CAPÍTULO 38
MADELINE
Las gotas de lluvia resbalan por el cristal de la ventana de mi antigua habitación con una insistencia casi cruel, como si alguien hubiese decidido marcar el ritmo exacto de este momento con cada golpe húmedo y repetitivo, y no puedo apartar la mirada de ellas porque hacerlo significaría pensar, y pensar ahora mismo duele demasiado.
La habitación huele igual que siempre, a madera cara y a sábanas limpias, aun así, me siento más fuera de lugar que nunca, como si este espacio ya no me perteneciera, como aunque nunca lo haya hecho de verdad.
Maya no deja de caminar de un lado a otro, estirándose del pelo, mascullando insultos entre dientes, golpeando el suelo con pasos nerviosos mientras se caga en todo lo que existe con una rabia que apenas logra contener.
Lleva así desde que la llamé y le contamos lo sucedido; yo la necesitaba y Lucian… parece más tranquilo con ella.
Pero yo no puedo moverme, no puedo decir nada, no puedo siquiera llorar. Me quedo sentada sobre la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y las manos entumecidas sobre el regazo, mirando al vacío mientras la realidad me atraviesa como una hoja afilada.
Joder.
Mi padre es un puto fraude. Un traficante de mierda.
La idea me revuelve el estómago con tanta violencia que tengo que tragar saliva varias veces para no vomitar aquí mismo.
Una cosa es estar metido en peleas ilegales y en apuestas clandestinas como Eiden o Lucian, pero esto…
esto es distinto. Drogas…, utiliza la empresa familiar como tapadera, usa nuestro apellido, nuestro apellido , para mover mierda a espaldas de todos nosotros.
Ahora lo entiendo todo, tanto esfuerzo por moldearnos, por hacernos parecer la familia perfecta, por no llamar demasiado la atención.
Él solo quería llevar la empresa familiar tan alto que no se notase todo lo que habitaba en sus cimientos.
Y lo que más me duele, lo que más rabia me provoca es recordar todas esas veces en las que me miraron por encima del hombro cuando me machacaron diciéndome que debía esforzarme más con el arte y con la música, como si yo fuera el problema.
¿Para qué? ¿Para poder seguir manteniendo su tapadera perfecta mientras yo me rompía intentando ser algo que nunca fue suficiente para ellos?
—¿Tu madre lo sabe, Mads? —pregunta Maya de pronto, deteniéndose en seco frente a mí, con los ojos brillantes y la voz tensa.
Antes de que pueda responder, Lucian, que está sentado a los pies de la cama, me aprieta suavemente las rodillas entre sus manos para que deje de temblar, como si supiera que estoy a punto de romperme en mil pedazos.
—Sí —gruñe con tanta rabia que temo que explote—. Lo sabe, no está directamente involucrada, pero no ha hecho nada por detenerlo. Por eso siempre estaba tan callada, tan sumisa…, tan jodidamente moldeable al lado de papá.
Cierro los ojos un segundo porque ahora todo cobra un sentido que me hace daño.
Mamá siempre mirando al suelo, evitando el conflicto, desapareciendo cuando las cosas se ponían feas.
Lo ha sabido todo este tiempo, justo por eso no paró mi inminente matrimonio, seguramente creyó que se trataba de temas mucho más turbios que un simple acuerdo o incluso la venganza por parte de Eiden.
Lucian lo ha descubierto todo a base de colarse en el despacho de nuestro padre hasta dar con la verdad, pero descubrir que mamá siempre lo ha sabido y no ha hecho nada por sacarnos de esto…
—¿Y Julian? —susurro, casi sin voz— ¿Lo sabía también?
Lucian niega despacio, con la mandíbula tensa.
—No, ninguno de nosotros lo sabía, nos han tenido engañados toda la vida —escupe—.
Pero Julian…, joder, Julian siempre ha tenido el ego demasiado grande.
Ha sido fácil para papá manipularlo, convertirlo en su marioneta perfecta.
Ahora entiendo por qué le jodía tanto que nosotros quisiéramos ser libres, necesitaba a sus muñecos funcionando sin hacer preguntas.
Maya lanza una patada furiosa al pie de la cama, maldiciendo en voz alta, y el ruido seco resuena en la habitación como un disparo. Lucian se pone de pie de inmediato, tan rápido que casi me sobresalta, y se acerca a ella con una preocupación genuina e inesperada.
—¿Estás bien, May? —pregunta bajando la voz.
El roce casi imperceptible de su pulgar contra la mejilla de mi mejor amiga hace que ella se estremezca apenas un segundo, y aparto la mirada, fingiendo que no lo he visto, porque ahora mismo no tengo fuerzas para que me parezca adorable el gesto, porque mi cabeza solo puede pensar en una cosa.
Más bien en alguien.
Eiden.
Él lo sabía, lo ha sabido todo este tiempo, desde el instante en el que utilizó esta información para forzar nuestro compromiso, para atarme a él con una verdad que yo desconocía por completo, y esa certeza me atraviesa con una mezcla de dolor, traición y una tristeza tan profunda que me cuesta respirar.
Estos meses lo han significado todo para mí. Todo, joder.
Creía, como una ingenua, que pese a nuestra forma grotesca de conocernos e incluso lo inusual de todo nuestro compromiso, estábamos construyendo algo real. Me he sentido segura, no solo con él, sino conmigo misma, y esto lo era todo para mí, lo que siempre anhelé para mi vida.
Y, aun así, no puedo creer que haya sido capaz de ocultarme algo semejante, utilizando esta información durante tanto tiempo.
Supongo que pudo ser miedo a perderme, miedo a que me alejara, pero la idea se me deshace en las manos al instante porque, siendo honesta, Eiden jamás me ha dicho que me quiera.
Yo he anhealdo verlo en sus actos, en sus gestos, en la forma en la que me cuida, en cómo me mira, pero ahora… ahora ya no estoy segura de nada.
Solo espero que lo que tenemos no haya sido falso por su parte, porque me destrozaría el corazón. Puedo aceptar que quisiera vengarse de mi hermano, que hiciera lo que mejor se le da y consiguiera la información necesaria para ello, pero cuando nos conocimos…, no lo sé.
Quiero, no, necesito pensar que lo que sentimos es mutuo y real, debe haber una buena explicación para ocultar algo así durante tanto tiempo.
No he encendido el móvil, lo apagué después de hablar con Lucian, y aunque sé, con una certeza casi dolorosa, que debe estar buscándome, no tengo fuerzas para afrontar esto.
Hace horas que salí de la mansión y el atardecer ya empieza a teñir el cielo de tonos grises y violetas entre la lluvia cada vez más intensa.
—¿Qué vamos a hacer, bombón? —cuestiona Maya, intentando ayudarnos—. ¿Quieres que le parta las piernas al hijo de puta de tu futuro marido? Seguro que Lucian me ayuda, será capullo…
Una risa débil se me escapa sin permiso, rota, inútil.
—No quiero hacer nada, Maya —murmuro—. Supongo que…
que se ha acabado, seguramente esto era parte de su plan.
Ya no sé lo que es real y lo que no, ya no queda nada de mí sin que él forme parte de eso, y nuestra familia nunca ha sido simbólica, pero ahora…
sé que he vivido en una puta mentira toda mi vida.
Y lo digo de verdad, porque puedo llegar a creer que destrozarme fuese su plan inicial, aunque no quiera pensar en ello, aunque duela hacerlo.
Me he alejado tanto de la realidad, lo he querido ver todo con tanta ilusión que finalmente he acabado permitiendo que me rompan el corazón, tanto él como mi padre.
Lucian suspira derrotado, y vuelve a sentarse frente a mí.
—Sabes que estará buscándote, Mads —asegura con suavidad—.
Maya tiene veintiocho llamadas perdidas y yo ocho.
Me ha llamado, joder, y él jamás perdería así su orgullo.
Debes hablar con él, exigirle explicaciones, que afronte esta mierda.
Pégale una hostia si lo necesitas, te juro que te ayudo si me lo pides, pero si no hablas con él… echará la ciudad abajo.
Niego con la cabeza un par de veces, incapaz de imaginarme enfrentándome a Eiden ahora mismo, incapaz de ordenar el caos que llevo dentro.
De pronto, Maya y Lucian se quedan completamente blancos, y no entiendo por qué se han quedado así hasta que lo escucho.
Un sonido suave, casi imperceptible, un repiqueteo húmedo contra el cristal que no pertenece al ritmo constante de la lluvia, sino a algo deliberado, medido, demasiado cercano.
El corazón me da un vuelco tan violento que siento cómo la sangre se me agolpa en los oídos, y un cosquilleo oscuro, denso y absolutamente primitivo me recorre la columna vertebral de arriba abajo.
No quiero girarme, no quiero mirar, porque una parte de mí ya sabe lo que voy a encontrar. Pero una fuerza superior a mi voluntad me empuja a moverme despacio, y cuando mis ojos se posan por fin en la ventana, todo lo demás deja de existir.
Está aquí.
Ha trepado hasta mi habitación como si la gravedad no significara nada para él, como si la lluvia, el frío y la lógica fueran conceptos irrelevantes cuando se trata de encontrarme.
Está empapado de pies a cabeza, me fijo en el cabello oscuro pegado a la frente, la camisa fuera de lugar, que siempre está dentro de los pantalones de traje, arrugada, abierta lo justo para dejar ver la piel tensa de su pecho, y sus nudillos…
joder, sus nudillos están ensangrentados, enrojecidos, hinchados, como si hubiera golpeado algo con demasiada fuerza.
Y sus ojos… Dios, nunca he visto nada igual.
Están inyectados en sangre, oscuros, desbordados de una furia y una rabia contenida. Cuando clava su mirada en la mía siento el impacto físico de ello, como si me hubiera agarrado por dentro, como si hubiera cerrado el puño alrededor del corazón.
Lucian se mueve primero, instintivo, protector, colocándose más cerca de la cama, y Maya contiene la respiración a mi lado, pero Eiden no les dedica ni una sola mirada.
Solo me mira a mí.
Ladea la cabeza despacio, evaluándome, recorriéndome con la vista como si necesitara asegurarse de que estoy entera, de que sigo siendo real, y entonces levanta la mano, la misma mano que utilizó aquella noche para mancharse con la sangre de mi hermano, y pasa dos dedos por el cristal, recogiendo las gotas de la lluvia con sus dedos.
Mi respiración se acelera sin que pueda evitarlo.
Baja la vista apenas un segundo, lo justo para ver dónde está su mano, como si necesitase un contacto físico que le asegure que esto es real, y luego vuelve a fijar esos ojos en mí, atrapándome sin remedio.
Abre la boca y leo sus labios con una claridad que me aterra:
«Ábreme, lobita».
Y lo peor de todo no es el miedo que me sacude el cuerpo, si no el saber que, incluso ahora, sabiendo lo que sé, sintiéndome traicionada y confundida, una parte de mí se rompe al darme cuenta de que lo he estado esperando.