CAPÍTULO 27 #2
La acuno sin darme cuenta, un movimiento lento, rítmico, casi instintivo, debería darme exactamente igual si está así, debería levantarme y dejarla tirada, recordarle que no es mi problema, pero la verdad es que… me preocupa.
Y darme cuenta de esto me revienta.
Estoy cuidando de ella sin pretenderlo. ¿Y para qué?
No lo sé, solo sé que no puedo no hacerlo ahora mismo.
Cuando siento que su respiración empieza a volverse algo más parecido a un jadeo controlado, aunque todavía tembloroso, levanto la mirada hacia la bañera grande que ocupa el centro del cuarto de baño.
Está congelada, su piel está tan fría que incluso a través de mi camisa puedo sentir cómo me absorbe el calor, como si su cuerpo entero estuviera pidiéndolo a gritos.
Me inclino hacia ella un poco más para comprobar si sigue consciente, porque, aunque sus ojos están abiertos, no están fijos en mí, están perdidos en un punto muerto, como si su mente siguiera reviviendo algo que yo no alcanzo a ver.
La deslizo entre mis brazos, la levanto sin esfuerzo, uno de sus brazos cae sin fuerza hacia un lado, su cabeza descansa contra mi hombro y noto cómo tiembla, no de miedo ahora, sino de agotamiento, de debilidad, fruto de la ansiedad que lucha por quedarse en su cuerpo.
Abro el grifo de la bañera con una mano, dejando correr el agua caliente, tan caliente que el vapor empieza a levantarse de inmediato, empañando el aire, dándole al baño una calidez que contrasta de manera brutal con el frío mortal que tiene su cuerpo.
El ruido del agua llenándose es constante, profundo, y por alguna razón su respiración empieza a acompasarse a él, como si el sonido la calmara más que mis palabras.
Ella apenas gira la cabeza, apenas puede enfocar.
—¿Qué… que haces? —susurra acojonada.
Suelto una risa baja que le cae directamente sobre el cuello.
—Vamos a darnos un baño —le susurro acariciándole el brazo con los dedos, sintiendo cómo tiembla cuando la acerco al borde de la bañera—. Estás congelada, el agua te ayuda a calmarte, ¿recuerdas?
No protesta, cierra los ojos y asiente, esa pequeña rendición involuntaria me calienta el cuerpo por razones mucho menos lascivas de lo que me gustaría.
La desnudo lentamente, con cuidado, sosteniendo su cintura, notando sus costillas prominentes bajo mis manos, sus pechos voluminosos cuando le deslizo la pequeña camiseta de seda y la dejo caer al suelo…
Joder, es exquisita.
La introduzco en el agua caliente, que la envuelve de inmediato como un abrazo que yo no puedo darle sin romper mil reglas que me he impuesto.
Ella suelta un jadeo y se acurruca sobre sí misma cuando el agua sube por su abdomen, después por sus pechos, y deja caer la cabeza hacia sus rodillas cuando por fin siente que la temperatura le despierta la piel.
No dice nada cuando empiezo a quitarme la ropa, tan solo me mira con curiosidad, fijándose en cada músculo, en cada vena, como si quisiera recordar cada detalle de mi cuerpo. Me uno a ella y suspira aliviada cuando mi tamaño provoca que el nivel del agua suba, calentando todavía más su cuerpo.
No tengo ni idea de lo que estamos haciendo.
—¿Qué ha sido eso, lobita? —pregunto mientras le sujeto las muñecas para que deje de abrazarse a sí misma y la apoyo contra mi pecho.
Ella no abre los ojos, pero no parece estar incómoda, y por alguna puta razón, yo tampoco.
—Normalmente puedo controlarlo —responde de forma tan sincera que me descoloca—. Me pasa a menudo…, yo…, es que ya no puedo más con esta situación.
Aprieto la mandíbula, pero dejo que siga hablando.
—No puedo con esto. No sé cómo hacerlo, estoy más convencida que nunca de que este matrimonio ha sido sobre todo cosa tuya… Has amenazado a toda mi familia, y sé que yo solo soy el golpe final.
Podría decirle mil cosas, podría recordarle que fue su hermano el que me traicionó, podría decirle que fue ella quien se cruzó en mi camino al saltar a ese ring, o que su padre es un hombre corrupto que ha estado engañándoles toda la vida. Pero ninguna de esas palabras sale, ninguna.
En cambio, lo único que hago es inclinarme hacia su cabeza, rozar su pelo con mis labios y ser sincero, aunque no tenga por qué:
—Sí, lobita, el matrimonio fue idea mía, te necesitaba y te tengo, es así de simple. No te voy a soltar, te guste o no, no puedes deshacerte de mí.
Ella abre los ojos al fin y me mira, no con odio ni con deseo o desafío, esta mirada es nueva. Como si intentara descifrar la veracidad de mis palabras.
Esta mujer va a ser mi ruina.
Ella asiente, frunce ligeramente el ceño, sé que quiere rechistar, pero en lugar de eso, cierra los ojos otra vez, se hunde un poco más en el agua y la tensión de su cuerpo se afloja por completo, como si el simple contacto de mi cuerpo y la adrenalina bajando al fin fueran suficientes para arrancarla del abismo. No puedo moverme, no quiero moverme.
Porque, aunque no lo entienda, aunque sea jodidamente absurdo… no me disgusta su presencia aquí.
No voy a dejar que vuelva a romperse así, no mientras sea mía.
Y será mía para siempre.