CAPÍTULO 32 #2
El bosque parece contener el aliento ante sus palabras.
Realmente… ¿estoy preparada para dejar salir a la verdadera Madeline?
Me han mantenido durante toda mi vida atrapada en una jaula de oro cómoda y perfecta, pero no ha sido más que una fachada, esta parte de mí siempre ha vivido conmigo, y él no solo la acepta, sino que parece querer reclamarla como suya.
Me tiemblan las piernas, la excitación me recorre los muslos mientras me levanto, mi cuerpo y mi mente reconocen que no hay marcha atrás.
Estoy perdida.
Estoy atrapada.
Quiero hacerlo.
Contra toda lógica, contra todo instinto de supervivencia, una parte de mí se inclina hacia él, buscando más de esa presencia oscura que se ha convertido en mi condena y en mi salvación.
Mis dedos se aferran a sus antebrazos con desesperación, buscando algo a lo que anclarme en medio del caos intoxicante que me rodea. Mi cuerpo entero tiembla bajo su mirada oscura y, aun así, cuando por fin abro la boca, mi voz no suena débil.
—Te deseo tanto que ya no tiene sentido negarlo, así que… hazme tuya, Eiden.
Silencio.
Un silencio brutal, una mirada que lo cambia todo. Con un leve empujón, mi espalda golpea el árbol, apoya una de sus manos justo encima de mi cabeza al mismo tiempo que se quita la máscara, permitiéndome ver a través de su leve sonrisa cuánto le complace que por fin se lo haya pedido.
Juguetea con el broche de sus pantalones y pongo los ojos en blanco.
Sé que es un error en cuanto lo hago, pero disfruto del gruñido amenazante que emana de su garganta mientras me levanta del suelo, colocándose mis piernas alrededor de la cintura, haciéndome saber que, lejos de haberlo dejado saciado, solo he despertado a una bestia que ya no quiere volver a dormir.
Se deshace de la camisa a tirones, dejándola completamente rota en el suelo antes de rasgar un preservativo con los dientes.
Se lo coloca sin dejar de mirarme a los ojos, no me besa, sé que esto no es algo romántico, mucho menos normal, dada la situación, pero no me impide acercarme a sus labios para atraparlos por fin entre los míos, y por alguna razón, siento que estoy justo donde debo estar.
Gime contra mi lengua al probar su propio sabor, dejándome saber lo que se siente cuando, sin pudor, sin miedos, te dejas llevar por lo que verdaderamente deseas.
Noto cómo desliza el preservativo por toda su envergadura mientras me mantiene sujeta con un solo brazo, desgarra con violencia la tela que me cubre, los restos de mi vestido quedan tirados por el suelo junto a la máscara y su camisa, y ahora que lo único que le impide ver mi cuerpo es mi ropa interior empapada, me atraviesa una sonrisa cuando veo la ira recorrer su rostro.
No tarda en acabar también con esta barrera, dejándome completamente expuesta.
Atrapa con su lengua la piel sensible de mi pecho, sus dientes me provocan un escozor de lo más placentero, y todo mi cuerpo se arquea hacia él, buscando más, necesitando más.
Me sostiene del cuello y me acaricia la garganta con el pulgar, obligándome a mirarlo, a mirarnos.
—Dilo otra vez —gruñe jugando con mi placer, castigándome y complaciéndome a partes iguales.
Su necesidad me desarma, siento cómo mis ojos se vuelven cristalinos a causa de la excitación, y sé en este mismo instante que esto es lo que quiero, lo que deseo, lo correcto, aunque no debería.
—Te deseo, joder, te deseo de una forma desesperante.
Sonríe mientras pellizca el nudo de nervios que demanda su atención entre mis piernas, se desliza entre mis pliegues, recogiendo toda mi excitación a su paso, y pronto noto la proximidad candente de nuestros cuerpos.
—Joder… —Su voz se quiebra cuando mira sin pudor el punto en el que se unen nuestros cuerpos—. Lo que pida mi futura mujer.
La primera envestida me rompe, me reconstruye y me incendia a partes iguales.
Grito sin poder evitarlo, araño sus hombros y parece disfrutar de mis manos haciendo que el sudor y la sangre que ahora desprende su cuerpo se mezclen para nosotros.
Su fuerza y su tamaño son demasiado, todo es demasiado, y el golpe sordo de mi espalda contra el tronco del árbol le provoca una sonrisa.
Me permite apenas unos instantes para acostumbrarme a su tamaño, no me pasa desapercibida la cara de orgullo que muestra al disfrutar de cómo mi cuerpo se adapta a él, el bosque entero parece vibrar con nosotros, mis piernas se tensan alrededor de su cintura y mi cabeza cae hacia atrás, golpeando ligeramente la corteza, aunque ni siento el impacto.
Porque lo único que puedo sentir es a él.
Su necesidad salvaje contra la mía.
—Mira lo bien que encajamos —susurra con socarronería—, te crearon para ser mi ruina, Madeline. No me sacio de ti, y ahora no creo que sea capaz de hacerlo nunca.
No me deja responder, en su lugar, empieza a moverse a un ritmo constante y delicioso, en cuanto mis gemidos dejan de ser entrecortados, sabe que estoy lista para más, y no duda en dármelo.
Siento en la base de la columna una presión creciente que asciende hasta explotar en un estallido que me quiebra y me reconstruye a la vez.
Me arqueo contra él, pero lejos de ir más despacio, me baja al suelo, y en un abrir y cerrar de ojos, me encuentro con las manos apoyadas en el árbol y su cuerpo pegado a mi espalda, penetrándome automáticamente desde este nuevo ángulo que amenaza con partir mi cuerpo en dos como si de un rayo se tratase.
—Eiden… —grito sin fuerzas—, por favor…
Se desliza dentro y fuera de mí con rapidez, con fuerza, y cuando el siguiente orgasmo me atraviesa, siento cómo su respiración se torna más agresiva, cómo sus manos me aprietan con una intensidad poseída, como si temiera que me fugara incluso en este momento.
—Joder, me encanta cómo suena mi nombre entre tus labios —gruñe mientras sus embestidas se vuelven descontroladas.
Se deshace dentro de mí y la sensación es tan explosiva que temo perder el conocimiento, su clímax junto al mío, su peso, su calor, la forma en la que me sostiene, casi temblando, es tan devastadora que me arrastra hacia un estado de paz y satisfacción que no creía humanamente posible.
Cuando por fin nos quedamos quietos, pegados, jadeando contra la corteza fría del árbol, con su máscara y mis miedos en el suelo, sonrío, porque no siento esto como un error.
Joder…, mi futuro marido y yo acabamos de reventar todos los límites.