CAPÍTULO 20
MADELINE
No sé cómo llegué aquí anoche y tampoco recuerdo bien el motivo por el que me hierven las rodillas.
Así que, aturdida, deslizo las manos por encima de las mantas que me cubren —muchísimas más de las que uso para dormir, porque siempre he sido de esas que se destapan incluso en invierno— y las retiro con cuidado, dejando entrar un hilo de aire frío sobre mi piel que me hace estremecer.
Tengo las rodillas envueltas en vendas improvisadas, no demasiado gruesas, sujetas con tiras de esparadrapo, como si alguien hubiese limpiado el desastre con calma y dedicación, como si esas heridas fueran más serias de lo que yo empiezo a recordar.
¿Qué cojones…?
Y entonces, sin previo aviso, como un latigazo cruzando mi memoria, vuelven las escenas que pensaba que mi mente había bloqueado para protegerme: la cena en la casa de Richard, el coche, la ansiedad creciente en mi pecho y la súbita, absurda y desesperada decisión de abrir la puerta y saltar, como si mi vida pendiera de una cuerda que yo misma estaba cortando.
Después lo recuerdo a él.
Su figura avanzando entre los árboles. Mi corazón latiendo como si quisiera abandonar mi cuerpo y dejarme allí tirada. Su sombra acercándose, lenta, deliberada, como si supiera exactamente cuánto debía tardar para que yo me quebrara.
Y me recuerdo a mí misma pegada a aquel árbol enorme, sintiendo la corteza clavarse en mi espalda.
Pero, sobre todo, recuerdo sus dedos deslizándose por mi ropa interior, recogiendo mi excitación, obligándome a saborearla para después pasar su lengua por mis labios mientras su erección se mecía contra mí.
Mierda… ¿qué hemos hecho?
Las preguntas resuenan en mi interior con la fuerza de un edificio desplomándose, porque lo que ocurrió anoche… lo cambia todo. Para él tal vez no, pero sí para mí.
Mañana por la mañana tendré que ir a su casa, porque se acabó el tiempo, todas mis excusas se han roto, ya no tengo dónde esconderme. Me cubro la cara con las manos un momento, intentando ordenarlo todo, pero nada encaja, nada se apaga.
¿De verdad, en mis últimas horas de libertad, lo que se me ocurrió fue dejar que mi futuro marido —ese que me han impuesto a la fuerza— me arrinconara contra un árbol y me hiciera tener el mejor orgasmo de mi vida sin apenas tocarme?
Estoy enferma. Definitivamente no estoy bien de la cabeza.
Porque debería odiarlo, debería desear borrarlo para siempre de mi vida, debería rezar por no volver a sentir su aliento en mi cuello. Y, sin embargo…, joder, si él no hubiese parado, yo no le habría pedido que lo hiciera.
Siento como si me clavaran una daga en el corazón, que he traicionado por completo a Lucian, pues lo que pasó anoche no solo lo hizo Eiden, lo hice yo también, y lo disfruté.
Mi cuerpo respondió, mis piernas temblaron buscando algo más que sus dedos o el leve roce de su miembro.
Y eso me aterra, porque significa que ha despertado algo en mí, ese lado oscuro y esa necesidad que jamás creí que admitiría.
Me abrazo las rodillas a pesar del ardor, y dejo que las lágrimas empapen mi rostro sin intentar detenerlas, porque sé que fue un error para él, y desearía que lo hubiera sido para mí.
Sé que Eiden follará con tantas mujeres como quiera, sé que no soy especial, que lo mío es obligación, un trato.
Sé que ha amenazado a mi hermano, que es peligroso, que no nos conocemos, que debería huir de él.
Pero también recuerdo su mirada anoche, la forma en que me sostuvo la cara, lo segura que me sentí a pesar de estar ante una de las cosas más descabelladas que jamás se me ha ocurrido hacer… Me sentí yo misma, me sentí libre.
Intento levantarme de la cama y mis piernas me fallan como si fuesen de gelatina, me tambaleo, apoyo las manos en la pared, respiro hondo y vuelvo a intentarlo, pero el dolor es más intenso de lo que esperaba y suelto un quejido ahogado.
Muy bien, Madeline, saltas de un coche en marcha, corres como si te persiguiera el demonio —porque te perseguía, enhorabuena— y ahora te sorprende que no puedas ni mantenerte en pie. Eres una estúpida , me recrimino a mí misma.
No me avergüenza lo que pasó entre nosotros, me confunde, me aterra, pero no me avergüenza.
Porque por primera vez en mi vida, acepté esa parte oscura de mí.
Siempre me gustó que me cogieran del cuello cuando me enrollaba con alguien, que me empujaran suavemente contra una pared.
Yo creía que eso era lo más oscuro a lo que podía llegar, pero anoche comprendí que nada de lo que hiciera cualquier hombre podrá servirme de ahora en adelante.
Porque él despertó mi bestia interior y no piensa volver a dormir.
Me jode que haya sido él quien ha desatado esa parte de mí que creía reservada para mis manuscritos. Eiden, justamente él.
Me siento en el borde de la cama, respiro hondo y decido hacer lo único racional que se me ocurre en medio de este caos: llamar a May para que me ayude con las maletas, porque, aunque mi cabeza no me vaya a dejar ni un segundo tranquila, sé lo que hay, así que posponerlo es una gilipollez.
Envío el mensaje y espero, no demasiado porque May llega exactamente cuarenta minutos después de que le haya escrito.
Lo sé porque he mirado el móvil unas veinte veces seguidas intentando no deshacerme en pequeños ataques de ansiedad cada vez que los recuerdos han ido volviendo en ráfagas cortas, como relámpagos que iluminan lo que intento olvidar.
Así que cuando la escucho subir las escaleras, me apresuro a abrirle la puerta.
Camino con la torpeza de un potrillo recién nacido porque el equilibrio no me acompaña; en cuanto la puerta se abre, ella me hace un recorrido completo de arriba abajo y me abraza sin preguntar nada.
—Tía, esto es una puta pesadilla, toda la prensa habla de que mañana viviréis oficialmente juntos, joder… ¿estás bien? —pregunta separándose lo suficiente para ver mi cara, pero sin soltarme del todo, como si intuyera que puedo derrumbarme en cualquier momento.
Me muerdo el labio con nerviosismo y culpabilidad mientras ella entra en la habitación, llevo mis manos al borde de la cama para sentarme despacio, notando cómo mis piernas tiemblan al flexionarlas.
Maya deja su bolso en el suelo y me mira con los brazos cruzados, en silencio, sabiendo que necesito un segundo para contarle el verdadero motivo por el que la he llamado, así que comienzo, no con la persecución —esa parte queda enterrada por ahora, oculta en un rincón de mi memoria que no estoy lista para sacar a la luz—, sino con lo que mi cabeza puede soportar: la cena, la tensión, el coche y nuestro acercamiento.
—Y me gustó, Maya, y me siento muy culpable por ello, soy una mierda de hermana, una mierda de persona, esto no está bien —murmuro, bajando la voz sin querer, porque solo pensar en ello hace que mis mejillas ardan.
Maya frunce el ceño.
—¿Perdona? Mads, tan solo fue un poco de sexo con la ropa puesta, si crees que debes avergonzarte de ello estás equivocada. El tío esta cañón, todas lo habríamos hecho, nena.
Inhalo profundamente, porque sé que evitar esta parte ya no tiene sentido y porque quizá, decirlo en voz alta, me ayude a entenderlo yo también.
—Nuestros cuerpos encajaron muy bien. Y yo… no sé cómo explicarlo, Maya, pero no pude…, no quise… —cierro los ojos—, no quise que parara.
Se queda mirándome tres segundos que parecen una eternidad, y luego suelta una carcajada tan inesperada, tan franca, tan llena de vida, que no puedo evitar soltar una especie de bufido indignado.
—Joder, tía —suspira entre risas—, me he puesto cachonda solo de imaginármelo. Ese tío tiene que ser una máquina, ¿no? Solo hay que ver tus rodillas…
—May —protesto, llevándome las manos a la cara—, ¡tiene amenazado a mi hermano! ¡Es un capullo integral! ¿Cómo puede esto estar bien?
Ella levanta las manos, pero la sonrisa no se le borra del todo.
—Vale, vale, sí, es un capullo, un peligro, un psicópata sexy.
Ya lo sé. —Mueve las cejas una y otra vez—.
Pero tienes que escucharme bien: no puedes estar recordándote todo el tiempo solo lo malo, porque ya no podemos cambiar lo que está pasando.
Ya sabemos que no puedes escapar de este compromiso, ya hemos asumido que está hecho, así que si te sientes viva cuando estás con él…
No sé, quizá deberías permitirte sentirlo.
La miro incrédula, porque ya me había convencido de que me encerraría en un sótano sin ventanas, alegando mi pérdida total y absoluta de cordura.
—¿Dejarme llevar? ¿Yo? ¿Con él? —cuestiono en voz baja, como si el mero planteamiento pudiera invocar a Eiden en alguna parte de la casa.
May se sienta a mi lado en la cama, apoya su mano en mi espalda y baja la voz mientras me frota la piel con cariño.
—No estoy diciendo que te enamores —me aclara—.
Estoy diciendo que hay cosas que no se pueden controlar, Mads.
Y si él despierta esa parte de ti, que se siente libre, si te hace sentir cómoda con tu verdadera esencia…
No sé, tía, quizá es porque tu cabeza te ha mentido mucho tiempo sobre lo que necesitas de verdad.
Me quedo en silencio, mirando el suelo, sintiendo que la culpabilidad se escapa por los poros como una brisa fresca de verano, porque es cierto, cuando estuve con él… cuando me arrinconó entre la corteza del árbol y su cuerpo… No me sentí juzgada, y eso es nuevo para mí.
—¿No crees que estoy loca por dejarme llevar de esta manera? —pregunto en un susurro.
Mi mejor amiga me aprieta la mano y suspira como si estuviera enamorada.
—Creo que hay cosas que no se pueden controlar, y no deberías castigarte, no todo lo que sentimos es lógico, ni tiene que serlo. Si te sirve de consuelo, yo me he enrollado con mi encargado en el almacén de la tienda mientras sigo perdiendo las bragas por tu hermano, así que…
La pequeña carcajada que sale disparada de mi pecho se contagia enseguida, y empezamos a reírnos como dos adolescentes mientras me cuenta los detalles más escabrosos.
Entretanto, nos ponemos a recoger ropa, abrir cajones, sacar libros y mover maletas de un lado a otro.
Empiezo a sentir ese nudo en el pecho que me recuerda que he perdido el estudio y que ahora también voy a perder esto, aunque nunca haya sido feliz entre estas cuatro paredes.
Cuando ya estamos terminando de doblar las blusas, oigo pasos en el pasillo y la voz grave de mi padre llamándonos, con un tono que se asemeja a una orden, aunque finja ser cordial.
—La comida está servida, bajad.
Miro a Maya y pongo los ojos en blanco, porque no podría importarme menos la comida ahora mismo, pero ella se ríe, se encoge de hombros y se seca el sudor de la frente.
—Venga, así cotilleo un rato, mis hormonas quieren ver a mi otro Crowley favorito.
Me pongo unos pantalones largos para ocultar las vendas y bajamos las escaleras.
Desde el último peldaño puedo ver la escena completa como si fuese una pintura que ya conozco: mi madre, sentada, con la mirada perdida en algún punto entre el mantel y la ventana, sin tocar el plato, como si su mente estuviera muy lejos de aquí.
Me siento a su derecha, Maya a mi lado y Lucian y Julian ya están en sus sitios, junto a mi padre.
Entonces, inesperadamente, mi padre rompe la tensión.
—Lucian —le reclama falsamente animado—, he estado revisando los números de la última semana. Estás haciendo un trabajo excelente en la empresa, hijo. Se han vendido más cuadros que en todo lo que llevamos de año.
Lucian casi se atraganta y lo miro sorprendida, Julian abre los ojos como si hubiese visto un fantasma y antes de que pueda procesarlo, mi padre gira su mirada hacia mí.
—Y tú, Madeline —continúa—, estoy orgulloso de ti también. Estás tomando la decisión correcta al hacer lo mejor por tu familia.
El silencio que cae después es tan espeso que parece un puñetazo en el aire. Maya me mira y, de repente, sin poder evitarlo, las dos soltamos una risita pequeña, incrédula, que hace que Julian nos mire como si acabáramos de insultar a toda la mesa.
Yo no sé qué decir, así que sonrío con falsedad y me concentro en mi comida.
—Gracia, papá.
Terminamos de comer en silencio, es evidente que todos estamos incómodos. Esto es tan ridículo, tan extraño, tan absolutamente absurdo, que tengo que levantarme antes de que la risa nerviosa se me escape.
—Tenemos que seguir con las maletas —me justifico. Maya asiente como si la hubiese entrenado para estas huidas estratégicas.
Subimos de nuevo y el silencio cómodo se instala, pero dura poco, porque apenas estamos guardando mis cuadernos de cuando era más pequeña en una mochila cuando la puerta se abre de golpe.
Lucian entra como un huracán.
—Decidme que vosotras también habéis escuchado eso. —Cierra la puerta—. Ha sido la hostia de raro.
Maya se ríe sacudiendo la cabeza.
—Raro no, rarísimo. Yo creo que nunca le había escuchado deciros que estaba orgulloso de vosotros —responde ella. Asiento, todavía procesando lo que ha ocurrido en la mesa.
Pero Lucian no está bromeando, tiene el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
—Hay algo que no va bien —deduce, señalándome con un dedo como siempre hace cuando quiere que le preste atención de verdad—. Papá ha estado demasiado a favor de este compromiso, y todo empezó justo después de lo que pasó en el ring. ¿No os parece demasiada puta casualidad?
Mi estómago se contrae y siento la piel de la nuca erizarse.
—La verdad es que lo había pensado, pero… —empiezo, pero las palabras se atascan en mi garganta.
Lucian camina por la habitación con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Maya, aunque intenta mantenerse relajada, lo sigue con la mirada. Yo solo puedo quedarme en silencio, sintiéndome como una traidora. Él preocupado por mí y yo anoche… Puf, qué lío.
—Tu madre estaba rara —dice May—. No comió nada, ni siquiera intentó fingir su disgusto, ¿la habéis visto así antes?
Niego lentamente con la cabeza, porque jamás, jamás en mi vida he visto a mi madre sentarse a la mesa sin al menos intentar dar la imagen que mi padre espera.
—Ten mucho cuidado mañana, hermanita —advierte él, alterado—.
Sé que este puto compromiso no ha sido idea del desquiciado de nuestro padre únicamente, Eiden me amenazó con devolverte hecha pedazos emocionalmente si se te ocurría delatarlo en esa puta cena, me dijo que si se me ocurría contártelo, me daría una paliza, no me quedaba alternativa…
—Me mira directamente a los ojos y siento cómo mi corazón se parte en mil pedazos—.
Lo peor es que mamá debe saberlo, solo tenías que ver cómo estaba en la mesa.
Mi boca se seca por completo: ¿hecha… pedazos?