Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

EIDEN

Despertarme con Madeline en mi cama es algo…

extraño, por decirlo de alguna forma. No planeé entrar en su habitación sin anunciarme, tampoco planeé forzar la puerta cuando escuché ese sonido ahogado, mucho menos cargarla entre mis brazos cuando la encontré en el suelo del baño, con la piel helada y la mente perdida como si no supiera dónde estaba.

Y desde luego, tampoco planeé meternos a ambos en la bañera para acabar hundiendo mis dedos en ella.

Ignoré mi propia necesidad como un puto loco, ignoré el dolor que se me incrustaba en la base del abdomen cada vez que ella me tocaba sin darse cuenta, ignoré las exigencias de mi polla cuando la sentí aferrarse a mí como si fuera lo único que la mantenía cuerda, necesitaba borrar el dolor de su rostro, necesitaba arrancar esa sombra que la estaba devorando por dentro.

No sé por qué. No sé de dónde cojones salió esa necesidad irracional. Ahora, con la luz tenue que se filtra por la ventana y acaricia su piel, la veo hecha un ovillo a mi lado, arropada hasta el cuello. Su respiración es lenta, profunda, como si esto fuera lo más natural de mundo.

Mi brazo está bajo su cintura, como si la hubiera protegido durante la noche. Puede que me haya obsesionado con ella. Puede que mi cuerpo haya decidido, incluso dormido, que nadie iba a tocarla, y si bien es cierto que no lo esperaba, tampoco me disgusta.

No me disgusta despertarme con su pelo sobre mi almohada, con su olor incrustado en todas partes, con su cuerpo desnudo pegado al mío. Me resulta… ¿agradable? Quizá pueda serlo.

Joder, no lo sé.

Mi móvil suena y me sobresalto. Un pitido agudo, molesto, insistente, que no tiene ni idea de lo mucho que me apetece destrozarlo solo por interrumpir esto.

Frunzo el ceño de inmediato, no solo por el sonido, sino por el miedo absurdo a que se despierte. Es ridículo, no debería preocuparme de si abre los ojos o no, pero aun así muevo la mano despacio, desplazando con mis dedos la sábana lo justo para que no roce su piel al salir de la cama.

Me incorporo asegurándome de que el colchón apenas se hunda, ella emite un sonido leve, pero no se despierta.

Cojo del cajón de mi mesita unos calzoncillos y me los pongo. Después busco unos pantalones cortos y me los ajusto a la cintura mientras sigo mirando de reojo la figura de Madeline en mi cama.

Joder…, me muero por hacerla mía de una vez.

Salgo del cuarto y allí están, justo donde esperaba encontrarlos, Mateo a la izquierda y Dylan a la derecha, los dos plantados frente a la puerta de la habitación de Madeline, como dos estatuas que se toman demasiado en serio su trabajo.

La escena me provoca ganas de reírme. No lo hago, pero casi. Dylan frunce el ceño cuando me ve salir de la habitación vestido a duras penas.

—Buenos días, señor —saluda algo avergonzado.

Mateo asiente, aunque su mirada viaja fugazmente hacia la puerta entreabierta detrás de mí, no son idiotas, saben que ella está dentro, saben que ella no durmió donde debía.

Al fin y al cabo, saberlo es su trabajo, me pregunto qué pensarán los muy cabrones, seguro que lo han estado comentando.

Pero una cosa tengo clara, no es necesario informar —todavía— de que mi prometida está durmiendo en mi cama, con las piernas enredadas en mis sábanas y la marca ligera de mis manos en su cintura.

Por ahora, eso es solo mío, ni ella puede fiarse de mí ni yo de ella, porque está claro que no sabemos controlarnos como deberíamos, y yo no puedo ofrecerle más que esto.

Mientras bajo las escaleras de dos en dos el móvil vibra de nuevo, miro la pantalla y suelto un bufido. Mi padre, a las putas ocho en punto, un sábado.

Típico de él.

—Ya no respetas ni los días festivos, ¿eh?

La risa de mi padre es profunda, burlona, llena de un buen humor que no suele ser sincero, lo que me irrita aún más.

—Solo quería saber cómo está mi futura nuera —responde—. Los medios hablan de un posible virus. Supongo que esto no tiene nada que ver con el inminente matrimonio, ¿no? Ya sabes que, si no hay boda, no hay herencia.

El calor sube por mi cuello, odio que hablen de ella. Odio que todo el mundo esté pendiente de MI futura mujer. Y odio que mi padre me amenace.

—No, joder —gruño apretando la mandíbula—. Ni siquiera está enferma. Solo está centrada en su manuscrito, ni que tuviera que exhibirla ante el mundo entero.

Mentir me irrita, pero no puedo contar la verdad.

—Ya veo… —Parece divertido, como si pudiera leer mi mal humor a kilómetros—.

Por cierto, tuve una reunión la semana pasada con su padre.

El hombre parecía bastante asustado, pero al final aceptó reunirse conmigo y todo fue bien.

Coincidimos en que la unión entre nuestras familias será beneficiosa: él por la parte económica y nosotros…

bueno, supongo que porque estás enamorado. Eso sería suficiente para tu abuelo.

Mi estómago se contrae. «Enamorado», qué palabra tan jodidamente inútil.

—Sí, estamos… mmm… —respondo intentando sonar convincente, aunque lo único que siento es un nudo desagradable en la garganta—. Bueno, no me hagas expresar mis sentimientos más de la cuenta, joder.

Mi padre suelta otra carcajada.

—Está bien, está bien.

—Si has acabado —interrumpo, cansado de escucharle—, tu futura nuera está bien, yo también y me gustaría disfrutar de mi día libre.

—Espera, hijo. No te llamaba solo para eso.

Me pellizco el puente de la nariz, exhalando con pesadez, esto no va a terminar nunca, joder.

—La cuestión —continúa— es que necesitamos que empiecen a veros en público, Eiden. No podéis encerraros en vuestra burbuja de amor. La gente está empezando a especular. Y más teniendo en cuenta que todavía no habéis concretado una fecha para la boda…

Joder. Perfecto, justo lo que necesitaba a primera hora de la mañana.

Mi padre sigue hablando, enumerando razones que no me importan, fechas que no pienso recordar, expectativas que carga sobre mis hombros como si yo fuera su extensión natural y no una persona que ya ha hecho más de lo necesario por esta puta familia.

Mientras llego a la cocina, las palabras se mezclan con el olor familiar del café recién hecho.

Lina venía muy temprano cuando lo hacía de forma intermitente, pero ahora que está con nosotros todos los días, no importa a la hora que abra los ojos, ella ya lo tiene todo listo.

Es lo más parecido que he tenido a una familia, ella siempre se preocupa, no importa que yo no lo necesite, es algo natural y casi se lo agradezco, pues me hace sentir valorado, y eso no ocurre nunca.

—Llevaré a Madeline a comer hoy —le digo finalmente a mi padre, interrumpiéndolo cuando lo oigo inhalar para continuar con su sermón—. Estáis todos tan puto obsesionados con ella que al final acabaré a hostias con cualquiera, aviso. Los rumores sobre posibles problemas acabarán hoy.

La satisfacción de mi padre al otro lado del móvil es casi palpable, tanto que me dan ganas de colgarle directamente, pero me contengo porque no quiero resultar sospechoso, llevar a mi prometida a comer no debería irritarme.

—Muy bien, así me gusta, hijo —responde finalmente.

Ni que me importara lo que le gusta. Cuanto antes herede la empresa, antes podré mandarlos a todos a la mierda.

Nos despedimos de una forma seca y cortante. Y cuando bajo el móvil, noto la mirada fija de Lina, como si intentara leerme el alma, cosa que agradezco que no pueda hacer porque seguramente le daría un infarto.

—¿Qué? —gruño, hundiendome la mano en el pelo y apoyándome en la encimera—¿Tú también tienes algo que recriminarme?

Ella deja la taza en el escurridor con un gesto lento y deliberado, se quita un mechón blanco de detrás de la oreja y me mira como si yo fuera su hijo y hubiera llegado borracho a casa otra vez. No lo soy, pero eso no detiene a Lina.

—Solo quiero saber cómo se encuentra Madeline —afirma preocupada—. Está muy débil, muy enfadada. No puede seguir así, esto no está bien y lo sabes.

No quiero reconocerlo, pero a mí también me preocupa que siga haciéndose daño a sí misma.

Se supone que debo hacer que saque su verdadero yo para hundir a Lucian, para que nadie más pueda contar con esa faceta perfecta que crearon de ella, pero por ahora solo he conseguido que luzca más apagada que cuando la controlaba esa familia.

—Está bien, Lina… —respondo, más decaído y harto de lo que pensaba—. De hecho, prepáranos un desayuno contundente para llevar, vamos a pasar el día fuera.

Lina sonríe, una sonrisa pequeña, discreta, pero suficiente para ponerme de mal humor.

Todos están obsesionados con ella, joder.

Me tomo el café de un sorbo, ignorando su intensidad y su calor abrasándome la garganta.

Subo las escaleras otra vez, la puerta de mi habitación todavía está entreabierta y la luz tenue que se filtra por el umbral ilumina una escena de lo más exquisita.

Empujo la puerta con cuidado, dejando que esta se abra solo unos centímetros, las sábanas se han deslizado por su cuerpo.

Sus pechos quedan expuestos, firmes, generosos.

Los débiles rayos de sol acarician la curva de su cintura, dibujando sombras que parecen hechas a propósito para provocarme, para desafiar mis límites, para burlarse de mi autocontrol.

Mi respiración se vuelve más pesada, camino hacia ella impulsado por una necesidad que no debería tener y que sin embargo arde bajo mi piel.

Siento la erección apareciendo sin permiso, sin previo aviso, simplemente reaccionando a la visión de ella allí, tan expuesta, tan vulnerable, tan jodidamente perfecta.

No debería tocarla, no debería ni acercarme, pero cuando se trata de Madeline, lo que debería hacer no significa nada.

Me inclino sobre ella, colocando mis brazos a ambos lados de su cabeza, encerrándola contra mi cuerpo, respirando su mismo aire, sintiendo el calor que desprende colándose bajo mi piel y me incendia desde dentro.

Me inclino aún más, dejando que mis labios rocen apenas el borde de uno de sus pezones.

La sensación es suave, casi eléctrica. Y cuando lo tomo entre mis labios y succiono, ella exhala un jadeo adormilado, un sonido que me atraviesa el pecho y me tensan los músculos como si me hubieran atado por dentro.

Su piel sabe a algo dulce, y se sonroja cuando la muerdo. Un gemido sorprendido, un pequeño salto de sus caderas, la boca entreabierta. Y entonces abre los ojos y me mira confundida, desorientada. Y tan jodidamente sexy que entiendo, de golpe, el peligro que representa para mí.

—Buenos días, lobita —ronroneo contra su piel.

Ella se incorpora un poco, sin taparse, como si su desnudez no fuera un arma mortal contra mi autocontrol, y sus labios quedan a escasos milímetros de los míos. Sus ojos, todavía empañados por el sueño, me estudian como si no entendiera qué estoy haciendo.

—¿Qué… qué haces? —pregunta con la voz ronca, suave, oliendo a vulnerabilidad y a excitación.

—Despertar a mi prometida como se merece, bueno, casi —respondo rozándole la boca con la mía, sin llegar a besarla—. Cuando te atrevas a pedirme lo que realmente quieres de mí… tal vez te despiertes gritando con mi lengua entre tus piernas.

Le guiño un ojo y ella me regala una mueca molesta. Se tumba de nuevo, estirándose como una gata satisfecha, desperezándose con una elegancia que no debería ser legal a estas putas horas de la mañana.

Me siento al borde de la cama, respirando hondo para recuperar algo parecido al control, aunque sé que lo he perdido desde el momento en que he visto su cuerpo desnudo reaccionar de nuevo para mí.

—Vístete —le ordeno sin mirarla—. Tenemos que salir, has estado encerrada demasiado tiempo.

Ella se restriega los ojos, bostezando de una manera tan dulce que contrasta violentamente con las cosas que quiero hacerle.

—¿Salir? ¿Por qué? —pregunta, todavía medio dormida.

La observo de nuevo, y las ganas de follármela hasta borrarle esa expresión dulce e irritada luchan por apoderarse de mí.

—Primero —le sonrío con picardía—, porque no estás haciendo ningún uso de los guardaespaldas que, como todo un caballero, te he ofrecido.

Segundo… —me acerco un poco más, disfrutando del rubor que sube por sus mejillas—, porque estás con Eiden Ashford, cariño, y eso significa que, si desapareces, la prensa se pregunta qué cojones ha pasado con mi futura mujer.

Ella se queda callada y me aparta, se levanta de la cama sin ningún pudor. Y cuando se gira, me ofrece una vista increíble de su cuerpo.

Me quedo completamente embobado al ver la humedad que se desliza ligeramente por sus muslos, fruto de la forma en la que la he despertado, y mi garganta se cierra por completo.

No, ella no es inocente, sabe lo que hace… la muy cabrona. Me relamo los labios y estiro las piernas, dejándola boquiabierta ante la erección matutina que ha reclamado su atención.

—O también puedes subirte encima de mí y devolverme esos dos orgasmos que me debes —murmuro, mi voz sale mucho más grave de lo que me esperaba al imaginarla sobre mis caderas—. Tú decides, lobita.

Ella retrocede un paso, asustada, y ese pequeño gesto hace que algo dentro de mí, oscuro y primitivo, despierte.

Me levanto y la agarro del cuello, estampándola contra la puerta. Su respiración se corta con un jadeo y hundo mis labios en su cuello

—Entonces… te vistes y salimos como una parejita enamorada… ¿o prefieres quedarte sin voz gritando mi nombre?

Su cuerpo reacciona antes que su mente, sus pezones se endurecen, sus muslos se aprietan y el calor le sube por el cuello hasta instalarse en sus mejillas.

Lentamente, posa una mano en mi pecho se acerca más a mi rostro y por un momento estoy a punto de besarla.

—Ya te gustaría —susurra contra mi boca, apartándome de un empujón.

Mi risa se escapa en un gruñido bajo, oscuro. Agarro con fuerza sus muñecas y las coloco encima de su cabeza, aprieto mi cuerpo contra el suyo y le arranco un grito cuando estampo mi boca contra la suya y la devoro entera.

No puede respirar mientras mi lengua juega con la suya, intenta apretar más las piernas cuando le obligo a separarlas con una de mis rodillas, exponiendo su excitación, dejando claro que ambos deseamos exactamente lo mismo.

—Sí, está claro que a ambos nos gustaría, lobita.