Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

MADELINE

Eiden Ashford acaba de decirme que me quiere.

Joder.

Que me quiere, ha dicho. Porque lo ha dicho, ¿no?

Las palabras siguen flotando entre nosotros como un eco imposible de silenciar, incrustándose en cada rincón de mi pecho mientras una mezcla violenta de rabia, dolor y un calor abrasador me recorre el cuerpo.

Es la primera vez que estoy sintiendo algo así, y es tan extraño que dudo por un segundo que todas estas emociones puedan vivir realmente dentro de una sola persona.

Por un lado, sé que se ha equivocado estrepitosamente, que ocultar algo semejante, y no bastante con eso, utilizarlo para conseguir casarse conmigo, es algo que no debería perdonar.

Pero por otro, sé que estoy total y perdidamente enamorada de él, que todo lo que hemos vivido, la forma en la que yo me he abierto, haberme conocido a mí misma solo cuando he estado a su lado, ha sido real.

Y puedo comprender que no haya sido fácil, yo no sé si podría sentarme al lado de mi pareja y decirle: «oye, tu padre es un traficante, os ha mentido toda la vida y, para colmo, yo he utilizado esta información para chantajearle y así poder vengarme de tu hermano casándome contigo».

Vamos es que…, dios, suena horrible incluso en mi cabeza.

La persona de la que estoy enamorada está arrodillada frente a mí, con los ojos enrojecidos y las pestañas aún húmedas a causa de las lágrimas, diciéndome que también me quiere.

Y debería ser lo más bonito del mundo. Debería lanzarme a sus brazos, aferrarme a él como si fuera el único lugar seguro que me queda, permitirme vivir este momento sin pensar en nada más.

Pero no puedo.

Porque mientras mi corazón grita su nombre, mi cabeza me suplica que huya, que recuerde lo que ha hecho, lo que me ha ocultado, que sabía que yo vivía en la ignorancia más absoluta.

Lucian me lo ha advertido cuando hablamos, pero ahora más que nunca, sé que no estamos a salvo aquí, incluso la energía de Eiden parece cambiar dentro de esta casa, nunca lo he visto tan asustado, y es evidente que verme dentro de estas paredes es una tortura para él.

Una mala jugada de Edward y todos nos iríamos a la mierda. Ese hombre ya no es mi padre, y mi madre… mi madre tampoco es inocente. Nos ha puesto en peligro durante toda nuestra vidas guardando silencio, permitiendo que todo siguiera su curso mientras fingía fragilidad y sumisión.

Las cadenas invisibles de esta familia siempre han estado ahí, cada vez que hemos intentado alzar mínimamente el vuelo, nos han arrastrado de vuelta al suelo. Incluso mi estudio tuvo que ser aprobado por ellos, por el amor de Dios.

Pensar en lo cerca que hemos estado de que algo horrible ocurriera me hiela la sangre. Y el hombre que tengo delante lo sabía.

Y no me lo contó.

—Joder, Eiden… —mi voz tiembla—, es que no es tan sencillo. Ya no sé… no sé si puedo creerte.

Él deja caer la cabeza contra mi vientre como si no pudiera sostener el peso de mis palabras, como si le hubiera arrancado algo vital del pecho.

—No será sencillo —murmura con la voz rota—, y lo siento. Te pediré perdón de rodillas todos los días si hace falta, te demostraré que puedes confiar en mí, por favor…

Mis dedos se mueven casi sin darme cuenta, acariciando los mechones húmedos de su pelo, me agacho hasta quedar a su altura, obligándome a mirarlo a los ojos.

—Nada me gustaría más que creerte —susurro completamente rota—, de verdad que quiero.

Pero durante todo este tiempo he pensado que estábamos construyendo algo, por retorcido que fuera, y ahora ya no sé qué ha sido real para ti.

Y eso duele. ¿Puedes comprenderlo? Creía que tú eras la primera persona que intentaba querer a mi verdadera yo.

Me sujeta la cintura con una delicadeza que me desarma, como si fuera algo frágil, irremplazable.

—Y la quiero, Madeline. Te quiero —asegura con una convicción que me hace titubear—. Te quiero en todas y cada una de tus formas. Me he enamorado de todo lo que eres. Pensé que jamás podría albergar un sentimiento así.

Sé que es verdad, lo sé en lo más profundo de mí. Y, aun así, no puedo perdonarlo de inmediato.

Necesito tiempo, espacio. Necesito…, no lo sé, pero sé que no puedo marcharme agarrada de su mano como si esto no hubiera ocurrido.

—Te creo —concluyo—. Sé que lo sientes, pero necesito tiempo para procesarlo. Si de verdad me quieres…, si esto significa para ti tanto como para mí, sabrás respetarlo.

Asiente con desesperación, una y otra vez, como si temiera que cambiara de opinión en cualquier momento. Ese gesto me rompe un poco más el corazón, parece un niño aferrándose a la esperanza, no el hombre despiadado de negocios, ni la Leyenda oscura que todos temen en el cuadrilátero.

—Puedo darte tiempo, mi amor. Puedo hacerlo, aunque estar separado de ti sea mi mayor castigo, lo aceptaré. Si es por ti, lo aceptaré. Solo prométeme que no te perderé, por favor…

Se inclina ligeramente hacia mí, y antes de que pueda pensarlo demasiado, tomo la iniciativa y le levanto la barbilla para que me mire, solo para tranquilizarlo. Su rostro tiembla bajo mis manos, y sé que no es por el frío.

—No me perderás si sabes luchar por mí, Eiden —susurro contra sus labios—.

No puedo ignorar lo que sientes, lo que yo siento, pero en el mundo real, en las relaciones de verdad, hay consecuencias.

Has jugado con mi confianza y necesito saber que esto no volverá a ocurrir. Ahora mismo no puedo confiar en ti.

Se levanta y me envuelve entre sus brazos con fuerza, aspirando el aroma de mi pelo como si quisiera grabarlo en su memoria.

Me aferro a su camisa empapada y las ganas de llorar de nuevo me desbordan ante la contradicción brutal de pedirle tiempo y, al mismo tiempo, desear huir con él en ese instante, alejarme de esta familia, dejarlo todo atrás.

Se separa despacio, besa mi frente y deposita algo frío en mi mano.

—Me iré por esta noche —promete—. Pero vuelve conmigo, lobita, por favor… Te quiero, y, si me lo permites, lucharé todos los días para demostrar que te merezco.

Las llaves de su coche descansan en mi palma, y reconozco en el mismo llavero la llave que abre las puertas de mi estudio. No sé cómo las habrá conseguido, pero, francamente, no importa, me reconforta saber que esta misma noche podré dormir allí, alejada de mi padre, alejada del peligro.

Alejada de él… y aunque eso no me hace tan feliz como debería, dada la situación, sé que es lo correcto.

Asiento despacio, sin apartar los ojos del manojo de llaves, y me niego a observar cómo se levanta y se marcha. En cuanto la puerta de mi ventana se cierra detrás de él, me derrumbo.

Lo veo marcharse a pie, dejando su coche justo donde lo ha aparcado, ofreciéndome la oportunidad de conducir hacia la mansión, hacia él.

Yo misma le he pedido que se marche, entonces, ¿por qué duele tanto?

Rompo a llorar de nuevo y Maya entra casi de inmediato, me envuelve entre sus brazos, fuerte, protectora. No sé dónde está Lucian, pero ahora mismo no puedo preocuparme por eso.

—Le he pedido que me dé tiempo —sollozo—, pero… ¿está mal que le quiera?, ¿que culpe más a papá que a él de todo esto? Joder, soy un puto desastre, siempre lo he sido…

Me sujeta por los hombros y me mira con dureza.

—Bombón, jamás de los jamases —me regaña, firme—, en tu puta vida vuelvas a atreverte a decir eso en mi presencia.

Eres la mujer más fuerte que he conocido en mi vida, has estado atada a esta familia desde que naciste, y esas cadenas casi te ahogan, así que si quererle te hace sentirte libre, entonces, maldita sea, que se esfuerce para que puedas quererle.

Asiento débilmente y nos tumbamos juntas en la cama, no dejo de llorar mientras me acaricia el pelo y los brazos empapados. No tengo fuerzas ni para cambiarme, ni para secar el agua que aún se pega a mi piel bajo el pijama.

Y es precisamente esa humedad la que me recuerda que todo ha sido real.

Que Eiden me ha dicho que me quiere.

Y que yo le he pedido que se marche.

—Voy a irme al estudio esta noche, me ha dado las llaves de su coche, pero no soy capaz de conducir, ¿me llevas? —suplico levantándome apenas un poco.

Se seca las lágrimas que no había notado que emanaban de sus ojos y asiente despacio, apresurándose a coger una pequeña mochila en la que empieza a meter mi ropa interior y algunas muda de ropa de forma descontrolada. Está deseando sacarme de aquí y yo no tengo intención de volver nunca más.

Ya no soy una Crowley.

Y no sé si quiero ser una Ashford, pero sé que quiero ser Madeline, la verdadera Madeline.

No estoy dispuesta a perderme, ya no.