CAPÍTULO 26
EIDEN
Me despierto con la cabeza dando vueltas como si alguien me hubiera golpeado con un martillo, y el primer pensamiento coherente que logro formar es que anoche perdí el control de una forma que no me permito nunca.
La luz que se filtra por las cortinas de la habitación es demasiado clara, insistente, y sé automáticamente que he dormido demasiado.
No soy de beber sin control, y por mi tamaño, me cuesta emborracharme, pero anoche, después de la visita de Lucian al club, todo se desbordó.
Recuerdo vagamente cómo subí las apuestas y cómo terminé vaciando botellas enteras en la oficina privada mientras las palabras de Lucian resonaban una y otra vez en mi cabeza: «No eres su salvación. Eres otro puto problema».
La rabia que sentí al oírlo nombrarla, después de que fuera él quien desatara todo esto, me quemaba por dentro.
Porque si él no me hubiera traicionado, Madeline no habría saltado al ring, yo habría encontrado otra forma menos complicada de heredar Ashford Security y todo este puto lío no se habría formado.
Fueron sus actos los que me llevaron a tomar medidas drásticas: a un Ashford no se la juegas sin consecuencias, y punto.
Me paso una mano por el rostro, intentando aclarar la niebla de mi mente, y me levanto con cuidado. La habitación está vacía, la sábana del otro lado de la cama perfectamente alisada, como si ella nunca hubiera estado allí.
Pero yo sé que estuvo.
Recuerdo su risa nerviosa, sus mejillas sonrojadas cuando le solté todo lo que me estaba matando por dentro, la forma en que se quedó un rato hasta que me dormí. El recuerdo me golpea con fuerza y me hace tragar saliva, joder…
Bajo las escaleras hacia la cocina, donde el aroma del café me golpea como un bálsamo y una acusación al mismo tiempo.
Lina está allí, de espaldas a mí, removiendo algo en la sartén con movimientos precisos y tensos.
Sobre la mesa hay una taza de café humeante y dos aspirinas dispuestas en un plato pequeño, junto a un vaso de agua.
Su cara, cuando se gira, es un poema de desaprobación pura: cejas fruncidas, labios apretados… Está enfadada, y me cuesta no reírme.
—Buenos días, Eiden —vacila ese tono seco que reserva para cuando estoy a punto de recibir una regañina—. O lo que queda de él.
No respondo. Me siento, cojo las aspirinas y me las trago con un sorbo de agua mientras ella sigue preparando el desayuno sin mirarme directamente.
—Espero que sea la última vez que me encuentro gotas de sangre seca en el suelo de la entrada. Casi me da un infarto cuando las he visto esta mañana. Pensé que alguien había entrado y… No me hagas eso nunca más.
Suelto una risa floja, ronca, pero asiento mientras el café caliente me baja por la garganta y empieza a hacerme funcionar. Lina siempre ha sido así: leal hasta la médula, pero sin miedo a decirme las cosas a la cara.
—Tranquila, Lina, no era mía —murmuro, aunque la risa se me corta de golpe cuando el recuerdo de anoche me golpea de nuevo con toda su fuerza—. ¿Dónde está Madeline?
Sacude la cabeza y solo Dios sabe en qué cosas estará pensando, pero mientras coloca el desayuno frente a mí, finalmente responde:
—Desayunó temprano. Dijo que necesitaba aclarar la mente y se fue a la piscina climatizada. Mateo y Dylan la han acompañado, pero les he pedido que se queden tras la puerta, no me parecía apropiado que la vieran con tan poca ropa.
No espero más. Me levanto sin tocar el plato y bajo las escaleras que llevan al sótano sin dudarlo ni un segundo.
Como la miren de forma indebida, les arranco la cabeza.
El pasillo iluminado por luces suaves empotradas me marea ligeramente, y el sonido me hace saber que alguien está dentro de esta.
Cuando empujo la puerta de cristal, dejándolos a ellos fuera, el vapor cálido me envuelve y la veo.
Madeline está en el agua, cortando la superficie con brazadas fuertes y precisas, el cabello pegado a la espalda y el traje de baño negro y apretado que se le ciñe al cuerpo como una segunda piel.
Se mueve de un extremo a otro sin parar, como si el agua pudiera llevarse todo lo que la atormenta.
Me quito la camisa sin pensarlo dos veces, me deshago de los pantalones y me meto en la piscina con el bóxer todavía puesto.
El agua caliente me golpea la piel y me despierta del todo.
Nado hacia ella con brazadas lentas, deliberadas, sin hacer ruido hasta que estoy lo suficientemente cerca.
Ella nota mi presencia de repente y se detiene en seco, girándose en el agua con los ojos muy abiertos.
Flota allí, a un metro de mí, respirando con fuerza, el pecho subiendo y bajando bajo la superficie.
—¿Qué estás haciendo, lobita? —pregunto, y mi voz sale baja, ronca por la resaca y por todo lo que ansío hacer al verla así.
Ella se pasa una mano por el rostro para apartar el agua, nerviosa, y empieza a flotar lentamente a mi alrededor, manteniendo esa distancia mínima que ya no es suficiente.
—El agua… el agua me ayuda a controlar la ansiedad —confiesa, insegura.
Me aproximo un poco más, reduciendo el espacio entre nosotros.
—¿Te has despertado con ansiedad esta mañana? —pregunto, aunque ya sé la respuesta, la he escuchado llorando más de una noche.
Ella suelta una risa nerviosa, flotando más cerca sin quererlo, y sus ojos se encuentran con los míos.
—¿Tú qué crees? —Hay un desafío en su tono, pero también miedo, confusión, todo mezclado.
Me muevo con lentitud, acorralándola contra el borde de la piscina.
Apoyo los brazos en el borde a ambos lados de su cuerpo, encerrándola en un semicírculo de agua y calor.
Nuestros rostros quedan a centímetros. Puedo sentir el vapor que sube entre nosotros, el latido acelerado de su pulso en el cuello, el modo en que su respiración se entrecorta cuando mi pecho casi roza el suyo bajo el agua.
El silencio es absoluto, solo roto por el suave chapoteo del agua contra los bordes.
Mis ojos bajan a su boca, a la gota de agua que resbala por su labio inferior, y siento cómo todo el autocontrol que me queda se resquebraja.
Inclino la cabeza muy despacio, dejando que mi aliento le roce la piel húmeda.
Su cuerpo tiembla ligeramente contra el mío, no de frío, sino de esa misma tensión que me está matando.
El agua nos envuelve como un abrazo líquido, cálido, íntimo, y yo me acerco un milímetro más, rozando apenas su nariz con la mía.
Puedo saborear el cloro en el aire, mezclado con el aroma de su piel mojada.
Mi cintura se desliza bajo el agua y se apoya junto a su cadera, mostrándole lo que me provoca.
Inhala bruscamente, sus labios se entreabren y sus ojos se cierran un segundo, rendidos.
Estamos tan cerca que siento el calor de su boca contra la mía, el roce fantasma de su aliento, el agua que lame nuestros cuerpos, el pulso que late en mis oídos, la certeza de que si me muevo un centímetro más todo va a estallar.
Entonces ella gira la cabeza ligeramente, rompiendo el contacto mientras suspira. Y no sé que cojones estaba intentando hacer, pero está claro que no debe ocurrir.
—No… —susurra, y la palabra es casi un gemido—. Eiden, no podemos.
Me quedo inmóvil, con los brazos todavía encerrándola, el casi beso queda suspendido entre los dos, pero decido ignorarlo por el bien de mi cordura.
—No me arrepiento de las cosas que te dije anoche —gruño, molesto ante esta estúpida necesidad—, no creas que voy a ser un caballero y voy a retirarlas. Porque todo lo que dije es verdad.
Lo que sea que está naciendo entre nosotros ha cruzado el umbral, y el agua que nos rodea solo hace más evidente que estamos hundiéndonos en él.