Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

MADELINE

¿Este tío está loco o qué demonios le pasa?

Porque una cosa es aparecer aquí como si yo fuera parte de su lista de obligaciones y otra muy distinta es exigirme que baile para él, como si se tratara de algún espectáculo privado, como si yo formara parte de un territorio que ya siente suyo, aunque ni siquiera hayamos tenido la oportunidad de decidir nada de esto.

Y aunque mi cerebro repite que no pienso actuar como si estuviera disfrutando de su compañía, que no voy a interpretar ese papel de prometida complaciente que él y mi padre quieren imponerme, mi cuerpo no parece estar enterado de mis decisiones.

Porque desde que he sentido su mirada recorrer cada centímetro de piel expuesta con este vestido, algo dentro de mí se ha encendido sin mi permiso, una chispa traicionera que no sé sofocar y que seguramente no habría aparecido de no ser por el alcohol que llevo encima.

Aunque tampoco sé hasta qué punto puedo engañarme a mí misma, porque esta reacción no se parece a nada que haya sentido antes. Puedo admitir —aunque me joda— que hay algo en su físico que despierta una respuesta automática en mi cuerpo, una atracción básica, salvaje.

Me gustaría no sentirme así, pero creo que eso sería imposible para cualquier mujer.

Veo cómo babean por los músculos de su cuerpo y ese rostro que parece tallado para el pecado y la amenaza, pero si hablamos de su personalidad, es otro asunto.

Porque su personalidad me provoca un profundo rechazo, así de simple.

Su forma de mirarme como si pudiera decidir por mí, como si mi libertad fuera un concepto negociable, es intolerable.

No sé si esta valentía repentina —o más bien, esta imprudencia causada por el alcohol— es lo que me empuja a hacerlo, pero agarro su mano y lo levanto del lugar en el que se ha sentado.

Su piel es cálida, fuerte, y me obligo a mantenerme firme porque si cedo ahora, no voy a ser capaz de recuperar el control en toda la noche.

Su risa me hace cosquillas en el cuello cuando se acerca, cree que ha ganado… no sabe lo equivocado que está.

—Eres menos dócil de lo que te muestras delante de tu familia —vacila sin dudar—. No creas que eso va a echarme para atrás. Al contrario, me gusta. Lo hará todo más entretenido cuando por fin te rindas ante mí.

Me acerco más a él con toda la valentía que me queda, con el único impulso de partirle la cara y demostrarle que no soy ninguna muñeca que pueda mover a su antojo, pero cuando nuestros ojos se encuentran, toda esa valentía se va a la mierda.

Desparece como si nunca hubiera existido.

Y siento el alcohol, que hace dos minutos me daba alas, volviéndose insuficiente para aplacar los nervios que él provoca simplemente por estar aquí.

Estoy atrapada en esta guerra de miradas cuando, de repente, la voz de Maya atraviesa la tensión como un cuchillo:

—Tía —grita por encima de la música—, voy al baño. Si quieres os doy… privacidad.

Privacidad. La palabra me golpea en el estómago porque sé que lo ha visto todo, sé que ha sentido el ambiente espeso, casi tangible, que se ha formado entre los dos.

—Te acompaño —le ruego, pero ella levanta un dedo y niega, divertida.

—No, tranquila, de todas formas, creo que… —lanza una mirada hacia la pista de abajo—, los cotillas no se tomarían muy bien que dejes aquí plantado a tu prometido.

Me fijo en toda esa gente y, literalmente, me mareo. Todo el mundo nos hace fotos o videos, y tanto Eiden como yo sabemos que esto no va a pasar desapercibido, porque nuestras familias están demasiado expuestas como para perder la oportunidad.

—Están esperando un momento de parejita —dice él, con esa burla suave que me sube la sangre a la cabeza—. Ya sabes, algo para que tengan de qué hablar.

Se está divirtiendo con esto, claro, y sé que formar un escándalo solo me traerá problemas.

—Baila para mí, lobita.

Mi mirada se desplaza hacia un lado, buscando a Maya, pero ya se ha ido, dejándome con la certeza de que, si no actuamos un poco, las consecuencias pueden ser peores que esta humillación momentánea, porque sé perfectamente que si la cago, mi padre me lo haría pagar con intereses.

—Que sepas que esto no lo hago por ti —susurro, sintiendo cómo mis palabras chocan contra su pecho—, lo hago por mí. No pienso dejar que tu existencia joda todavía más mi vida.

Y sin darle oportunidad a contestar, sin dejarme pensar demasiado, le doy la espalda y empiezo a moverme lentamente al ritmo de la música.

Escucho las exclamaciones de quienes nos observan mientras intento mantener una distancia razonable que me permita aparentar lo que todos quieren ver sin caer en su juego peligroso, pero algo en mi puta cabeza no debe funcionar bien, pues mis movimientos se vuelven más sensuales de lo que pretendía.

Y entonces escucho un sonido bajo, rasgado, casi animal.

Un gruñido. Y ese gruñido, maldita sea, me atraviesa como si hubiera sido pronunciado directamente dentro de mi piel, y lejos de detenerme, lo único que consigue es que note la humedad entre mis piernas y mis dedos recorran mi propio hombro con un movimiento lento, provocador, siguiendo el ritmo de la canción.

Giro apenas el rostro y se me corta la respiración. Eiden está apoyado en la barandilla, con las piernas ligeramente abiertas y los brazos cruzados, observándome con una intensidad que me incendia la espalda.

Mientras mantengo mis movimientos lentos, casi hipnóticos bajo la luz roja parpadeante, siento cómo la música se vuelve más sensual, solo para mí.

Me tenso cuando sus dedos rozan mi cabello desde la parte baja de mi nuca con una suavidad engañosa que me obliga a cerrar los ojos por una fracción de segundo.

Y esa suavidad dura solo un instante, porque enseguida noto cómo enreda mis mechones entre sus dedos: los recoge con una lentitud que me eriza la piel, tirando apenas, lo justo para que mi cabeza se incline ligeramente hacia atrás y mi garganta quede expuesta a su respiración.

Mi cuerpo reacciona sin avisarme, y no debería permitirlo, no cuando este hombre ha destrozado mi estabilidad emocional desde que irrumpió en mi vida como un huracán, no cuando mi familia está hecha un desastre, no cuando todo lo que tengo se tambalea gracias al simple hecho de que él existe.

—Para ser una princesita perfecta en casa, aquí te estás comportando como si quisieras algo muy distinto.

Tira de mi cabello con fuerza y de repente tengo la espalda apoyada contra su pecho, notando en el nacimiento de mi columna su imponente erección. Trago saliva con fuerza y se aprieta más contra mí, provocándome un jadeo.

—¿Qué estás haciendo? —logro preguntar, aunque mi voz suena menos firme de lo que me gustaría.

Tira de mi pelo con más fuerza, y antes de que mi vergüenza se haga evidente, me aparto de golpe.

—¿Qué coño te crees que haces? —repito, sintiendo el calor de mis mejillas y la humedad resbalando por mis piernas.

Su oscura mirada se posa en mi zona más sensible, como si pudiera intuir lo que está pasando en ella, entonces sonríe. Es una sonrisa digna de un depredador, y provoca que me aparte más todavía.

—Enseñarte lo que ocurre cuando me provocas.

Me giro hacia la mesa del reservado, cojo mi copa casi por instinto, como si aferrarme al cristal fuera la única forma de recuperar algo de control, y miro hacia la pista de abajo, intentando encontrar una excusa para parar.

Han dejado de mirarnos, pero estoy segura de que han inmortalizado el momento.

Respiro hondo, intentando convencerme de que la única razón por la que he bailado así, por la que mi cuerpo ha reaccionado de esa forma tan humillante, ha sido la presión de estar en el punto de mira, de ser el entretenimiento momentáneo de gente que quiere titulares fáciles, y no porque su cercanía me haga perder el control, no porque yo…

La música cambia, la luz también. Maya aparece de nuevo, alzando las cejas al ver la tensión acumulada entre nosotros. Pero no es ella quien habla primero:

—Son las cuatro de la mañana —sentencia Eiden con un tono íntimamente molesto, como si la paciencia se le hubiera evaporado—, y no pienso dejar que mañana a las ocho, los periódicos estén llenos de fotografías de mi prometida tambaleándose fuera de un club. Nos vamos.

Maya se planta frente a él, como si midiera el triple de su tamaño.

—Si crees que vas a llevártela a algún sitio, estás muy equivocado —espeta, cruzándose de brazos—.

No sé qué clase de trato tienes con su padre, pero no es un objeto y no voy a dejar que juegues con ella como te dé la gana.

Se irá conmigo y lo hará cuando le salga del coño, ¿te enteras, guapito de cara?

Se ríe de su amenaza, alzando una mano con chulería para recolocar con suavidad las gafas de Maya en el puente de su nariz, como si estuviera calmando a un animal rabioso con un gesto ridículamente amable.

—Tranquila —dice con una sonrisa tan falsa como perfecta—, sé cuidar de mi prometida sin tu supervisión. Si te quedas más tranquila, os llevo a las dos.

Y antes de que pueda volver a intervenir, me adelanto.

—Nos iremos las dos a mi casa —sentencio—. Y después te irás, solo así nos subiremos en ese coche contigo.

Pasea los ojos por mi cuerpo, totalmente divertido. No sé si me está evaluando o si está a punto de reírse de mi atrevimiento.

—Qué mona —sonríe mientras se le oscurece la mirada—. Si necesitabas sentir el control, podrías haberte subido a mi polla para ver lo que causas con tus bailecitos en ella. Ahora, vámonos de una puta vez.

Me muero de vergüenza, mi mejor amiga no debería haber escuchado eso, no creo que piense que ha pasado algo, pero…

Maya, que ha recuperado por completo su actitud desafiante, finge no haber escuchado nada y me toma de la mano, tira de mí hacia las escaleras del reservado y, mientras descendemos, siento sus pasos detrás de nosotras.

La gente deja de hablar, de bailar, solo para fijarse en nosotros. Tanta atención me abruma, justo por estas cosas no me involucro demasiado con mi familia, pero con Eiden… Joder, es imposible.

Siento la mano de May apretar la mía, como si quisiera devolverme un poco de valentía, pero incluso antes de que pueda agradecerle mentalmente el apoyo, noto una mano distinta, una mano más grande, firme y caliente, colocándose sobre la parte baja de mi espalda.

—Recto, lobita —murmura junto a mi oído—. Y sonríe, estás muy enamorada de tu prometido, que se note.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente y obedezco, porque sé que si empiezo a mirar a mi alrededor veré flashes, veré gente observándonos como si fuéramos un espectáculo, y paso.

Cuando por fin cruzamos la puerta, el aire frío de la madrugada me golpea la cara con fuerza, expandiendo mis pulmones en una bocanada tensa que me ayuda a despejar un poco el vértigo que llevo acumulando.

Pero esa calma no tarda en desaparecer. Un fotógrafo, dos, tres, no sé cuántos son, nos rodean al instante. Maya suelta un bufido.

—Qué puta pesadilla.

Eiden, en cambio, no parece sorprendido. Se limita a caminar un paso más cerca de mí, como si formara un muro invisible que me cubre del ángulo de sus lentes.

—No te gires —ordena de nuevo—. Si lo haces, mañana tendrás media docena de portadas describiendo tu cara de excitada como un «escándalo romántico».

Me arde el estómago por dentro, me arden las palabras que quiero decirle, la rabia de sentir que se cree con derecho a darme órdenes. Pero no me giro.

El coche negro está aparcado justo frente a la entrada privada, Eiden le abre la puerta trasera a May. Entra lanzándole una mirada de advertencia que él ni siquiera parece registrar.

Yo me quedo quieta un segundo cuando me acompaña a la puerta de copiloto y me la abre, como si realmente fuéramos una pareja. Pero entonces el flash de una cámara me da directamente en la cara y me obliga a decidir.

Entro.

Cierra la puerta y rodea el coche para abrir la suya. Sonríe y, durante unos segundos, solo se oye el sonido del motor arrancando. Maya se cruza de brazos y mira los lados con el ceño fruncido, yo la imito.

—Te ha gustado bailar para mí, te has sentido libre —asegura de pronto, sin preocuparse por si mi mejor amiga lo escucha.

No tiene vergüenza ninguna, joder.

—¿Perdón? No tienes ni idea de lo que dices—mascullo.

—Claro que la tengo. Has sentido que tenías el control cuando me ponías cachondo, y te ha encantado saber que tenías el poder para montar un escándalo ahí mismo, pero te has portado tan bien que…

Maya se remueve incómoda, murmura un suave «cretino» que me hace sonreír, pero Eiden parece no escucharla, o si lo hace, elige seguir prestándome toda su molesta atención.

Decido no discutir más y se lo toma como una victoria, pues los siguientes quince minutos, cada vez que lo miro, tiene una estúpida sonrisa altanera en el rostro. Cuando por fin llegamos a mi casa, Maya y yo nos bajamos sin mirar atrás.

—La próxima vez que bailes para mí —me grita con la ventanilla abierta—, será para acabar lo que has empezado esta noche.

Lo ha hecho para que lo escuche Lucian, estoy segura.

—No habrá próxima vez.

Él sonríe y arranca el coche de nuevo, no sin antes guiñarme un ojo de forma arrogante.

—Ya verás como sí, lobita.