Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

EIDEN

La veo bajar las escaleras del edificio y, durante un segundo eterno, todo lo demás deja de existir.

Lleva un vestido azul, sencillo, ajustado en la cintura y suelto hasta rozarle los muslos, su pelo todavía está húmedo, suelto, desordenado de una forma que me resulta peligrosamente familiar.

Sé que se ha duchado hace poco y una parte irracional y primitiva siente celos del agua caliente que ha recorrido su piel antes que yo.

Aprieto la mandíbula, está preciosa, siempre lo está, pero hoy… hoy me duele mirarla.

Porque perderla no es una opción, pero recuperarla puede que sí lo sea. Y esa posibilidad me tiene el estómago hecho un nudo desde hace diez días.

Cuando levanta la vista y me ve, el mundo se reduce a ese instante.

No sonríe, pero tampoco se gira para volver a subir.

Se queda quieta, observándome como si estuviera evaluando sus opciones. Me trago el orgullo, el miedo, la necesidad absurda de acercarme y tocarla solo para comprobar que es real.

—Hola, lobita—susurro al fin, con la voz más baja de lo que pretendía.

—Hola —responde ella jugueteando con sus manos nerviosa.

—Gracias por darme la oportunidad de hablar contigo —añado, porque necesito que sepa que no doy nada por sentado—. Sé que no me lo merezco.

Ella asiente despacio, se acerca unos centímetros a mí y la necesidad de besarla es tan fuerte que reprimo un gruñido.

—Necesitaba aclarar mi mente. —Me mira directamente a los ojos—. Pero es obvio que no pensabas rendirte, y a mí no me apetece guardar más silencio, ya no.

—No lo hagas, Mads —le suplico— podemos ir en coche a algún sitio tranquilo, sé que no querrás venir a la mansión, pero podemos….

Me mira unos segundos más, luego niega con la cabeza y se me para el corazón durante un segundo.

—Prefiero caminar.

Asiento sin discutir, haría lo que me pidiera ahora mismo, cualquier cosa.

Empezamos a andar uno al lado del otro, sin tocarnos.

El silencio entre nosotros no es incómodo, pero pesa.

Cada paso es una oportunidad para cagarla y lo sé, miro al frente, pero no dejo de ser consciente de cada movimiento suyo, de cómo el vestido se le pega a las caderas al andar, de cómo algunos hombres giran la cabeza al verla pasar.

Y joder. Cada vez que uno de ellos la mira más de la cuenta, siento el impulso automático de arrancarle los ojos.

No puedo evitarlo, los fulmino con la mirada uno tras otro mientras dejamos atrás el bullicio de la calle principal.

Aprieto los puños de forma inconsciente hasta que noto su risa suave.

—¿De qué te ríes, mmm? —pregunto juguetón, girando la cabeza hacia ella.

Me mira de reojo, con una pequeña sonrisa que no llega a ser del todo feliz, pero tampoco triste. Me lo tomo como un logro.

—Me hace gracia verte intentar contener las ganas de matar a todo el mundo.

Me detengo un segundo y acerco mi boca a la suya, no para besarla, si no para dejar claro que sigue siendo mía.

—Por ti lo haría —respondo con seriedad—, lo sabes, ¿verdad?

Mi mano se mueve sola y roza levemente su hombro.

Suspira contra mi boca un segundo antes de apartarse, el color rosado que ha teñido sus mejillas me tortura de forma peligrosa.

—Eiden… —murmura— no podemos. Primero tenemos que hablar, quizá sentarnos en alguna cafetería para no llamar demasiado la atención.

Obedezco sin rechistar, avanzamos un par de calles más en silencio hasta que diviso una pequeña, casi vacía, con las luces cálidas encendidas y apenas dos mesas ocupadas.

—Ahí —digo—. No hay casi nadie, tendremos privacidad.

Duda un segundo, luego asiente y entramos.

El camarero nos mira con curiosidad, estoy casi seguro de que nos reconoce de inmediato, pero no dice nada. Me adelanto, pido un doble espresso sin pensarlo y, antes de que ella diga nada, pido su bebida.

—Y un té. Con dos de azúcar.

Arquea ligeramente una ceja y sonríe, es una sonrisa pequeña, sincera y adorable.

Quizá no todo esté perdido…

Nos sentamos frente a frente, la mesa parece demasiado grande para la distancia real que nos separa. La observo mientras coloca las manos sobre la mesa y evita mirarme durante unos segundos más de lo necesario.

El camarero deja las bebidas sobre la mesa y se aleja. El vapor del café sube lentamente, pero yo apenas lo noto. Todo mi cuerpo está en tensión, como si estuviera a punto de entrar en un combate en el que no sé si voy a ganar.

Madeline rodea la taza de té con ambas manos, sin beber.

—Supongo que estoy preparada para escucharte —susurra al fin, sin mirarme todavía.

Asiento, sé que eso es todo cuanto puedo pedirle, trago saliva y me obligo a sostener su mirada cuando por fin levanta los ojos.

—No voy a justificarme —aseguro—, porque no hay justificación suficiente para lo que hice. Te mentí, te oculté algo que afectaba directamente a tu vida, a tu familia… y a tu seguridad.

Su mandíbula se tensa levemente, pero no me interrumpe, parece estar dispuesta a permitirme explicarme y eso me estruja el corazón hasta hacerlo sangrar, sé que no la merezco, pero tampoco estoy dispuesto a dejarla marchar.

—Decidiste por mí —espeta con la voz baja pero firme.

Asiento despacio, maldiciendo al Eiden del pasado un millón de veces.

—Sí. Y fue un error, el peor de todos.

Se inclina un poco hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa.

—No, Eiden —cabecea lentamente—. No fue solo un error, fue una decisión, fue exactamente lo mismo que han hecho mis padres toda la vida: decidir qué puedo saber, qué puedo soportar… qué es mejor para mí sin preguntarme.

Cada palabra es un golpe seco en el pecho, pero no aparto la mirada, merezco todos y cada uno de sus reproches.

—Mads…, si pudiera volver atrás, te lo habría contado desde el primer momento, incluso sabiendo que podías mandarme a la mierda.

—Pero no lo hiciste y no podemos volver atrás, eso lo sabes, ¿no? Se trata de que no vuelva a ocurrir. Y todavía no entiendo por qué hiciste las cosas de esta manera.

Doy un pequeño sorbo al café, solo para ser capaz de decir lo que voy a decir sin sentirme vulnerable.

Todavía no estoy acostumbrado a decir estas cosas, nunca nadie me había preguntado el motivo por el que soy como soy o hago lo que hago, y aunque parte de mí se siente incómodo cuando decido abrirme, hay otra parte que se siente reconfortada.

—Porque cuando te conocí, cuando dejaste de ser la hermana de quien me traicionó para convertirte en lo que eres ahora para mí, tuve miedo.

Levanta las cejas, sorprendida.

—¿Miedo? ¿Tú?

—Sí —aseguro sin dudar—. Miedo a perderte, miedo a que pensaras que todo lo nuestro era una manipulación…, aunque, en parte, lo fue.

Sus dedos aprietan la taza con más fuerza.

—¿En parte? —pregunta fulminándome con la mirada.

Respiro hondo e intento acercar mis manos a las suyas, me lo permite y eso me da las fuerzas necesarias para abrirme en canal ante ella.

—El acuerdo empezó siendo una negociación, necesitaba casarme contigo para vengarme y para heredar Ashford Security. Estuvo mal y no voy a negarlo. Pero lo que vino después, lo que construimos, tu risa, tu forma de mirarme cuando crees que no te veo…, eso nunca fue un plan.

—Pero usaste esa información para atarme a ti.

—Sí —admito más jodido que nunca—. Y es algo con lo que voy a cargar el resto de mi vida, porque no importa cuánto te quiera ahora, lo que hice al principio fue mezquino.

Se hace un silencio espeso, veo cómo lucha consigo misma, cómo quiere decir algo y no sabe por dónde empezar.

—Te echo de menos, Eiden —confiesa, haciendo que mis emociones estallen dentro de mí—, pero no podemos tener una relación en la que no podamos ser honestos, no puedo soportarlo.

Limpio las dos lágrimas que han brotado de sus preciosos ojos, sufriendo por ver el dolor que le he provocado.

—Tienes razón —susurro rozando su mejilla—, pero quiero…

, si me lo permites, me gustaría demostrarte que no volveré a hacer nada similar, nunca más.

—Asiente con rigidez—. Desde que entraste en mi vida todo ha cambiado.

—Sigo limpiando sus lágrimas, que ahora caen sin control—.

Ya no puedo imaginar un futuro en el que no seas mi mujer.

Quiero arreglarlo, tú eres todo cuanto tengo, lo único que verdaderamente me importa.

Sus ojos brillan con cierta ternura, sé que este lado cursi es tan jodidamente extraño para ella como lo es para mí, pero Madeline ha robado mi corazón y ya no soy yo quien controla las decisiones de este.

—No voy a tolerar más mentiras —asegura—. Ni medias verdades. Ni silencios «por mi bien». Si volvemos a intentarlo, quiero saberlo todo. Incluso lo que creas que puede hacer que me aleje.

—Lo haré —respondo sin dudar—. Te lo prometo.

—Las promesas no significan nada ahora mismo, Eiden.

—Entonces mírame. Mírame y dime si crees que podría volver a verte así…, alejándote de mí cuando eso es lo único que podría destruirme.

Sus labios se entreabren levemente. Se queda pensativa y me sorprende cuando coloca sus pequeñas manos sobre las mías y me mira fijamente con más amor del que merezco.

—Una oportunidad —susurra no muy convencida—. Una sola, si la cagas, te juro que se acabó.

—No necesito más de una, lobita, contigo no.

Me mira en silencio durante un tiempo que se me antoja demasiado largo, como si buscara fisuras en mis palabras.

—¿Y la boda? —pregunta de pronto—. ¿Qué pasa con eso?

Mi corazón se acelera.

—Solo ocurrirá si tú la quieres. Yo quiero casarme contigo. Dios, claro que quiero, pero si necesitas tiempo, lo tendremos.

—No quiero cancelar la boda, Eiden. Las parejas normales atraviesan baches, malos momentos, pero eso no significa que no te quiera… Simplemente no puedo permitir que vuelvas a hacerme daño.

—¿Acabas de decir que me quieres?

Traga saliva, esto lo cambia todo joder, todo.

—Te quiero —asegura con una pequeña sonrisa que me resulta lo más bonito del mundo—. Pero eso no significa que puedas olvidar lo que ha pasado, ni que confíe plenamente en ti.

—Lo sé.

Mi sonrisa se ensancha cuando veo cómo la suya resplandece, acerca su rostro al mío, tanto que temo perder el poco control que me queda.

—Significa que te voy a observar muy de cerca.

—Hazlo —gruño contra su boca—. No tengo nada que ocultarle a mi lobita, ya no.

Se inclina hacia delante y roza sus labios contra los míos, jugando con mi excitación y con mis nervios a partes iguales.

—Una mentira más, Eiden —advierte—, una sola y se acabó. Para siempre.

Asiento con solemnidad.

—Lo que diga mi mujer.

Y me besa. Me besa con ternura. Me olvido por completo de que estamos en un lugar público y gruño contra su boca, acercándola más a mí, explorándola con la lengua mientras me deleito con su sabor.

Dios…, cuánto la he echado de menos.

Tiro de ella hacia mí mientras me levanto, dejo un billete de cien en la mesa y no me quedo a observar cómo al camarero se le cae la mandíbula al suelo mientras cojo a Madeline entre mis brazos, obligándola a rodear mi cintura con sus piernas. Gimotea en mi boca.

—Mañana hay un combate en el club —digo entre besos mientras nos cuelo en un callejón sin salida y reparto besos por toda su cara—. Será entre Lucian y yo, será su regreso oficial, pero nos hemos dado de hostias más veces de las que te gustarían durante estos días.

Sus ojos se abren con sorpresa.

—¿Qué?

Acaricio sus piernas con mimo, disfrutando de tenerla abrazada a mí por fin.

—Digamos que… tenemos una tregua. Él ha cumplido su parte y quiero que vengas a vernos, también puedes traer a Maya si quieres. Quiero que formes parte de mi mundo solo si tú decides hacerlo. Sin máscaras.

Se queda en silencio. Luego suspira y se sobresalta cuando muerdo levemente la piel de su cuello.

—Está bien —responde entre pequeñas risas—. Iré, pero esta vez, comportaos.

Me da un leve empujón para apartarme y baja las piernas de mi cintura. Me quedo completamente quieto viendo cómo empieza a caminar, negándome su cuerpo y torturándome con su pequeña venganza.

—¿De verdad vas a dejarme así, lobita? Puedo ver cuánto me desea tu cuerpo desde aquí.

—Tendrás que ganártelo, Leyenda —añade, altiva, volviéndome jodidamente loco—, igual que todo lo demás.

Sonrío ante sus palabras y voy hacia ella, la cojo por la cintura y la cargo en el hombro, dándole un azote tan fuerte que su pequeño chillido provoca que un gato salga de su escondite para bufarnos.

—Te aseguro que lo haré.