Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

MADELINE

Mierda, he permitido que me bese.

No solo lo he permitido, le he correspondido, ¿pero a mí qué coño me pasa?

No somos una pareja normal, joder, ni siquiera somos una pareja de verdad. No puedo permitir que su cuerpo me haga olvidar las cosas retorcidas que nos está haciendo, me resulta irritante desearlo. ¿Por qué, de entre todos los hombres, justo tenía que sentirme cómoda y libre con él?

La ironía no me pasa desapercibida, sin duda.

Llevamos ya más de dos horas encerrados en este coche silencioso y perfectamente climatizado, avanzando por carreteras que no reconozco, atravesando la ciudad y dejándola atrás.

Mis guardaespaldas, a los que tengo más aburridos que una ostra por mi empeño en no salir a afrontar el mundo exterior, nos siguen en otro coche, pero estar a solas con él es embriagador.

Todo avanza demasiado deprisa: la pérdida de mi estudio, mi casa, mi familia, mis rutinas, mis miedos, mis certezas…

Todo se ha ido diluyendo con la misma facilidad con la que la niebla se deshace al contacto con el sol, y lo extraño es que no sé si debería sentir alivio o puro pánico ante esta especie de nueva vida que se manifiesta sin que yo haya tenido posibilidad de pararla.

Con mi familia no era feliz, lo único que tenía para mantenerme con vida era a Lucian y a Maya, pero el resto era una mierda.

He hablado con ellos durante estas semanas, he tenido que convencerlos de que no echen la puerta de la mansión abajo y vengan a rescatarme, porque, francamente, ni tenía fuerzas para intentarlo, ni creo que escapar de Eiden sea posible.

La cuestión es, ¿quiero escapar?

Intento no pensar demasiado en ello mientras me froto el estómago, ahora ya ha dejado de doler; he disfrutado de los pequeños tentempiés que nos ha dado Lina en una pequeña cesta antes de salir.

Parece tener conmigo una especie de instinto casi protector que me resulta reconfortante, a fin de cuentas, apenas me conoce, pero desde que llegué a la mansión, no ha habido ni un día que no haya entrado en mi habitación cargada de comida, intentando hablar conmigo de cualquier cosa.

Al principio no quería escucharla, ni a ella ni a nadie, pero escucharla era mejor que el martirio que me provocaba mi propia cabeza.

Empiezo a inquietarme dentro del coche, no sé cuánto tiempo más puedo aguantar sin decir algo, cualquier cosa, porque el silencio con él no se puede compartir sin sentirse vulnerable.

Su silencio siempre parece tener una intención oculta, como si estuviera esperando que yo fuera la que explotase, la que rompiera el equilibrio, la que se rindiera antes que él, y esa sensación constante de estar siendo evaluada, medida, diseccionada, hace que mis dedos empiecen a moverse inquietos sobre mi regazo.

El vestido que he escogido se ajusta en el pecho y en la cintura, cae libre y suave desde las caderas hacia abajo, de un azul marino precioso.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —me escucho decir, aterrada mientras limpio mis palmas húmedas contra la tela.

Él aparta la vista de la carretera y la centra en mi rostro, eso me asusta un poco, ya que podríamos estrellarnos en cualquier momento, pero esto no parece preocuparle lo más mínimo mientras me sonríe y sigue acelerando.

—Claro, lo que quieras.

Respiro hondo, sin estar segura de si realmente quiero entrar en este tema, pero si no lo hago voy a explotar por dentro, en algún momento tendremos que dejar las cosas claras, y ocurra cuando ocurra, será incómodo.

—A ver… —empiezo, intentando que mi voz suene firme, aunque sé que él nota la debilidad que intento esconder—.

Entiendo perfectamente que lo que hizo mi hermano estuvo muy mal, no voy a justificarlo jamás, pero…

¿por qué yo? ¿Por qué casarte conmigo? Sé que mi padre no siente ningún cariño especial hacia mí, creo que ya lo has notado, pero…

—trato de no tragar saliva de forma demasiado evidente— durante todo este tiempo pensé que esta idea había sido únicamente suya, no tuya. Me sorprende que no fuera así.

Él sonríe ante mis palabras, y esa sonrisa tiene algo que me desconcierta profundamente, contiene algo oscuro que parece disfrutar demasiado de mi confusión.

—¿Y por qué te sorprende? —responde con una calma desquiciante.

—No respondas a mis preguntas con más preguntas —exijo, rodando los ojos con desesperación—. Solo digo que no entiendo qué tiene que ver que tú y yo nos casemos con lo que hizo mi hermano, más allá de joderle el ego.

Eiden baja el volumen de la música. Apenas un poco, lo suficiente para que su voz se instale sin resistencia en mi cabeza.

—Vamos a ver, lobita —susurra agarrándose el puente de la nariz, y ese apodo hace que mi estómago se tense—.

Supongo que no vas a dejarlo estar, así que está bien: sí, yo fui quien decidió que fueras mi mujer.

Y al principio lo hice sobre todo porque eres la persona más importante en la vida de tu hermano.

Nunca me habló de ti, lo cual me pareció sospechoso.

Supe que mantenerte en secreto significaba algo.

Asiento despacio, pero mi mente no deja de pensar en lo que acaba de decir: «al principio».

—¿Y ahora? —pregunto sin pensarlo demasiado.

Él aprieta un poco más el volante, y el movimiento es tan leve que estoy segura de que nadie más lo notaría, pero yo sí, porque me he obsesionado con cada gesto suyo para asegurarme de que no estoy en peligro.

—Hay muchas cosas que no sabes, Madeline.

—Su voz baja hasta volverse casi un gruñido, me hace entrar en tensión automáticamente, pero intento contener mis emociones—.

Lo único que debes saber es que no soy la clase de hombre que probablemente esperas.

Me obsesioné contigo cuando te cruzaste en mi camino.

Me obsesioné con vengarme del hijo de puta de tu hermano.

Y como ves… ni he parado ni pienso parar hasta que tenga exactamente lo que quiero.

Sus palabras caen sobre mí como una jarra de agua congelada. No sé qué significa eso de que hay muchas cosas que no sé, y lo peor es que no sé si quiero saberlo.

Justo cuando me armo de valor para seguir preguntando, lo veo: un restaurante suspendido sobre un lago, como flotando sobre el agua, brillante, alargado, lleno de luces suaves y fotógrafos por todas partes.

Es un lugar precioso, sin duda, casi irreal.

Cuando el coche se detiene frente al lago, siento que el mundo se ralentiza. La simple idea de bajarme del coche al lado de Eiden, expuesta a todas esas cámaras de nuevo, me hace sentir vulnerable.

La última vez que me hicieron fotografías mi cara apareció por todas partes, y supongo que ese es el precio a pagar siendo la prometida de alguien como él, pero a mí nunca me ha gustado sentirme tan expuesta.

El agua golpea suavemente las estructuras flotantes, la música en directo pretende relajar a los presentes, sin embargo, nada logra distraerme de la sensación de vértigo que me recorre cuando observo la entrada iluminada del restaurante, donde varias figuras conocidas posan con tranquilidad, como si estuvieran más que acostumbradas a los disparos de las cámaras y a las preguntas incesantes.

Entre ellas reconozco a una pareja de autores muy famosos por sus novelas de thriller romántico.

Sus manos entrelazadas frente a los destellos de las cámaras, sus risas medidas y su seguridad ante esta especie de escenario donde todo el mundo los observa, contrasta profundamente con mi propia forma de estar aquí, inmóvil, sin saber cómo comportarme ni qué expresión adoptar.

Me quedo mirándolos durante tanto tiempo que desconecto del ruido e incluso del propio Eiden, hasta que la sonrisa ladeada que se instala en su rostro me devuelve a la realidad con una precisión quirúrgica.

—Sabía que te gustaría —susurra como si leyera con descaro cada detalle de mi reacción—, algún día serás como ellos, si sigues escribiendo para mí, claro.

—Su voz baja como mínimo dos tonos mientras bromea, y me obliga a girarme hacia él—.

Debes fingir que estamos enamorados, Madeline.

Es muy importante, y puede que te sientas tentada a montar un espectáculo, pero no debes hacerlo.

No tengo tiempo de responder. Eiden ya ha salido del coche, rodea el vehículo, abre mi puerta con cortesía, tan delicada que me hace querer golpearle por interpretar tan bien su papel.

Cuando estiro la mano para apoyarme, él la toma entre sus dedos, cálidos y firmes, me pilla completamente desprevenida el beso que deposita en el dorso. La piel se me eriza desde el punto exacto donde sus labios me rozan hasta la nuca.

—Vaya —susurro sin poder controlarlo—, Se te da sorprendentemente bien no ser un capullo cuando te interesa. Si pareces un caballero y todo.

Él desliza su mano a la parte baja de mi espalda sin avisar, guiándome con una firmeza que me crea un calor abrasador justo allí donde me toca. Acaricia un mechón de mi pelo y lo lleva detrás de mi oreja de forma distraída, luego pega sus labios a mi cuello.

—No te dejes engañar, cariño —murmura pegándose un poco más a mí—, la realidad es que te arrancaría ese puto vestido con los dientes y te haría mía delante de toda esta gente.

El mundo entero se deshace bajo mis pies. Sus palabras se clavan en mi abdomen como un fuego lento que se expande sin freno hasta mi entrepierna.

—Seguramente después tendría que matarlos —añade con una calma aterradora—. No puedo permitir que nadie disfrute de lo que es mío.

Me pone de los nervios. No alcanzo a responderle porque de pronto todo estalla, los flashes, las cámaras y las voces que nos rodean desde distintos ángulos me dejan sin escapatoria.

—¡La pareja del momento!

—¡Tenéis un aspecto increíble! ¡Está tan enamorada que incluso se ruboriza cuando está cerca de él!

—¿Es cierto lo del virus? ¿Estabas enferma? ¿Tal vez embarazada?

—No parece embarazada.

Las preguntas y los comentarios caen sobre nosotros como una lluvia áspera y sin ritmo.

El rubor que siento no tiene nada que ver con estar enamorada —aunque ellos parecen asumirlo—, sino con las palabras que Eiden me ha susurrado.

Y, aun así, él mantiene una expresión relajada y encantadora, como si todo esto fuera parte de un juego del que solo él conoce las reglas.

—Estamos muy felices —declara con soltura, acomodando su mano en mi cintura para atraerme más a él—. Madeline no está muy acostumbrada a las cámaras, pero puedo aseguraros que hemos estado ausentes por temas nada relacionados con una enfermedad.

El murmullo crece, todos están pendientes de nosotros.

—Bueno —añade con una sonrisa que parece hecha para las portadas de las mejores revistas—, quizá estemos un poco enfermos de amor.

Los periodistas ríen, encantados por la respuesta perfecta que él les ha dado.

Yo, por otro lado, estoy demasiado ocupada intentando entender cómo es posible que un hombre como él, capaz de pelear como una bestia y dominarme en la intimidad, sea capaz de fingir con tanta facilidad, no comprendo cómo es posible que esconda su verdadero yo como si nada, es impresionante.

Apenas soy consciente del momento exacto en el que las preguntas se disipan, como si una ola hubiera retrocedido al mar.

Eiden aprovecha ese instante para avanzar, tomándome suavemente de la mano mientras caminamos sobre un sendero de piedras grandes y planas que parecen flotar sobre el lago.

El agua refleja luces doradas que se ondulan con el movimiento, creando la ilusión de que caminamos sobre espejos rotos.

Es hermoso, tanto que mis pasos se tornan más lentos, quizá por la belleza del lugar, quizá por la tensión que todavía me envuelve el cuerpo o quizá por la presencia de él, que siempre conlleva una mezcla peligrosa de temor y necesidad.

El leve temblor no pasa desapercibido. Él se inclina hacia mí y besa mi mejilla con falso cariño.

—Todavía no he hecho nada para que te tiemblen las piernas, lobita.

Pongo los ojos en blanco solo para provocarle, tiene el ego jodidamente alto, y siempre parece encontrar el momento perfecto para provocarme.

Eiden se detiene, me gira suavemente y me coloca junto a él, dejando que varias parejas pasen a nuestro lado.

Y cuando el sonido de los pasos aligerados se aleja, me sostiene el rostro con una mano y, sin darme un segundo para comprender lo que está ocurriendo, me besa.

No es un beso dulce, mucho menos tímido. Es la clase de beso que deja sin aire, que arrasa, que marca. La clase de beso que hace que las cámaras a nuestro alrededor estallen como si alimentaran la escena.

Mis dedos se aferran a la tela de su chaqueta de traje, no porque quiera corresponderle, sino porque siento que estoy cayendo por un abismo que amenaza con consumirme entera.

—No vuelvas a ponerme los ojos en blanco, a no ser que quieras que te provoque la necesidad de hacerlo, pero por las razones correctas.

Un estremecimiento profundo me atraviesa, casi doloroso.

Él se da la vuelta justo cuando los fotógrafos consideran que ya tienen suficiente material, y juntos entramos al restaurante, avanzando entre las luces cálidas hasta que un mesero muy formal nos conduce hacia la escalera que lleva al segundo piso.

El reservado que nos asignan parece más bien una cápsula secreta suspendida en el aire, hecha de enredaderas, flores y vidrio esmerilado. Es grande, demasiado grande, como si lo hubieran preparado para cuatro personas, pero el mesero sonríe y carraspea, algo nervioso.

—La mejor mesa para la pareja del momento.

Eiden desliza una propina muy considerada en su mano.

—Tomaremos el menú degustación completo.

La puerta floral se cierra detrás de él, dejándonos en una intimidad tan profunda que por un momento me pregunto si realmente no hay otra razón para haber venido aquí.

Un cóctel espumoso aparece a través de un pequeño cajón integrado en la puerta, me río sorprendida por el detalle, parece un truco de magia. Eiden se sienta frente a mí apoyando un codo sobre la mesa, evaluándome con sus ojos oscuros.

—¿Te gusta? —pregunta con confianza.

Tomo el cóctel entre mis manos y me lo acerco a la boca, el sabor afrutado y el fuego del alcohol me queman suavemente la garganta.

Asiento, justo cuando llega el primer plato: una especie de carpaccio de langosta marinada con cítricos negros y flores comestibles que parecen joyas sobre el hielo tallado.

Lo pruebo y un gemido suave, involuntario, se escapa de mi boca, sus ojos se oscurecen apenas un segundo antes de que pruebe bocado, mirándome fijamente mientras se lleva la comida a la boca.

Me limpia la comisura de los labios y se lleva el dedo que ha usado a la boca, su reacción me hace pensar que ha disfrutado más de eso que de esta exquisita comida. Resulta embriagador.

—Me alegra que te guste, lobita, porque vas a ser mi postre.