Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

EIDEN

Madeline me ha cerrado la puerta en las narices, no ha bajado a cenar y, encima, ha despreciado mi amabilidad cuando le ha pedido a Lina que, por favor, se llevase la comida que yo había encargado que le subieran.

Parece profundamente enfadada conmigo, y eso me lo esperaba, pero lo que me ha desconcertado ha sido ver decepción en sus ojos.

¿Qué esperaba de mí?

Puede que la esté usando, y puede que eso sea cruel, pero no hay ninguna necesidad de tratarla como si no fuera más que esto: parte del trato que tengo con su padre.

Tratarla bien no serviría de nada, solo se ilusionaría creyendo que existe algo que puede cambiar el rumbo de las cosas, y no hay nada más alejado de la realidad.

Mi querido suegro y yo pasamos toda la tarde cerrado nuestro acuerdo, le aseguré que sus secretos estaban bajo llave siempre y cuando tuviera a Lucian controlado y se asegurase de que Madeline llegaba al altar junto a mí.

Ese hombre es un gilipollas, sinceramente, porque ni una sola vez me pidió que la tratara bien o que la cuidara.

Y no es que me importe una mierda ni que tenga intención de hacerlo, pero sí esperaba que un padre pidiera algo así, dado que hablamos de su única hija.

¿Tan poco valor le dan realmente en esa familia?

No he podido dormir en toda la noche, sus sollozos atravesaban las paredes, a pesar de lo complicado que es. Por eso, esta mañana he tocado su puerta y le he pedido de forma no negociable que bajase a desayunar.

Llevo veinte minutos esperándola, por lo que empiezo a considerar subir yo mismo y obligarla a comer si es necesario.

Debe hablar conmigo, necesito que confíe en mí o, al menos, que tengamos un trato cordial; no puedo permitirme un solo fallo de aquí a que se celebre la boda, y si ella quiere que su hermano siga respirando, no puede permitirse incumplir la parte que le toca.

La espero sentado en mi lugar habitual, al extremo de la mesa de caoba, con el periódico abierto frente a mí, aunque no leo ni una sola línea.

Finalmente, ella entra mirándonos mal tanto a mí como a sus guardaespaldas, pero saludando educadamente a Lina, que le sonríe con amabilidad.

Va vestida con uno de esos conjuntos sobrios que su padre le ha impuesto: falda recta, blusa blanca, el cabello recogido en un moño bajo que deja al descubierto la curva de su cuello.

Probablemente no tenía más ropa en esa casa, pero es evidente que no se siente cómoda usándola, y prefiero su estilo real, el que no duda en crear una erección en mis pantalones en cuanto la imagino con el vestido que llevaba en el club.

Se sienta en el extremo opuesto, lo más lejos posible, y el silencio se instala entre nosotros como un invitado no deseado.

La observo mientras corta un trozo de fruta con movimientos precisos, casi quirúrgicos.

Sus dedos son delgados, pero hay una fuerza en ellos que no concuerda con la fragilidad que quiere proyectar.

El tenedor tintinea contra el plato de porcelana y me pregunto qué estará pensando ahora mismo.

Es como si estuviera estudiando una ecuación que no logro resolver, y eso me irrita tanto como me atrae.

No hablamos, el único sonido es el roce de la plata contra la loza y el viento que golpea suavemente los cristales.

Ella termina antes que yo, se levanta sin mediar palabra y sale del comedor con la espalda recta, como si llevara una armadura invisible.

Yo me quedo ahí, con la taza en la mano, sintiendo cómo su ausencia deja un vacío que no tiene derecho a dejar, pues esperaba hablar con ella y su indiferencia me crispa de forma desesperante.

Voy hacia su habitación dispuesto a poner fin a esta estupidez, pero tras tocar la puerta, abro y descubro que no está dentro.

Doy vueltas por la mansión como un gilipollas, como si no tuviera nada más importante que hacer, y la encuentro en el salón pequeño, el que da al patio interior.

Está sentada en el sillón junto a la ventana, con un libro abierto sobre las rodillas que habrá cogido de mi biblioteca.

No es uno de los que yo habría elegido para ella; parece una novela vieja, de páginas amarillentas, y sé que habría disfrutado más de un romance intenso.

La luz de la mañana le baña el rostro, suavizando las sombras bajo esos ojos enrojecidos por el llanto.

No lee. O sí, pero sus dedos se detienen en una página y se quedan ahí, inmóviles, mientras su mirada se pierde más allá del cristal.

Es un momento de quietud absoluta, entro en silencio y me siento en el escritorio del rincón, fingiendo que reviso la carpeta de documentos por archivar que sé que no contiene nada que no recuerde de memoria.

Ha estado leyendo durante la última media hora, subrayando las frases que imagino que le gustan con el bolígrafo, rasgando el papel con furia contenida.

De pronto cierra la novela con un golpe seco y se pone de pie.

Sus ojos se clavan directamente en los míos.

Hay fuego en ellos. No el fuego fácil de la rabia, sino algo más crudo, más honesto, parece profundamente cansada.

—He estado pensando durante toda la noche.

Y ya que estoy obligada a vivir aquí —espeta, segura, su voz cortante como un cuchillo—, al menos dime con quién vivo.

No el hombre que sale en internet, no el heredero intocable o el enmascarado que vi en el club.

Dime quién eres de verdad y dime por qué amenazaste a mi hermano de esa manera.

La pregunta queda suspendida entre nosotros.

Me recuesto en la silla, dejando el informe a un lado.

Me ha estado buscando en internet. No sonrío, sé que no es momento para juegos; me pidió que no le hablara, pero parte de mi plan es hacer que deje de ser la chica dócil y estirada que han creado, que se convierta en la versión de sí misma que realmente desea ser, esa que disfrutó junto a mí, esa a la que ni Lucian ni nadie podrá recurrir después de ser mía.

—¿Quién soy de verdad? —repito, y mi voz sale baja, grave—. Eso es algo que muy poca gente se ha atrevido a preguntar, Madeline. Y menos aún, exigir.

Da un paso hacia mí y se detiene a medio camino. Sus brazos cruzados sobre el pecho son una barrera, pero sus ojos no se apartan.

—No exijo, pero tengo derecho a saberlo. Porque si voy a pasar semanas o meses, en esta casa contigo, prefiero saber si estoy compartiendo techo con un demonio o con alguien que al menos respira como el resto de los mortales.

Me levanto lentamente, rodeando el escritorio sin acercarme demasiado.

Mantengo la distancia. Es una promesa que me hago a mí mismo: si la toco, sé que ambos acabaremos perdiendo el control.

Porque puede disfrazar la atracción que siente hacia mí con rabia, pero ambos sabemos que, en otras circunstancias, ya estaría hundido en ella, y estaría gritando mi nombre.

—No hay muchas cosas que pueda contarte sobre mí, lobita.

He estado solo desde que mi madre murió, mi padre no me enseñó a amar; me enseñó a sobrevivir.

Me he ganado todo lo que tengo con trabajo o con apuestas dentro del club.

Si las cosas salen bien, heredaré la empresa que fundó mi abuelo.

Respondiendo a lo de tu hermano, confiaba en él y me traicionó.

Como comprenderás, no podía dejarlo pasar.

Casarme contigo resulta de lo más conveniente, dadas las circunstancias.

Ella ladea la cabeza, desafiante. Sus ojos brillan con algo que parece curiosidad mezclada con desconfianza, pero sé que voy por el buen camino cuando es incapaz de no seguir preguntando.

Su mente curiosa quiere descifrarme, y si es lo que necesito para que mis planes den sus frutos, es lo que le daré, aunque no me apetezca una mierda relacionarme de esta forma con nadie, mucho menos con una mujer.

—¿Y qué hay de ti? ¿De lo que quieres tú, más allá del poder y los acuerdos que firmas con mi padre? Porque hasta ahora solo he visto al hombre que sonríe públicamente en las fotos durante el día, y se esconde tras una máscara para pelear por la noche. ¿O es que no hay nada más?

Doy otro paso hacia ella, el aire entre nosotros se carga. Puedo oler su perfume avainillado mezclado con el miedo que amenaza con quemarla viva. Sabe que está presionando demasiado, pero cree que va ganando y eso me interesa.

—Hay más —admito, y la honestidad me quema la garganta—.

Hay noches en las que me pregunto si todo esto vale la pena.

Si el control que tanto persigo no es solo una forma de no sentir el vacío que dejó mi madre cuando se marchó.

Pero no soy un hombre que se permita debilidades, Madeline.

No busco compasión, solo obtener lo que me he ganado por derecho y esfuerzo.

—Abre la boca para responder, pero yo levanto una mano para detenerla—.

No pretendo que seamos un matrimonio feliz ni normal, pero debes respetar el acuerdo que se ha pactado, es así de sencillo.

Puedes conocerme en el proceso, o vivir con un extraño, eso depende de ti.

Suspira con desconfianza y recoge el libro que estaba leyendo, supongo que dispuesta a marcharse. Mueve su maravilloso culo frente a mí cuando, efectivamente, se aleja, pero antes de dejarme sin respuesta, se gira y me fulmina con la mirada.

—Si decido conocerte es porque no me queda más remedio, pero no olvidaré la forma en la que has tratado a mi hermano, la forma en la que me has tratado a mí —asegura algo apenada—.

Lamento que perdieras a tu madre, nadie debería pasar por algo así.

Y puedo, o más bien quiero , imaginar que debieron dolerte los actos de Lucian, pero las cosas no se hacen así, Eiden.

Ojalá algún día puedas entender que, igual que tú cargas con tus demonios, los demás también cargamos con los nuestros.

Se marcha sin dejarme responder, pero, para ser honesto, tampoco podría.

Eso ha sido raro e incómodo de la hostia. No puedo relajarme con ella, porque por alguna razón siento que habría continuado respondiendo si hubiera seguido preguntando, y hay cosas que, sencillamente, no puedo contarle.

Por su bien y por el mío.