Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 34
75%

CAPÍTULO 34

MADELINE

En cuanto abro los ojos, lo primero que siento es un ardor intenso y delicioso entre las piernas. Es un recordatorio, una marca insistente de todo lo que pasó ayer, de la manera en la que su cuerpo y el mío encontraron un ritmo propio, como si el mundo entero se hubiese quedado atrás.

No he podido dejar de pensar en cómo me lavó el pelo, en cómo sus dedos recorrían mi cuero cabelludo con una delicadeza que no parece encajar con él, o cómo sus manos fuertes, capaces de arrancarme el aire del pecho en el bosque, también podían sostenerme sin romperme.

Joder. Este hombre me va a volver loca.

Muy despacio, retiro su brazo sin despertarlo.

Eiden duerme boca arriba, veo una línea suave entre sus cejas, como si incluso dormido notase que algo le ha apartado de mí, la sábana apenas le cubre la cadera y la luz grisácea del amanecer es lo único que suaviza lo salvaje que se ve así, tan expuesto.

Me levanto con cuidado y sin ninguna prenda sobre mi piel; estoy completamente desnuda, aun así, no me preocupa que él despierte y me vea así.

Camino hasta su escritorio, rebusco entre los cajones y encuentro un cuaderno aterciopelado color vino. Es precioso, lo abro para asegurarme de que no es nada importante y sonrío al ver las páginas completamente en blanco.

Perfecto. Cojo dos bolígrafos y vuelvo a la cama, Eiden sigue dormido, no puedo evitar acercarme y besarle el cuello muy despacio, sabiendo que él reacciona al mínimo roce.

Su respuesta es automática. Como un muelle tensado, su mano se enreda en mi pelo con fuerza, tirando de él hacia atrás, y me devora la boca con un gruñido.

—¿Qué crees que estás haciendo? —ronronea contra mis labios.

Me echo a reír, ahogando la risa en la curva de su mandíbula.

—Nada de eso… —susurro, apartando los bolis lo justo para no clavárselos—. Vamos a pactar las normas.

—¿Las normas? —Abre los ojos, incrédulo, peligroso… y divertido.

Acaricio su mejilla suavemente, parece la única forma de mantenerlo en un punto medio entre depredador y el Eiden tranquilo.

—Exacto. —Me siento a horcajadas sobre él, libreta en mano—. Regla número uno: nada de controlar mis movimientos bancarios ni leer mis manuscritos sin permiso, si quiero que leas una escena, yo te la enseñaré.

Él sonríe de lado.

—Cruel, muy cruel —murmura, deslizando las manos por mis muslos desnudos—. Regla número dos: me perteneces. Y eso significa que no voy a controlarte, pero debes ser tú quien elija respetar este compromiso, si no lo haces, entonces yo…

Le pongo una mano en el pecho para frenarlo, pero termino riéndome.

—Lo haré —respondo, mirándolo a los ojos—. No porque me lo ordenes, sino porque yo quiera hacerlo.

Él entrecierra los ojos, analizándome; no sabe si creerme, pero lo intenta, y eso me resulta adorable, a su manera completamente retorcida.

—Regla número tres —añado mientras escribo—: si queremos conocernos de verdad, tenemos que encontrar al menos media hora diaria para contarnos cómo ha ido nuestro día.

—Me parece razonable. —Se incorpora un poco, lo justo para que mi cuerpo quede más pegado al suyo—. Me gusta escucharte hablar.

Mi corazón se acelera un poco.

—Regla número cuatro… —suspira—: tienes que mantener a Lucian fuera de esto. No te pido que dejes de hablar con él, pero no lo quiero cerca.

La mandíbula de Eiden se tensa, me mira con intensidad mientras espera para saber si acepto esta norma o no.

—Es mi hermano —murmuro con un hilo de voz—, pero… supongo que puedo manteneros separados, ya es casi lo que he estado haciendo sin pretenderlo.

Su expresión cambia y de pronto parece complacido.

—¿Regla número cinco? —susurra acariciando mi abdomen muy despacio.

Trago saliva, me tiembla un poco la mano, pero me mantengo firme:

—Quiero que lo intentes —digo finalmente—, no porque te pertenezca por un estúpido acuerdo o por amenazas contra mi hermano. Quiero… que lo intentes de verdad.

Durante unos segundos no dice nada, ni pestañea, y temo que lo mande todo a la mierda en este mismo instante, pero su mano se alza y me toma el rostro, firme, cálida.

—¿Vamos a intentarlo de verdad? —pregunta con algo de desconfianza, enfatizando en el plural.

—Parece que sí —susurro contra sus labios.

Atrapa mis labios de nuevo y asiente lentamente, gimotea frustrado cuando me aparto y arranco la hoja, saltando de la cama para ir hasta el escritorio. Cojo un trozo de celo y vuelvo, subo a la cama y pego la hoja justo encima del cabecero.

—Hecho —digo, orgullosa.

Él se levanta también, me rodea la cintura con una mano y me arroja de nuevo a la cama como si no pesara absolutamente nada. Se coloca encima de mí, con su sombra devorando la luz del amanecer.

—Hecho, lobita.

Eiden baja su peso sobre mí, pero sin aplastarme, sosteniéndose sobre sus antebrazos. Su mirada recorre mi rostro como si estuviera intentando memorizarlo, y yo hago lo mismo.

—No tienes ni idea del peligro que acabas de aceptar —murmura, rozando mis labios con su lengua.

Aprieta mi cintura con una mano, firme, posesivo, como si quisiera asegurarse de que sigo aquí.

—Es nuevo para mí, conocer a alguien porque quiera hacerlo, pero creo que quiero ver a dónde nos lleva —admite.

Mis dedos suben por su espalda, siguiendo las líneas de los músculos y acariciando su piel.

—Tengo miedo —confieso de pronto, antes de que mi cerebro pueda detener mi boca.

Sus ojos se clavan en los míos, oscuros, intensos.

—Yo también —responde.

Estallo en una carcajada y él se une a ella.

—Serás mentiroso…

Sus labios me rozan el cuello y su risa me hace cosquillas en la piel.

—¿Sabes cuál es mi regla número seis? —susurra.

—¿Hay una seis? —pregunto con media sonrisa.

—Siempre hay una más contigo —responde, deslizando la nariz por mi mandíbula—. Y es simple: no vuelvas a despertarme besándome el cuello…, si no quieres que te coma viva.

Mi risa se transforma en un jadeo cuando sus manos bajan hacia el punto exacto donde mi pulso se acelera y me corta ligeramente la respiración.

Sus labios se funden con los míos y la intensidad que me atraviesa es tan fuerte que tengo que agarrarme a su nuca para no perderme.

Es un beso profundo, oscuro, lleno de implicaciones que ninguno entiende del todo, pero por primera vez en años, no siento que estoy actuando para complacer a nadie.

Por primera vez en mi vida… siento que estoy eligiendo algo —a alguien— solo por mí.