CAPÍTULO 23
MADELINE
Los días en la mansión se han ido acumulando como capas de niebla, cada una más denso que la anterior, y yo me muevo entre ellas intentando no perder el equilibrio que tanto me costó imponerme.
Han pasado casi seis días desde que crucé esa puerta, aceptando un destino que jamás pedí, y aunque sigo repitiéndome que nada ha cambiado, algo dentro de mí ha empezado a tambalearse.
No es que haya bajado la guardia, pero tras nuestra pequeña e intensa conversación, he estado pensando mucho en todo lo que ha pasado desde que nos conocimos.
Su forma de actuar es cruel y despiadada, pero quizá sea su única forma de protegerse.
O quizá solo sea un cretino, no lo sé. Simplemente, Eiden ya no es solo la sombra oscura que esperaba encontrar al final de cada pasillo.
Estoy en la biblioteca rodeada de libros y tazas de té que Mateo y Dylan van retirando a regañadientes, supuestamente porque mi desorden podría resultar peligroso si llego a romper una.
Intento concentrarme en mi manuscrito, pero no puedo acceder al documento, el sistema informático se ha bloqueado otra vez con un error que no logro resolver, este ordenador tiene herramientas de escritura que son de pago, y pese a que son un alivio para mi creatividad, todavía no sé manejarlas.
Llevo media hora intentando entrar y la frustración me sube por la garganta como bilis.
No quiero pedir ayuda, no a él, pero cuando levanto la vista, Eiden está en la puerta con otra taza de té que deja sobre la mesa sin una palabra.
Se acerca al ordenador, no a mí, y sus dedos vuelan sobre el teclado con una eficiencia que habla de años de control absoluto.
En menos de un minuto, la pantalla parpadea y vuelve a la vida, los archivos abiertos exactamente donde los dejé.
—Gracias, supongo…—susurro algo avergonzada.
Él se endereza, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón oscuro.
Se gira para marcharse, y yo me quedo mirando la pantalla restaurada, sintiéndome algo culpable por estar ignorándolo de esta manera, porque mientras él trabaja, yo me quedo aquí, escondida de la prensa que está tras los muros, que se niega a marcharse sin una exclusiva.
—¿Sigues fingiendo que no existo? —pregunta, antes de marcharse.
Observo el ordenador y la taza de té. Me pregunto si realmente tiene sentido seguir negando la situación. Tengo que vivir aquí, me guste o no, y tal como dijo Maya, si realmente no puedo renegar de este matrimonio, lo mejor que puedo hacer es intentar que exista una buena convivencia.
—No te ignoro, lo que ocurre es que estoy intentando acostumbrarme a esto.
Supongo que… mmm… ¿podrías contarme como ha ido tu día?
Y yo podría contarte como ha ido el mío, aunque ya ves que está siendo algo caótico.
Supongo que la prensa es una locura, y Lina dice que tu padre te tiene algo presionado.
No sé por qué soy incapaz de callarme, no debería importarme cómo le van las cosas, pero apenas le he visto desde que hablamos y nuestra última conversación me dejó con un sabor amargo, preguntándome si hay más de lo que aparenta.
Él no retrocede, solo inclina ligeramente la cabeza, como si estuviera francamente asombrado por mi extraña colaboración en cuanto a apagar un poco el fuego que nos envuelve.
—Lina tiene la lengua muy larga, lobita —bromea acercándose a mí de nuevo—. Mi padre, bueno, pretende controlarme eternamente; y sí, ahí fuera las redes y las noticias esperan saber que está ocurriendo aquí, quieren saber cada detalle sobre lo que estoy haciendo contigo.
Levanta mi barbilla para que lo mire a los ojos, parece divertirse mucho con el rubor que tiñe mis mejillas al comprender lo que insinúa.
—Porque te tengo aquí encerrada conmigo… —Hace que parezca mucho más lascivo de lo que es, y el tono de su voz me eriza la piel—. Nunca he dejado que me vean con una mujer en más de una ocasión y ahora he anunciado ante el mundo que te pertenezco. Los tienes a todos intrigados, Madeline.
Me río con nerviosismo, siento las palmas de las manos pegajosas contra los muslos, no me siento incómoda, y sé que debería, pero por alguna razón, me resulta agradable reírme aquí dentro, aunque sea con él.
—Supongo que tendrán que quedarse con la duda —susurro, tragando saliva con dificultad.
Eiden asiente lentamente, sin apartar la mirada. Cambio de tema rápidamente, siendo muy consciente de lo peligroso que se está volviendo esto, de que incluso Dylan y Mateo se han retirado, seguramente incómodos.
Me quedo asombrada cuando me cuenta cómo derribó a una empresa que espiaba a sus clientes a través de los sistemas de seguridad que vendían para sus ordenadores, cómo almacenaban incluso imágenes de gente en ropa interior, con fines asquerosos.
Me alegro profundamente de que toda esa gente esté verdaderamente segura y protegida.
Luego, él escucha con atención todas las nuevas ideas que he ido apuntando para el manuscrito.
No tiene sentido fingir que no sé que lee lo que escribo, y aunque es algo incómodo, también resulta liberador hablar de mi pasión con alguien que sabe lo que sale de mi mente, y lejos de creer que es una gilipollez, considera que tengo verdadero talento.
Probablemente solo estoy intentando romantizar la situación, sé que esto es una mierda, pero si no fingimos algo de normalidad, acabaré perdiendo la cabeza del todo.
¿Y si me equivoqué con él? ¿Y si debajo de esa fachada oscura hay un hombre con el que, con el tiempo, pudiera tener algo más humano que un simple acuerdo?
La idea me revuelve el estómago. No quiero sentir esto.
No quiero que la distancia se vuelva borrosa.
Sigo resistiéndome, porque admitir que quizás no es el villano que imaginé sería traicionar todo lo que he construido para protegerme.
Y eso sería traicionarme a mí misma y traicionar a Lucian, que se preocupa todos los días por intentar encontrarle una solución a todo esto, que me llama todas las noches, conocedor de que yo no puedo ir a nuestra casa ni el puede presentarse en la mansión.
Esto no está siendo fácil para ninguno de nosotros, y aunque hay momentos en los que quiero ver las cosas de forma sencilla, sé que no puede ser así.