Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

EIDEN

Controlar a mi lobita es muchísimo más fácil de lo que jamás hubiera esperado, es casi como si ella quisiera que lo hiciera. Y es que solo a ella se le ocurriría ir a comprar en una tienda especializada en lencería y pagar con la tarjeta.

Debo controlar hasta el último movimiento, se me han pasado por la cabeza todo tipo de escenarios, algunos incluyen una huida del país junto a Lucian, así que toda precaución es poca.

¿De verdad no ha imaginado, aunque sea por un segundo, que yo lo vería?

No me jodas, ha debido notar los comentarios que le dejo en su manuscrito, de hecho, ya esperaba algún reproche por su parte, pero o bien es muy confiada o de verdad se está haciendo la indiferente, porque creo haber dejado muy claro cuál es mi posición respecto a ella.

Me pertenece hasta el puto aire que respira.

Por eso, ahora que he visto esa compra ridículamente reveladora en los movimientos de su cuenta, es imposible no imaginarme cómo coño se vería dentro de esos conjuntos.

Cómo se le pegarían a la piel.

Cómo se le cortaría la respiración cuando se los arrancara del cuerpo…

Y por eso le escribí sin pensarlo, sin poder contenerme, porque, aunque intento ignorar su presencia y utilizarla únicamente para lo que la necesito, la realidad es que resulta de lo más divertido incordiarla.

Es tan asustadiza como salvaje, y quiero poseer y controlar ambas partes de ella a mi antojo.

Pero, por desgracia, eso tendrá que esperar. Conduzco hacia Ashford Security para nuestra reunión nocturna semanal, aún con el ego algo dañado, porque, obviamente, me ha dejado en visto.

Ingrata… cualquier mujer mataría por mi atención.

Que ella no la aprecie ni lo más mínimo me pone de mala hostia y cachondo al mismo tiempo, y es una sensación jodidamente extraña.

¿Puedo desearla tanto como la detesto? Supongo que sí, porque, de otra forma, no existe una explicación coherente para mi necesidad de corromperla y hacerla mía para siempre.

Repaso mentalmente todo lo que tengo que poner hoy sobre la mesa: además de mi prometida silenciosa, tengo otros asuntos que requieren de concentración.

Uno de ellos es explicarle a mi padre y a toda la junta cómo he derribado la empresa de la que llevaban una semana entera intentando deshacerse sin éxito.

Subo en el ascensor sin mirar a nadie, revisando en mi mente cada paso que ejecuté para derrumbar la competencia y preguntándome por qué coño debería suavizar mis palabras o mi humor hoy, cuando me he ganado el derecho a hablar como me dé la gana, después de imaginarme a Madeline dentro de esos conjuntos ridículos, sabiendo que no puedo tocarla.

No todavía, pero me lo implorará de rodillas, ya lo creo que sí.

Por ahora me conformo con saber que Lucian se estará retorciendo entre la rabia y la angustia, pero más adelante, sé que lo querré todo.

Y cuando sea mi mujer, no quedará nada para nadie más.

La sala de juntas me recibe con el silencio tenso de siempre, ese que huele a mierda escondida bajo alfombras carísimas y a egos demasiado grandes para cabezas tan pequeñas.

Mi padre preside la mesa, mirándome como si tuviera algún tipo de control sobre mí, como si no fuera un milagro que aún siga respirando tras todos los años que ha conseguido manipular mi vida.

Me siento, dejo el móvil sobre la mesa y empiezo a explicar desde el principio cómo rastreé los movimientos financieros, cómo detecté sus fugas internas, hackeé los servidores y señalé todas sus irregularidades para reventarlos en consecuencia.

Hablo durante minutos sin dejar hueco para que nadie interfiera, y todos me escuchan sin pestañear, algunos incluso con admiración, pero a mí no me importa ser admirado, me importa que entiendan de una vez cuál es el lugar que ocupo aquí.

Cuando termino, mi padre deja los documentos sobre la mesa y me mira con esa falsa sorpresa que me revienta los nervios.

—Estoy sorprendido, Eiden —me halaga, fingiendo que de verdad no esperaba este resultado.

Lo miro sin mover un músculo, sopesando muy seriamente la idea de romperle la cara de una vez por todas.

—Pues no sé de qué te sorprendes —respondo con absoluta calma—, si esta empresa crece cada día es gracias a mis movimientos. Y aun así, tú te has empeñado en ocultarme una cláusula que era necesaria para poder heredarla, pese a que el abuelo sabía que yo era el mejor para esto.

Joder, qué a gusto me he quedado.

—¿Qué estás diciendo, Eiden?

Me apoyo en el respaldo, cruzo los brazos y dejo caer la bomba sin dudarlo:

—Sí, no te he querido decir nada hasta ahora porque, sinceramente, no me parece relevante, pero tu estrategia es tan cobarde como inútil. ¿Debo casarme? Muy bien, es lo que haré. Estoy enamorado, así que es fácil.

La mentira me pica en la lengua cual veneno, pero sé cuándo mantener mi papel.

—Lo que me molesta es que creyeras que podías ocultarme algo para quitarme el puesto.

Está claro, como ya os he demostrado a todos, que puedo encargarme de mi trabajo perfectamente, ya que he derrocado a una empresa en cuestión de un día y vosotros llevabais una semana intentándolo.

Por eso me mandasteis toda la información por correo.

Tenéis que admitir que, gracias a mí, esta empresa está posicionada donde lo está.

El silencio que cae después es espeso, cortante, incómodo para todos excepto para mí. Mi padre respira hondo, intentando mantener la compostura.

—Este no es el lugar para tener esta conversación —me recuerda, como si estuviera regañando a un niño—. Pero, de todas formas, para que a todo el mundo le quede claro, yo no te oculté nada, mucho menos con el fin de robarte tu legado. El problema es que siempre vas por libre.

Sonrío y lo fulmino con la mirada, vaya huevos, ¿pretende echarme la culpa?

—Desde que eras pequeño y desde que murió tu madre, he entendido que eres impulsivo, que necesitas tu espacio y que tú solo puedes encargarte de tus cosas.

Pero justo esto es lo que quería que comprendieras, que en esta empresa familiar —remarca la palabra con lentitud—, debes ser capaz de pensar en alguien más que en ti mismo.

Porque no todo se trata de los números o del posicionamiento.

Si bien es cierto que tu capacidad para derrocar empresas fraudulentas es excepcional, en cuanto al ámbito personal, dejas mucho que desear. Ni siquiera te importa la familia.

Su voz atraviesa algo dentro de mí, pero no de la forma que él desearía, sino de una manera violenta, irritante, como si hubiera tocado una herida que aún sangra.

—¿De qué puta familia hablas? —escupo, sin contener ni una sola gota de mi rabia—Un padre que ha estado ausente desde que mi pobre madre murió no merece ser considerado familia.

A nosotros dos solamente nos unen los negocios, justo por eso este es el lugar perfecto para hablar de esto.

No hay más que verte, te digo que me voy a casar y lo único que te importa es saber de qué familia proviene, fue lo primero en lo que te fijaste cuando su se dio la rueda de prensa.

Él se inclina hacia delante, perdiendo la paciencia.

—Mi hijo no puede casarse con una donnadie. ¿Qué tiene de malo si me alegré de que esa chica no lo fuera?

—Nada —respondo seco, cortante—. Da igual.

Empiezo a levantarme, dispuesto a largarme, pero mi padre me detiene en seco, cogiéndome del hombro.

—Para que veas que sí me involucro con la vida de mi hijo —anuncia, intentando quedar como el héroe de esta conversación—, me gustaría que tu prometida y tú vinierais a cenar a mi casa mañana. Así podré conocerla e integrarla de forma oficial en la familia.

Aparto su mano sin delicadeza, sé perfectamente lo que está haciendo: quiere comprobar si esto es real o no.

—Perfecto, estaremos a las ocho en tu casa, no te preocupes —respondo con un tono tan falso y afilado que estoy seguro de que varios en la sala dejan de respirar.

Me largo cerrando la puerta con un golpe demasiado fuerte, pero me da igual. En cuanto llego al coche, golpeo el volante tantas veces que pierdo la cuenta.

—Mierda. Mierda. Mierda.

¿Qué cojones voy a hacer?

No tenía pensado presentársela. Madeline ni siquiera puede conmigo, mucho menos podrá con la mirada inquisitiva de mi padre. Saco el móvil y la llamo a regañadientes. Puedo enviarle un mensaje, sí, pero ya sé lo que hará: dejarme en visto otra vez. Y no pienso permitirlo.

Se da el lujo de no contestarme la primera vez, y no tardo un solo segundo en volver a llamar, dejándole claro que no tiene otra opción.

Parece entenderlo desde la distancia, pues esta vez, cuando contesta, su silencio es tan evidente que puedo imaginarla con el ceño fruncido, los labios apretados, quizá llevando uno de esos conjuntos nuevos que se ha comprado y que no debería estar imaginando, pero que ya están incrustados en mi mente.

—Hola, lobita —saludo, ahora de mejor humor al notar su respiración contenida—, la próxima vez, si tu prometido te llama, le coges el teléfono a la primera, querida. Bastante falta de respeto me parece que dejes mis mensajes en visto.

Ella no responde al instante, pero cuando lo hace, su valentía me sorprende:

—Tus mensajes pervertidos no me interesan. Pero bueno, lo segundo que fueras a decirme…

Joder, no debería excitarme que me vacile, no le toleraría ese tono a nadie, sin embargo, la erección en mis pantalones es tan evidente que apenas puedo conducir bien.

—Pasaré a recogerte mañana a las siete —informo—. Vamos a cenar con mi padre. Ya es hora de que mi futura mujer conozca a su suegro.

Se queda callada, tan callada que tengo que comprobar que no me haya colgado mientras sonrío.

—Vaya, para no interesarte lo que tengo que decir, parece que te he dejado sin palabras, lobita.

Y le cuelgo, riéndome como un desquiciado, todavía lleno de rabia tras la conversación con mi padre.

Conduzco dejándome guiar por la necesidad de alejarme de él, de ese intento patético de fingir que me conoce, como si tuviera algún derecho a hablar de familia cuando lo único que ha sido capaz de ofrecerme desde la muerte de mi madre ha sido distancia y exigencias.

Ha intentado crear un molde perfecto para mí, pero está claro que lo he reventado.

Madeline tampoco encaja en ese molde, y quizás por eso me intriga tanto, porque ella es exactamente lo contrario a todo lo que me conviene. Eso me fascina, me irrita y me obsesiona a partes iguales.

Quiero ver si se rompe, si llora para mí o si se mantiene firme. Y también quiero ver cómo reacciona mi padre ante ella, cómo se confunde, porque algo me dice que mi lobita no va a comportarse como ninguna de las mujeres que él hubiese querido para mí.

Aun así, esto es un problema, porque si nos descubre…

—Perfecto, Eiden —murmuro para mí mismo mientras conduzco hacia la mansión—, llévate a tu falsa prometida a cenar con tu padre, deja que la analice como si fuera un maldito documento legal y, encima, actúa como si no te importara una mierda. Sí, claro, es un plan brillante.

Al entrar en la mansión, dejo el abrigo en el respaldo del sofá, suelto las llaves sobre la encimera y me paso una mano por el pelo, respirando hondo mientras camino de un lado a otro, intentando descargar la tensión que tengo acumulada.

Me queda claro que mañana será una prueba, no solo para ella, sino para mí, porque si quiero mantener este papel hasta obtener lo que busco, necesito fingirlo mejor que nunca, necesito que mi padre crea que esto es real, que Madeline no me delate con sus reacciones, con su miedo, con su rabia.

Me quedo un largo rato apoyado en la cristalera, dejando que la noche se extienda lentamente mientras intento ordenar mis pensamientos, aunque sé de sobra que no tiene sentido intentarlo, porque nada en mi vida ha sido ordenado desde que ella apareció.

Nada ha vuelto a funcionar de forma predecible desde que mis planes empezaron a mezclarse con la forma en que ella me mira, me reta, me ignora cuando quiere…

Puto Lucian de los cojones, ahora entiendo por qué la mantenía oculta.

Me separo del cristal con un suspiro pesado, paso una mano por mi mandíbula y camino hacia la cocina, en la cual ya no hay nadie pues mi escaso personal se ha marchado, pero voy solo para tener algo que hacer, buscando una botella, cualquier cosa que me distraiga.

Ni siquiera el sonido del whisky cayendo por el cristal consigue acallar mi cabeza.

Me froto el puente de la nariz con frustración, sintiendo la tensión del día acumulándose entre los hombros, recordando cada una de nuestras interacciones hasta ahora.

No había pensado en esto, y me revienta darme cuenta.

Hasta este momento, e incluso en el futuro, cuando dentro de unos días se mude aquí, lo he tenido todo controlado. Pero mañana, si se le ocurre contar la verdad, buscar ayuda en los ojos de mi padre… estaré jodido.

Debo encontrar la forma de que haga lo que le pida, sea cual sea el precio.

Porque, aunque ha sido estúpidamente fácil arrebatársela a su familia, puedo reconocer que la necesito.

No por amor, lujuria o cualquier sentimiento ridículo, sino porque no voy a permitir que todo por lo que he luchado y trabajado se vaya a la mierda.

Pero ella sabe que tengo cogido por los huevos a su hermano, así que quizá eso me sirva.

Si encuentro algo con lo que asustar realmente a Lucian, será él mismo quien le pida a Madeline que se comporte.

Termino el vaso de un trago y lo dejo sobre la encimera con un golpe seco, me relamo los labios al imaginarla tan obediente.

Va a tener que intentarlo con todas sus fuerzas si quiere desafiarme.

Me paso agua fría por la cara, dejo que me resbale por el cuello y por las manos, intentando recomponerme antes de pensar en llamarla de nuevo para provocarla, porque durante un segundo se me ha cruzado la idea de escuchar su voz otra vez antes de dormir, hacerla temblar tanto que se le caiga el teléfono de las manos, quizá escucharla gemir de frustración…

Pero no, lo mejor es mantener el control y, ahora mismo, llamarla sería demostrarle que no lo tengo.

Pero lo tendré.