CAPÍTULO 28
MADELINE
Estas dos semanas han sido una lucha interna contra mi ansiedad, y aunque no lo parezca, voy ganando.
Voy ganando porque no he cometido las locuras que han cruzado por mi mente, como intentar escaparme en plena noche.
Porque lo he pensado, esa idea ha estado instalada en mi mente desde que crucé las puertas de esta mansión, rodeada de cámaras y micrófonos que esperaban mis respuestas.
Tuve que llegar aquí sola, mi padre no permitió que Lucian y Maya me acompañaran, pero los he llamado cada vez que he podido, totalmente desconcertada ante la extraña relación que hemos creado, en la que me siento como si estuviera fallándome a mí misma al bajar la guardia con él.
Me prometí a mí misma que no le hablaría, que no volvería a dejarme llevar con él, pues no pienso permitir que me haga perder el juicio, pero esta noche, cuando he acabado por soltarlo todo, inesperadamente, me ha consolado.
A su forma bruta, pero ha sido un consuelo.
Puedo comprender que mi padre haya hecho negocios con él y que estos le hayan venido genial para darle a Lucian justo donde más le duele, pero amenazarnos así es intolerable, no puedo seguir viviendo en un estado de nervios constante, porque al final acabaré cometiendo una locura.
Es una situación de lo más extraña, sé que no puedo ni debo confiar en este hombre, pero ahora, apoyada contra su pecho, con el agua caliente envolviendo mi piel como si fuera una segunda capa de protección que no sabía que necesitaba, puedo sentir cómo la ansiedad que hace apenas unos minutos me estaba desgarrando por dentro empieza a retroceder, lenta, casi tímida, como si tuviera miedo de desaparecer del todo, y me doy cuenta de que, aunque me joda admitirlo, no siento que deba esconderme cuando estamos solos.
No sé cómo sentirme respecto a su confesión, tampoco sé qué es lo que saca él realmente de este matrimonio, además de lo obvio: devolverle la jugada a mi hermano.
Pero la realidad es que ya tenía más que asumido este hecho, estaba claro que mi padre no lucharía por mi libertad si algo así llegaba a ocurrir, y de cierta forma retorcida, agradezco que al menos Eiden haya sido sincero conmigo.
«Te necesitaba y te tengo, es así de simple.»
Me ha jodido su respuesta, pero solo he tenido que preguntárselo una única vez y me ha ofrecido la verdad.
Siento sus dedos recorrer mi cuero cabelludo con una delicadeza que me desconcierta, apartando mechones húmedos de mi frente, bajando por mi sien, deslizándose por mi mejilla como si este hombre no fuera capaz de romper puertas, huesos y voluntades sin pestañear, y es tan absurdo, tan contradictorio, que me entran ganas de reírme de mí misma por permitirlo.
No debería sentirme más tranquila con él que sola, no debería encontrar consuelo en un hombre que controla mis movimientos bancarios, que lee mis manuscritos sin permiso, que se coló en mi vida como si tuviera derecho a decidir por mí…
y, sin embargo, lo único en lo que puedo pensar es en lo que habría ocurrido si no hubiese entrado a este baño.
Me estaba haciendo daño a mí misma, como siempre, y sé que debería poder pararlo sola, pero es un alivio no tener que hacerlo, que alguien se preocupe sin tener que pedirlo, aunque sea de forma retorcida.
Eiden deja de acariciar mi pelo durante un segundo y el ambiente cambia; es tan sutil que, si no estuviera recostada contra su pecho, quizá no lo notaría, pero siento cada respiración que emana, así que cuando su mano desciende, apenas unos milímetros, rozando la línea clavicular antes de aventurarse hacia la curva peligrosa de mis pechos, puedo notar como se endurece contra mí.
Mi piel reacciona como si me hubiera tocado directamente, endureciendo mis pezones bajo el agua caliente, traicionándome sin ninguna vergüenza.
Cierro los ojos, intentando evitar soltar el sonido que amenaza con escapar de mi garganta, pero el movimiento apenas consigue empeorar la situación, porque en vez de detenerse, sus dedos continúan ese recorrido suave, aparentemente perezoso, descendiendo por el lateral de mi pecho sin llegar a tocarlo realmente, jugando con el límite exacto que me hace estremecer.
Siento su respiración contra mi cuello, siento que la bañera parece cada vez más pequeña, mi mente deshaciéndose lentamente, como si el agua caliente no solo envolviera mi cuerpo, sino también mis pensamientos.
Su erección, dura, imposible de ignorar, apenas cubierta por el agua que une su piel con la mía, me hace contener el aliento.
Me recorre un escalofrío tan brusco que mis dedos se hunden aún más en su brazo y él lo nota.
Su risa resuena en mi cuello, baja, oscura, tan estimulante que me cuesta no suspirar.
—Tu cuerpo reacciona tan bien, lobita… —murmura, y su voz se desliza por mi columna como si vertiera chocolate caliente sobre mi espalda—. Eres perfecta para mi mente retorcida.
Me muerdo el labio para no gemir. Y sé al instante que ha sido el mayor error que podía cometer.
Porque en cuanto mis dientes aprietan mi piel, él desliza sus manos hacia mi cintura con una facilidad que no debería pertenecerle a alguien tan grande, me agarra con fuerza, me eleva apenas unos centímetros sobre el agua y, sin dejarme procesar nada, me da la vuelta de golpe, de forma que termino sentada a horcajadas sobre él, con el corazón golpeándome el pecho y el agua salpicando en todas direcciones.
Mi respiración se corta y su miembro empuja de una forma impresionante y deliciosa contra mi sexo.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza y un gemido ahogado se escapa de mi garganta, sus dedos suben por mi cuello, atrapando mi barbilla, deslizando su pulgar por mi labio inferior para separarlo de mis dientes.
—No hagas eso —ordena, tan cerca que puedo sentir sus palabras vibrando contra mi boca.
Trago saliva con dificultad, empiezo a marearme por la intensidad de su mirada, pero no me da tregua y sigue presionando su cuerpo contra el mío.
—¿El… el qué? —pregunto, aunque lo sé, maldita sea, lo sé.
Su sonrisa es un crimen estético, estoy segura.
—Morderte el labio para ocultar lo que deseas —murmura, inclinándose hacia mí—. Conmigo no tienes que esconderte, lobita. Conozco los rincones más oscuros de tu mente.
Su aliento roza mi oreja, y entonces, lentamente, sus labios se cierran sobre mi lóbulo, mordiéndolo, jugando con el límite del dolor y el placer.
—Y, ¿sabes qué? —susurra, tirando de mi pelo con fuerza—. Quiero hacer que esos rincones sangren por mi atención.
Sus manos bajan por mi espalda, por mis costillas, por mis caderas, hasta que las coloca sobre mi culo, apretando con una fuerza que, de no ser por el calor del agua, me arrancaría un grito involuntario, uno que casi se me escapa, porque el contraste entre la presión de su agarre y la suavidad líquida que nos rodea me provoca un vértigo extraño, placentero.
Acaricia la zona con suavidad y sus manos se deslizan por mi cuerpo, tan lento que quiero gritarle. Sus dedos suben por mis muslos, desencadenando temblores en cada centímetro que recorren.
—Pídeme lo que realmente quieres de mí, lobita —gruñe dándome pequeños mordiscos en el cuello—, y te lo daré.
Niego como una desquiciada, mi vergüenza se vuelve demasiado presente, muerdo de nuevo mi labio inferior sin pensarlo, presa de la inseguridad, y él lo nota.
Por supuesto, que le desobedezca no le gusta lo más mínimo.
Vuelve a agarrarme del pelo con más fuerza, con todos mis mechones envolviendo su puño, tirando de mí hacia él hasta que nuestras bocas quedan a un suspiro.
Sus dientes me atrapan el labio y lo muerde con fuerza, sin romperme piel, pero lo suficiente para que arda.
—Pídemelo, Madeline.
Mi voluntad se derrite ante él.
—Me gustaría… —trago saliva, incapaz de sostenerle la mirada—, me gustaría poder olvidarme de todo esto, dejarme llevar.
Él sonríe y sigue paseando sus grandes manos por mi cuerpo, mientras sus mechones oscuros como la noche le acarician la frente. Luce tan calmado que nadie diría que está llevándome al límite, otra vez…
—¿Y qué puede hacer tu futuro marido para ayudarte con eso?
Respiro hondo, frustrándome con él, pero sobre todo conmigo misma.
A la mierda.
—Te deseo casi tanto como te detesto, Eiden —susurro con rabia—, te deseo, así que… tócame hasta que me olvide de lo que somos y de que esto está mal por demasiadas razones.
Su respuesta es un gruñido satisfecho que me estremece.
—Será un placer —gimotea contra mi cuello—. Sujétate a mis hombros, Madeline.
Me aferro a sus hombros porque no tengo otra opción, porque sus ojos me sostienen y me destrozan al mismo tiempo, porque su voz es una orden que se incrusta en mi piel como una quemadura lenta.
Siento el agua caliente deslizándose entre nosotros cuando él me acomoda justo donde me quiere, y antes de que pueda prepararme, antes de que pueda siquiera rogarme a mí misma que recupere un mínimo de control, sus dedos invaden mi interior sin advertencia, dos de ellos, gruesos, firmes, hundiéndose en mí con una fuerza que hace que mi espalda se arquee de forma involuntaria y un grito se escape de mi garganta.
El dolor es agudo, un relámpago súbito que corta el aire entre nosotros, pero no puedo negar que me hace sentir satisfecha.
Hace que me olvide del malestar emocional que sentía hace apenas media hora, hace que me olvide de que no debería estar haciendo esto mientras los que me quieren de verdad luchan por salvarme de él. Hace que me olvide de lo que está bien o está mal, y me permito el egoísmo de dejar que lo haga.
—Así —murmura contra mi clavícula, sin detener el movimiento de sus dedos, empujando más profundo mientras los curva con destreza, haciéndome sentir cada centímetro de mi propia vulnerabilidad—, lo haces muy bien, lobita… Eso es, fóllate mi mano igual que estás deseando follarme a mí.