CAPÍTULO 21
MADELINE
El coche se detiene frente a la mansión de Eiden con el susurro de los neumáticos sobre la grava.
Siento cada costura del pantalón de traje clavándose en las heridas aún frescas de mis rodillas.
La tela, rígida y cara, la ha elegido mi padre para que parezca la hija perfecta que él necesita exhibir ante la prensa, que ya nos está esperando.
El dolor es sordo, constante, una quemazón que se filtra hasta los huesos y me obliga a apretar los dientes para no soltar un gemido.
Es ridículo cómo algo tan pequeño puede simbolizarlo todo: el control que ejerce sobre mí, la imposición de su voluntad, el precio que pago por haber nacido en su mundo.
Mi padre apaga el motor y se queda un segundo con las manos en el volante, aparentemente incómodo ante la situación que él mismo ha generado.
La tensión flota entre nosotros y me niego a mirarlo.
Observo por la ventanilla las torres de piedra gris que se alzan contra el cielo plomizo, la hiedra que trepa por los muros como dedos huesudos intentando escapar.
—¿Entonces ya está? —pregunto al fin, con la voz baja pero firme, sin girarme todavía—. ¿De verdad vas a decidir toda mi vida, papá?
Suelta una risa seca, corta, como si mi pregunta fuera un chiste de mal gusto. Apaga el motor y me roza la mejilla con los dedos, intentando mostrarse paternal de una forma jodidamente absurda. Aparto la cara y, por supuesto, eso le enfurece.
—No seas dramática, Madeline —responde con esa frialdad clínica que siempre usa cuando quiere cerrarme la boca—. Esto no es una novela de esas tuyas, es la realidad. Y esta era la única forma de asegurar tu futuro, deberías estar agradecida. Tú solo tienes que sonreír y cumplir.
Sus palabras caen como losas en un estanque quieto. Siento que el nudo en mi garganta se aprieta, pero me trago la réplica que me quema la lengua. No vale la pena, nunca la vale con él.
Abre la puerta y el frío del exterior me golpea de inmediato cuando también me la abre a mí.
Salgo con cuidado, mordiéndome el interior de la mejilla para no cojear.
El viento trae olor a tierra húmeda y a bosque fresco, junto a un leve rastro de humo de chimenea.
La mansión se eleva ante mí, imponente y ajena, con unas ventanas altas que parecen ojos ciegos vigilando cada paso.
Es una jaula de lujo y yo soy el pájaro al que le han cortado las alas.
Le mando la ubicación a Maya sin dudarlo, supongo que así estaré más segura.
Caminamos hacia la entrada principal, la prensa intenta cortarnos el paso, pero dos hombres corpulentos y trajeados los apartan, dejándonos pasar, pero por desgracia, sin poder impedir que saquen fotos en las que no soy capaz de fingir tanto como debería.
Mateo y Dylan se presentan como mis guardaespaldas. Solo puedo poner los ojos en blanco, pues si ya era evidente que nadie confiaba lo suficiente en mí, ahora además es humillante.
Mis tacones resuenan contra los escalones de piedra, un eco que se pierde en la vastedad del vestíbulo cuando las puertas se abren gracias a Lina, que por su vestimenta deduzco que debe ser la empleada doméstica.
El interior es aún más frío que el aire de fuera: techos altísimos, lámparas lujosas que cuelgan como lágrimas congeladas y madera maciza incluso en el suelo.
Todo huele a dinero, a secretos guardados bajo llave.
Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura.
Y entonces lo veo.
Eiden está al pie de la escalera principal, con una mano metida en el bolsillo del pantalón oscuro y la otra sosteniendo un vaso de whisky que apenas toca.
Su postura es relajada, casi casual, pero sus ojos se clavan en mí intentando descifrar en qué estoy pensando; sin preguntarme, por supuesto, porque no le importa lo suficiente.
El silencio entre nosotros se estira, se vuelve sólido, pesado.
Mi padre murmura algo sobre dejarnos algo de intimidad, pero apenas lo escucho.
El mundo se reduce a este espacio de dos metros que nos separa.
No dudo en acortarlo mientras me acerco a él, todavía cabreada por lo que me contó mi hermano.
—No quiero hablar contigo —escupo con rabia—. Ni siquiera pienses en acercarte. Lo que pasó entre nosotros no significa nada, no vas a utilizarme y mucho menos a romperme como a una muñeca. Aquí dentro no soy tu prometida, no soy nada tuyo, ¿entendido?
Las palabras salen como balas, una tras otra, sin que pueda detenerlas. Quiero que sepa que esto no es un juego y que lo que ocurrió entre nosotros no cambia las cosas.
Eiden no parpadea, es evidente que no le estoy intimidando. Una sonrisa lenta, oscura y siniestra se dibuja en sus labios. Inclina ligeramente la cabeza, considerando mis palabras con una paciencia infinita.
—Muy bien —responde al fin, y su voz se me antoja más grave de lo que recordaba—. Si eso es lo que quieres…
Sus ojos recorren mi rostro un segundo más de lo necesario, deteniéndose en la línea tensa de mi mandíbula, en la forma en que aprieto los puños a los costados. No hay triunfo en su mirada. Solo una calma peligrosa, como la superficie quieta de un lago que esconde corrientes asesinas debajo.
Mi padre ya se ha ido hacia del salón, supongo que tendrán que hablar de sus acuerdos de mierda, y ha preferido dejarnos solos en este campo de batalla silencioso.
Eiden da un paso hacia mí, no para tocarme —cumple mi orden al pie de la letra—, sino para indicarme el camino con un gesto sutil de la mano.
—Tu habitación está en el ala este. Te acompañaría Lina, pero está ocupada atendiendo a tu padre, así que lo haré yo.
No quiero que me acompañe. Quiero gritarle que se vaya al infierno, pero no me queda más remedio que caminar a su lado; no pienso quedarme aquí abajo con esos guardaespaldas mirándome fijamente.
—Sabes que esto no va a ser fácil para ninguno de los dos.
Puedes complicarte la vida o podemos asumirlo e intentar divertirnos —continúa, con la vista al frente—.
Deduzco que lo que ocurrió la otra noche es un reflejo del único ámbito en el que nos vamos a entender, pero no te conviene cabrearme más de la cuenta.
Sus palabras tienen doble filo, sé que está amenazándome a través de nuestro falso compromiso, tanto a mí como a Lucian.
Siento la rabia rasgándome la garganta, mezclada con algo más turbio, algo que no quiero nombrar.
No es miedo, es peor. Es esa certeza de que, bajo toda esta fachada de control, hay una parte de mí que recuerda demasiado bien la sensación de su cuerpo contra el mío, el peso de su mirada cuando nadie nos veía.
Me odio por ello y odio todavía más que me gustara que él la provocara.
Aunque eso no vaya a admitírselo, claro.
—No necesito que me expliques las reglas —respondo sin alzar la voz, pese a que me encantaría gritar a los cuatro vientos—. Ya las conozco. Y no tengo intención de repetir lo que hicimos, por si no resulta evidente.
Él suelta una risa baja, casi inaudible, que vibra en el aire entre nosotros.
No dice nada más hasta que llegamos a la habitación.
Abre la puerta, se detiene y se gira hacia mí.
Por un segundo, nuestros ojos se encuentran de nuevo y creo que va a disculparse, a intentar aportar un poco de normalidad a todo esto. Por supuesto, no ocurre.
Antes de que pueda abrir la boca, empujo la puerta y entro. Cuando voy a cerrarla de un golpe seco, giro la cabeza una última vez, dándole la oportunidad de arreglar esta mierda, pero solo se dedica a mirarme, como si encima esperase que fuera yo la que hablara.
El clic de la cerradura es el único ruido que queda cuando le cierro la puerta en las narices.
Menudo gilipollas… Apoyo la cabeza contra la madera y cierro los ojos con fuerza.
El corazón me late tan fuerte que lo siento en la garganta.
No puedo confiar en él. No debo. Todo lo que Eiden representa es mentira, control y oscuridad.
Lo que pasó entre nosotros fue un error, un momento de debilidad que no se repetirá.