Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

EIDEN

Esto ha sido un error, no debería haberme dejado llevar.

Mientras el motor arranca noto en mis manos el calor de su piel, la sensación de su cuerpo pegado al mío.

Por mucho que me repita a mí mismo que todo lo que he hecho esta noche responde a un plan, hay un fragmento de verdad demasiado crudo para negarlo.

Cuando la vi bailar, me excité más de lo que lo he hecho en toda mi puta vida.

Estuve a punto de olvidarme de todo, arrancarle ese puto vestido con los dientes y demostrarle lo que le esperaba a mi lado.

Me pregunto, mientras el tráfico me devuelve a la soledad de mis pensamientos, qué cojones he hecho. ¿Por qué le pedí que bailara para mí? ¿Por qué la obligué a regalarme esa intimidad que no necesitábamos, bajo la excusa de la farsa del compromiso?

Y la respuesta es tan sencilla como cabrona: la quería así para mí, porque la libertad que aprecié en sus gestos me pareció un trofeo que me pertenecía. Al verla soltarse sin protocolos ni permisos, sentí la necesidad de tomar lo que quería sin pedir explicaciones.

Le di una orden y, aunque fingió que no lo disfrutaba, lo hizo.

Su obediencia es tan exquisita que gruño al recordarla, no es simplemente una reacción animal ante un cuerpo que me provoca, es también la certeza de que esa libertad que le ardía en los movimientos podría arder dentro de mi casa y reventar mis planes si no la contengo.

La dualidad me cabrea: por un lado, me pone la idea de poseer esa libertad y moldearla a mi gusto; por otro, me recuerda la hipótesis que siempre he mantenido como un axioma imbatible, que una mujer como ella podría ser un arma que te vuelve débil si no mantienes la cabeza fría.

Y yo no puedo permitirme debilidades.

Por eso me jode reconocer que, si no hubiéramos estado rodeados de gente, de cámaras y de ese ruido infernal, quizá habría cedido a un impulso oscuro y la habría inclinado hacia adelante para demostrarle lo que pasa cuando mis demonios toman el control.

Menos mal que eso no ha ocurrido, porque sería de lo más estúpido ceder a un impulso como ese teniendo en cuenta lo que me juego.

Llego a la mansión con la mandíbula tensa al ver mi móvil, al que no le había prestado atención hasta ahora.

Tres llamadas perdidas de Lucian.

El nombre en la pantalla me provoca una sonrisa amarga, porque sé lo que significan esas llamadas: me ha escuchado.

Y lo cierto es que me toca los cojones que piense que aún tiene derecho a reclamarme algo cuando él fue quien eligió drogarme.

Pienso devolverle el favor con la misma moneda, hacerle suplicar.

Pero no le voy a dar la satisfacción de atender su llamada esta noche porque sé que sus palabras solo buscan darme pena, y a mí no me importa nadie lo suficiente como para eso.

Sobre todo, cuando me han traicionado, y cuando la persona que decide traicionarme ha tomado esa decisión de forma deliberada, para mí, basta y sobra como sentencia.

Borro sus llamadas y subo a mi habitación sin encender luces. Al tumbarme apenas unos segundos, siento la fatiga cayéndome encima con pesadez, y me imagino la reacción de mi padre cuando salgan a la luz las fotos que nos han hecho esta noche.

A ojos ajenos, solo seremos un par de enamorados que han salido a celebrar su compromiso. Las mentiras bien contadas son herramientas y yo las esculpo con la paciencia de un artesano.

Duermo, o más bien me dejo caer en un sueño intermitente, porque sé que no puedo permitirme perder más horas. Mañana, a las ocho en punto, tengo trabajo que hacer para Ashford Security, y no voy a dejar que una mujer, por muy extravagante que sea, distraiga el rumbo de mi único imperio legítimo.

A primera hora, me conecto desde la mesa de mi despacho, con la pantalla devolviéndome mi reflejo cansado y una taza de café tan cargado que el olor me marea ligeramente.

Lina sabe que me gusta así, y como hoy está en casa, me ha traído el desayuno mientras me regañaba, conocedora de las pocas horas que he dormido.

A los pocos minutos, cuando mis dedos vuelven al trabajo, la línea del código se convierte en mi arma favorita.

Tengo informes que revisar, pero también he recibido una alerta que me interesa durante la noche: una empresa rival de seguridad que ha estado pujando por contratos locales, promocionándose como impecable y fiable, pero que en realidad ha estado acumulando datos sensibles, reteniendo información, manipulando cámaras y fabricando incidencias para alimentar demandas y compraventas de servicios por miedo inducido.

Se creen muy listos, almacenando datos de sus clientes para conseguir lo que desean de estos, pero su técnica resulta, como mínimo, ridícula.

Empiezo a trabajar con tranquilidad, conocedor del cableado interno de la industria, con la certeza de que desenmascarar la verdad es cuestión de tiempo, si sabes exactamente dónde mirar.

Y en cuestión de unas horas, esa compañía deja de mostrarse al mundo como entidad pública: sus certificados son revocados por irregularidades, algunos de sus servidores exponen registros que demuestran accesos indebidos, sus protocolos de privacidad quedan publicados en foros especializados y su principal contrato cae en manos de auditores que no se detienen, y cuando todo eso rebota y empapa la red en titulares técnicos, los noticiarios convierten el escándalo en narrativa social.

Y Ashford Security logra una victoria más para la lista interminable que estoy creando.

Cuando lo tengo todo listo, uno de los hombres que se encargarán de Madeline asoma la cabeza por la puerta con la comida que Lina ha preparado para mí. Su forma de cocinar me recuerda mucho a mi madre, solo por eso me suelo terminar todo lo que prepara, pese a que no tengo tiempo ni para comer.

Con cautela, Mateo me pregunta si deseo que revisen algo durante estos días, antes de que mi prometida se mude, porque considera prudente asegurar cada espacio donde pueda haber riesgo de intrusión mediática o física.

Y me gusta la idea de tenerla tan controlada como sea posible, no me fio de ningún integrante de esa familia. Lo de anoche no cambia eso.

—Acondicionad la habitación más cercana a la mía, quiero control visual de la puerta y acceso rápido —ordeno.

No quiero que me resulte una tentación insoportable tenerla durmiendo en mi cama, pero no seré tan imprudente de permitir que pase las noches lejos de mí.

—Además, dile a Dylan que prepare un escritorio con un equipo conectado y un software adecuados para que pueda continuar escribiendo.

No me interesa alimentar sus sueños, ni siquiera me importan, pero prefiero que esté ocupada, que su mente tenga tareas que realizar y no tanto tiempo libre para pensar en conspiraciones o en cómo escapar.

Mateo duda un segundo antes de preguntar si quiero medidas de privacidad adicionales o aislamiento. Le respondo que no, lo que deseo realmente es tranquilidad logística y orden.

Aunque podría mantenerla ocupada de rodillas ante mí... pero esa idea es impráctica y peligrosa.

Mientras me termino todo el guiso y me preparo para salir de nuevo, suena otra vez el puto móvil. Para sorpresa de nadie, es Lucian. Y esta vez no lo ignoro:

—¿Qué cojones quieres? —pregunto con hastío.

Se queda callado un segundo y le oigo suspirar, estoy tentado de colgarle, pero me puede la necesidad de ver cómo se arrastra un poco más.

—Puedes quedarte con el club, con mi reputación, con mi vida si quieres —asegura mientras escucho como enciende un cigarro—, pero tienes que dejar a mi hermana, en serio, esto es una puta locura, hasta para ti.

Su sugerencia me causa una risa de lo más sincera.

—Creí haberte dejado muy claras las cosas cuando fui a tu casa, pero te refresco la memoria encantado. Claro que voy a quedarme con el club, con tu reputación y con el control de tu puta vida, pero por encima de todo, voy a quedarme con tu hermanita.

Escucho cómo le pega un puñetazo a algo que cae al suelo y se rompe, deduzco que es cristal.

—Eres un hijo de puta, Eiden —susurra tan cansado que da vergüenza—. Tú no eres suficiente para ella, nunca lo serás, si no te alejas te juro que voy a…

No le permito seguir soltando estupideces, cuelgo y guardo el móvil en mi bolsillo con indiferencia.

Cojo la máscara, los guantes y la chaqueta de cuero de la mesa.

Me monto en el coche y me dirijo hacia el club sin dudarlo; después de lo de anoche, lo necesito más que nunca.

Aprieto las manos contra el volante, como si mis dedos no hubieran olvidado la curva exacta de su cintura ni el sonido ahogado que soltó cuando la pegué contra mi erección.

Tardo menos de lo legalmente permitido en llegar y camino hacia la puerta trasera, los luchadores me miran solo un segundo y apartan la vista enseguida, la tela fría de la máscara se ajusta a mi rostro y entro en el ring sintiéndome yo mismo al fin.

Aquí nadie finge, todo es sencillo: se gana o se pierde, punto.

No me corto cuando, alzando la voz, invito a cualquiera que crea tener algo que demostrar, y en cuestión de segundos un pringado con los brazos llenos de tatuajes, da un paso al frente con la sonrisa confiada de quien cree ya lo tiene todo ganado.

Las apuestas arden en ese mismo instante, tiene un físico parecido al mío, está fuerte, pero estos son siempre los primeros en caer.

La fuerza física sin fuerza mental queda reducida a la nada más absoluta.

El combate empieza y en los primeros diez segundos ya sé cómo va a terminar, porque él lanza puñetazos como un toro embistiendo sin calcular las distancias, apuntando siempre al mismo lugar y siempre desde la misma dirección.

Aunque sus golpes dolerían si llegara a tocarme, yo simplemente los esquivo.

Me muevo y siento el aire de sus puños rozarme la máscara, espero el momento exacto en el que se agota tras haber lanzado un par de golpes y entonces le enseño como se hace.

Con un movimiento rápido, giro, entro en su guardia, le golpeo en las costillas y escucho el crujido que siempre indica que he golpeado exactamente donde debía; él retrocede un paso, chillando de dolor, y en ese retroceso expone el costado, así que no pierdo la oportunidad y le doy otro golpe, uno que lo deja sin aire antes de caer al suelo y proporcionarme la victoria.

La gente grita y el inútil que pensó que tenía algo que hacer contra mí se retuerce a mis pies.

Paso en el ring toda la tarde y disfruto de verlos caer uno tras otro, dejo que me den un par de golpes para que sientan que tienen algo que hacer, y me río en sus caras cuando les demuestro que ni en sus mejores sueños eso sería real.

Para cuando termino, me arden las manos bajo los guantes, la sangre de mis nudillos ha atravesado el cuero y se ha secado. Eso me recuerda quién soy y que la tentación que siento por Madeline es un estado físico temporal.

Nada ni nadie puede ablandarme, sigo siendo el mismo hombre que decidió destruirle la vida al hermano de la mujer que lleva mi anillo.

Salgo del ring respirando hondo y me siento mucho mejor, el aire frío de la calle me golpea de inmediato y conduzco de vuelta a casa con una euforia que solo me provocan las peleas.

Al llegar, dejo la máscara sobre la mesa de la entrada, me arranco los guantes y siento el ardor en los nudillos.

Entonces ocurre lo que no debería ocurrir, quiero saber si ella ha escrito algo más.

Quiero saber si después de nuestro encuentro, de ese gemido traicionero que me ofreció sin darse cuenta, se ha sentado frente a su portátil a plasmar algo, lo que sea.

No sé por qué me importa, pero la realidad es tan simple como inquietante, hasta ahora, cada vez que la he sacado de su eje, ella ha escrito, y no puedo evitar querer leerlo.

Abro el acceso remoto y su sistema cede. Mientras el archivo se abre, pienso algo que no debería pensar: anoche se excitó conmigo. Puede mentirse a sí misma, pero no puede mentirme a mí.

La satisfacción me recorre cuando veo que, efectivamente, hoy ha escrito y disfruto al imaginármela con Maya hablando de mí, sintiéndose tan frustrada que ha tenido que sacar el portátil para plasmar sus emociones:

«Odiaba tanto el deseo que emanaba de su cuerpo que, si hubiera podido, se habría fugado sin dudar. Pues demostrarle al mundo, demostrarle a él, cuáles eran sus fantasías más inquietantes, tan solo le provocaba un terror tan profundo que borraba todo lo demás».

Me recuesto en la silla, dejando que mis hombros se hundan un poco, completamente extasiado con sus palabras, porque la princesa educada está describiendo exactamente lo que pensé que ocultaría hasta su muerte: que le atraigo.

No sabe si me desea, si me teme o si son las dos cosas al mismo tiempo, y eso la está volviendo loca.

Y esa es la cuestión más peligrosa de todas, porque yo no necesito su amor ni ninguna de esas mierdas empalagosas que los demás esperan de un compromiso, pero sí necesito su atención, necesito arrebatársela por completo a su hermano, dejarlo sin nada.

Y leer lo que le provoco, ver que lo reconoce, aunque sea para sí misma, desata una oleada de complacencia tan intensa que aprieto la mandíbula para no sonreír. Sigo leyendo cada puta frase como si me fuera la vida en esto:

«Ella no sabía qué habría pasado si las circunstancias no fuesen las que eran, no sabía si se habría dejado llevar por esa parte de sí misma que tanto le avergonzaba…».

Yo sí sé exactamente qué habría pasado. Y ella también lo sabe.

Sé que me la habría follado en ese mismo lugar, y ella también lo hubiese querido. Si no fuese quien es…

Ella no va a sobrevivir a mí sin romperse, y yo no voy a sobrevivir a ella sin quemarme.

Cierro el archivo, no porque haya terminado, sino porque he leído suficiente por esta noche para alimentar esa parte de mí que quería saber si soy su inspiración o su tormento.

Soy las dos cosas. Perfecto.

Madeline lleva dentro de sí misma un fuego abrasador que amenaza con quemarlo todo a su paso. Y desde luego, no es solo un daño colateral, pues eligió subirse al ring, eligió desafiarme.

Se puso ella sola en mi punto de mira, y no fue solo para proteger a su hermano, la realidad es que estaba deseando que alguien como yo la viera, la reconociera. Toda esa lujuria que alberga en sus manuscritos no es más que su alma pidiendo a gritos lo que su cuerpo ansía y necesita.

Tal vez ella no sea lo suficiente fuerte para permitirse aceptar sus deseos, pero yo ya los he visto. Va a ser mi mujer, así que sus deseos, su tormento y todo su mundo me pertenecen.

Sacar a Madeline de ese molde de perfección que han creado para ella es la venganza perfecta. Después de mí, no volverá a ser la misma, y ni Lucian ni su familia podrán aguantar el tornado que está a punto de desatarse.