Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

EIDEN

Madeline tiene una forma delicada y deliciosa de agarrar el borde del plato, solo hace que mis ganas de arrastrarla hacia la parte más oscura de mi mente aumenten como si alguien hubiera avivado un fuego que ya estaba ardiendo sin control, y mientras observo cómo da el último bocado, intento contener la necesidad infernal de empujar su silla hacia atrás y sentarla en mi regazo para que deje de fingir que puede seguir comportándose como si no hubiera pasado nada entre nosotros.

Porque aunque esté controlando cada uno de mis movimientos, no puedo evitar sentir el rastro tangible de su respiración acelerada cada vez que rozo la superficie de la mesa con los dedos, como si supiera, como si sintiera, que estoy deseando volver a romperla a mi manera y reconstruirla solo para mí.

El cajón inteligente del reservado nos ofrece el postre: un cuenco elegante llenísimo de frutas frescas, rodeado de una nata montada tan suave y blanca que casi parece pintada, pero a mí no me interesa lo más mínimo, lo único que me interesa es la forma en la que Madeline aprieta las piernas bajo la mesa de cristal.

Aparto el cuenco y agarro sus muñecas con una sola mano, atrayendo su cuerpo hacia el mío apenas unos centímetros.

—Siéntate encima de la mesa, Madeline.

Ella deja de respirar durante un segundo, intenta disimular bajando la mirada como si eso pudiera impedir que viera el rubor de sus mejillas.

Parece indecisa, pero le gana la curiosidad cuando me mira mal y desliza su cuerpo sobre la mesa, me acerco despacio, saboreando cada centímetro que me separa de ella, porque sé que cuanto más lento me muevo, más rápido le late el corazón, y cuando llego entre sus piernas abiertas apenas unos centímetros, deslizo mis manos por la parte interna de sus muslos, levantando el vestido, sintiendo el temblor desesperado que intenta disimular sin éxito.

Ese temblor me pertenece, siempre me pertenecerá.

—Eso es —susurro, inclinándome lo suficiente como para que mi aliento choque contra su piel—. Joder, Madeline… me encanta que te dejes llevar.

Sus labios se abren ligeramente, no dice nada, pero no necesita hacerlo, la pequeña sonrisa segura que esboza me dice que no le disgusta nuestro contacto, no el físico, al menos.

Tomo algunas de las frutas del cuenco, pequeñas, frías, húmedas, y las dejo caer en sus muslos abiertos.

Justo donde sé que el contraste con mi lengua hará que su cuerpo reaccione exactamente como deseo.

El frío la hace estremecer, pero es cuando dejo que el calor de mi boca se acerque, que deja escapar un sonido ahogado que intenta reprimir con todas sus fuerzas.

Se tensa cuando mi boca se acerca más, cuando mis labios rozan la piel caliente de sus muslos, con tanta intensidad que la obliga a apretar las manos contra los bordes de la mesa para no perderse.

La fruta fría se desliza un poco sobre su piel y, en el momento exacto en el que siento su respiración romperse, llevo una de las piezas húmedas a mi mano, la deslizo ligeramente por la tela empapada de su ropa interior, dejando que recoja parte de su humedad.

—Abre la boca —ordeno mirándola a los ojos mientras aprieto su carne con más fuerza de la necesaria.

Ella traga saliva, ávida y perdida, y lo hace, abre los labios como si no pudiera hacer otra cosa, y la fruta entra en su boca, provocándome un gruñido tan grave que su gemido en respuesta es inmediato, la mastica con los ojos vidriosos, con la respiración entrecortada y la piel al rojo vivo.

Me acerco un poco más, tanto que la mesa me aprisiona entre sus piernas y mi propio torso; deslizo un dedo por la parte interna de su muslo, tocándola por encima de la tela, provocándola hasta que se frustra y me mira cabreada.

—Tal vez debería regalarte un tercer orgasmo… —provoco restregando la nata por su sexo cubierto—. Dime, lobita… ¿crees que te lo has ganado?

No puede hablar, sus ojos brillan tanto que podrían llorar de necesidad, y aunque intenta articular una palabra, lo único que consigue es un jadeo trémulo que se convierte en silencio.

Esa falta de respuesta me hace sonreír, porque verla así, rendida y tensa, obediente y temblando, es la condena más deliciosa que he tenido nunca.

—Contesta —pellizco su carne antes de recoger la nata con la lengua—. ¿Crees que te lo has ganado?

Ella asiente al fin, desesperada, aprisionada entre su propio deseo y mi control, pero justo cuando estoy a punto de inclinarme para reclamar lo que ya estaba escrito sobre su piel, mi móvil vibra con una intensidad que me irrita hasta lo más profundo.

Ignoro la llamada, pero vuelve a vibrar y miro la pantalla. Es Mateo.

Y Mateo, igual que Dylan, tiene órdenes de no interrumpirme a no ser que sea porque estamos en peligro.

El mundo se me ennegrece de rabia, pero agarro a Madeline por la cintura, la aparto de la mesa y parece tan confundida como preocupada cuando contesto con un gruñido, preparándome para mandarle a la mierda por haber decidido interrumpirme justo en el momento en que tenía a Madeline abierta para mí sobre esa mesa de cristal, diseñada para cenas exquisitas y no para lo que estaba a punto de hacerle.

Antes de que pueda siquiera abrir la boca, ya estoy llevándola fuera del reservado, pagando nuestra comida y fingiendo una sonrisa impecable para cualquiera que mire, una sonrisa que no llega ni a rozar la oscuridad que me empieza a invadir por dentro.

—Será mejor que tengas una razón de peso para llamar —escupo, apoyando la mano en la parte baja de la espalda de Madeline para guiarla hacia la salida del restaurante, aunque no es suavidad lo que contiene mi toque, más bien es posesión.

La voz de Mateo llega crispada, vibrante:

—Señor, hemos detectado una intrusión.

—Habla —ordeno, con una calma tan forzada que hasta Madeline me mira de reojo, tragando saliva.

—Han entrado en la mansión, señor.

La información cae como una bomba sobre mi cuerpo, sin duda, pero no reacciono. La llevo hacia el coche de la mano, apretando quizá demasiado, sonriendo ante los paparazzi mientras en mi oído Mateo espera mi respuesta.

—¿Cómo coño han entrado? —Miro a la nada y abro la puerta del coche para que ella suba, podría ir a hablar con Mateo en persona, pero debemos guardar las apariencias, la gente se preguntará porque alguien como yo, capaz de defenderse más que de sobra por sí mismo, tiene a dos tíos cubriendo sus espaldas justo después de comprometerse.

—Con la contraseña del sistema, señor.

La contraseña, esa serie de dígitos que cambié hace apenas unas semanas y que solo Mateo, Dylan, yo… y Madeline conocen. Y solo uno de ellos habría tenido un motivo para permitir que alguien la obtuviera.

—Eiden… ¿qué pasa? —Madeline me mira con un nerviosismo palpable.

No le contesto, no puedo sin explotar, así que acelero hacia la carretera, y mientras los árboles cruzan el borde de la visión como destellos, le hablo a Mateo con una frialdad inhumana.

—¿Quiénes eran?

—En las cámaras hemos podido detectar los rostros de Lucian Crowley y Maya Scott; Maya se quedó en la verja, señor, aprovechando que la ola de periodistas había remitido ante su escapada al restaurante.

Lucian fue quien entró usando la contraseña, recorrió el pasillo principal y no paró hasta encontrar la habitación de la señorita, al no encontrarla allí, fue a su despacho.

—¿Se llevó algo?

—Al principio parecía estar buscando a su hermana como un demente, pero acabó llevándose una carpeta negra.

Por supuesto que tenía que ser esa, la única que no debí guardar en físico.

Madeline traga saliva, por un segundo casi olvido que me acompaña, pero el ligero cambio en su respiración me hace volverme consciente de su presencia, y lo veo todo rojo.

—Eiden…, por favor…, dime qué está pasando.

—¿Quieres saberlo? Perfecto —relato más cabreado que nunca—.

Mi casa es una puta fortaleza. Para entrar necesitas la contraseña que solo yo decido quién conoce.

Con esa contraseña, el sistema entra en un modo de reconocimiento facial.

Tienes exactamente veinte minutos para que las cámaras identifiquen todos los rostros como «seguros».

Ella se queda inmóvil, respirando de forma entrecortada.

—¿Y quién ha…?

—Si esos rostros no son reconocidos por mi sistema de seguridad, salta una alarma silenciosa directamente —corto sus palabras sin apartar la vista de la carretera—. Una alarma que solo se desactiva con un reconocimiento facial: el mío.

No puedo evitar elevar la voz, por mucho que la necesite para heredar Ashford Security, ahora mismo la detesto casi tanto como a su hermano. Me ha traicionado, y no sé por qué esperaba algo distinto.

—Lucian y Maya han conseguido entrar en la mansión, ¿no te parece raro, cariño?

Sus manos se aferran a la tela de su vestido y empieza a temblar visiblemente.

—Eiden…, yo…

—Continúa —la animo, con un tono que no es ánimo, sino amenaza pura.

—Yo solo se la dije a Maya…, por si acaso —susurra al fin—. No a Lucian. Yo solo quería que…, si pasaba algo…, si tú… si tú hacías algo que no debías…, alguien pudiera ayudarme.

El silencio que sigue es tan espeso que parece llenar el coche entero, siento cómo el odio me trepa por la garganta.

—Ya…, «por si acaso», como si te hubiera hecho algo que no hubieras deseado, joder —gruño con una risa hueca.

Vuelvo la cabeza hacia ella, despacio, dejando que me vea el rostro sin máscaras, sin suavidad, sin humanidad.

—Eres una traidora. Igual que toda tu familia.

Ella palidece, pero no dice nada, ¿cómo podría? No hay defensa posible, así que acelero más, mucho más. Sus pequeños suspiros asustados no cesan, pero tengo el control en todo momento, sencillamente quiero llegar a casa, quiero destrozar algo.

Quiero destrozarlos a todos.

Me ha traicionado, la he dejado adaptarse y marcar los ritmos durante dos semanas, me he comido a la prensa, a la junta y a mi padre, todo para que pudiera asimilar la situación, y ni siquiera tenía por qué.

Creía que simplemente podíamos pasarlo bien juntos, sin embargo, parece que su cuerpo me ha hecho olvidar la sangre Crowley que corre por sus venas, pero voy a hacérselo pagar.

Tras horas que se me antojan interminables, por fin la mansión aparece entre los árboles y el silencio ha transformado la rabia en algo más oscuro, más peligroso, más primitivo.

Ella abre la boca para hablar, para defenderse, pero yo aparco de un frenazo.

Apenas cierro la puerta del coche con el sonido del motor todavía vibrando en mis huesos, noto el aire densificarse a nuestro alrededor, espesarse, volverse tan pesado que incluso a Madeline se le corta la respiración antes de que llegue a acercarse a mí.

Me mantengo quieto, observándola desde el otro lado del techo del coche, sin mover un músculo, observando cómo se aproxima a mí.

—No voy a disculparme, Eiden. No podía… no puedo confiar en ti. No pretendía que pasara esto, se la di hace semanas, seguro que solo querían saber si yo estaba bien, y ya sabes…, Lucian y tú…, es mi hermano, solo quiere cuidar de mí.

La frase cae entre nosotros con una ingenuidad tan absurda que, si no estuviera tan encendido de rabia, podría haberme hecho reír.

Camino hacia la entrada sin mirarla, escucho sus pasos vacilantes siguiéndome, casi tropezando con las piedras del camino por la prisa de alcanzarme, como si acercarse pudiera salvarla.

Abro la puerta con un golpe que resuena en toda la casa, cuando llego al despacho, lo veo al instante: el hueco vacío en la estantería, la falta del peso exacto donde la carpeta negra debería estar reposando, la alteración casi imperceptible del orden en mi escritorio.

El pulso me golpea las sienes. Aprieto los dientes con tanta fuerza que siento que voy a partirme la mandíbula.

Ella se detiene en el umbral de la puerta como si entrar fuera ilegal.

—¿Estás… bien? —consigue preguntarme, su voz apenas un hilo—. No lo han hecho con maldad, yo no tenía esta intención, seguro que Maya tampoco, y Lucian…

Me giro hacia ella despacio y sus palabras mueren en el acto, como si supiera que cada una de ellas pudiera marcar la diferencia entre controlarme o dejarme llevar por el impulso visceral de agarrarla de la garganta y obligarla a ver la magnitud de lo que ha hecho.

Retrocede instintivamente, sin siquiera darse cuenta de que lo hace.

Camino hacia la mesa del despacho, sirvo un vaso lleno hasta el borde con mi licor más fuerte, me lo llevo a la boca sin apartar la vista de ella ni un segundo y el alcohol baja por mi garganta ardiendo, alimentando la parte de mí que no conoce límites, la parte de mí que quiere destrozar, poseer, castigarla de todas las formas posibles.

—Eiden, tienes que entender por qué lo hice. Ni siquiera nos conocemos tanto, no tienes una buena reputación precisamente, y te recuerdo que casi matas a mi propio hermano cuando nos vimos por primera vez. No me disculparé por intentar protegerme.

¿Protegerse?

Yo jamás le haría daño, no de la forma que ella imagina, al menos. Dios…, ha cometido una estupidez y ni siquiera lo entiende.

Podrían haber intentado matarla, alguien podría haber hackeado el móvil de Maya, esta situación nos ha puesto en peligro y cree que lo que me preocupa es que no confíe en mí.

Inclino la cabeza apenas unos centímetros hacia ella y la cojo del cuello con fuerza, ahogándola y haciéndola suspirar al mismo tiempo.

—Corre, lobita —susurro sobre sus labios, dejando que cada sílaba se hunda en su piel como un zarpazo—. Y esta vez, no dejes que te atrape.

La suelto y da un paso atrás. Me siento en la silla de mi despacho y desde ahí cambio la contraseña, desactivo la alarma silenciosa y dejo abierta la puerta principal.

Observo por las cámaras cómo sale corriendo hacia el bosque.

Sus movimientos son torpes al principio, como si no supiera hacia dónde ir, pero la adrenalina la guía, la empuja, la obliga a adentrarse entre los árboles sin mirar atrás.

Podría dejarla allí, dejar que se pierda, dejar que se caiga y se rompa la cabeza. Sería lo lógico, lo justo, lo que merece cualquiera que traicione mi confianza.

Pero entonces ocurre.

A pesar de la rabia, el deseo no se apaga, una erección imponente y dolorosa hace acto de presencia mientras controlo las cámaras, y la necesidad de reclamarla, castigarla y poseerla acaba ganando.

—A la mierda —susurro.

Cojo la máscara de Leyenda, ajusto los guantes a mis manos…

Y salgo a buscarla.