Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

EIDEN

Me he vuelto completamente loco. No hay otra forma de describirlo.

He peinado la ciudad entera como un puto animal, recorriendo uno por uno todos los lugares que mi lobita suele frecuentar con Maya, entrando en cafeterías, galerías, librerías y centros comerciales que jamás me han importado lo más mínimo, subiendo y bajando escaleras mecánicas sin prestar atención a nada más que a cada rostro que se cruzaba conmigo, buscando el suyo con una desesperación que me quemaba el pecho mientras ignoraba a la prensa, que estaban tan felices como extrañados de encontrarme en lugares tan poco comunes.

He llamado a Maya más veces de las que puedo recordar, hasta que el sonido del tono de llamada se me ha incrustado en el cerebro como una maldición.

He agotado cada opción racional, cada sitio lógico, cada maldita posibilidad que tenía sentido, y cuando ya no quedaba nada más a lo que aferrarme, cuando el miedo ha empezado a transformarse en algo más oscuro, más peligroso, he acabado haciendo lo impensable.

He llamado a Lucian.

No quería pensar que Madeline estuviera en esa casa. No quería imaginarla regresando a ese lugar, al yugo familiar que la aplastó durante años, con una familia que nunca supo verla ni cuidarla como se merecía.

Ella siempre habla de lo libre que se siente ahora, de cómo respirar sin ese peso la hace feliz, y pensar que hubiera vuelto ahí me revolvía el estómago.

Pero al final no he podido más y aquí estoy, empapado hasta los huesos, con la lluvia cayéndome por la espalda y el corazón latiéndome tan fuerte que me duele, teniéndola a solo un cristal de distancia, mientras el alivio me golpea con tanta fuerza que casi me deja sin aire.

Está bien.

Está viva.

Respira.

Sus ojos están abiertos y me miran.

Eso es suficiente para calmarme, y, sin embargo, la rabia me atraviesa de nuevo cuando veo cómo Lucian da un paso al frente, colocándose entre ella y yo como si tuviera que protegerla de mí, como si yo fuera el enemigo.

Maya también está tensa, a la defensiva, observándome como si esperara que diera un solo paso en falso.

Que les follen a los dos.

No he llegado hasta aquí para discutir con nadie. No les he roto la mandíbula a los gorilas que su padre tenía en la puerta ni he escalado hasta su ventana para intercambiar miradas cargadas de reproches.

Lo único que me importa es recuperarla, asegurarme de que está a salvo, traerla de vuelta conmigo.

Veo cómo Madeline les dice algo a ambos.

No llego a leerle los labios, o tal vez sea la ansiedad que llevo reprimiendo desde hace horas la que me nubla la vista, pero sus palabras parecen calmarlos poco a poco.

Maya protesta, Lucian discute algo más, pero finalmente, no sin antes clavarme una mirada cargada de advertencia, se marchan.

No aparto los ojos de él ni un segundo y, cuando desaparecen del cuarto, Madeline se acerca al ventanal con las piernas temblorosas. Sus manos pequeñas y delicadas se posan en el cierre, la veo dudar un instante antes de abrir, como si ese simple gesto fuera a cambiarlo todo.

El cristal se abre ante mí y no me lo pienso.

Me abalanzo hacia ella y la envuelvo en mis brazos con una fuerza que roza la desesperación, enterrando el rostro en su cuello, respirándola, necesitándola, comprobando que es real.

Mi cuerpo tiembla al imaginar todo lo que podría haber pasado, cada escenario posible cruzándome la mente como cuchillas.

La podrían haber secuestrado, torturado, asesinado…

Su padre no se dedica a negocios limpios, no se lo conté cuando tuve ocasión y esto podría haberle costado la vida a ella.

Un escozor familiar me arde detrás de los ojos y, por primera vez en mi vida, no lo contengo. Las lágrimas salen sin permiso, sin control, como un río desbordado que empapa todavía más su ropa, su piel, su cuello.

Ella no se aparta, ni siquiera cuando nota que la estoy empapando, que me estoy desmoronando delante de ella. Cuando me separo apenas un centímetro y le sostengo el rostro entre las manos, alzando su barbilla para mirarla, lo sé.

Estoy enamorado de Madeline Crowley.

Lo entiendo en el instante exacto en el que nuestras miradas se cruzan y siento que, después de horas conteniendo la respiración pensando que la había perdido, por fin puedo volver a respirar.

—¿Estás… llorando? —susurra, incrédula.

No respondo, no puedo, me limito a besarle la frente, la nariz, a recorrer su piel como si necesitara memorizarla de nuevo, y cuando me inclino para besar sus labios, ella se aparta un poco.

Lo noto como un golpe seco en el pecho.

—Estaba preocupado por ti, dios… —murmuro con la voz rota—. Menos mal que estás bien, si te hubiera pasado algo, yo…

—¡BASTA!

Su voz estalla entre nosotros como un disparo.

Se aparta de mí con brusquedad, rompiendo el contacto, y me mira con los ojos llenos de lágrimas, de rabia, de un dolor tan profundo que me hiela la sangre.

—Deja de fingir que te importo —me espeta—. Deja de fingir que esto es real, lo sé todo, Eiden, y cuando digo todo también me refiero a lo que me has estado ocultando sobre mi familia.

El alma se me cae a los pies, el rechazo me atraviesa, pero lo que de verdad me revienta el corazón es pensar que cree que he estado fingiendo.

¿Cómo podría?

Es la primera vez en mi vida que dejo entrar a alguien de verdad, la primera vez que me permito sentir sin reservas, y no puedo soportar que piense que nada de esto es real.

Porque es lo más real que he tenido jamás.

Ella rompe a llorar de forma descontrolada, su cuerpo se ve sacudido por sollozos que me parten en dos, y me acerco con las manos temblorosas, incapaz de quedarme quieto. Alza la mano apenas un poco.

—No, no me toques —me rechaza mientras sigue llorando desconsoladamente.

Y me quedo paralizado.

Nunca he obedecido una orden sin luchar por lo que quiero, sin imponerme, sin romper lo que hiciera falta, pero con ella…, joder, con ella es distinto. No respetar sus deseos me resulta imposible, aunque hacerlo me duela más que nada en el mundo.

—Te lo puedo explicar —susurro con la voz quebrada—, yo…, joder, Mads, quería protegerte, ¿vale? Y yo nunca he querido proteger a nadie. Quizá no lo he hecho bien, pero creía… creía que, si yo te protegía, si no descubrías esto, nada te haría daño.

Se limpia las lágrimas con la manga de su pijama de seda empapado, como si ya no le importara nada, como si el temblor que recorre su cuerpo fuera secundario.

—He sido sincera contigo, ¿sabes? —me dice, mirándome como si le doliera hacerlo— Incluso cuando no lo merecías.

Incluso cuando el inicio de nuestra relación era demasiado para mí, en todo momento he sido transparente y tú…

me has estado mintiendo todo este tiempo.

Así que el que me ha hecho daño has sido tú, Eiden.

No.

No, no, no.

No puedo ser el causante de su dolor. Esa no puede ser su conclusión. He hecho todo lo que estaba en mi mano, me he apartado de Lucian, me he centrado en ella más que en el trabajo o  en las peleas, la he protegido de los medios, de los buitres, de todo lo que pudiera hacerle daño.

Y no ha sido suficiente.

Porque lo único que ella esperaba de mí era sinceridad. Algo que nunca tuvo en su propia familia. Joder. Y aunque lo he intentado, al final le he fallado.

—Creía que te protegía… —susurro—. Creía que lo estaba haciendo bien, Mads, perdóname, por favor…, yo…

Ella se da la vuelta.

Negarme sus ojos es lo que termina de romperme.

—Vete, Eiden —suplica entre sollozos—. Esto ha acabado, nosotros, nuestro falso compromiso, todo. Ya tienes lo que querías, el plan era destrozarnos, ¿no? Pues enhorabuena, lo has hecho de lujo.

¿Irme?

¿Falso compromiso?

Ya, y una mierda.

Avanzo hacia ella y me dejo caer de rodillas en el suelo, la cabeza baja, humillado, destrozado, intentando demostrarle cuánto lo siento, lo mucho que me importa, lo que desearía poder volver atrás y contárselo todo desde el principio.

—Te he dicho que te vayas —insiste—. No lo hagas más complicado, por favor…

Entre lágrimas, le cojo la mano con cuidado, acaricio sus nudillos con delicadeza, logrando que se gire. Alzo la mirada y dejo que vea mi alma a través de mis ojos, sin esconderme de ella o de lo que siento.

—No puedo marcharme, lobita.

Ladea la cabeza mientras sigue limpiándose las lágrimas con la mano que tiene libre.

Me destroza verla tan dolida, tan desconsolada, tan ausente.

Lo haría todo por ella, esto lo he comprendido hoy, pero sospecho que ese sentimiento llevaba instalado en mi pecho mucho más tiempo del que me he permitido reconocerme.

—¿Por… por qué? —Intenta hablar sin que se le quiebre la voz.

Se acabaron los secretos. Se acabaron las medias verdades. ¿Quiere sinceridad? Pues es exactamente lo que tendrá, porque sin ella nada tiene sentido.

—No puedo alejarme de ti —confieso con la voz rota— porque te quiero, Madeline. Te quiero tanto que duele, y yo nunca he querido a nadie.