Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 35 #2
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CAPÍTULO 35 #2

Madeline es un peligro para mi sistema, para mi lógica, para mi forma de sobrevivir en este mundo. Tiene la capacidad absurda de desarmarme sin tocarme, como si supiera exactamente dónde empujar para que algo dentro de mí se abra y deje de funcionar como debería.

La primera vez que lo noté fue una noche cualquiera; yo revisaba desde casa las apuestas del club y, al mismo tiempo, cumplía con la creciente montaña de responsabilidades que mi padre insiste en tirarme encima con más insistencia cada mes que pasa.

Está enfadado porque todavía no le hemos puesto fecha a la boda, pero que se joda.

Ella levantó la vista, se estiró despacio, dejó escapar un gemido suave por la tensión de su espalda y luego se levantó, caminó hacia mí, se sentó en mi regazo sin pedirme permiso y apoyó la cabeza en mi hombro, me quedé quieto, como si alguien hubiera tirado de un cable conectado a mi columna y me hubiera dejado sin energía.

La rodeé con los brazos y la apreté contra mi pecho, no dije nada, porque temía que, si lo hacía, se rompería el equilibrio. Desde entonces, momentos como ese se han vuelto frecuentes.

Me levanto para dejar a Lina en paz, le cabrea que nos quedemos más tiempo del necesario en esta mesa, impidiendo su orden y su horario estrictamente organizado, así que nos vamos juntos al gimnasio.

Tengo que quemar algo de energía, hoy tengo otra puta reunión con la junta, y sé que me van a exigir que les demos una fecha para la boda, tengo que pensar muy bien lo que voy a decir, porque por alguna extraña razón, no quiero joder el pequeño equilibrio que se ha establecido entre mi lobita y yo.

Se sienta en el suelo con las piernas cruzadas mientras me observa golpear el saco, sus ojos siguiendo cada movimiento con una mezcla de curiosidad y deseo silencioso, tardo más de una hora, pero ella ya está escribiendo, usando uno de mis bancos para hacer pesas con la libreta en la mano y varios papeles desperdigados, le levanto el mentón para que deje de estar absorta en ese manuscrito, y cojo una toalla que tiene al lado.

Me seco con ella y tiro de su pelo con suavidad hacia un lado, sentándome justo detrás de ella para devorarle el cuello.

Sé lo que necesita cuando está estresada, y no dudo en dárselo.

Gime contra mi cuerpo cuando la inclino hacia adelante y me deshago de sus pequeños pantalones de pijama, cogiendo uno de los preservativos de las pequeñas cestas que he repartido por toda la casa.

La obligo a romperlo con los dientes y enredo su pelo en mi puño mientras lo deslizo, untándola con la humedad que ya ha emanado de sus piernas.

Cuando de una sola estocada me hundo en ella, suelta un chillido de agonía y placer, y no puedo evitar gruñir mientras le tiro del pelo.

—Joder, Mads…— gruño dándole un azote que la hace contraerse a mi alrededor.

La penetro con fuerza, dominando su cuerpo y su mente, tal como sé que desea que haga, y cuando el orgasmo nos atraviesa, rozo mis labios contra su espalda, dándole castos besos que contrastan la crueldad con la que acabo de follármela, y ella los recibe de buena gana mientras deja que la coja en brazos para llevarla a la ducha.

Es como si la casa entera hubiera cambiado desde que ella está aquí, donde antes había huecos vacíos, ahora hay velas con olor a vainilla, ropa tirada por el suelo, fruto de los arrebatos para hacerla mía, y notas con ideas para su manuscrito por todas partes.

Esas pequeñas cosas me hacen recordar que soy más que la máscara que llevo en el club, me hacen desear cosas que no deberían formar parte de mi mundo.

El agua le resbala por las curvas impresionantes que posee. Me enjabona el cuero cabelludo y no puedo evitar fijarme en cómo sus generosos pechos se pegan a mis pectorales, es tan pequeña a mi lado… y aun así parece hecha a mi jodida medida.

Me niego a ponerle nombre a esto, me niego a llamar «amor» a lo que empieza a crecer entre mis costillas, pero no puedo negar que existe algo. Algo que se cuela por cada grieta que ella ha abierto, algo que no controlo, algo que no pedí.

Se fija en las marcas de mis nudillos mientras paso mis manos por sus pezones, duros a pesar de la temperatura infernal del agua, y su expresión mezcla la preocupación con el deseo.

Eso me provoca un efecto extraño: quiero irme, alejarme todo lo posible de ella, pero también quiero quedarme, ver qué pasaría si por una vez en mi vida, me permito no pensar tanto en las consecuencias.

Ella me limpia las heridas con una paciencia que nadie ha tenido conmigo jamás y se lleva mis nudillos a los labios, besándolos y dejándome completamente obsesionado con la forma en la que estos se pegan a mi piel.

—Deberías relajarte, no necesitas demostrarle nada a nadie, ni en el club ni en la empresa, no dejes que tu padre siga presionándote.

Y yo quiero decirle que esa no es la realidad, que en mi mundo demostrarlo todo es la única forma de mantenerse vivo.

—Necesitamos una fecha para la boda, lobita.

Ella ladea la cabeza, sé que se lo he soltado de sopetón, pero ya debería saber que no soy ningún príncipe azul y que mi forma de ser no es delicada.

Para mi sorpresa, no obtengo ninguna queja, más bien parece que esté pensando en ello.

—Tal vez… ¿abril? —propone—. Podría ser un buen momento, la prensa está empezando a impacientarse, las llamadas de mi padre son cada vez más frecuentes, está tan pesado… Cualquiera diría que teme por su vida, y eso que siquiera es de su incumbencia.

Mierda. Su padre, la amenaza, la venganza, la empresa.

Joder…

—¿Quieres que nos casemos en dos meses, Mads? —cuestiono buscando cualquier resquicio de resentimiento en su mirada: no lo encuentro—. Porque si no quieres, mira… no lo sé, no quiero hacerte más daño.

Parece que esas palabras se traducen en una declaración de amor o de lealtad eterna, pues en lugar de salir corriendo, entrelaza nuestras manos y me besa.

Es un beso intenso, lascivo, el sonido de nuestras lenguas apenas queda opacado por el agua que nos envuelve, me mira a los ojos apenas un segundo, se separa de mí y asiente con firmeza.

—No vamos a echarnos atrás, ¿no? —intenta cerciorarse, nerviosa—. Ambos sabíamos que este momento llegaría, y no sé qué será de nosotros, pero parece que nos va bien, así que quizá podamos descubrirlo.

Joder…, menos mal. No sé si podría dejar a un lado mi egoísmo y mi necesidad visceral de tenerla solo para mí, pero esperaba que se aferrara a la posibilidad de marcharse como a un clavo ardiendo, y al ver que no es así, no solo devoro su boca por puro instinto animal, sino para evitar decir algo de lo que tal vez me arrepienta después.

Mi vida dejó de ser únicamente mía cuando ella entró.

La pregunta es: ¿cuánto tiempo más puedo fingir que no lo sé?