibe un golpe, el aire se me atasca en los pulmones.
Cada vez que es Lucian el que cae contra las cuerdas, Maya me aprieta la mano con más fuerza.
—Joder… —susurra—, están disfrutando, los cabrones.
Y tiene razón, hasta que deja de ser un juego.
El golpe llega sin aviso, un derechazo brutal de Eiden que impacta de lleno en la mandíbula de Lucian, provoca que su máscara se mueva unos centímetros y mi corazón se detiene cuando veo a mi hermano caer al suelo.
—¡Eh! —grito, adelantándome un paso sin darme cuenta.
El silencio es inmediato, Eiden se queda inmóvil, respirando con dificultad. Da un paso hacia él, incrédulo.
—Tío… —le gruñe, agachándose un poco—. ¿Qué coño haces? Levántate.
Lucian no se mueve.
El árbitro empieza a contar.
Uno, dos…
Lucian abre los ojos, me busca entre la multitud y, aunque no puedo verle la cara, sé por sus ojos que está sonriendo cuando cabecea, negándose a levantarse.
—Esta vez no… —murmura, lo suficientemente alto para que yo lo oiga, para que Eiden lo oiga—. Sigo pensando que tengo razón, un desempate entre nosotros tenía que ser legendario…, pero hoy no quiero ser yo el ganador.
El murmullo del público se convierte en tensión pura.
Cinco, seis…
Lucian no se levanta.
Siete, ocho…
El árbitro alza la mano y Leyenda se convierte en el rey del club.
El combate ha terminado, pero el eco de lo que acaba de ocurrir sigue vibrando en cada rincón del club.
Durante unos segundos nadie parece saber muy bien qué hacer.
El público grita, algunos lo celebran, otros insultan a mi hermano, pues han perdido mucho dinero por su derrota, y hay quienes simplemente observan en silencio, conscientes de que han sido testigos de algo más que una victoria.
Yo no me muevo, no puedo, tengo la mirada fija en el centro del cuadrilátero, en Eiden, que sigue allí de pie con los puños aún cerrados, respirando hondo, como si necesitara asegurarse de que todo ha sido real.
No celebra su victoria con la arrogancia que todos esperan, me observa durante un segundo y se gira hacia Lucian.
Y ese gesto, tan sencillo, me rompe un poco por dentro, Eiden le tiende la mano en una oferta silenciosa que no exige nada a cambio.
Lucian tarda un segundo eterno en aceptarla, pero cuando finalmente lo hace, el murmullo vuelve a crecer.
Mi hermano se incorpora con dificultad, se apoya en Eiden un instante más de lo necesario, y entonces se abrazan.
Un abrazo breve, tosco, torpe, de esos que solo se dan los hombres que no saben cómo expresar lo que sienten sin violencia de por medio.
Para el resto del mundo, ese gesto significa deportividad, pero para mí… significa el final de una guerra.
Siento cómo el aire vuelve a entrar en mis pulmones cuando Lucian baja y camina directo hacia Maya. Ella no se lo piensa dos veces y se lanza a abrazarlo con fuerza.
—Estoy orgullosísima de ti —confiesa de forma tierna y sincera.
Lucian se ríe con cariño, le coloca bien las gafas a mi mejor amiga con chulería y le aparta el pelo de la cara para acercarse a ella.
—Tu forma de chantajearme ha sido cruel, May, pero eres la mejor.
Yo no puedo evitar sonreír también, nos movemos hacia la zona privada del club guiadas por mi hermano, doy por sentado que la gente retendrá a su ganador durante unos instantes más, pero entonces lo siento.
Unas manos firmes rodean mi cintura y, antes de que pueda protestar, el mundo se mueve.
Eiden me levanta del suelo como si no pesara nada, me alza en brazos delante de mi mejor amiga y mi hermano mientras me sostiene contra su pecho, sudado, caliente, real.
—¡Oye! ¡Bájame! —protesto entre risas nerviosas, apoyando las manos en sus hombros.
—Mi mayor victoria es haberte recuperado, lobita, no creas que no voy a gritarlo a los cuatro vientos —asegura con voz ronca, mirándome a través de la máscara como si no existiera nada más.
Lucian resopla.
—Eh, campeón, me debes una copa por esto.
Maya levanta el brazo de inmediato.
—¡Sí! —exclama—. ¿Nos vamos de fiesta? Yo necesito sudar toda esta puta tensión… y quizá quitársela a este de aquí de otra forma. Se ha portado bien, ¿eh?
Lucian niega con la cabeza, resignado, mientras Eiden me baja al suelo con cuidado, aunque sin dejar de rodearme la cintura.
Salimos del club juntos. Los cuatro. Joder, resulta hasta extraño.
En el coche, Eiden y mi hermano dejan las máscaras.
Literal y figuradamente. El trayecto es ruidoso, Maya y yo no podemos dejar de comentar la pelea, la tensión que hemos sentido, e incluso me tomo la libertad de regañar a mi futuro marido por ser tan bruto, lo que les arranca a todos una sonrisa genuina.
Nos divertimos más de lo que creía posible, durante unos minutos, olvido todo el desastre que nos rodea a mí y a mi familia, la presión de los medios y del padre de Eiden por la boda.
Me olvido de todo y me alegra poder hacerlo.
Llegamos a la misma discoteca donde bailé para él por primera vez.
Ya sin la máscara, puedo ver en la oscuridad de su mirada que el también recuerda con claridad aquel momento.
Dentro, la música es ensordecedora y pedimos una ronda de chupitos nada más entrar.
Brindamos y bailamos, el alcohol corre por nuestras venas, las luces parpadean, y la tensión entre Eiden y yo se vuelve casi tangible mientras nuestros cuerpos permanecen pegados al ritmo de la música, necesito más de él y negármelo es una tortura de lo más insoportable.
Muy a mi pesar, se separa un instante de mí para ir junto a mi hermano a por otra ronda de chupitos. Maya y yo parecemos sentir exactamente la misma necesidad cuando se alejan, pero disfrutamos bailando entre nosotras.
No sé durante cuántas canciones bailamos como unas completas posesas, solo sé que lo pasamos tan bien que me duelen las mejillas de tanto sonreír. Canto la canción que suena a todo volumen, pero me callo en el mismo instante en el que la mirada de Maya se ensombrece y lo siento.
Una mano ajena. En mi culo.
Me tenso de inmediato, no tengo que girarme para saber que no se trata de mi futuro marido, pues el tacto de este es inconfundible, es fuego en mi piel, sin embargo… ahora mismo siento el cuerpo congelado.
—¿Qué crees que haces? —grito girándome.
Lo reconozco de inmediato, pero no me da tiempo a nada más, pues Eiden se abalanza sobre él como una bestia desatada. Se lo lleva y lo empuja contra la barra con tal fuerza que los vasos tiemblan. Yo corro hacia él, con el corazón en la garganta.
—¡Eiden! —le grito—. ¡No!
Aquí dentro no lleva la máscara, la gente empieza a mirarnos con evidente curiosidad y temo que el futuro empresarial de Eiden se vea comprometido por culpa de esto. Lucian no entiende nada. Por suerte, Maya se apresura a aclarar la situación.
—Solo se lió con él una vez hace años, estábamos de fiesta y fue solo una noche… —susurra con desprecio—. ¿Quién coño se cree que es para tocarle el culo?
Eiden se gira hacia mí, con los ojos encendidos.
—Este tío ha decidido poner las manos encima de mi mujer. Así que le dejaré probar lo que ocurre cuando te plantas cara a cara con la máscara de Leyenda.
Lo agarra y se lo lleva a rastras hacia la salida mientras Lucian se parte de risa.
—Uhhh —susurra Maya—, qué sexy…
Pero mi cuerpo tiembla y salgo disparada tras ellos. Dios, que no lo grabe nadie…
Afuera, bajo las luces amarillas de la calle, Eiden le propina un puñetazo directo a Isaac —porque así se llama ese inútil— y lo deja inconsciente en el suelo.
Gruñe de placer mientras se gira hacia mí, respirando fuerte, con la sangre que le ha arrancado de la nariz aún caliente en sus nudillos.
—Sube, lobita —me ordena extendiéndome la mano y abriéndome la puerta del coche—. Estás oficialmente invitada al espectáculo.