CAPÍTULO 16
MADELINE
No sé cómo hemos terminado aquí exactamente, rodeadas de perchas llenas de encaje y dependientas que nos miran como si fuésemos dos personajes sacadas de algún reality ridículo, deseando complacernos para que compremos lo máximo posible.
Maya sostiene entre las manos un sujetador negro tan pequeño que parece más un accesorio decorativo que una prenda real.
Lo agarra con confianza, se mete dentro del probador y oigo caer al suelo el rosa chicle que llevaba hace un momento; cuando sale, casi se me cae la mandíbula al suelo.
—Tía, ¿tú crees que este me hace buenas tetas?
Cierro los ojos un momento, como si una luz cegadora me quemara las retinas, y mi mejor amiga se ríe ante mi reacción exagerada, apartándome las manos de los ojos.
De pronto, parece que realmente necesita saber mi opinión sobre esto, lo que me extraña, dado que es la persona más segura de sí misma que conozco.
—Pues claro que sí, May. Pero igual que los otros trece. Tú estás preciosa con todo lo que te pongas, lo sabes, ¿verdad?
Ella sonríe, sacude la cabeza como si intentara expulsar algún pensamiento estúpido que ha pasado por ella, y su mirada se torna peligrosa, algo que solo ocurre cuando está tramando algo o cuando se siente en su elemento.
—Tengo la entrevista en esa tienda pija de ropa dentro de una hora —recuerda, como si fuera un dato que debiera convencerme de algo—, así que lo mejor que podemos hacer mientras espero es comprarte algunos conjuntos sexys. ¿No te parece un plan maravilloso?
Ruedo los ojos con tantas ganas que casi veo mi propio cerebro, pero ni siquiera me da tiempo a responder porque ella ya ha salido corriendo hacia una sección llena de encaje rojo, negro y burdeos que se encuentra al lado del probador, cortesía de las mujeres que se encargan de esta sección.
—Bueno —añado sin volver la vista atrás, mientras ella agarra todos los conjuntos que caben en sus pequeñas manos—, estas últimas tres noches no has necesitado ningún conjunto para colarte en la habitación de mi hermano, ¿mmm?
Su risa es tan fuerte esta vez que una de las encargadas se asoma a ver si estamos bien, tras ofrecernos dos botellas de agua que acepto para evitar que May se atragante con su propia saliva, nos recuerda que si necesitamos ayuda solo tenemos que llamarlas.
—En mi defensa —dice levantando un dedo—, punto número uno: tu hermano está buenísimo. Y punto número dos: su habitación está peligrosamente cerca de la tuya, tú te has pasado estas noches escribiendo como una posesa, así que tampoco me dejabas dormir. Algo tenía que hacer con mi tiempo, ¿no?
Suelto una carcajada involuntaria, niego una y otra vez sin remedio, ¿qué voy a hacer con ella?
—Eres insoportable.
—Y me amas —contesta con una sonrisa mientras saca un conjunto de encaje absolutamente precioso—. Mira este. Tienes unas tetas increíbles, Mads. Este te va a quedar brutal. Mira, ven, tócalo, si hasta tiene un lacito monísimo.
Lo agita delante de mi cara como si fuera un caramelo tentador, y yo niego con la cabeza mientras me cruzo de brazos.
—Has perdido completamente la cabeza. No voy a comprarme ninguna de esas cosas. Ya sabes que dentro de poco tendré que irme a casa de… ya sabes quién.
Las palabras salen de mis labios con retintín, como si incluso nombrarlo fuera demasiado.
—Sinceramente —continúo—, me dan ganas de llevarme un abrigo que me cubra hasta los pies y vivir dentro de él. Después de lo que pasó en la discoteca…
Maya frunce los labios, deja el sujetador sobre la mesita que tenemos cerca y se apoya una mano en la cadera, pensativa.
—Por un lado, me cabreó muchísimo que ese capullo se creyera con el derecho de llegar allí y acaparar tu espacio como si fueras de su propiedad —recuerda mientras me ofrece el conjunto negro de nuevo—, pero por otro…
, tía, podemos admitir lo obvio. Está buenísimo.
Y es evidente que le pones, así que, como no te queda otra que casarte con él, quizá podrías invertir bien tu tiempo en su cama.
Seguro que sabe cómo satisfacer a una mujer.
Le doy un manotazo suave en el brazo.
—Eres de lo que no hay, ¿lo sabías? ¿De verdad crees que puedo acostarme con una persona a la que no conozco de nada solo porque mi padre ha impuesto su presencia en mi vida?
Ella me mira durante un segundo, con una mezcla de ternura y descaro que solo ella sabe manejar, y luego me empuja un poquito hacia el probador.
—No. Pero igual que te has acostado con otros muchos inútiles que no te merecían, quizá en algún momento surja la chispa.
Sé que esto es una mierda y te juro que haría lo que hiciese falta para pararlo, pero ambas sabemos que la alternativa es peor, y total…
vais a tener que conoceros sí o sí. Si ese momento llega, agradecerás haber hecho caso a tu mejor amiga y tener un conjunto bonito que él pueda quitarte con los dientes.
—¡Maya! —exclamo entre risas mientras me empuja del todo dentro del probador.
—No pasa nada, no pasa naaada. Conmigo puedes admitir que se te mojaron las bragas con ese imbécil. Sin ofender, tendrías que estar mal de la cabeza para que hubiese ocurrido algo diferente —susurra mientras tira de la cortina y cierra con un golpe dramático.
Me quedo un segundo respirando hondo, con el conjunto en las manos, mirando mi reflejo.
Con cuidado, me quito los vaqueros y me pruebo la parte de abajo del conjunto.
Cuando el encaje se ajusta a mis caderas, no puedo evitar fijarme en el diminuto lacito que queda justo encima de mi sexo y sonrío con incredulidad.
—Dios mío, es ridículo pensar que él y yo… —murmuro sin terminar la frase, porque la sola idea me provoca un vuelco extraño en el estómago.
Me quito el sujetador que llevo y me pruebo el nuevo. El encaje se adapta a mis pechos como si estuviera diseñado exactamente para mí. Me miro en el espejo y me gusta lo que veo, me queda realmente bien.
Mis dedos bajan instintivamente hacia mi cintura, ahí siguen las tenues marcas moradas de cuando Eiden me agarró de la cintura con fuerza.
Marcas que no deberían provocarme nada, pero en cuanto las rozo siento un latigazo que recorre todo mi abdomen y se clava entre mis piernas con tanta intensidad que me aferro al borde del probador para no perder el equilibrio.
Automáticamente, al pensar en ello, mis pechos se vuelven algo más pesados, la piel se me calienta y me sonrojo sin poder evitarlo.
Y justo cuando estoy intentando recomponerme, Maya irrumpe como un torbellino, abre la cortina lo justo para meter la cabeza y suelta un silbido de lo más teatrero.
—Madre mía… si no fuera porque tu hermano tiene una ya-sabes-qué enorme que me satisface de puta madre, ahora mismo me haría lesbiana por ti.
—May, qué asco, no me hables de la polla de mi hermano —protesto mientras intento no vomitar.
—Que conste que yo he intentado no decir esa palabra. —Entra, cierra la cortina tras de sí y apoya una mano sobre su propio pecho—. Tía, me está entrando calor hasta a mí. Debería ser ilegal que algo te quede tan bien. Quítatelo, a la mierda con tu hermano.
Las dos estallamos en risas, fuertes y liberadoras, de esas que te hacen sentir por un instante que todavía queda algo de normalidad en tu vida. Me da un golpecito en el hombro, sale del probador y yo cierro la cortina entre carcajadas que no logro controlar.
Me visto de nuevo y respiro hondo, sopesando si esto es buena idea.
A la mierda, voy a comprarlo.
—Entonces… —susurra May cuando me ve salir, dando golpecitos impacientes al suelo con sus tacones—, ¿qué? ¿Te lo quedas? Porfa, porfa, porfaaaaa.
Lo cojo como si fuera un trofeo y lo pongo en la pequeña cestita que nos ha dado la dependienta cuando hemos llegado.
—Voy a comprarlo, pero no para él, para mí. Ha sido… no sé, me ha hecho sentir poderosa, creo que podría estar bien tener algo que me recuerde que sigo siendo preciosa y valiente.
Maya da un grito ahogado que parece sacado de una película dramática, se lleva ambas manos al pecho y sonríe.
—¡Por fin! ¡Por fin una decisión sensata en este infierno! Ay, Mads, estoy tan orgullosa de ti que podría llorar.
—No llores en una tienda cara, que te van a echar —la sermoneo, pero termino riéndome con ella mientras camino hacia el mostrador con el conjunto cuidadosamente guardado.
Mientras avanzamos por la tienda para pagar, no puedo evitar atender al sonido de mi respiración, que sigue un poquito acelerada, como si mi cuerpo estuviera recordándome que hace apenas unos minutos estaba a punto de perder la cordura dentro del probador, pegada al espejo, sintiendo ese calor insoportable entre las piernas simplemente por tocar las marcas de mis caderas.
Y no quiero pensarlo. No quiero volver mentalmente a ese momento, no quiero revivir la sensación de sus manos sujetándome fuerte, ni la presión de su cuerpo contra el mío en la discoteca, ni su voz en mi oído ordenándome que bailara para él…
Joder, por más que intente apartarlo, mi cuerpo insiste en traicionarme.
Maya, por suerte, está demasiado entretenida dando saltitos, entusiasmada como si fuera una niña en un parque temático.
—¿No te parece surrealista que esto esté pasando de verdad?
—me pregunta mientras deja caer su cesta encima del mostrador—.
O sea, tía, en serio, sé que los matrimonios pactados existen, sobre todo entre gente de pasta, pero es raro.
No sé qué está pasando con tu vida, pero al menos esta parte me está dando un contenido excelente.
—Eres idiota —le digo con cariño mientras la dependienta sonríe con una educación casi robótica.
La mujer coge el conjunto, lo revisa y coge una bolsa pequeña.
—¿Tarjeta o efectivo, señorita?
—Tarjeta —contesto mientras rebusco en el bolso con manos ligeramente temblorosas.
Maya me observa con atención, como si se diera cuenta de que todavía estoy hecha un lío. Y como siempre, encuentra las palabras perfectas: