Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

MADELINE

Cojo el móvil de la mesita de noche y compruebo que la batería ya está cargada.

Anoche olvidé completamente que existía, perderme en el cuerpo de Eiden fue inevitable y cuando eso ocurre me olvido del mundo, al parecer también ha ocurrido por la mañana, pues tengo dos mensajes de Lucian y seis llamadas perdidas.

¿Qué cojones?

Los mensajes se han enviado a las cinco y media de la mañana, lo cual me extraña todavía más.

Lucian: Mads, cógeme el teléfono joder.

Lucian: Cuando seas capaz de despegarte de ese hijo de puta, necesito que vengas a casa, YA, y ni se te ocurra decirle que vienes, tenemos que hablar.

Me llevo el móvil al pecho, sobresaltada.

Siento una pequeña punzada, Lucian no manda mensajes a esas horas de la mañana a menos que algo vaya muy muy mal.

Y Maya me dijo hace días que se ha quedado dormido en el despacho dos veces esta semana, que llega tarde al trabajo y que parece al borde de algo que ella no sabe identificar.

Estoy casi segura de que no ha dormido, de lo contrario, no habría estado tan despejado para llamarme y enviarme mensajes urgentes, apenas es capaz de ponerse la ropa correctamente cuando está recién despertado, y si no ha dormido es por algo que le está comiendo la cabeza.

Los leo una y otra vez mientras la incomodidad me muerde el estómago. No solo por la urgencia que desprenden, sino porque el segundo incluye una orden muy clara: no decírselo a Eiden.

Y, joder, eso me disgusta mucho más de lo que me gustaría admitir, porque desde hace meses nosotros…

Mi voz interna se corta sola, como asustada de reconocer algo en voz alta.

Algo que no sé si quiero afrontar todavía, pero está ahí, latiendo bajo la piel: esa sensación de que entre nosotros ha crecido algo más que tensión sexual, algo muy distinto a una guerra emocional, pues me he vuelto adicta al tormento delicioso que él representa.

Hemos aprendido a comunicarnos, yo le cuento cuándo escribo, cuándo entro en bloqueo o cuándo algo me asusta tanto que el síndrome del impostor se adueña de mí.

Él me cuenta cuándo se frustra, cuándo la empresa o el club son demasiado, y me permite acercarme, curarle las heridas, tanto físicas como emocionales, pues sé que carga con tantas cosas que a veces, cuando nos besamos, desconecta del mundo por un instante.

Es extraño y a la vez reconfortante, honesto, casi bonito.

Y ahora voy a irme sin decirle nada, voy a aprovechar que está con la junta, anunciando la fecha de nuestro compromiso nada menos, mientras yo me escabullo como una presa que aprovecha la oportunidad.

Es Lucian , me repito mentalmente. No puedo ignorarlo.

Me levanto de la silla rápidamente llamando a un taxi y vistiéndome con lo primero que encuentro, algo más que una de las camisas holgadas de Eiden y la ropa interior, pero sin pensar demasiado en mi reflejo.

El pulso sigue acelerado cuando bajo las escaleras.

Lina aparece desde la cocina con un paño en la mano y una expresión que parece leerme como si fuera un libro abierto.

—Cariño, ¿sales tan temprano? Tómate el té primero —me ofrece con ternura, ladeando la cabeza.

—Tenía ganas de pasear un rato, será mejor que ponga el té en mi termo, así puedo tomármelo por el camino —digo, obligando a mis labios a curvarse en algo que pretende ser una sonrisa.

Lina entrecierra los ojos, como si detectara la mentira flotando entre nosotras, pero finalmente asiente.

—Está bien, pero llévate el móvil por si acaso.

Solo puedo asentir, porque si supiera que voy a casa de mis padres a escondidas, llamaría a Eiden sin dudar. No quiero ponerla en esa posición.

Camino en silencio hasta que estoy lo suficientemente alejada del camino que da a la mansión, el taxista se aproxima, extrañado de ver a alguien aquí, en medio de la nada, pero le enseño la aplicación para que vea que soy yo y me deja subir.

—¿Dirección? —pregunta de forma rutinaria.

Se la dicto para que pueda colocarla en su GPS y el coche arranca. El trayecto es de treinta minutos, pero cada semáforo parece durar una eternidad, cada curva es más amplia de lo que debería, cada suspiro me pesa como si estuviera ascendiendo una montaña.

¿Qué habrá pasado? Los nervios se instalan en mi cuerpo y empiezan a sudarme las manos, las muevo de un lado a otro mientras intento convencerme de que no hay razones para entrar en pánico, pero cuanto más lo intento, peor me siento.

La casa de mis padres aparece finalmente, majestuosa y fría, tan ajena a cualquier concepto de hogar que siempre me pregunto cómo llegamos mis hermanos y yo a considerar que este sitio era nuestro.

Pago en efectivo —no quiero dejar rastro— y abro la puerta del taxi sin esperar a que el coche se detenga del todo. Mis piernas avanzan solas. Estoy a tres pasos de tocar el timbre cuando la puerta se abre de golpe y entonces lo veo.

Lucian, con la camisa desabrochada y las pupilas dilatadas por la falta de sueño, me envuelve en un abrazo tan feroz que me deja temblando.

—Estás bien —murmura contra mi pelo, hablando más para sí mismo que para mí—. Estás bien, joder, estás bien. Mads…, te juro que, si te está haciendo sufrir, ahora menos que nunca voy a controlarme. Lo mataré, aunque me cueste mi propia vida, ¿me oyes? Lo haré.

Me quedo congelada entre sus brazos, sintiendo el temblor en sus manos, en su pecho, en su respiración. Lucian nunca pierde el control así.

—Lucian —logro musitar, intentando respirar—, estoy bien, ¿vale? Estoy bien.

Él niega contra mi sien, como si esa palabra fuera demasiado débil para creerla.

—No hemos hecho nada que yo no quiera —añado, y siento el vértigo atravesarme—,pero…

Él se separa apenas, lo justo para poder mirarme a los ojos.

—¿Pero qué, Madeline? —Su voz es un filo afilado de preocupación y furia.

Sé que voy a joderlo todo en este mismo instante.

—No me odies, ¿vale? —Me tiemblan los labios—. Pero creo que… podría sentir algo por él. Y es una mierda, Lucian, es una gran mierda. Porque sé que te voy a decepcionar. Y sé que no debería, pero no lo he buscado, te lo juro, simplemente… pasó, y no sé qué hacer…

Por un instante creo que va a explotar, que va a gritarme, romper algo o dejarme aquí tirada y cerrarme la puerta en las narices, pero no lo hace. Por el contrario, me abraza más fuerte.

—Eh, hermanita… —Su tono se vuelve más suave de repente—.

Está bien, no me decepcionas. ¿Crees que soy idiota?

¿Que no veía venir esto? Siempre supe que tu corazón iba a encontrar algo bueno en él, Eiden fue mi amigo antes que mi enemigo.

Puedo entenderte, te juro que puedo, aunque no es lo que querría para ti, no te mentiré, pero si eres feliz, entonces todo está bien.

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que siento sus pulgares limpiando mis mejillas.

Y entonces, su rostro cambia, se endurece y adquiere un matiz distinto, mira de forma completamente paranoica a los lados antes de cogerme de la mano y conducirme a los jardines donde dimos la rueda de prensa que cambió mi vida no hace tanto.

—No te he llamado para discutir —asegura—. Y sé que te metí en un lío entrando en su mansión, Maya se llevó la carpeta de vuelta…, pero yo la leí, Mads.

Mi corazón deja de latir un segundo cuando veo como se tira del pelo con fuerza mientras traga saliva y cierra los ojos.

—Lo que había dentro… —Su voz se ensombrece—. Tenemos que hablar de papá, de nuestra familia, y de las mentiras que nos han contado.

Un escalofrío me recorre entera.

—¿Papá? —susurro—. ¿Qué mentiras?