Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

EIDEN

Tres meses después.

Hace meses que Madeline se rindió ante mí, meses en los que no solo ha dejado de temblar ante mis órdenes o mi presencia, sino que ha aprendido a mirarme directamente a los ojos sin bajar la cabeza.

Se ha liberado completamente de las ataduras, los miedos y las putas inseguridades que su familia le había impuesto durante toda la vida, y, joder, la verdadera versión de mi lobita me tiene completa y absolutamente obsesionado.

Me jode admitirlo, pero una parte de mí ha sido arrancada sin permiso y reemplazada por algo que no sé manejar.

Nunca pensé que pudiera llegar a sentir algo más que deseo, posesión o pura obsesión por otra persona, de hecho siempre he creído que eso era lo único que podía ofrecer, siempre supe que los sentimientos son una debilidad, una grieta demasiado jodida que cualquier enemigo podría utilizar en mi contra, pero ahora mismo sería incapaz de imaginar mis días sin tenerla cerca, sin verla entrar en la cocina por las mañanas con el pelo despeinado y las mejillas aún rojas por el orgasmo, sin escucharla cuando me cuenta cosas sobre su manuscrito, sin observar cómo mueve las manos mientras habla, como si el mundo necesitara que cada una de sus palabras tuviera un acompañamiento dramático para terminar de tener sentido.

Estos últimos meses han sido una espiral de sexo descontrolado, sí, no voy a fingir que no, porque joder, cuando nuestras bocas no están pegadas es porque están ocupadas con alguna otra parte de nuestros cuerpos, pero sería una mentira muy pobre reducirlo solo a eso.

Ella ha dejado salir la oscuridad que tenía guardada, esa que responde a la mía como si hubieran estado esperando encontrarse desde antes incluso de que aprendiéramos a escribir nuestro propio nombre.

Y no solo yo he explorado sus deseos más excitantes, sino que ella también ha sido capaz de satisfacer los míos, de forma tan precisa y brutal que a veces me pregunto si mi condenada alma estaba hecha a su medida desde el principio.

Es extraño sentirse así.

Y, aun así, aquí estoy, reconociendo que por algún motivo que todavía no acabo de entender, lo que siento cuando la veo dormir no tiene nada que ver con la lujuria.

Hay algo más, algo que me enfada por existir y que al mismo tiempo hace que quiera verla reír, aunque sea a costa de mis propios nervios.

Incluso he aguantado la presencia —en mi opinión, profundamente invasiva— de Maya en mi casa.

Al principio no quería ni verla, de hecho, la primera vez que entró por la puerta me dieron ganas de recordarle con detalle que fue ella quien le dio la contraseña a ese cabrón para colarse aquí, pero Mads me explicó una y otra vez que en sus primeras semanas aquí no se sentía segura, y en realidad la entiendo, porque justo esa era mi intención, joder.

Estaba asustada, estaba fuera de lugar, estaba completamente rota, y yo la quería así.

Así que no me han quedado más cojones que dejárselo pasar… a las dos.

Lucian sigue vivo por un único motivo: cuando Maya se presentó en mi casa para disculparse, lo hizo con la carpeta negra entre sus pequeñas manos temblorosas, sosteniéndola como si fuera una maldita bandera blanca.

La muy cabrona me dejó claro que no se arrepentía ni un segundo de haber velado por la seguridad de su mejor amiga, que, si tenía que volver a hacerlo, lo haría sin dudar, y que Lucian tampoco se arrepentiría nunca de proteger a su hermana.

Pero sí me aseguró que lo mantendría alejado de nosotros todas las veces que hiciera falta, mientras yo no hiciera daño a Madeline.

Me habría reído en su cara si no fuera porque Mads corrió hacia ella con la expresión más ilusionada que había visto, no quería alejarse de su mejor amiga y me imploraba con esos orbes marrones preciosos que las perdonara.

Joder, las cosas que hago por esta mujer…

Mientras, yo voy al club a entrenar o a la oficina a revisar que todas las empresas que hundo semanalmente sigan en la mierda, ellas suelen irse de compras juntas o a hacer no sé qué cosa a la que llaman «chismear», que consiste en hablar durante horas de cosas que yo no entiendo y que probablemente jamás entenderé, y aun así se ríen, se abrazan, se enfadan y se tiran en el sofá para después ver películas que para mí son más tóxicas que tres horas seguidas de política televisiva.

Son raras de la hostia, pero Maya hace feliz a mi lobita, y aunque jamás pensé que estas palabras saldrían de mi mente, es extraño, pero…

creo que eso también podría hacerme feliz a mí.

Y lo peor —o lo mejor, no sé— es que en estos meses también me he descubierto observando cada una de sus pequeñas manías, como si cada una de ellas fuera una pieza de un rompecabezas que no sabía que quería completar.

No bebe café a no ser que necesite desvelarse para escribir, a ella le gusta más el té, cuanto más dulce mejor, mientras yo no concibo empezar mi día sin un café tan fuerte que podría despertar a un muerto.

A ella le gustan las películas románticas donde los protagonistas lloran, se separan, vuelven, lloran otra vez, y yo disfruto como un cabrón viendo un buen combate real de boxeo donde, al menos, el golpe más bajo es eso: un golpe y no una metáfora emocional de mierda.

Ella suspira cuando lee escenas trágicas en sus novelas favoritas, yo gruño cuando los idiotas del club no saben levantar las manos en una guardia básica.

Ella escribe hasta que se le entumecen los dedos, yo destripo informes financieros como quien atraviesa carne con un puñal afilado.

Ella adora la lluvia, yo prefiero las noches despejadas donde la luna lo ilumina todo, sobre todo su cuerpo desnudo en mi cama.

Pero, joder…, encaja. Todo encaja.

—Ese café huele horrible —vuelve a quejarse mientras desayunamos, exactamente igual que todos los días—, ¿qué necesidad tienes de torturar tus papilas gustativas?

Pone los ojos en blanco y la miro fijamente para que comprenda la advertencia, sabe que provocarme así solo conseguirá que le dé un motivo real para rodar los ojos.

—No todos podemos beber azúcar caliente disfrazado de té, lobita.

Ella me lanza una servilleta, yo la esquivo con una facilidad que hace que ambos soltemos una pequeña carcajada, es una tontería… y sin embargo siento que podría acostumbrarme a esto.

Quiero hacerla enfadar solo para verla poner esa expresión indignada, hacerla reír solo para escuchar ese sonido tan putamente dulce que no merezco. Quiero… joder, no quiero ni admitir lo que quiero.

Lo más desconcertante es que no soy el único que ha cambiado, porque ella también se ha permitido conocer cosas de mí que nadie más conoce; disfruta de esa costumbre que tengo de entrenar de madrugada, cuando todo el mundo duerme, e incluso se inspira lo suficiente como para escribir justo ahí.

La primera vez que entró al gimnasio privado y me encontró allí, sudado, jadeando, golpeando como si estuviera dispuesto a romper el mundo, pensé que iba a salir corriendo.

Pero no lo hizo.

Se apoyó en el marco de la puerta, se cruzó de brazos y me miró fijamente.

—Si te matas a puñetazos algún día, te voy a odiar muchísimo, ¿a quién voy a fastidiar con mis revisiones literarias a las tres de la mañana?

Ese fue el primer día que pensé que quizá no estaba tan jodido como creía. Que quizá, solo quizá, podía existir un punto medio entre querer poseerla y querer… compartir algo con ella.

Tengo lo que quería, le he arrancado la máscara que le impusieron, su oscuridad jamás volverá a esconder las uñas, y esto ha provocado que Lucian se apague como una vela. Porque lo ha hecho, me he asegurado de que tenga claro que la versión que creía conocer de Madeline ya no existe.

Y todo esto lo he conseguido de una forma que no esperaba, siendo yo mismo con ella, quitándome mi propia máscara también.

Quizá sea ridículo, Madeline podría estar interpretando un papel perfecto solo para poder librarse de mí, pero… parece real.

Incluso Maya, a quien sigo considerando una intrusa profesional, ha empezado a perder esa costumbre de mierda de quedarse mirándome fijamente como si me lanzara cuchillos imaginarios.

Por eso prescindí de Mateo y de Dylan, los pillé mirando a mi prometida de forma anhelante más de una vez, así que era eso o arrancarles la cabeza.

Y creo que esa pequeña demonio puede protegerla de sobra en mi ausencia, por lo que la dejo quedarse a dormir cuando se les hace tarde y sé que voy a estar en el club.

Joder, incluso preparé el desayuno para las dos una de esas mañanas, y aunque Maya me miró como si yo fuera un oso polar sosteniendo una bandeja con cruasanes, Madeline se acercó y me abrazó por la cintura.

—¿Ves? Te lo dije, tiene un corazón escondido bajo toda esa mala leche.

Quise gruñirle que no dijera gilipolleces, pero ella apoyó la mejilla en mi pecho y durante un segundo no pude moverme.

Estos meses han sido una jodida montaña rusa de contradicciones, pero no quiero dejar de pasar mis días viendo cómo escribe horas enteras junto a la ventana del despacho, con su pelo cayéndole por la espalda, con sus dedos moviéndose tan rápido que a veces tengo que recordarle que respire.

Yo la miro desde el sofá con informes en la mano o con el portátil sobre las piernas, fingiendo que no estoy pendiente de cada gesto suyo.

Cuando se queda atascada, me pregunta si hace esto o lo otro, y yo, que del mundo literario sé lo justo, le recuerdo que a ella le salen mejor las cosas cuando ignora las normas.

Las noches… esas son otra historia. Porque, aunque ya no sean exclusivamente sexo, siguen siendo un incendio continuo, la deseo tanto que me cuesta mantener las manos lejos de su cintura cuando pasa a mi lado, la oscuridad que llevo dentro ruge pidiéndome que la arrastre al primer rincón y la haga perderse encima de mí hasta que olvide su propio nombre.