Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

EIDEN

Veinticinco de abril.

La fecha para la boda está fijada, estampada en cada puto posible documento, correo, anuncio interno, calendario digital y agenda física que posee esta empresa, y, por supuesto, esto no ha podido hacer más feliz a mi padre, que ha decidido que la reunión de hoy se convertiría en una emisión en directo para todos los medios, y que, por supuesto, no ha consultado conmigo; lo ha impuesto y punto, como siempre.

Que le jodan.

No necesito su aprobación, ni hoy ni nunca, pero al menos, gracias a esto, él, la junta y los medios nos dejarán a Madeline y a mí tranquilos el tiempo suficiente para poder aclararnos, tenemos que ser nosotros los que decidamos qué coño queremos hacer con nuestras vidas sin que el mundo entero meta la nariz donde no le corresponde.

Nunca había sabido hasta qué punto era importante anunciar que me casaría hasta que lo hice con ella.

Es surrealista, pero al parecer, durante años, el mundo entero había imaginado que mi destino sería vagar por la vida como el tiburón de los negocios que mi padre ha creado, condenado a nadar eternamente en aguas solitarias, desgarrar empresas, devorar rivales, y mantenerme firme, frío y solo.

Y lo peor es que yo también lo creía.

Lo asumí como una verdad absoluta, como un destino al que no tenía derecho a renunciar porque era lo que se esperaba de mí, porque la soledad y el éxito parecían venir en el mismo paquete.

Pero llegó mi lobita. Y… a la mierda. Todo cambió en cuanto ella me miró como si pudiera ver algo más que la máscara, como si pudiera ver al hombre que ni yo mismo sabía que existía dentro de mí.

No tiene ningún sentido seguir fingiendo que no siento algo por ella, porque lo hago.

Y quiero casarme con ella, joder, quiero tenerlo todo, quiero que sea ella la que elija voluntariamente estar conmigo y no porque yo la necesite ni por ninguna puta amenaza o venganza.

Quiero que sea mi mujer, que quiera quedarse, y después de la conversación que hemos tenido esta mañana, sé que al menos por ahora vamos en la dirección correcta.

Quizá no sepamos aún cómo se llama esto —cariño, amor, locura, obsesión—, pero nos movemos juntos hacia ello, lo cual es más de lo que pensé que tendría en mi vida.

No soy un hombre romántico, no me voy a convertir en un maldito osito de peluche dispuesto a recitar poemas empalagosos ni voy a empezar a escribir cartas perfumadas con pétalos de rosa; no va conmigo y ella lo sabe, y tampoco espera algo así.

Aun así, ha empezado a crecer en mí algo tan inesperado como incómodo, una necesidad casi primitiva de cuidarla, de protegerla, de interesarme por su día a día, por sus sueños, por lo que pasa por su cabeza cuando no está hablando.

Es extraño sentir que quiero saber qué piensa cuando se queda callada más de dos minutos.

Extraño, pero inevitable.

Nunca he sido una persona familiar, mi madre murió cuando yo era demasiado joven para recordar algo más que el olor de su perfume y la sensación de suavidad cuando me acariciaba el pelo, así que no sé lo que es tener una figura que te recuerde que no estás solo en el mundo.

Mi padre, por otra parte, ha estado siempre demasiado ocupado con la empresa, el dinero, el poder…

, con la imagen de la familia Ashford. Criar a su hijo nunca entró en sus prioridades.

No lo culpo del todo; supongo que, entre la pérdida de la que era su mujer y su ambición, no quedó espacio para nada más.

Y yo, para dejar de sentir esa soledad tan jodidamente intensa, me refugié en las peleas del club y en el trabajo.

Si no tienes tiempo libre para pensar en lo que te falta, directamente dejas de notar que te falta algo.

Ahora mismo tengo la cabeza tan aturdida que apenas coordino mis pensamientos.

Después de la reunión con la junta, de anunciar la fecha ante esos buitres disfrazados de ejecutivos, de soportar las felicitaciones vacías de los accionistas y la mirada satisfechísima de mi padre, solo quiero cerrar los ojos, desaparecer de este edificio y llegar a casa.

Quiero enterrarme entre las piernas de mi futura mujer y olvidarme del mundo, de los números, de los contratos, de las expectativas.

Joder, quiero tenerla debajo de mí, temblando, sonrojada, con su boca gritando mi nombre con esa voz que me vuelve loco.

Y no, no pienso sentirme culpable por desearla así. Me pertenece, ambos lo sabemos. Y lo que construyamos juntos, aunque sea oscuro y peligroso, será nuestro.

Pero claro, no podía irme sin escuchar el último martilleo agobiante del día: al salir del edificio, la puerta de cristal se ha abierto y me he encontrado con un muro de periodistas, fotógrafos y curiosos. Flashes por todas partes, micrófonos casi metidos en mi puta boca, voces peleándose entre sí.

—¡Señor Ashford! ¿Algún detalle sobre la ceremonia?

—¿Será una boda íntima?

—¿Cómo se siente sabiendo que está a punto de abandonar la soltería?

—¿Es cierto que la familia de la novia ha pedido discreción?

Casi me río, la familia de la novia… Menuda jodida ironía.

He respondido lo estrictamente necesario, con esa sonrisa controlada que tanto detesto, la que he aprendido a usar en negociaciones cuando quiero que traguen sin rechistar.

Ahora estoy, por fin, entrando en el coche, arranco y acelero con el único propósito de escapar de todo este circo cuanto antes y llegar a casa.

Camino hasta la entrada y entonces la veo, Lina está sentada en las pequeñas escaleras que dan al portón, con las manos entrelazadas sobre el regazo, la espalda demasiado recta, y los ojos clavados en el suelo.

Y eso ya es suficiente para saber que algo no va bien, Lina nunca espera fuera, no se pone nerviosa.

Así que verla ahí, encogida, mirando hacia mí como si esperara una sentencia, me paraliza durante un segundo que se siente eterno.

—¿Qué haces aquí fuera? —Mi voz sale más brusca de lo que pretendía, cargada de una impaciencia que se me escapa de las manos.

Ella levanta la mirada y su rostro, habitualmente sereno, se ve tensado por una preocupación que me atraviesa como un rayo.

—Eiden… —titubea—, Madeline se fue esta mañana, me dijo que solo iba a pasear y aún no ha vuelto. He estado esperando por si…, no lo sé…, tengo un mal presentimiento.

El mundo se me contrae, como si de repente la mansión, el bosque entero y el aire se cerraran en un puño alrededor de mi garganta.

—¿Qué? ¿A pasear? ¿A qué hora?

Lanzo preguntas sin dejar que ella conteste a nada, no puedo evitarlo, miles de escenarios turbios y dolorosos se instalan en mi mente, sobre todo teniendo en cuenta a qué se dedica su padre. Dios…, pensar en que cualquiera podría querer hacerle daño solo por un puto ajuste de cuentas…

O quizá me haya abandonado, después de todo.

—A las nueve…, más o menos —responde bajando la mirada como si hubiera hecho algo mal—. Intenté no preocuparme al principio, darle espacio, tal como pediste, pero ya han pasado muchas horas, y sabes que ella nunca se queda fuera tanto tiempo sin avisar…

Horas, joder, horas.

Siento algo reptando por dentro, subiendo desde mi estómago hasta mi pecho, rabia, angustia, miedo.

—Mierda, mierda, ¡MIERDA! —Me llevo las manos al pelo, tirando de él, intentando pensar, intentando ordenar algo que se ha vuelto un caos absoluto en cuestión de segundos.

Lina da un paso hacia mí, vacilante, me agarra de las manos y las aparta de mis mechones ya despeinados, acuna mi cara entre sus manos y me mira más seria que nunca.

—Sal a buscarla, por favor… —Su voz tiembla—. No me gusta esto…, no me gusta nada…

La miro, pero casi no la veo, estoy demasiado ocupado intentando no perder el control, me odio por haber cedido en esa estupidez de «darle su espacio».

Porque sí, soy posesivo, hostias, y sí, quiero saber dónde está mi mujer a cada segundo, pero también porque su seguridad es mi mayor prioridad, y ahora podría estar en peligro.

Si se hubiera ido con Maya, habría recibido una foto, un mensaje, un emoticono estúpido de compras. Pero cuando saco mi móvil y reviso la pantalla… Nada, ni un mensaje o llamada perdida.

Intento llamarla, una vez, dos, tres…, pero directamente salta el contestador. Parece que haya apagado el móvil, o quizá… ¿me habrá bloqueado? La sangre me golpea en los oídos como un tambor de guerra.

—Joder… —susurro.

Vuelvo a llamarla y salta el contestador otra vez.

—Joder —alzo la voz mientras aprieto el móvil entre mis manos con tanta fuerza que parece que vaya a partirlo.

Intento llamarla dos veces más sin éxito antes de subirme al coche y salir disparado, ¿a dónde? No tengo ni puta idea, pero necesito asegurarme de que está bien.

—¡¡JODER!!