CAPÍTULO 32
MADELINE
El ancho bosque parece cerrarse sobre mí como si fuera una criatura viva y hambrienta que respira con cada crujido de las ramas que piso, y aunque sé que octubre ya murió hace días y que este noviembre frío debería calarme los huesos, lo único que siento es fuego, un fuego abrasador que me recorre la piel y que parece intensificarse a cada paso que doy, como si mis propios pensamientos fueran leña ardiendo en una hoguera imposible de apagar.
He tirado los tacones nada más empezar a correr, ni siquiera recuerdo en qué punto exacto se soltaron de mis pies, solo sé que la tierra húmeda y las piedras serpentean bajo mis plantas desnudas como pequeñas cuchillas que me recuerdan que sigo huyendo, que sigo atrapada en un destino que ni pedí ni acepté del todo, pero al que me lancé como una imbécil cuando dejé que Eiden me destruyera en todos los sentidos posibles.
Cada vez que la tela desgarrada de mi vestido se engancha en las ramas bajas de los árboles, me obligan a detenerme solo un segundo.
Me odio un poco por no haber sido más lista, por no haber tenido la sangre fría de no fijarme en la maldita contraseña, por no haber reconocido que Maya no se guardaría algo así para sí misma, mucho menos cuando se trata de mi seguridad.
Sé que ninguno de los dos hizo nada con maldad, ninguno de los dos pensó que hoy, precisamente hoy, Eiden y yo saldríamos de casa justo cuando ellos han querido asegurarse de que yo estaba bien.
Quisiera enfadarme con ellos, pero en cuanto esa idea toma forma en mi cabeza, otra parte de mí la aplasta, porque sé que Maya nunca me traicionaría, y sé también que Lucian, a su manera brusca y distorsionada, habría cruzado el mundo a pie para asegurarse de que no me estaban haciendo daño.
No sabían que no estaríamos, querían ayudarme y punto.
La niebla comienza a elevarse desde el suelo, una bruma espesa que difumina los troncos del bosque que rodea la mansión, creando sombras gigantescas que se mueven como bestias; mi respiración es un sollozo entrecortado que lucha por no quebrarse en llanto, aunque inevitablemente siento las lágrimas empezando a resbalar por mi rostro, mezclándose con el sudor, creando un caos húmedo que me hace sentir más perdida; la tela del vestido, por fortuna amplia desde la cintura hacia abajo, ya está rasgada hasta casi las rodillas, permitiéndome correr sin tropezar tanto, aunque cada paso sigue siendo una tortura; sin embargo, lo peor no es el dolor físico, lo peor es la mezcla de emociones que me atraviesa, como una corriente eléctrica que no se detiene: miedo, rabia, deseo, frustración, culpa…
Porque aunque no quiera, sí que me siento un poco culpable.
Me doy cuenta de que parte de mí sigue corriendo no para salvarme de él, sino para alejarme de lo que siento, de lo que me provoca, de la parte retorcida de mí misma que él ha despertado y que, aunque me dé vergüenza admitirlo, me aterra y me atrae a partes iguales.
Cuando por fin creo que puedo detenerme solo un instante para respirar, para apoyarme en un tronco y recuperar el aire que se me escapa, giro la cabeza y el grito que nace en mi garganta es salvaje, desgarrado, desesperado, porque él está ahí, tan cerca que podría tocarme.
No… no es Eiden, es Leyenda.
La máscara roja cubre su rostro por completo, ocultando cualquier rastro de humanidad que pudiera haber en él, convirtiéndolo en una figura imposible de ignorar, un depredador que ha estado cazando desde el primer segundo en que salí corriendo; no sé si ha roto los primeros botones de la camisa durante la persecución o si se los ha desabrochado adrede, pero el resultado es igual de aterrador y perturbador: su torso se eleva y desciende con respiraciones profundas, tensas, animales, y aunque intento retroceder, mis piernas tiemblan tanto que apenas puedo moverme.
Intento correr, pero una mano enguantada se enreda brutalmente en mi pelo, tirando de él hacia atrás con tal fuerza que mi cuerpo queda pegado al suyo en un segundo, y el sonido de la máscara al acercarse a mi oído me provoca un escalofrío que recorre toda mi columna.
—Eiden… —Mi voz se rompe en un susurro patético—. Escúchame, yo…
El tirón de pelo es aún más fuerte, arrancándome un gemido ahogado.
—Shh —es una orden grave y oscura—, ni una palabra, lobita.
Me empuja hacia abajo tirando con fuerza de mi pelo, ejerciendo una presión tan perfecta y calculada que mi cuerpo acaba de rodillas sin que pueda evitarlo.
Siento el suelo húmedo empapando mis piernas, el frío colándose por la tela rota del vestido, y apenas tengo tiempo de procesarlo cuando su mano en mi barbilla se mueve con una precisión violenta, obligándome a mirarlo, obligándome a enfrentar esos dos orbes negros que me deja ver la máscara; no muestran nada y lo muestran todo a la vez: poder, rabia, posesión.
—Vamos a ver —su voz es un roce oscuro que me retuerce por dentro— si esa boquita sirve para algo más interesante que traicionar mi confianza.
Un temblor me recorre entera, es miedo, es deseo, es la mezcla malsana de ambas cosas.
Él rodea mi cuerpo, lento, metódico, como si saboreara mi vulnerabilidad, y con la punta de los dedos enguantados aparta las lágrimas que resbalan por mis mejillas, creando un rastro húmedo que se desliza hasta mi mandíbula y le empapa los dedos.
—Perfecta —murmura con esa risa oscura—. Abre la boca, Madeline.
Mi boca se abre antes de que mi cerebro pueda cuestionarlo, como si mi propio cuerpo hubiera tomado una decisión que mi mente todavía se niega a aceptar, igual que cuando estábamos en el restaurante.
El aire helado del bosque entra en mi garganta y se mezcla con el temblor que me recorre cuando lo veo moverse, cuando observo la forma en que ajusta la máscara como si quisiera asegurarse de que nada, absolutamente nada, se interponga entre mi rostro y la sombra oscura que proyecta sobre mí.
El silencio se vuelve denso, pegajoso, suspendido entre los árboles como una advertencia que nadie escucha salvo yo.
Y aun así, aunque mi corazón late con tanta fuerza que siento que va a salirse del pecho, no cierro la boca, no aparto la mirada, no retrocedo ni un milímetro, porque algo en su presencia me mantiene anclada en el suelo, atrapada entre el terror y la necesidad.
Él se inclina sobre mí con una lentitud calculada, la espera es insoportable; el calor que desprende su cuerpo contrasta brutalmente con el frío del bosque.
—Mmm… —gruñe levantando más mi barbilla—, sabía que estarías preciosa de rodillas, ¿sabes una cosa? A las traidoras se les cierra la boca de una forma u otra, lobita.
Me sostiene el rostro entre sus dedos mientras con la otra mano libera su miembro y, jo-der… en este instante no sé si he tomado la mejor o la peor decisión de mi vida.
Contemplo su tamaño y su grosor como si fuera una exquisita obra de arte, me quedo quieta sin pretenderlo, más por la estupefacción que por el miedo, sin embargo, noto como la mezcla de emociones empieza a notarse en mi entrepierna.
Su carne caliente cruza la barrera de mis labios y no puedo evitar que un gemido animal salga de mi garganta, vibrando en su piel y provocándole un gruñido que no deja lugar a dudas: esto es un castigo, y va a disfrutarlo.
El instante en el que noto su sabor salado en la lengua pronto se convierte en embestidas rápidas y profundas, siento que me ahogo, pero lucho por encontrar un hilo de oxígeno, por hacerlo bien, y no puedo hacer más que gemir contra él mientras las lágrimas empapan mi rostro.
Él las recoge, todas y cada una de ellas, al mismo tiempo que sigue follándose mi boca sin compasión. Ningún hombre me había tomado como realmente deseo, no es un secreto para él, ha leído mi manuscrito y disfruta haciéndome saber cómo se sienten mis deseos más oscuros.
Siempre anhelé una pasión que me destrozara y me recompusiera a partes iguales.
Eiden es eso y mucho más.
Sus embestidas se vuelven tan rápidas que pronto mi visión se nubla y tengo que agarrarme a sus muslos para no caer al vacío. Amasa con fuerza la tela que me cubre el pecho, pellizcando la piel sensible, dejando mi excitación en evidencia.
—Tócate para mí, Madeline —ordena—. Déjame ver lo mucho que estás disfrutando esto.
Y lo hago, me dejo llevar, recorro mi piel desnuda mientras él sigue embistiendo con fuerza mi garganta, estoy al límite solo con rozarme, solo con tenerle así ante mí, y mientras mis dedos se deslizan por encima de mi ropa interior, lo siento tensarse tanto que sé lo cerca que está de estallar.
—La próxima vez que sientas que debes protegerte de mí… —susurra con la voz tan ronca que solo con escucharlo estoy a punto de desmayarme— acuérdate de lo que solo yo te hago sentir.
Se derrama en mi garganta en el mismo instante en el que coge mis brazos y me obliga a parar de tocarme, haciendo que disfrute de su sabor en mi lengua al mismo tiempo que las lágrimas, ahora de rabia, me empapan las mejillas.
—Te dije que la próxima vez que te corrieras —jadea— sería conmigo dentro de ti, Madeline.
Él me suelta la barbilla solo para enredar los dedos en mi pelo de nuevo, tirando hacia atrás con un movimiento brusco que me arranca un jadeo que no logro contener, me abre la boca solo para comprobar que no he desperdiciado ni una sola gota, y suspira satisfecho.
Vuelve a abrocharse los pantalones y sé en el instante en que sus ojos encuentran los míos, que he dejado ver las pocas ganas que tenía de que lo hiciera.
—Eiden… —susurro, casi sin voz—. No lo hacía por traicionarte, yo…
La frase apenas llega a nacer, porque él vuelve a tirar de mi cabello con más fuerza, obligándome a incorporarme un poco, a mirarlo directamente a través de la máscara.
—Podría perdonarte —su tono resulta más amenazante que indulgente—, si me pides lo que realmente quieres de mí. Ese es el precio, lobita, entrégame tu verdad más retorcida, y puede que olvide lo que ha ocurrido esta tarde.