CAPÍTULO 33
EIDEN
Acabo de acostarme con Madeline. Y, joder, la sensación que se agarra al pecho es tan extraña, tan jodidamente incómoda y placentera a la vez, que casi me dan ganas de reírme de lo patético que debo parecer ahora mismo, de pie, todavía respirando como un animal que no ha terminado de saciarse del todo mientras ella tiembla.
Estoy cabreado. Jodidamente cabreado.
Porque lo que ha hecho es una estupidez monumental, cualquiera podría haber extorsionado a Maya para intentar matarla, sobre todo teniendo en cuenta que mi futuro suegro es un puto traficante, hostias…
Pero al mismo tiempo, estoy preocupado.
No sé si ha sido demasiado, la fuerza con la que la he reclamado, la urgencia con la que me la he follado después de que intentara huir de mí…
¿Le habré hecho daño? Parte de mí —la parte más oscura, la más voraz, la que siempre gana— espera que esté dolorida, quiero que le duela recordar la forma en la que la he tomado, que su cuerpo despierte mañana con la memoria grabada de cada lugar donde mis manos se han aferrado.
Porque eso es lo que soy, un puto animal, y fingir otra cosa, delicadeza, normalidad…, sería una mentira absurda. Mi lobita no necesita ni desea eso de mí, quiere justo esto, la versión que complementa tan bien su oscuridad.
Su respiración ya no está agitada. Se ha ido calmando poco a poco, pero tiembla, no sé si es por agotamiento, por frío o por toda la tormenta que acabamos de desatar.
La niebla espesa cae sobre su piel desnuda, haciéndola estremecer todavía más, y el vestido o mi camisa destrozados en el suelo no sirven ni para cubrirle un hombro.
Una necesidad primitiva, casi tan fuerte como el deseo que aún me arde bajo la piel, me golpea en seco.
Recojo la máscara y la cojo en brazos sin darle espacio para discutirlo, porque, aunque pudiera, no lo haría.
Su cuerpo se acomoda sobre el mío como si perteneciera ahí; es demasiado fácil, demasiado natural y peligroso.
Su mejilla se apoya contra mis pectorales y, joder, ese gesto íntimo casi me derriba.
Me deja claro que no se arrepiente, que no tiene miedo.
Espero que no cambie de opinión, porque yo no me arrepiento, y desde luego no me he saciado de ella, no después de haber probado exactamente lo que llevaba todo este tiempo imaginando, verla romperse y reconstruirse entre mis manos.
Camino hacia la mansión con ella en brazos, y mientras avanzamos por el sendero, me doy cuenta: esta mujer ha cambiado algo dentro de mí de forma irreversible, algo que ni siquiera sabía que existía.
Sus lágrimas lo confirman, caen silenciosas al principio, tibias contra mi piel caliente, y normalmente me importaría una mierda, pero no puedo evitar que no sea así.
—¿Te encuentras bien? —murmuro, y el tono bajo, casi suave, me toma por sorpresa incluso a mí.
Ella se limpia la nariz, entrecierra sus ojos y los fija en los míos, como si buscara la respuesta a una pregunta que lleva demasiado tiempo callando, como si intentara asegurarse de que soy real y no un monstruo que su mente ha fabricado.
—Sí… —susurra—, en cuanto a lo que acabamos de hacer, supongo que sí…
Mmm… debería bastarme, ¿por qué no lo hace?
—¿Y entonces qué es lo que está haciendo llorar a mi futura mujer? —dejo caer la pregunta, burlesca, intentando hacerla reír para que deje de llorar.
Joder, soy pésimo en esto. Pero lo intento, quiero intentarlo.
Un pequeño jadeo adolorido escapa de su garganta cuando ajusto mis brazos para sostenerla mejor, es un sonido que me golpea directo en la entrepierna, que reactiva algo en mí que aún no ha terminado de apagarse. Pero por primera vez en mi vida, lo ignoro.
—Lo que ocurre es que estoy cansada de no tener control sobre mi vida —asegura, decidida—. Y no hablo solo de nuestro compromiso, hablo de que ya no sé cómo actuar cuando te tengo delante. Me confundes constantemente, Eiden.
Su confesión me deja pensativo mientras el músculo de mi mandíbula se tensa tanto que siento el crujido, la mansión aparece ante nosotros, lo que me hace ser consciente de que debo llevar varios minutos en silencio, sin responderle mientras su cuerpo sigue entre mis brazos.
—Lo único que quiero de ti es tu verdadero ser, nada más. Yo te he abierto la puerta al Eiden que hay detrás de Leyenda. Quiero que tú hagas lo mismo.
No sé de donde ha salido esa sinceridad, pero parece satisfecha con mi respuesta. Asiente sin apartar la mirada, como si le costara apartarla. Y joder…, yo tampoco puedo mirar a otro sitio.
La puerta de la mansión se abre con el nuevo código solo para nosotros, no permito que lo vea, pues mientras siga creyendo que quiero dañarla, es mi única forma de asegurarme de que nadie acceda a ella.
Le he dicho a todo el personal que tenían el resto del día libre antes de salir, así que no me preocupo por su desnudez: es solo para mí.
Sabía que la atraparía, y sabía también lo que iba a hacerle si me lo pedía.
Subo las escaleras de dos en dos, directo al baño de mi habitación.
Madeline se aferra a mí con más fuerza, sus dedos se hunden en mis brazos como si temiera caerse, aunque la tenga tan bien sujeta que sería físicamente imposible.
Abro el grifo y pongo el agua más caliente de lo usual, la poso sobre la encimera de mármol, pero no la suelto del todo.
Su piel está tan helada que mis manos parecen fuego a su contacto mientras un temblor le recorre el cuerpo entero.
La dejo allí apoyada, me deshago de mi escasa ropa e introduzco mi cuerpo en la gran bañera que adorna la estancia.
—Eiden, quizá deberíamos hablar sobre… —murmura apenas, moviendo sus pequeños pies, intentando entrar en calor.
—Métete en la bañera conmigo —le pido cortando sus palabras.
No porque quiera callarla, sino porque si vuelve a decir mi nombre de esa forma, va a acabar temblando por un motivo muy distinto al frío.
La observo durante un par de segundos, su pelo está lleno de pequeñas hojas secas del bosque, su piel salpicada de cortes finos, sus muslos temblando aún por lo que ha pasado entre nosotros.
Y, aunque he visto otras versiones de ella, verla así, libre, marcada por mis manos, por mis labios, por mis decisiones… Joder, es devastadora.
Se mete en la bañera despacio, suspirando cada vez que el agua caliente le cubre unos centímetros más de piel. Se acerca de forma tímida a mi cuerpo y sonrío recordando la poca timidez con la que gritaba en el bosque.
—Levanta un poco la cabeza —ordeno, suave pero firme.
Meto mis manos bajo el agua para regular la temperatura y luego las llevo a su cabello, empapándolo lentamente. Sus pestañas tiemblan cuando el agua tibia le cae por el cuello.
—No siento haber intentado protegerme, pero si… siento si has sentido que lo he hecho para traicionarte.
Mis dedos se detienen un instante entre sus mechones.
—¿Lo sientes? —provoco mientras le beso el cuello, incapaz de apartarme de ella.
—Lamento que tú sientas que no puedes confiar en nadie — asegura, decidida—, pero sabes los motivos por los que yo no confío en ti.
Me acerco más, mi torso se pega a su pecho y un gemido involuntario escapa de sus labios.
—No te pido que confíes en mí —añado, hundiendo mis dedos en la espuma de su pelo—, pero no vuelvas a ponerte en peligro de ese modo.
Asiente mientras termino de enjabonarle el cabello con movimientos lentos, cuidadosos, demasiado íntimos para lo que deberíamos ser, pero imposibles de evitar.
Cuando inclino su cabeza hacia atrás para enjuagarla, su cuerpo se arquea levemente y, durante un segundo, su respiración se acelera.
La visión me parte en dos.
La quiero para mí.
—No lo haré, pero quiero algo a cambio —murmura cuando mis dedos bajan por sus pechos para quitar restos de espuma.
—¿Mmm? —Mi boca roza la curva de su mandíbula.
—No quiero parar, lo que sea que está ocurriendo entre nosotros—admite, y se le quiebra ligeramente la voz—. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo, pero creo… creo que me gustaría poder tomar la decisión de decidir si quiero estar contigo, voluntariamente.
Mis manos se detienen justo en sus pezones, la obligo a mirarme sosteniéndole la barbilla.
—Entonces hazlo, joder —ordeno con voz baja, oscura—. Haz lo que quieras conmigo, Madeline, eso se te ha dado de maravilla desde el primer puto momento.
Un jadeo suave se le escapa y ahí pierdo la poca paciencia que me queda, estiro el brazo lo suficiente como para coger un preservativo de mis pantalones y se lo coloco entre los dientes, tentándola.
Le doy la vuelta sujetándola por las caderas; sus piernas rodean mi cintura sin que se lo pida, sin que tenga que dirigirla mientras sus manos se hunden en mis hombros y se agarran fuerte.
Ya sabe que debe hacerlo. Le arrebato el pequeño envoltorio de entre los dientes y me lo coloco sin pensar demasiado en qué cojones estoy haciendo.
Sus uñas arañan mi espalda cuando la penetro con dureza, un pequeño grito sale de su garganta mientras su rostro pasa del dolor al más absoluto placer.
—Te odio un poco —ronronea contra mi sien.
Me río, una risa ronca, oscura, pegada a su piel.
—Bien —respondo, bajando mis manos por la línea de su espalda—. Yo también te odio un poco.
La tomo con tanta intensidad que por un segundo mi respiración se entrecorta, ella se aferra a mí con la misma desesperación que yo me aferro a su pelo para controlarme.
Su nombre se escapa de mis labios cuando se balancea contra mis caderas, exigiéndome más, y se lo doy todo.
Cuando su temblor final me sacude también a mí, me quedo quieto, respirando contra su cuello, con su corazón latiendo desbocado contra mi pecho.
No la suelto, no puedo.
—Quizá deberíamos negociar nuevas condiciones, lobita.