Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

MADELINE

Esta es, sin duda, la cena más incómoda a la que he asistido jamás.

Eiden controla mi vida mucho más de lo que yo creía.

Y no lo digo porque esté sentada aquí fingiendo estar feliz de conocer a su padre, ni porque me esté obligando a protagonizar este teatro absurdo donde todos fingen que este compromiso es real.

Lo digo porque cuando esta mañana Lucian apareció en mi habitación con Maya detrás —pálido y tenso, con una preocupación que jamás había visto en su cara— lo entendí todo.

Entró como un huracán silencioso. Revisó la habitación, abrió la ventana, se aseguró de que estaba sola, que no tenía marcas en el cuello ni señales en las muñecas, nada que le hiciera pensar que Eiden había cruzado alguna línea más allá de las que ya había cruzado.

Maya me observaba sin comprender una mierda, igual que yo, ese no era mi hermano. Mi hermano jamás había estado tan aterrorizado.

—¿Estás bien? —quiso saber, pero no era realmente una pregunta, era más bien una afirmación que le servía para calmarse a sí mismo.

Maya se quedó en la puerta, temblando, mirando a mi hermano con los ojos abiertos como platos. Me senté en la cama, confundida, con el estómago del revés, sin entender por qué parecía que había ocurrido algo horrible.

—¿Qué ha pasado? —susurré.

Lucian tragó saliva, me tomó las manos como si estuvieran hechas de cristal y, delante de Maya, se arrodilló. Mi hermano de rodillas, suplicándome.

Me pidió que hiciera todo lo que Eiden me pidiera esta noche, que mantuviera la cabeza baja y la boca cerrada hasta que él, de alguna forma, encontrara la manera de impedir este matrimonio y sacarme de su alcance.

No pude evitar llorar, porque Lucian jamás se arrodilla ante nadie, y menos con otra persona mirando, aunque fuera Maya… Para que él llegara a ese punto, Eiden había tenido que amenazarlo con algo jodidamente turbio, algo tan oscuro que ni siquiera fue capaz de contarlo.

—Por favor… no puedo perderte —susurró, con la voz rota.

Me arrodillé frente a él, lo abracé con tanta fuerza que me temblaron los brazos y le prometí que haría exactamente lo que me había pedido. Ni Maya ni yo sabemos qué fue lo que Eiden le había dicho, pero las dos lo supimos: tuvo que ser algo lo suficientemente grande como para asustar a mi hermano.

Hablando con Maya, decidí contarle lo que había ocurrido en el centro comercial, y la realidad me golpeó como una bofetada: mis sospechas eran ciertas.

Eiden es quien se ha metido en mi ordenador, quien ha leído mis manuscritos y me ha dejado notas en los márgenes, quien controla mis movimientos bancarios como si tuviera derecho a hacerlo. No sé cómo, no sé cuándo, pero lo hace.

Mi cuerpo entero se tensó con esa idea, pero aun así me obligué a calmarme, debo obedecer a Lucian si quiero que las cosas salgan bien.

Pero eso no significa que vaya a dejar de ser yo misma, por eso, cuando llegó la hora de arreglarme para la cena, no tuve ninguna intención de ponerme uno de esos trajes tweed horribles que todo el mundo espera de mí.

No iba a disfrazarme de muñeca obediente.

Así que me he puesto un vestido negro largo y ajustado: la tela se abraza a mis curvas, mis pechos quedan lo bastante sujetos para no mostrarme sugerente, pero dejan claro que me siento segura con mi cuerpo, y mis tacones de aguja lo complementan a la perfección.

Cuando Eiden me recogió, la expresión que le cruzó el rostro me dejó claro que yo también puedo jugar sucio. Si quiere amenazar a mi hermano, lo justo es que la erección que le cause le duela más que cualquier guantazo.

Nadie me va a arrebatar mi esencia, no pienso fingir más de lo necesario.

El trayecto hasta la mansión de Richard Ashford ha sido una pequeña batalla silenciosa, podía sentir su mirada recorriéndome como si quisiera memorizar cada centímetro de mi cuerpo por pura posesión, y no me he cortado ni un pelo en mirarlo mal, dejándole claro lo que opinaba sobre lo que había hecho para conseguir mi obediencia.

Y ahora estamos aquí, sentados mientras los sirvientes dejan los segundos platos y el olor a carne y vino llena el gran comedor.

Richard nos observa con interés, como quien evalúa un producto caro antes de comprarlo.

—Entonces, señorita Madeline —pregunta con educación—, ¿qué planes tiene para el futuro?

Y antes de que pueda abrir la boca, Eiden carraspea con muy mal humor.

—Dado que va a ser mi mujer, creo que sería mucho más natural si la tutearas, ¿no crees, padre?

Este ríe bajo, niega una y otra vez como si ya esperara esa reacción de su hijo, sin embargo, lo deja pasar, supongo que para mantener las apariencias.

—Por supuesto. Madeline, cuéntame. ¿Vas a encargarte de la empresa con tus hermanos? ¿O quizá seguir la rama de la música como tu madre?

—Ninguna de las dos, señor —respondo con firmeza, dispuesta a discutir si se atreve a despreciarme—. Mi arte está en las letras. Lo que más deseo es seguir escribiendo, y quizá algún día cumplir mi sueño de convertirme en escritora.

Richard me mira sorprendido.

—Vaya…, nunca lo habría dicho. Definitivamente, es valiente intentar labrarte un camino propio.

Sonrío bastante agradecida, es la primera vez que alguien, además de Maya y Lucian, no me juzga cuando le cuento que no quiero seguir el camino que han trazado para mí.

—Sí, y es una escritora muy prometedora, ¿verdad, cariño? —Eiden posa su mano sobre la mía, apretándola ligeramente—. Hemos pasado largas noches revisando sus manuscritos juntos. Su narrativa tiene algo que… te atrapa.

Menudo capullo. Me está vacilando, y no pienso permitirlo.

—Sí, es cierto —hablo entusiasmada, sin bajar la mirada—. Eiden se ha aficionado a dejarme notas en los manuscritos y darme su opinión. De hecho, creo que es lo que más disfruta hacer en su tiempo libre: leerme.

Que se joda.

La sonrisa ladeada de Eiden hace que me sienta orgullosa, no pienso hacerme pequeñita delante de nadie, mucho menos de él. Y entonces Richard, viendo la pequeña batalla en la que nos hemos enzarzado, decide cambiar de tema.

—¿Y cuándo vais a mudaros juntos? La prensa habla mucho de eso.

Me quedo sin palabras, pues es algo inminente, pero me había permitido a mí misma no pensar demasiado en ello, hasta ahora.

—Se mudará pasado mañana a la mansión —confirma Eiden sin un instante de duda.

Mi pierna empieza a temblar sola bajo la mesa, él lo nota y su mano desciende para posarse sobre mi muslo, con fuerza, amenazante, obligándome a mantenerme quieta.

Y yo pienso en Lucian, en el miedo que vi en sus ojos, en su súplica. Me obligo a sonreír.

—Sí…, estamos muy ilusionados —miento, con el corazón latiendo como si fuera a escaparse.

Richard asiente, satisfecho, creo que voy a vomitar, pero alguien le llama por teléfono y se levanta, excusándose y dándome la oportunidad de respirar de nuevo.

El sonido de sus pasos alejándose se mezcla con mi propio aliento acelerado, que se vuelve irregular y tembloroso mientras intento mantener la compostura.

No quiero que Eiden note lo cerca que estoy de desmoronarme, pero sé que ya lo ha percibido.

Es como si él siempre lo supiera todo. Cuando la puerta se cierra detrás de su padre, se inclina ligeramente hacia mí sin mover la silla y, entonces, sin avisar, su mano roza mi mejilla.

Desliza mis mechones y los coloca detrás de mi oreja, lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo para venerar mis facciones.

—Lo estás haciendo muy bien —susurra, y su aliento afrutado me roza la piel—. Eres una lobita de lo más complaciente. Resultas exquisita.

Su tono es un veneno que se derrama por mi espina dorsal, me hierve la sangre y me dan ganas de gritarle, de romperle esa boca de la que solo salen cosas que no me convienen lo más mínimo.

Le aparto la mano sin pensarlo, y casi tiro la copa de vino, pero no me importa.

—No sé qué mierda le has dicho a mi hermano —escupo en voz baja, cargada de rabia—, pero ten clara una cosa, psicópata de los cojones: si a Lucian le ocurre algo, se acabó. Le contaré no solo a tu padre, sino al mundo entero que este matrimonio no es real.

La sonrisa que aparece en su rostro es peligrosa, cruel y oscura.

Y antes de que pueda apartarme, me pone un dedo sobre los labios para callarme. Lo hace con tanta brusquedad que siento cómo me roza los dientes y se me escapa un quejido involuntario.

—Me alegra saber —susurra, tan cerca que casi puedo sentir el movimiento de sus palabras contra mi piel— que Lucian fue muy claro en cuanto a mis condiciones.

Intento apartar su dedo, pero él no lo permite y solo acabo haciéndome más daño.

—Y en cuanto a ti… —aprieta un poco más, obligándome a mirarlo directamente— no vuelvas a amenazarme. ¿Crees que puedes hacerme daño? Me encantaría ver cómo lo intentas.

Algo en su mirada cambia y, antes de que pueda comprender qué va a hacer, su dedo se aleja solo para que su mano baje a mi cuello, su palma envuelve mi garganta con suavidad, como si estuviera contrarrestando la dureza con la que ha callado mis palabras.

—Ya sabemos que a tu hermano podría pasarle algo muy jodido si decides dejar de comportarte. Y sería una pena —murmura apretando ligeramente.

Mis manos se cierran en puños contra mis piernas, inclina la cabeza y, sin tocar mis labios, me da un beso a un milímetro de ellos.

—Buena chica.

Un escalofrío me atraviesa entera y justo cuando estoy a punto de de insultarlo, de clavarlo al suelo con mis palabras, la puerta se abre.

Richard vuelve y se encuentra con la escena.

—Vaya… —musita de lo más feliz—, veo que no podéis contener las muestras de afecto. Sois igual que tu madre y yo a vuestra edad.

Eiden sonríe mientras yo me sonrojo, muerta de la vergüenza.

La cena continúa sin más preguntas incómodas, pero yo estoy harta de fingir que no me estoy desmoronando mientras hablamos de mudanzas, negocios, un futuro que no me importa…

Todo mientras me siento como una marioneta cuyos hilos sostienen mi padre y un hombre que destrozará a mi hermano si yo no hago lo que se espera de mí.

Cuando por fin terminamos el postre —una mezcla empalagosa que no logro distinguir—, Richard se levanta de la mesa, sonriente, completamente satisfecho con la actuación de esta pareja modelo que cree tener delante.

A sus ojos, soy una prometida encantadora, delicada, dócil y enamorada.

Una chica que se sonroja cuando su futuro marido la mira y que sonríe cuando él la toca.

Ojalá pudiera gritarle la verdad a la cara, ojalá pudiera decirle que su hijo es un monstruo.

Pero mi hermano… No puedo hacerlo.

Me despido con educación, Richard me estrecha entre sus brazos con más cariño del que esperaba, yo le permito hacerlo, porque se supone que este gesto debería ilusionarme.

Eiden me abre la puerta del coche con un gesto casi caballeroso, irónico hasta la crueldad considerando todo lo que nos está haciendo.

Me pongo el cinturón y suspiro aliviada cuando arranca.

Mi respiración se vuelve superficial, torpe, como si cada inhalación fuera un esfuerzo.

Me duele el pecho, las manos me hormiguean.

Y tengo la sensación de que el aire dentro del coche es escaso.

—Relájate —me ordena sin apartar la vista de la carretera—. Pareces una niña asustada y todavía no te he hecho nada.

Todavía...

Mis piernas empiezan a temblar con más fuerza y el corazón me late en la garganta.

Tengo que salir de aquí.

Mi mente desesperada se agarra a esa idea como si fuera un salvavidas en mitad del océano.

—Deberías parar —aseguro intentando sonar convincente—. Si no me pongo de pie y tomo el aire, vomitaré aquí mismo.

Eiden frena el coche un poco, buscando un sitio adecuado para aparcar.

Me mira y lo sabe, sabe que estoy al borde del colapso, pero lo que no puede prever, es que estoy tan al límite que me voy a atrever a hacer algo estúpido. El coche avanza a diez, quizás quince kilómetros por hora, suficiente para que no me mate, para que pueda intentarlo.

Y lo hago.

Sin pensarlo dos veces, me desabrocho el cinturón con manos torpes y empujo la puerta. El aire frío de la noche golpea mi piel. Eiden reacciona tarde, su mano se estira hacia mí, y en el último segundo logra agarrar un trozo de mi vestido. La tela se tensa, se desgarra y se rompe.

Pero yo ya estoy fuera, caigo al asfalto y ruedo una, dos veces, sintiendo el ardor en mis rodillas, el golpe seco en mis brazos, la tela desgarrándose aún más.

Escucho el chirrido del coche frenando.

—¡Madeline! —su voz retumba como un trueno que me persigue.

Me incorporo, tambaleándome, pero mis piernas reaccionan antes que mi cerebro y pienso en correr, como si todos los demonios del infierno me siguieran. Porque uno sí que lo hace.

—Ni se te ocurra, lobita —amenaza leyendo mis intenciones al bajar del coche.

Pero yo no pienso, no miro atrás.

Echo a correr, porque por fin, aunque sea por unos segundos, estoy decidiendo a dónde voy o lo que hago.

Estoy lejos de él.

Y eso es suficiente para seguir corriendo.