CAPÍTULO 28 #2
El agarre en sus hombros se vuelve desesperado, mis uñas granates presionan su piel húmeda con tanta fuerza que me sorprende no romperla, y aun así, él no se inmuta, como si mis intentos de aferrarme a algo no fueran más que un detalle irrelevante frente a lo que estamos haciendo.
Su boca desciende, lenta, tortuosa, hasta que siento sus labios envolver mi pezón, no con suavidad, sino con un hambre contenida que me roba otro gemido, uno que intento reprimir mordiendo el interior de mi mejilla, pero que se me escapa igual cuando su lengua pasa sobre el punto más sensible justo después de apresarlo entre los dientes, marcando un camino húmedo que me incendia desde adentro.
Succiona mi piel sin intención de ser delicado, y con cada tirón mi cuerpo se contrae alrededor de sus dedos, atrapándolos, apretándolos, como si intentara retenerlos en mí.
—Mmm —gruñe, sin levantar la mirada de mi sexo, como si pudiera sentir cada pulsación que lo aprisiona—, mira cómo me aprietas, lobita… Vas a partirme los dedos si sigues así.
Mi respiración se fragmenta en pedazos que no alcanzo a recomponer. Mi mente también. Intento hablar, mandarlo a la mierda, pero mi voz se rompe antes de nacer, dejándome expuesta, perdida, ardiendo en un punto del que no sé si puedo volver.
Entonces él cambia la posición de su mano, utilizando un ángulo distinto, un movimiento mínimo que provoca una reacción devastadora en mí, una oleada de placer que me dobla hacia adelante y que me hace soltar un grito que jamás he escuchado salir de mi propia boca.
—Eso es —murmura, subiendo su mano libre a mi cabeza, enredando sus dedos en mi cabello, tirando hacia atrás con firmeza—, mírame a mí.
Y, joder, la oscuridad de su mirada me atrapa hasta que ya no soy capaz de ver otra cosa que no sean sus orbes oscuros controlando mi cuerpo y mi mente a su voluntad.
Cada sonido que se escapa de mí se convierte en una provocación para él, porque justo cuando siento que la presión empieza a construirse en ese punto inevitable, justo cuando creo que voy a derrumbarme en un orgasmo que llevo semanas necesitando, él detiene el movimiento.
—Todavía no, cariño —advierte—. No vas a correrte hasta que yo lo diga.
—Eiden… —susurro, incapaz de contener la súplica, tan enfadada como necesitada.
Pero él ignora la fragilidad evidente de mi tono; de hecho, la usa.
Vuelve a mover sus dedos, esta vez más despacio, mientras su boca abandona mi pecho solo para reemplazar ese vacío con un mordisco suave en la curva de mi cuello, y cuando siento el orgasmo retirarse y regresar como una marea cruel, él deja de mover sus dedos solo para deslizar su pulgar hacia arriba, encontrando mi clítoris presionando justo en el centro.
—Qué manera tan bonita de temblar para mí, lobita.
Siento su erección rozar mi muslo bajo el agua, dura, hirviente, exigiendo atención, pero parece no importarle su propia necesidad mientras me lleva al límite una y otra vez.
—La próxima vez que te corras —asegura, acercando su boca a mi oído con un gruñido—, será cuando te folle de verdad. Recuérdalo, porque eres y serás mía, Madeline… y solo yo puedo romperte y reconstruirte.
Y entonces, antes de que pueda preparar mi mente para el golpe, antes de que pueda pedir, suplicar o negar, él aumenta la fuerza, la velocidad, la intensidad, todo al mismo tiempo, me arrastra sin piedad hasta que la presión se convierte en un estallido que me atraviesa de forma tan brutal que mi cuerpo entero se dobla hacia adelante, temblando, rompiéndose en un orgasmo que me deja sin aire.
Me derrumbo, literalmente. Mi cuerpo entero falla y temo desmayarme aquí mismo. El agua se agita alrededor, desbordándose por los bordes de la bañera cuando mi cuerpo cede por completo.
Y lo único que siento, una vez que la ola retrocede, es la mano de Eiden sujetando mi cintura contra su cuerpo para evitar que me vaya, ese agarre firme que me obliga a recordar que estoy en sus manos, que él es quien me sostiene.
Estoy tan agotada que apenas noto cuando él se incorpora un poco, pasándome un brazo por debajo de las piernas, levantándome del agua como si fuera evidente que no puedo mantenerme en pie, como si cargarme fuera una extensión natural de lo que acaba de hacerme.
El agua cae por nuestros cuerpos, empapando el suelo del baño, formando charcos a cada paso que él da sin preocuparse lo más mínimo mientras me envuelve con una toalla y hace lo mismo con su cintura sin soltarme.
Trato de levantar la cabeza, pero apenas lo consigo.
—¿A dónde me llevas? —pregunto cuando veo que dejamos atrás mi cama y mi habitación.
Él me mira desde arriba, satisfecho y dominante, y me dedica una de esas sonrisas que a estas alturas no sé si me asustan o me hacen desearlo.
—No creerías ni por un segundo —sonríe al mirarme— que ibas a dormir en un lugar que no fuera mi cama después de esto… ¿verdad?
Suspiro enfadada, no sé si con él o conmigo misma, pero la manera en la que me aprieta contra su torso me deja claro que no existe la opción de discutirle, aunque quisiera hacerlo.
La puerta de su habitación se abre con un simple empujón de su pie y, esta vez, me permito fijarme en cada detalle.
Su cama ocupa el centro de la estancia, enorme, oscura, cubierta por sábanas blancas y negras que parecen absorber la poca luz que pueda entrar desde las ventanas.
La sensación de vulnerabilidad me golpea con fuerza porque, por un segundo, imagino mi cuerpo allí, extendido, temblando, completamente expuesto a lo que él decida hacer, incapaz de negar nada de lo que ya he permitido que nazca entre nosotros.
Eiden me baja despacio, se asegura de secarme por completo y me despoja de la toalla.
No siento vergüenza ante mi cuerpo expuesto, pero sí una ligera vulnerabilidad cuando me empuja y mi espalda toca el colchón, un escalofrío me recorre el cuerpo entero, no solo por el contacto con las sábanas frías, sino por la intensidad de su mirada clavándose en mí.
Se queda de pie al borde de la cama, completamente empapado, con gotas de agua deslizándose por su cuello, resbalando por su pecho, bajando por los músculos tensos de su abdomen, perdiéndose debajo de la toalla que tiene anudada de forma descuidada a la altura de sus caderas.
Mis ojos viajan por cada línea, cada sombra, cada contracción de su cuerpo, y me odio por hacerlo, me odio por no poder dejar de mirarlo.
Una sonrisa lenta, oscura, peligrosamente satisfecha se dibuja en sus labios.
—Tu cuerpo habla muy alto, lobita —murmura, inclinándose un poco hacia mí, apoyando una rodilla en la cama mientras su mano atrapa mi mentón—. Me gusta.
Su pulgar baja ligero, rozando la parte interna de mi labio inferior, y apenas ese contacto es suficiente para hacer que mi estómago se contraiga.
Me muerdo el labio por reflejo, una vez más, como si mi cuerpo pensara que ese gesto puede ocultar todo lo que siento, pero él inmediatamente atrapa mi muñeca antes de que pueda llevarme los dedos a la boca.
—Creía que te había quedado claro —amenaza con un gruñido—. Ya te lo he dicho. No vuelvas a esconderte de mí.
Trago saliva con dificultad. Él baja la mano hasta mi cintura, rodeándola con los dedos y arrastrándome hacia él en un movimiento seco que provoca que su toalla caiga. Mi pecho se pega a su torso y su mera cercanía me abrasa.
—No te estoy pidiendo que me quieras, Madeline —susurra contra mi cuello—. No lo necesito y tampoco podría corresponderte, solo necesito que no huyas de lo que eres conmigo. Eso es suficiente.