Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

MADELINE

Llevo horas dando vueltas en la cama sin conseguir que el sueño me alcance.

El reloj de la mesita marca las cinco y cuarenta y cinco cuando por fin cierro los ojos, intentando dormir pese a que la ansiedad intenta abrirse paso en mi pecho con demasiada fuerza como para ignorarla.

Me centro en mi respiración todo lo que puedo, intento no clavarme las uñas en las palmas.

Para distraerme, sin poder evitarlo, recuerdo una y otra vez a Eiden corriendo detrás de mí, atrapándome, dándome lo que verdaderamente anhelo.

Esos pensamientos me hacen sentir culpable, porque sé que lo físico no supera toda la tormenta emocional que hay entre nosotros, y todo eso se mezcla con el peso de mi propia vida, con la sensación de que cada decisión importante me ha sido arrebatada antes de que pudiera siquiera pensarla.

El ruido de la puerta principal al cerrarse me sobresalta de golpe, seguido de pasos irregulares que resuenan en el vestíbulo.

Miro el reloj: las seis y diez de la mañana, ¿tanto tiempo he pasado metida en mi propia cabeza?

El corazón se me acelera sin que pueda evitarlo.

Me incorporo en la cama, con el cabello revuelto y la camisa que uso para dormir arrugada.

Escucho cómo esos pasos se acercan por el pasillo.

Son suyos, reconozco el ritmo incluso cuando es más pesado, más inestable. Eiden.

La puerta de mi habitación se abre sin llamar, y allí está él, sin camisa contra la luz tenue del pasillo.

Lleva los pantalones granate que usa en el club…

las manos enguantadas de cuero negro, cubiertas de sangre fresca que brilla oscura y pegajosa bajo la lámpara de la mesita que yo acabo de encender.

Huele a whisky caro, a tabaco y a algo metálico y crudo que me revuelve el estómago por un segundo.

Está borracho. No mucho, pero sí lo suficiente para que sus ojos parezcan más oscuros, más penetrantes, y para que su sonrisa ladeada tenga un filo peligroso y al mismo tiempo irresistible.

—Joder, Madeline… —murmura, apoyándose en el marco de la puerta—.

Mira quién está despierta. Mi prometida, despeinada y con esa camisa que apenas le tapa los muslos.

¿Sabes lo que me cuesta saber que duermes en la habitación de al lado cada puta noche y no venir a hacerte gritar mi nombre hasta que te tiemblen las piernas?

Cierro la sábana alrededor de mi cuerpo por instinto, pero no puedo evitar que una risa nerviosa se me escape. Lo dice como si fuera la mayor tragedia del mundo, y debería escandalizarme, pero en cambio, me provoca una calidez traicionera en el vientre.

—Eiden, estás borracho —respondo, intentando sonar firme, aunque la risa todavía tiembla en mis palabras—. Y traes las manos llenas de sangre. ¿Qué demonios ha pasado?

Él entra en la habitación sin pedir permiso, cierra la puerta tras de sí con un movimiento lento y se quita los guantes con cuidado, dejando que la sangre manche la madera oscura de la cómoda.

No se limpia. Solo me mira y se encoje de hombros, como si lo hubiera regañado, recorriéndome con los ojos desde los pies descalzos hasta el cuello de la camisa que se ha deslizado un poco sobre mi hombro.

—Nada importante, en realidad —asegura con una sonrisa, pero su mirada se oscurece cuando se detiene en la curva de mis pechos bajo la tela fina—.

Tu hermano tocándome los cojones, para no variar.

Pero eso ahora mismo me importa una mierda, te tengo aquí casi desnuda, no puedo centrarme en otra cosa

Me preocupo en cuanto nombra a mi hermano, pero no me sorprendo. Ya me advirtió de que intentaría hablar con Eiden, y ya le dije que no creía que fuera una buena idea, pero está claro que ha salido peor de lo que esperaba. En cuanto pueda, sin duda, me aseguraré de que Lucian está bien, pero ahora…

Sus ojos se pasean por mi cuerpo con lentitud, pese a estar tapada con la sábana, su forma de mirarme hace que el calor me suba por las mejillas y el cuello.

Intento mantener la compostura, pero una risa suave, casi incrédula, se me escapa otra vez.

Es absurdo, llega cubierto de sangre, oliendo a violencia y alcohol, y aun así consigue que me estremezca.

—Eres imposible —susurro, sacudiendo la cabeza—. Llegas a las seis de la mañana hecho un desastre y lo primero que haces es soltarme que quieres hacerme gritar tu nombre. Debería echarte de aquí ahora mismo.

Eiden se acerca más, pero no invade del todo mi espacio. Se sienta en el borde de la cama, a una distancia prudente, y se pasa una mano por el cabello revuelto. La sangre secándose en sus nudillos contrasta con la forma suplicante con la que me mira.

—Pues échame —ronronea, claramente excitado—. Me está costando todo el puto autocontrol que me queda no cruzar esa puerta cada noche y hacerte mía con mi lengua, con mis dedos, con mi po…—le tapo la boca sin dudar.

La sinceridad llega de golpe, envuelta en ese tono todavía juguetón, pero ya más crudo.

—Estás borracho —le recuerdo, aunque mi voz ya no suena tan firme—. Mañana te vas a arrepentir de haberme dicho todo esto.

Él sonríe, esa sonrisa oscura y lenta que siempre consigue desarmarme un poco.

—Quizá, pero ahora mismo no me arrepiento de nada. Quédate conmigo, Madeline, quédate a dormir en mi habitación. La cama es grande, no es lo único grande en lo que puedes sentarte, pero eso ya lo sabes.

Me tiende la mano, sin tocarme, solo ofreciéndomela con la palma hacia arriba, manchada pero abierta. Siento un nudo en la garganta. Quiero decir que sí. Quiero ir, sentir el calor de su cuerpo cerca sin que nada más pase. Pero la voz de la razón, esa que siempre me ha protegido, habla antes.

—Vamos anda, te llevaré a tu cama. —Le ayudo a levantarse—. Y después yo volveré a la mía.

Él insiste, agarrándome por la cintura, levantando unos centímetros la camisa que a penas me cubre, gruñendo mientras clava los ojos en cada parte de mi cuerpo a la que tiene acceso.

Lo guío hacia su habitación, nunca he entrado, pero no me paro a contemplar su espacio, lo tumbo y estoy dispuesta a marcharme, porque si me quedo sé que acabaremos perdiendo el control.

—Quédate —suplica dando palmadas en las sábanas, seguramente manchándolas de restos de sangre seca.

Finalmente, me muevo hacia el centro de la cama para que se duerma y deje de insistir; me recuesto dejando un espacio amplio entre nosotros.

Me quedo allí, inmóvil, escuchando cómo su respiración se vuelve más profunda, más regular.

Minutos que parecen horas. Cuando estoy segura de que se ha dormido del todo, me levanto con cuidado, sin hacer ruido.

Camino descalza hasta la puerta y la abro con suavidad. Antes de cerrarla tras de mí, me detengo un instante en el umbral, lo miro mientras duerme, anhelando quedarme y descubrir lo que podría pasar si dejara de resistirme.

No me quedo a dormir. Porque eso, desde luego, sería cruzar los límites más de lo que ya lo hemos hecho.