Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

EIDEN

Han pasado dos semanas desde que Madeline cruzó la puerta de mi casa y empezó a resultarme mucho más interesante de lo que esperaba. Dos semanas desde que decidió empezar a conocerme y mi plan empezó a volverse algo tangible, real.

Parece haber perdido poco a poco el miedo que la consumía cuando nos conocimos, y eso es justo lo que quería, pues solo así podrá entregarme la versión de ella que vi en ese bosque, la que veo cuando mis insinuaciones lascivas le erizan la piel o mis manos en su cuerpo la hacen suspirar.

La gente ya me teme sin llevar la máscara de Leyenda, pero si vieran de verdad la clase de hombre que soy, huirían de mi lado oscuro, ese mismo lado oscuro que consiguió que Madeline se corriera con tanta facilidad.

La imagen se me ha quedado tan grabada que me he tenido que masturbar más veces de las que jamás admitiría en voz alta, me he corrido tantas veces imaginando su cuerpo deshaciéndose mientras gemía, que me daría vergüenza si me quedara algo de ese sentimiento.

Y por alguna razón absurda, tras no permitir el beso, siento que me debe algo, como si la hubiera abierto en canal y después ella hubiese abandonado la parte de sí misma que más me interesa.

Ayer estuve a punto de besarla, ambos sabemos lo que habría pasado si hubiera dejado esos prejuicios y esos miedos a un lado.

Y me enfurece que no lo aceptara, que no se atreviera a suplicarme que la follara, que la hiciera mía de verdad.

Porque sé que hasta que Madeline no reconozca en voz alta esa parte retorcida que tiene escondida bajo capas de perfección y expectativas, hasta que no deje de ser esa princesita de porcelana que su familia espera que sea, no podré poseerla de la forma en la que necesito hacerlo, no podré vengarme de su hermano como es debido.

Necesito verlo solo, vulnerable, tal como se sintió aquella noche esa pequeña parte de mí que le guardaba algo de afecto.

Necesito a Madeline para heredar Ashford Security, pero también necesito que Lucian pierda a la única mujer que ama de verdad.

Y lo peor es que estoy empezando a sospechar que destrozar la máscara que han construido para ella es más fácil de lo que jamás imaginé.

Todo lo que tengo que hacer es ayudarla a ser ella misma y dejar al descubierto esa versión suya que no quiere admitir que existe, la que se rinde cuando la miro, la que tiembla cuando me acerco, la que se excita cuando la amenazo y se deshace cuando la provoco.

Durante estas dos semanas no he tenido el tiempo que mi cuerpo, mi mente y mi polla querrían dedicarle, porque la puta prensa ha estado tras los muros de la mansión día y noche, tocándome los cojones con preguntas absurdas sobre su estado de salud después de que saliera a la luz una maldita foto en la que aparecía con la cara contraída por el dolor mientras se agarraba una de las rodillas al salir del coche de su padre, cuando llegó aquí el primer día.

Afortunadamente, la sangre no traspasó el pantaloncito caro y estúpido que le obligaron a ponerse, ese atuendo de princesita perfecta que tanto odio.

Me gusta más cuando lleva vestidos ajustados, esos que podría romper si me lo permitiera para dejar su piel expuesta, para que sintiera mis manos donde nadie más la ha tocado como yo, para que se deshiciera encima de mí como sé que puede hacerlo, como sé que lo hará cuando empiece a entender que su deseo por mí no tiene vuelta atrás.

Estas dos semanas han sido un puto infierno mental, me desconcierta y me atrae más de lo que puedo concederme, y no soy capaz de pararlo.

Por el día, todo son sonrisas falsas, entrevistas, llamadas, reuniones, los focos apuntando a mí en cuanto salgo hacia el trabajo como si fuera algún tipo de juguete mediático que tienen permiso para diseccionar; y por la noche, lo único que me mantiene cuerdo son las peleas clandestinas, el sonido de mis golpes, la adrenalina que me recorre la columna y la sensación de que, por unos minutos, mi cerebro se calla.

Y, sin embargo…, esta noche no puedo evitar quedarme en casa.

Algo en mi interior me empuja a perderme la pelea de esta noche y leer de nuevo su manuscrito, ese archivo que debería estar creciendo, evolucionando, ofreciéndome nuevos fragmentos de su mente para diseccionar, pero que lleva un par de días muerto.

Me da una rabia terrible que, desde nuestro momento en la piscina, no esté escribiendo.

Pero lo dejo estar, porque sabía que su periodo de adaptación sería complicado, aunque jamás imaginé que tanto, teniendo en cuenta que no hace mucho se estaba corriendo en mi polla sin que estuviera dentro de ella.

Respiro hondo y releo mis partes favoritas, cuando estoy a punto de volver a una de las escenas más oscuras escucho algo. Un sonido desgarrador, arcadas, gritos… Mi cuerpo se tensa al instante, viene de la habitación de Madeline.

El sonido se repite, cada vez más fuerte, más desesperado, como si alguien estuviera intentando expulsar sus propias entrañas o como si su garganta estuviera siendo desgarrada desde dentro, un ruido áspero, húmedo, tan visceral que hace que me levante de golpe sin pensarlo siquiera, sin plantearme si tengo derecho a invadir su espacio o no.

Porque la verdad es que me importa una mierda, esta batalla de orgullos y egos se acaba ahora mismo.

Golpeo la puerta con el puño, fuerte, seco, desesperado.

—Madeline —gruño, y mi voz suena más grave de lo que pretendía—, Madeline, abre la puerta.

Nada, ni un movimiento.

Solo otro sonido de arcada, más profunda, más rota, como si el dolor viniera desde un punto que no debería existir en un cuerpo tan pequeño como el suyo. Mi respiración se acelera y vuelvo a golpear la puerta.

—Madeline, joder, abre ahora mismo la puta puerta.

Pierdo la poca paciencia que me quedaba y vuelvo a intentar abrirla, algo la está bloqueando desde dentro. Una silla, tiene que ser una silla, la siento moverse apenas medio centímetro cuando empujo, no pienso llamar a Dylan ni a Mateo, no quiero ni pensar en lo que podría estar pasando ahí dentro…

El miedo —un sentimiento que creía oxidado dentro de mí— me atraviesa las costillas como una barra de hierro tomando forma de un pensamiento que no quiero verbalizar.

Levanto la pierna y le meto una patada a la puerta, un golpe seco y brutal que resuena por todo el pasillo, y la jodida madera cede de inmediato, estallando en astillas cerca de mi cara, la silla se arrastra hacia atrás, partiéndose.

Pero nada de eso importa porque en el instante en el que entro, toda mi rabia, todo mi control, todo lo que soy se detiene como si alguien hubiera tirado del freno de emergencia dentro de mí, avanzo hacia el baño en suite y la veo en el suelo, blanca como el yeso de las paredes, sudando y llorando desconsolada.

Sus rodillas recogidas, su cuerpo encorvado, el pelo pegado a la frente y las manos tensas sujetando los bordes de la taza del váter como si fueran la única ancla que tiene para no ahogarse en su propio cuerpo.

Me acerco, pero no me oye, no me siente, no percibe nada, está encerrada en un dolor tan profundo que ni siquiera el ruido de la puerta rompiéndose la ha arrancado de su tormento.

Me agacho despacio, más lento de lo que jamás me he movido, y le pongo una mano en el hombro, un toque suave, nada parecido a lo que suelo hacer, pero en cuanto mis dedos rozan su piel… ella se sobresalta, como si la hubiera electrocutado.

—¡No! —grita temblando tanto que parece que vaya a desintegrarse en cualquier momento—. No, no, ¡no…!¡Aléjate, aléjate! No me toques, no te acerques…

Cada palabra es un puñal, no sé exactamente dónde me atraviesa, pero sé que lo hace, porque mi cuerpo reacciona a su miedo de una forma que me desconcierta por completo.

Me inclino hacia ella, la sujeto de los hombros con firmeza, y la obligo a girarse hacia mí.

—Lobita —susurro, sin saber que cojones hacer—, mírame.

Ella intenta apartarse, forcejear, pero se encuentra demasiado débil como para apartarme, y yo no pienso dejarla aquí tirada en el suelo, está loca si es lo que cree.

—No me toques…, no me toques…, no me toques… —repite con un hilo de voz roto.

Me siento en el suelo, la pego a mi pecho sin pedir permiso, sin darle opción, sin permitirle seguir haciéndose daño y la acuno con fuerza entre mis brazos, porque si no lo hago, va a seguir clavándose las uñas en las palmas, va a seguir desgarrándose la piel, que ya ha empezado a sangrar.

Joder, tiene marcas rojas en toda la mano.

—Respira —le ordeno, mi boca cerca de su oreja—, exhala, joder, exhala.

Llora, tiembla y se arquea como si quisiera escapar de su propio cuerpo.

—Estoy aquí —susurro, y me odio por la forma en que suena, por lo suave, por lo humano—. ¿Qué cojones te ha pasado? Joder, Madeline, respira, deberías haberme llamado.

—¿Para qué? —me grita ahogándose entre sollozos y arcadas—. ¿Para qué iba a llamarte? Esto no es real, no somos nada, ¡joder! Me estás volviendo loca, quiero salir de aquí.

Se me escapa una risa oscura y lenta. Si de verdad cree que voy a largarme, es que todavía no sabe con quién va a casarse.

Antes de escucharla estaba leyendo lo que escribe solo para saciar la obsesión que ha crecido sin permiso en mi pecho, y ahora no voy a ignorar el estado en el que se encuentra.

—Soy yo, Madeline, si quisiera hacerte daño —le murmuro contra la sien—, ya te lo habría hecho. —Se queda inmóvil—. Lo sabes —añado, más bajo aún—, quizá incluso te habría gustado.

Su cuerpo tiembla contra el mío y algo dentro de mí, algo profundo y primitivo, responde, pero parece entrar en razón, entender que no estoy aquí para herirla más de lo que lo hace ella misma.

—Respira conmigo —le ordeno, y mi voz se vuelve áspera—, cálmate de una puta vez, lobita, o te obligaré a hacerlo.

—Te odio —susurra, pero su voz suena tan frágil que casi no la escucho.

—Lo sé —contesto sonriéndole para provocarla—, pero eso no cambia nada.

Sus uñas dejan de clavarse en sus manos, sus músculos empiezan a aflojarse y su respiración se regula apenas un poco.