CAPÍTULO 19
EIDEN
Esta mujer está loca, absolutamente loca, y mientras veo su silueta desaparecer entre los árboles del bosque, puedo sentir cómo la sangre me hierve en las venas. No es racional, no es propio de nadie con dos dedos de frente, pero en ella, joder… en ella es perfecto, incendiario, hipnótico.
No puedo creer que lo haya hecho , pienso, fascinado.
Técnicamente debería estar corriendo detrás de ella, pensando únicamente en revisar si se ha golpeado la cabeza al lanzarse contra el asfalto, pero yo no funciono así, no cuando se trata de ella.
Pienso en muchas cosas, y ninguna es comportarme como es debido.
Su locura es adictiva, perfecta para mí.
Me quedo quieto, plantado en medio de la oscuridad, y permito que pasen unos minutos para darle ventaja, que crea que puede escaparse.
Quiero que su cerebro corra más rápido que sus piernas, para que su orgullo le diga que el salto ha servido de algo, que la distancia que nos separa puede ayudarla antes de que la alcance.
Le regalo esa ilusión, el espejismo de la libertad, quiero que lo sienta, que lo saboree. Así será más divertido romperla cuando lo pierda.
El bosque es uno de mis lugares favoritos. La tierra blanda, los árboles altos que impiden que la luna haga su trabajo y que proyectan sombras demasiado densas como para permitirle ver más allá de los primeros metros…
No puede huir de mí, sin embargo, lo intenta. Y eso… joder, eso me pone tanto que creo que mi erección va a reventar los pantalones.
Camino muy despacio, tanteando cada sonido que llega a mis oídos mientras mi corazón late a un ritmo que no debería ser tan calmado considerando lo que acaba de pasar.
Pero me he convertido en esto por ella, en un animal frío con los sentidos extendidos, consciente de cada detalle, atento a cada respiración que no es la mía.
Y entonces lo veo, un tacón, uno de sus malditos tacones negros. Tirado en mitad de la hojarasca como si fuese una ofrenda para mí. Me agacho y lo recojo del suelo, lo paso entre mis dedos, siento el calor tenue que aún conserva de su piel, y sonrío.
—Así que quieres que te persiga… —murmuro entre dientes.
Me incorporo y empiezo a caminar un poco más deprisa, no lo suficiente para alcanzarla de inmediato, pero sí lo bastante rápido como para que la distancia no crezca demasiado.
El aire frío me golpea la piel, la tierra húmeda amortigua los pasos, y cada vez que respiro siento el aroma que ella ha dejado atrás: perfume, miedo, obstinación…
una mezcla que no debería ser agradable pero que para mí es fascinante.
La imagino tropezando, corriendo con el vestido roto, con el corazón acelerado y la sensación de que quizá podría escapar…
A medida que me adentro, el silencio del bosque se abre como si fuera un velo arrancado, y puedo escucharla con más claridad: su respiración es irregular, entrecortada, desesperada de una forma casi artística; cada sonido que ella produce es una invitación, un reclamo, un maldito desafío directo a mi obsesión.
—No puedes huir de mí, lobita… —susurro con una carcajada oscura y penetrante— Pero puedes seguir intentándolo, todas las veces que quieras. Siempre te atraparé. Y no te va a gustar lo que voy a hacerte cuando lo haga.
Mi cuerpo reacciona a mis propias palabras, a mis propios pensamientos, siento el pulso entre las piernas, tenso, espeso, insistente.
Sigo avanzando entre los árboles hasta que lo veo: el segundo tacón.
Lo recojo también, lo observo y lo dejo caer. Mi sonrisa se ensancha.
—Sabes exactamente lo que haces… —hablo sabiendo que me está escuchando desde alguna parte—, sabes lo que provocas.
Escucho una respiración contenida y la siento tan cerca que su presencia me quema la piel.
La luna ilumina apenas una sección del bosque, creando sombras que podrían ocultarlo todo, pero hay un tronco más ancho que los demás, un árbol retorcido con raíces enormes, un escondite demasiado evidente.
Y, aun así, perfecto para alguien que cree que puedo ser engañado de un modo tan básico.
—Ahí estás… —susurro, deslizando mi mano por la corteza, sintiendo la vibración de su miedo al otro lado—. Es adorable que creas que no te encontraría en cualquier parte.
Empiezo a rodear el árbol lentamente, sin prisa, saboreando el momento en el que su respiración se interrumpe repentinamente como si se hubiera mordido la lengua para no delatarse.
—Qué dulce por tu parte dejarme pistas —añado, deteniéndome justo al lado del tronco, sabiendo que ella está a cuatro o cinco centímetros del otro lado, pegada, temblando—. Los tacones tirados, las huellas, el miedo… es como si me estuvieras pidiendo a gritos que te encontrara, lobita.
Muevo la mano lentamente, recorriendo el borde del árbol con la yema de los dedos hasta que escucho como acaba de llevarse la mano a la boca para evitar delatarse.
Perfecto.
—¿Sabes? —continúo, apoyando la palma completa sobre la corteza del árbol— Esta noche, mientras hablábamos con mi padre, mientras tú fingías que estabas tranquila, yo solo podía pensar en cuánto me gustaría provocar exactamente esto en ti.
Camino despacio alrededor del tronco, sabiendo que ella se mueve a la vez que yo, como un animalito atrapado que solo puede dar vueltas con la ilusión de encontrar una grieta en el encierro.
—Pero tenías razón en algo, tus manuscritos…
—continúo, casi susurrando, obligándola a concentrarse—, sí que disfruto dejando notas en ellos, saber qué es lo que tanto ansía tu cabecita.
Así que puedo asegurarte que sé que ahora mismo, aunque no quieras reconocértelo a ti misma, debes estar empapada, deseando que te atrape.
Ella contiene el aliento de nuevo ante mi descaro y yo sonrío.
Me encanta.
—No pasa nada, lobita —vacilo en un gruñido—. Soy un hombre muy complaciente, solo tienes que pedirlo.
El silencio que sigue es tan absoluto que incluso las hojas parecen contener la respiración con ella y, entonces, salvo la distancia que nos ofrece el árbol y la veo.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro. Está pegada al tronco, con las manos temblando y el vestido roto, enseñando más piel de la que debería. Sus ojos se clavan en mí como si yo fuera un animal salvaje, uno de esos que te quedas mirando paralizado, sin saber si huir o dejarte devorar.
—Te encontré —murmuro.
Intenta huir de nuevo, pero ya lo había previsto, levanto el brazo y la agarro del cuello.
La estampo contra el árbol procurando no hacerle daño, su espalda choca con la corteza y sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca de forma automática.
La levanto apenas unos milímetros del suelo, no lo suficiente para ahogarla, pero sí lo bastante para que pierda la estabilidad y tenga que depender de mí para respirar, para sostenerse.
—Suéltame… —jadea, con la voz rota, como si cada sílaba fuera un esfuerzo—. Eres… un monstruo.
Me inclino hacia ella, muy cerca, tanto que nuestro aliento se mezcla.
—¿Que te suelte? —cuestiono, sonriendo apenas—. Eso no va a pasar, lobita. No después de lo que acabas de hacer.
Intenta reunir fuerzas y me mira suplicante. Dios, así está preciosa.
—Tienes… tienes que parar, Eiden. —Tiembla—. Este matrimonio no es real… tú y yo… nunca funcionará. Y sé que mi hermano la jodió, pero yo… yo no hice nada…
Aprieto ligeramente su cuello para que deje de temblar por razones equivocadas y empiece a temblar por las correctas.
—El problema no es lo que hizo tu hermano —susurro pegado a su boca—, el problema es que incluso antes de eso, ya me había fijado en ti. Cuando te vi entre el público, tan pequeña, tan asustada… y aun así saltaste a ese puto ring, dejando que te doblegara y te metiera los dedos en la boca.
Aflojo el agarre para escuchar su respuesta, porque, joder, quiero hacerlo.
—No… no tenía opción, ibas a matarlo —musita.
Le rozo la mejilla con la nariz, aspirando el dulce aroma de su piel.
—Ahora la tienes, puedes pararme o puedes dejarte llevar conmigo. Tú decides. — Lentamente, deslizo mi pierna entre las suyas, invitándola a separarlas.
Ella jadea, suelta un gemido que me hace gruñir, pero no me para cuando mi mano desciende a su sexo, comprobando la humedad que la envuelve entera.
Su cuerpo entero tiembla contra el árbol, deslizo mis dedos durante varios minutos por encima de la suave tela de encaje, provocándole gemidos sin apenas tocarla de verdad, recogiendo toda su excitación con los dedos.
—Por favor… —suplica, sin saber realmente lo que quiere pedirme.
Y yo sonrío contra su piel, aparto mis dedos de ella y se los muestro, ligeramente iluminados por la luz de la luna, exponiendo su apetito ante su rostro ya sonrojado.
—No voy a follarte. Algún día vas a suplicar por mí, lobita, y solo entonces, cuando te atrevas a reconocerlo en voz alta, te haré mía de verdad —le murmuro al oído.
—Eso nunca pasará —asegura con un hilo de voz.
Mi sonrisa se vuelve peligrosa.
—Ya lo veremos —rozo su labio inferior con el pulgar—. Ahora… abre la boca.
Nublada por el ardor, obedece, y mientras la obligo a probarse a sí misma, mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Pego mi entrepierna a la suya y me envuelve la cintura con las piernas, se le escapa un gemido amortiguado por mis dedos cuando nota mi dureza a través de la tela.
Me acerco a su boca muy despacio, inclinando la cabeza hacia un lado mientras la sujeto firme del cuello, con mi mano abarcando toda la delicadeza de su garganta, sintiendo los latidos frenéticos golpeándome contra la palma como si fuera un instrumento, como si su miedo fuera un tambor vivo hecho para mí.
Le saco los dedos de la garganta y mi pulgar se apoya justo bajo su mandíbula, levantándola un poco más para mantenerle la boca abierta, obligándola a sostener mi mirada, a no esconderse.
Me muevo con rapidez, enseñándole lo placentero que podría ser si se permitiera a sí misma aceptar lo que realmente quiere.
—Eiden… —Su pecho sube y baja tan rápido que parece a punto de desmayarse.
Mi erección ansía palpitar contra su sexo, me separo a penas un centímetro y eso le arranca otro gemido, esta vez de frustración. A pesar de que la ropa está entre nosotros, la lujuria de sus ojos se me antoja tan apetecible que casi parece que la estuviera penetrando.
—Mírame —le pido.
Ella intenta apartar la mirada, avergonzada, pero no se lo permito, no debe tener vergüenza de quién es y de lo que ansía. No delante de mí.
—He dicho que me mires.
Cuando sus ojos están clavados en los míos, deslizo mi lengua por encima de sus labios, probando los restos de su excitación con la lengua. Un gruñido animal surge de lo más profundo de mi ser cuando la saboreo y tengo que obligarme a apartar mi lengua de su boca.
Cuando la bese y la toque de verdad, cuando la haga gritar mi nombre, será porque ella me lo suplique.
—Por favor… —murmura, sin fuerza.
—¿Por favor, qué? —pregunto, rozando la comisura de su boca con la mía sin llegar a acariciar sus labios—. ¿Por favor para? ¿Por favor sigue?
Ella sacude la cabeza y mi sonrisa vuelve a crecer, es adorable.
—No importa, acabarás pidiéndolo a gritos. Veremos cuánto aguantas cuando vivas bajo mi techo y sepas lo que se siente con esto.
Vuelvo a mover mis caderas, follándomela a través de la tela, y ella gime, cada vez más cerca de desmoronarse.
Me acerco a su mandíbula, lamiéndola y mordiéndola, demostrándole lo que podría hacerles a otras partes de su cuerpo si se rindiera. Ella se tensa de manera violenta, como si un chispazo la cruzara entera.
—Incluso ahora, con miedo y la cabeza llena de negaciones, estás reaccionando como lo hiciste aquella noche en el ring, estás escondiendo a tu verdadera yo, negándole lo que desea. Pero yo ya la he visto, y la quiero para mí.
Intenta hablar, negarme lo que ambos sabemos, pero apenas logra una exhalación.
—No…, no es verdad… —balbucea.
—Claro que lo es. —Respondo moviendo mis caderas con fuerza, arrancándole un grito mientras sus fluidos traspasan la tela de mis pantalones—. Yo te leo, lobita.
Ella niega con la cabeza, temblando.
—Eso… eso no tiene nada que ver, son solo historias… —musita.
Mi risa oscura la atraviesa, sabe que no puede mentirme, pero me sorprende que siga intentando mentirse a sí misma.
—No lo son, es lo que de verdad necesitas.
Muevo las caderas más rápido, sintiendo como aprieta las piernas alrededor de mi cintura.
—Déjate llevar —le ordeno—. Córrete para mí.
Me muevo junto a ella apenas unos segundos más, y obedece cuando un grito ahogado escapa de sus labios.
Avergonzada, se sujeta a mí con fuerza. Su cara, después de llevarla al orgasmo, sí que es una obra de arte.
Es tan sensible ante mí…, me está empezando a gustar demasiado.
Tengo que cerrar los ojos un segundo para no hacer algo que sí cruzaría una línea.
Algo estúpido como besarla.
La separo del árbol y la cojo entre mis brazos.
No se resiste, deja que la lleve hacia el coche mientras mi erección me sigue pidiendo a gritos que la haga mía, que la castigue por su insolencia, pero no.
Necesito sacarla de ese molde perfecto que han construido a su alrededor, necesito que se rompa, que me lo dé todo.
Porque cuando se entregue a mí, nadie podrá recuperar esta versión complaciente de Madeline, y eso es justo lo que necesito para llevar a cabo mi venganza.
Tiene el pelo revuelto y las rodillas, que descansan en mi brazo izquierdo, lucen con tanta sangre que la escena resulta macabra, pero se duerme entre mis brazos cuando, cabreado conmigo mismo por ello, la pego más a mi cuerpo.
—Buena chica… —susurro contra su piel.
Y su cuerpo entero se estremece.