CAPÍTULO 41
EIDEN
Irme de la habitación de mi prometida sabiendo que puedo perderla es, sin duda, lo más difícil que he hecho en mi vida.
No es solo cerrar la puerta de su ventana detrás de mí. Es aceptar que, por primera vez, no soy yo quien decide, que no puedo imponer, controlar, forzar ni intimidar. Que el poder no sirve de nada cuando lo que está en juego no es la empresa, una pelea, ni una maldita negociación…, sino ella.
Y no puedo perderla, sencillamente no puedo.
Quiero creer que me dará la oportunidad de demostrarle que puede confiar en mí, aunque sé que no me la merezco ni lo más mínimo. Ni la oportunidad… ni a ella.
Cada uno de sus gestos se me clava como una puta astilla.
La forma en la que me ha acariciado la cara mientras me pedía tiempo.
La sensación de su piel sobre la mía, como si con ese mínimo contacto intentara convencerme —o convencerse— de que esto no estaba roto del todo.
La manera en la que ha evitado mirarme cuando me ha dicho que me fuera…
No me ha mandado a la mierda. Al menos, no de forma permanente. ¿Qué clase de persona hace eso después de que le hayas hecho daño?
Nadie.
Solo Madeline.
Cualquiera en su situación habría sido egoísta, me habría echado de su vida sin mirar atrás, me habría castigado con el silencio, la ausencia y la indiferencia. Y aunque me hubiera roto por dentro, lo habría entendido. Lo habría aceptado, porque sin ningún lugar a dudas me lo habría ganado.
Pero ella no me ha alejado, tan solo me ha pedido tiempo.
Tiempo, cuando yo ya no sé respirar sin ella.
Pero se lo daré, haré todo lo que esté en mi mano por demostrarle que puedo ser paciente, que la quiero de verdad, y si para ello tengo que demostrarle desde la distancia cuÁnto significa para mí, será exactamente lo que haré.
La lluvia vuelve a empapar mi ropa en cuestión de segundos, el frío se me clava en los huesos, pero no lo siento. Mi cuerpo está demasiado ocupado intentando sostener mi oscuro corazón, que se desmorona dentro de mí.
Camino sin rumbo durante unos segundos, con las manos cerrándose y abriéndose como si quisiera agarrar algo que ya no está, pienso en la idea absurda y desesperada de trepar de nuevo hacia su ventana y llevármela a rastras conmigo, pero no puedo, no me lo perdonaría, y necesito que quiera estar a mi lado.
Necesito que elija, de la misma forma profunda y visceral que yo lo hago.
Me paso una mano por el pelo con brusquedad, maldiciendo en voz baja, he hecho muchas cosas mal en mi vida, he jodido a mucha gente, no me ha temblado el pulso a la hora de hacer uso del miedo, el poder y la manipulación como herramientas.
Pero nunca… nunca había querido proteger a alguien de verdad, aunque no supiera reconocerme a mí mismo lo que estaba sintiendo.
Y cuando por fin lo hago, lo hago mal.
La ironía casi me hace reír, levanto la vista dispuesto a largarme de aquí de una puta vez antes de cometer una locura… y entonces lo veo.
Lucian.
Apoyado contra el portón que separa la carretera principal del camino que conduce a la casa, empapándose igual que yo, fumándose un cigarro con expresión de pocos amigos como si me hubiera estado esperando. Genial, justo lo que me faltaba.
Paso de largo sin mirarlo, decidido a ignorarlo. No tengo fuerzas para él. No después de haberme derrumbado como lo he hecho en su puta casa hace apenas unos minutos.
—No tan rápido, Leyenda.
Me detengo en seco.
Respiro hondo. Una vez, dos… no sirve de una mierda, me giro despacio con los puños apretados, la mandíbula tensa y el cuerpo preparado para lo que sea.
—No estoy para tus mierdas, Lucian —gruño—. Te juro que como me toques los huevos te destrozo aquí mismo, hijo de puta.
Él suelta una risa breve, cansada, y me mira directamente a los ojos, no es una mirada desafiante, y desde luego no se parece en nada a cualquier forma en la que me haya mirado antes, parece sentir… ¿compasión? Joder, no estoy de humor para su falsedad.
—No te tengo miedo, Eiden. Has acabado con todas tus bazas posibles contra mí al enamorarte de mi hermana.
Sus palabras me golpean más fuerte de lo que quiero admitir, ¿resulta tan evidente?
—Solo hay que verte la cara —continúa— para saber que estás tan jodidamente enamorado de ella, que el hombre que fuiste una vez ya no existe.
La rabia me sube de golpe, no parece estar diciéndolo con socarronería, aun así… doy dos zancadas hacia él y aprieto el puño, incapaz de contenerme.
Lucian levanta las manos en señal de paz de inmediato, y no entiendo absolutamente nada.
—Para, joder —dice mientras el humo de su cigarro nos envuelve despacio—. No he salido aquí para pelear, lo que intento decirte es que puedo ayudarte.
Me quedo quieto con el puño aún apretado, preparado para partirle la cara si se atreve a amenazarme.
—¿Ayudarme?, ¿tú? —me río con amargura—. Venga ya… Vete a la mierda, no necesito tu ayuda.
—Sí la necesitas. Si de verdad la quieres, puedo ayudarla a ver que todo esto no ha sido más que otra mentira de nuestro padre, pero no te perdonará tan fácilmente que se lo hayas ocultado ni que lo hayas utilizado para atarla a ti, y en eso la apoyo.
Sin embargo, quiero verla destrozada por tu culpa.
Aprieto los dientes, pero relajo el puño, escuchándolo casi sin darme cuenta.
—Tú eres un cabrón —añade—, pero hiciste lo que hiciste por mis acciones, si yo no hubiera tenido tanta ambición, si no hubiera traicionado tu confianza, jamás habrías empezado esta guerra, eso puedo asumirlo.
Y puedo disculparme también, Eiden, porque la jodí, pero sé que mi hermana te quiere, y creo estar convencido de que tú la quieres a ella, es la primera vez que te veo dejar tu orgullo a un lado por alguien, así que supongo que solo quiero ayudar a arreglar esta mierda. Haría cualquier cosa por ella.
Exploto en una carcajada vacía, rota, que no tiene nada de humor.
—¿Dónde está el truco? —pregunto—. ¿Quieres pasta? ¿El club? Tú jamás me ayudarías solo porque sí. Y Madeline me dará otra oportunidad solo si ella quiere. Tú no puedes hacer nada.
Lucian apaga el cigarro con los dedos y lo deja caer al suelo mojado.
—Se te olvida que una vez fuimos amigos —me recuerda con media sonrisa—. Y aunque no hice las cosas bien, eso sigue significando algo para mí.
Levanto la mirada hacia él, incrédulo, ¿el mundo se ha vuelto loco o qué?
—Dime algo, Eiden —continúa— ¿La quieres?
No respondo. No porque no sepa la respuesta, sino porque decirla en voz alta ante él me expone de una forma que jamás he permitido.
—¿La quieres? —insiste— Es todo lo que necesito saber.
Me doy la vuelta para irme, no pienso darle ese poder.
Doy dos pasos… y me detengo. El pecho me duele de verdad. Como si alguien me hubiera metido la mano dentro y me estuviera apretando el corazón sin piedad. El orgullo se me cae a pedazos, y por primera vez desde que conocí a Lucian, no me importa lo que piense de mí.
Me giro y lo fulmino con la mirada, juro que si se atreve a reírse…
—No la quiero, Lucian —susurro, con la voz rota—. Estoy seguro de que la amo.
Decirlo me deja vacío, vulnerable, desnudo. Lucian sonríe despacio, como si acabara de confirmar algo que ya sabía desde hace tiempo, pisa el cigarro y me sostiene la mirada.
—Eso es todo lo que necesitaba oír —afirma—. Te ayudaré y estaremos en paz. —Da un paso hacia mí—. Pero si vuelves a hacerle daño, no te drogaré, te mataré directamente. Que lo sepas.
Levanta la mano para sellar una especie de tregua surrealista.
No puedo evitar soltar una risa amarga. Si alguien me hubiera dicho hace un año que acabaría pactando con Lucian por amor… le habría partido la cara.
Pero aquí estoy, por Madeline, solo por ella.
Le estrecho la mano, dispuesto a hacer lo imposible por demostrarle a mi lobita que lo único que no puedo perder es a ella.
—Me gustaría ver cómo lo intentas, pásate por el club mañana, a ver si te crees que vamos a pactar una tregua con un sencillo apretón de manos…
Sonríe y asiente, acepta mi ofrenda de paz. Si de verdad va a ayudarme, si va a hablar con ella, a Madeline le haría feliz que enterremos el hacha de guerra, ¿no?
Estoy desesperado. Y en momentos jodidos, medidas más jodidas todavía.
No le doy la satisfacción de alargar más de lo necesario este momento, me doy la vuelta y voy hacia la carretera, pidiendo un taxi por el camino.
Mientras espero, tengo claras dos cosas:
La primera: si consigo que me perdone, jamás volveré a ocultarle nada.
La segunda: haré todo lo posible por recuperarla.
Cueste lo que cueste.