Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

EIDEN

Esta noche, tras el pequeño momento que he compartido con Madeline, he sentido la necesidad visceral de venir al club.

El aire está cargado del olor metálico de la sangre que salpica el ring, mezclado con sudor, humo de cigarrillos y el hedor dulzón del alcohol derramado sobre el suelo de hormigón agrietado.

Las luces rojas parpadean sin piedad, iluminando los cuerpos semidesnudos de los luchadores que se destrozan a puñetazos mientras la multitud se agolpa alrededor, rostros deformados por la codicia y la excitación, gritando apuestas y maldiciones que se elevan en oleadas ensordecedoras.

Aquí siempre he sido el centro absoluto.

Cada pelea, cada apuesta y cada combate me pertenece.

Un solo gesto mío puede detener una masacre o prolongarla hasta que uno de los dos ya no se levante.

El poder fluye a través de mí y nadie se atreve a cuestionarlo.

Pero esta noche ese control se me escapa entre los dedos como arena fina, y la sensación me resulta extraña, intolerable.

Estoy de pie en el balcón elevado que domina el ring, con las manos apoyadas en la barandilla de metal frío, pero mi mente no está aquí.

No está en el hombre que acaba de recibir un codazo que le ha abierto la ceja derecha, ni en la sangre que gotea sobre la lona.

Está en la mansión, donde Madeline estará escribiendo, probablemente preguntándose qué cojones estamos haciendo, hablando como si fuéramos amigos, cuando ambos sabemos lo que somos en realidad.

Ella se ha instalado en mis pensamientos de una forma obsesiva; estoy deseando arrancarle la máscara, hacer que sepa cuánto puede disfrutar si se deja llevar.

Pero el puto problema es que ella también parece desear arrancarme la mía, y no puedo permitir que eso ocurra.

—Señor, la pelea de las once está lista —anuncia Malcom, uno de mis hombres, acercándose con una carpeta en la mano—. ¿Quiere que suba la apuesta mínima o ajustamos las cuotas?

Me giro hacia él con lentitud, sintiendo la irritación subiendo por la garganta como bilis. Normalmente mantendría la calma polar que siempre me ha definido en este lugar. Esta noche no.

—No me hagas preguntas estúpidas, Malcom —respondo, y mi voz sale más baja y afilada de lo habitual—. Haz tu maldito trabajo sin pedirme permiso para cada combate. Si no sabes manejar esto, buscaré a alguien que sí sepa.

Palidece ligeramente y retrocede un paso, asintiendo con rapidez antes de desaparecer entre la multitud.

Sé que estoy siendo injusto. Sé que mi tono ha sido más agresivo de lo necesario, pero no me importa.

El control que siempre he ejercido sobre mí mismo se está resquebrajando, y la culpa, aunque no quiera nombrarla, tiene nombre y apellido.

Estoy a punto de subirme al ring cuando siento una mirada que conozco perfectamente clavada en mi nuca.

Lucian.

El puto Lucian, que seguramente ha sobornado a alguien para poder pasar.

Su presencia es como un cuchillo clavado en el aire.

Nuestras miradas se encuentran al instante a través del humo y las luces parpadeantes.

Voy hacia él dispuesto a matarlo a golpes si es necesario.

Él no debería estar aquí, y ambos sabemos exactamente por qué ha venido.

Se detiene a pocos metros de mí, con los hombros tensos y la mandíbula apretada. La máscara amarilla hace que todos se giren a mirarlo, sabe que no es bienvenido.

—Tú —saludo con socarronería—, no recuerdo haberte invitado esta noche.

—No he venido a apostar ni a ver cómo se rompen los huesos —contesta, acercándose un paso más—. He venido por mi hermana.

La mención de Madeline cae entre nosotros como una granada sin seguro, otro combate empieza, pero no le presto atención. Siento que algo oscuro y posesivo se remueve en mi pecho, una sensación que no quiero analizar pero que me hace apretar los puños a los costados.

—¿Qué pasa con ella? —me río de él sin dudar.

Lucian suelta una risa corta, amarga, que no llega a sus ojos.

—Sabes lo que pasa, está rara, distante, apenas habla cuando la llamo, y si creías que no iba a venir a buscarte es que eres gilipollas.

Le doy un puñetazo directo en la mandíbula, pero el muy cabrón no se larga, sigue jugando con mis nervios.

—Mi hermana nunca ha sido así, ni siquiera con toda la mierda que mi padre le ha hecho pasar. Sé que este compromiso tiene que ver con eso. Sé que tú tienes algo que ver. ¿Qué coño le estás haciendo?

El aire entre nosotros está cargado, listo para estallar, y si no se calla, el puñetazo que acabo de darle no será más que una caricia frente a lo que le haré aquí mismo, dentro del cuadrilátero si es necesario, para que todo el mundo vea lo que ocurre cuando se cuestionan mis decisiones.

—Lo que pase entre esas paredes es asunto nuestro. No tuyo.

Lucian no retrocede. Sus ojos, tan parecidos a los de Madeline en su intensidad, brillan con una mezcla de furia y preocupación fraternal que ya no se molesta en ocultar.

—¿Vuestro? —repite con sorna—. No hay nada vuestro, la has metido en tu mundo, en tu jaula de lujo, y ahora ella está pagando las consecuencias. La conozco mejor que nadie. ¿Crees que no veo cómo la estás cambiando?

La rabia me sube por la garganta, caliente y venenosa. Lo agarro por la solapa de la chaqueta con una mano y lo empujo contra la pared atrás, mi antebrazo presionando contra su pecho con fuerza contenida.

—Ten mucho cuidado con lo que insinúas —gruño cerca de su cara—. Madeline no es tuya para protegerla. Ahora está bajo mi responsabilidad, es mía , olvídate de la versión dócil que creó tu padre, por que no vais a recuperarla.

Lucian no aparta la mirada. Su mano se cierra sobre mi muñeca, intenta apartarme, pero no lo consigue.

—¿Tuya? —escupe—. No me jodas, Eiden. Tú no proteges a nadie, tú posees. Y Madeline no es un objeto más en tu colección, es mi hermana, sé que lo haces para tocarme los cojones, pero si le haces daño…

Empujo un poco más fuerte, sintiendo la adrenalina recorrerme las venas.

—No eres su salvación, Eiden. Eres otro puto problema.

Lo suelto bruscamente y doy un paso atrás, sintiendo cómo la frase resuena dentro de mí con una fuerza que no había anticipado. Él se arregla la chaqueta con un movimiento seco, sin apartar los ojos de los míos.

—Procura que no se pierda a sí misma —añade antes de girarse—. O te juro que no respondo.

Se pierde entre la multitud sin mirar atrás, dejando tras de sí un silencio relativo que el rugido del club tarda en llenar. Yo me quedo allí, inmóvil, con el pulso latiéndome con fuerza contra las sienes.

Bajo al piso inferior y me meto en el ring sin dudarlo, dispuesto a dejar que la sangre cubra mis manos y el sudor vuelva borrosa mi rabia.