CAPÍTULO 42
MADELINE
Llevo diez días encerrada con Maya en mi estudio, nuestra única compañía es Lucian, que se pasa por aquí todas las tardes, se asegura de que ambas comamos algo y, sobre todo, se empeña en que debo intentar solucionar la situación que ha provocado mi futuro marido.
Desde que Eiden se fue de mi habitación bajo la lluvia, dejándome con un nudo en el pecho que todavía no ha desaparecido, no me he sentido como en casa de nuevo.
Este lugar, que durante tantos años fue mi refugio, ahora se siente…
vacío. No físicamente, no de forma tangible, pues mis lienzos sin acabar siguen apoyados contra las paredes, mis notas descansan en el rincón de siempre, las estanterías continúan llenas de cuadernos e ideas a medio terminar, pero falta algo esencial, algo que no sabía que necesitaba para respirar hasta que se fue.
Volver a mis orígenes después de convivir con Eiden resulta abrumador.
Me cuesta sentarme frente a la mesa con mi taza de té suave sin imaginar la suya con café amargo al lado, ese que decía necesitar para no matar a nadie antes de las nueve de la mañana.
Me cuesta dormir con Maya a mi lado cuando mi cuerpo se había acostumbrado al peso de Eiden rodeándome por detrás, a su brazo firme anclándome a la cama.
Me cuesta despertar sin sentir su mano recorriéndome la espalda, sin sentir sus besos y sus caricias… Le echo de menos.
Y fingir lo contrario me agota.
Durante estos diez días, prácticamente no he estado sola; Maya solo se ha ido durante el día, cuando ha tenido que trabajar en la tienda, y me alegra verla hacerlo con una sonrisa cansada pero genuina.
Me hace muy feliz que al menos una de las dos tenga algo estable a lo que aferrarse mientras todo lo demás parece desmoronarse.
Por las noches, insiste en sacarme de aquí, dice que no puedo convertirme en una ermitaña con talento literario y trauma familiar, que necesito divertirme.
No tengo fuerzas para debatírselo, en parte sé que tiene razón, para aclarar mi mente, tengo que dejar de martirizarme.
Así que salimos, bailamos y nos reímos, y para sorpresa de absolutamente nadie, siempre hay un coche esperándonos para llevarnos de vuelta al estudio.
No sé quién es el hombre que conduce. Sé que lo manda Eiden y que trabaja para Ashford Security, ya que la primera noche intenté negarme, pero el conductor me entregó una nota.
De su puño y letra:
Solo quiero que llegues sana y salva a casa, lobita.
Permíteme al menos cuidarte, por favor.
Mi corazón se ablandó un poco, solo un poco. Lucian dice que debo expresar lo que siento, que seguir guardándolo todo no será bueno para mí. Y quizá tenga razón, no he sido capaz de hablar con Eiden, pero al menos he sabido volcar toda esa rabia y frustración en algo productivo.
He escrito todo lo que no soy capaz de decir en voz alta en uno de mis cuadernos, y lo que empezó como un puñado de emociones mal colocadas, se ha transformado en una vía de escape para expresarlo todo.
A veces, mientras escribo, me sorprendo pensando en él. En si le gustaría leerlo. Si reconocerá entre líneas todo lo que no he sabido decirle a la cara. ¿Entenderá cuánto me ha dolido y cuánto, a pesar de todo, lo sigo queriendo?
—Han llegado más —grita Maya desde la puerta, sacándome de mis pensamientos.
Parpadeo varias veces, como si no la hubiera escuchado bien.
—¿Más?
Ella sonríe con encanto al repartidor mientras recoge el enorme ramo de cien peonías frescas, brillantes incluso bajo la cálida luz de mi estudio, y cierra la puerta con el pie antes de girarse hacia mí.
—Como cada mañana —añade, entregándomelo—. Tu futuro marido tiene constancia, eso hay que reconocérselo… al muy imbécil. Con todos estos detalles me cuesta seguir odiándolo.
Mis dedos tiemblan cuando cojo la pequeña tarjeta que cuelga entre los tallos. La reconozco antes incluso de abrirla. Su letra.
Nunca perderé la buena costumbre de acecharte, lobita, pero, si me dejas, estaría más que encantado de cambiar esa rutina por la de tenerte entre mis brazos de nuevo y demostrarte que todavía puedes confiar en mí.
Lo siento, quizá esto no es darte el espacio que me pediste, pero sí es demostrarte cuanto me cuesta estar alejado de ti. Ojalá puedas perdonarme, porque yo ya no sé vivir sin ti.
Eiden.
Acuno la nota contra mi pecho sin darme cuenta, como si fuera algo frágil. Le quiero tanto que duele físicamente, pero la rabia sigue ahí, enroscada en mi estómago, amenazando con hacerme explotar en cualquier momento por el cúmulo de sentimientos que no sé gestionar.
Ha estado colmándome de flores y notas, eso no me lo esperaba. Pero lo que más me ha descolocado… es que me ha dado espacio.
Parte de mí esperaba que apareciera por la ventana en plena noche y me arrastrara de vuelta con él. Parte de mí lo deseaba. Pero ¿Eiden Ashford respetando los deseos de los demás por encima de los suyos?
Quizá sí fue sincero cuando me dijo que me quería.
—¿Sabes lo que creo, bombón? —dice Maya, cruzándose de brazos mientras parece leer mis pensamientos—.
Que te estás aferrando al dolor de la traición, porque afrontar la realidad de que tus padres te han mentido siempre y han puesto tu vida y la de tus hermanos en peligro es demasiado.
Si a eso le sumamos lo que ha hecho Eiden, es normal que el dolor sea tu refugio en estos momentos.
El escozor aparece detrás de mis ojos.
—Lo sé…, ¿crees que no lo he pensado? —murmuro—.
Si en realidad no estoy tan enfadada… A ver, ahora mismo me parece un gilipollas, pero igual Lucian tiene razón.
Ya lo escuchaste. Ellos tenían una relación muy cercana, Eiden incluso se está esforzando por perdonarle, a pesar de lo mucho que le dolió lo que mi hermano le hizo, pero a mí…
a mí no me conocía. Creo que se le fue de las manos y cuando empezamos a sentir cosas reales… ya no supo cómo decírmelo.
Maya se sonroja de forma descarada al escuchar el nombre de mi hermano, y la ternura me golpea sin permiso.
—Tu hermano es casi tan capullo como Eiden —bufa—. Primero lo droga y ahora parece su puto abogado. De verdad, estos hombres nos van a llevar por el camino de la desesperación.
Las dos estallamos en una carcajada breve y liberadora, me levanto con el ramo y voy hacia la cocina para ponerlo en agua, igual que he hecho con los otros. El primero ya está casi muerto. Las flores marchitas, los tallos vencidos, pidiendo a gritos que los deje descansar… Parecen una señal.
Quizá ya ha llegado el momento de ver qué cojones vamos a hacer con todo esto.
—Creo que… creo que tengo que hablar con él —digo al fin, sin mirarla.
Maya se gira tan rápido que casi se cae de la silla.
—¡Por fin! —exclama—. Estaba empezando a asustarme, creí que serías la primera chica en divorciarse sin haberse casado, ¿eso se puede?
Bueno, tía, no sé…, ¡estoy súper emocionada!
Sé que le quieres y sé que te quiere, muy a mi pesar no puedo recomendarte que le mandes a la mierda.
Quizá con un buen polvo de reconciliación…
—Maya —la corto entre risas—, solo vamos a hablar. No te prometo nada, ni a ti ni a él. Relájate, por Dios… Y no, no creo que puedas divorciarte sin casarte, maldita loca.
Me pega un codazo y recoge la nota para colocarla cuidadosamente junto a las demás.
—Pues a mí me parece súper romántico, es evidente que se arrepiente —declara—. Y sigo votando por el polvo de reconciliación.
La doy por perdida y me río. Antes de poder arrepentirme, busco su contacto y escribo un mensaje.
Yo: Estoy lista para hablar.
No le doy más vueltas y lo envío, suelto el móvil como si quemara y voy directa al baño.
Necesito que el agua caliente se lleve todos mis pensamientos negativos, que me ayude a ordenar el caos, porque hay algo que tengo muy claro: no voy a tolerar mentiras nunca más.
No después de haber vivido entre ellas toda mi vida aún sin saberlo.
Cuando salgo de la ducha, envuelta en vapor y con la piel aún caliente, Maya sostiene mi móvil con las cejas levantadas, moviéndolas de forma sugerente.
—Yo lo leería.
Se me seca la garganta.
Eiden: Estoy justo enfrente de la puerta de tu edificio, lobita.
Levanto la vista despacio.
—Joder, May… está aquí.
Ella sonríe, ladeando la cabeza.
—Yo diría que ha estado aquí todo el tiempo, la verdad, qué fuerte, ¡qué fuerte! ¿Ese cochazo es nuevo? Que adorable, como no le has llevado el suyo… ¡Obviamente me pido ser la dama de honor, eh!
Como si pudiera notar mi mirada en su nuca, levanta la cabeza, nuestras miradas se encuentran por primera vez desde que le pedí que se marchara.
Y mi corazón, traidor, late con fuerza.