CAPÍTULO 13
EIDEN
Mi día, en general, ha sido una puta mierda.
Sigo sin poder creerme que hoy me haya tocado soltar una estúpida historia de amor en las oficinas de mi padre.
He tenido que interpretar el maldito papel de mi vida: fingiendo sentimientos que jamás permitiría que se formaran dentro de mí, fabricando vulnerabilidades, que únicamente sirven para debilitar a los idiotas que creen en ellas; y mintiendo.
Para cumplir mis propios objetivos, he necesitado actuar como si Madeline fuera el amor de mi vida.
Solo recordar la escena me revuelve el estómago. Todos esos hombres trajeados sentados a cada lado de la mesa, mi padre presidiéndola como si mantuviera el control de algo más que su propio ego, la pantalla con imágenes de la rueda de prensa detrás de nosotros, las felicitaciones hipócritas…
Y yo ahí, sentado, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre la mesa, explicándoles cómo surgió «lo nuestro», hablando de una relación que no existe más allá de la estrategia que he diseñado para destruir a Lucian, describiendo a la chica como si fuera el eje de mis supuestas emociones, afirmando que la mantuve en secreto para no exponerla.
Me he escuchado a mí mismo decir frases empalagosas, asquerosamente sentimentales, frases que jamás saldrían de mi boca si no fuera estrictamente necesario: «He querido proteger lo que tenía con ella», «ha sido difícil mantenerlo en privado», «quería estar seguro de que era real», «ella no está acostumbrada a la presión mediática, no se ha involucrado siquiera de forma activa en los negocios de su familia, prefiere mantenerse al margen».
Cada una de esas frases me ha dejado un sabor amargo. Mostrar vulnerabilidad, aunque fuera falsa, ha sido una humillación. Porque sé que no puedo permitirme ser vulnerable ni siquiera cuando sé que este papel es temporal y que, al final, quien caerá será Lucian.
Mi padre me ha observado en silencio durante gran parte de la reunión, con esa expresión de satisfacción que siempre me ha resultado insoportable.
Como si por fin, tras años de hacer lo que él considera errores, estuviera siguiendo sus pasos, cuando lo que realmente hago es ejecutar el plan que él jamás habría tenido la inteligencia emocional —ni estratégica— para concebir.
La junta, por supuesto, ha comprado mi actuación.
Siempre lo hacen. Son buitres, pero no inteligentes; creen lo que quieren creer.
He salido de ahí harto y agotado, lo único bueno, es que me he pasado por el club en cuanto he podido.
Me he subido a ese ring a romper huesos para recordarme que sigo siendo fuerte, que sigo siendo quien era antes de que este compromiso absurdo quisiera convertirme en un príncipe encantado para un público hambriento de romances falsos.
He pedido que me pusieran contra los más fuertes, con los que van directos como animales salvajes sin darse cuenta de que, cuando te mueves con un único objetivo ciego, te vuelves predecible. Los he vencido a todos. Uno a uno, metódicamente y sin perder el ritmo, la paciencia ni el control.
A pesar de los guantes de cuero, tengo los nudillos ensangrentados, y aun así aprieto el volante con más fuerza porque el dolor me resulta gratamente humano, una prueba física de que sigo siendo quien debo ser.
Nadie me ha preguntado por Cuadro de la Muerte, eso me confirma, una vez más, que los límites que marco se respetan y que nadie tiene interés en morir antes de tiempo contradiciéndome.
Así que, como cualquiera podría comprender, mi día ya ha estado suficientemente cargado y estoy de muy mala hostia, con la paciencia reducida a cenizas.
Lo último que necesitaba era una llamada de mi suegro —y ya es irónico usar ese término— a la una de la mañana.
Una llamada seca, informándome con un tono casi ofendido que mi querida prometida ha decidido salir con su amiguita de fiesta.
«Su amiguita», ha dicho. Como si fueran dos niñas en una excursión escolar.
Me cabrea que mi lobita crea que, después de que se sepa públicamente que es mía, puede ir y venir sin mí por esos antros llenos de cabrones salidos que solo van a devorarla con la mirada.
Hombres que no tendrían la más mínima oportunidad, pero que aun así ensuciarían su nombre con el mínimo rumor y, por extensión, el mío, porque la gente adora inventar, sobre todo cuando se trata de compromisos entre familias importantes.
Joder. Lo último que me apetece es ir detrás de nadie. No soy un hombre que persigue a las mujeres, a no ser que sea porque eso es lo que quieren que haga para follármelas después, claro.
Y no creo que sea el caso de Madeline, aunque quizá le gustaría.
Elimino esos putos pensamientos lujuriosos ipso facto , no voy a permitir que arruine mi reputación junto a la suya.
Si quiere beber, que beba. Si quiere bailar, que baile.
Pero no lo va a hacer de manera que, en cuanto salga tambaleándose de la discoteca con el maquillaje corrido y la risa fácil, cualquier gilipollas se le pegue y los paparazzi estén esperando para disparar las cámaras, desesperados por una exclusiva.
Puedo imaginar los titulares : «La prometida de Eiden Ashford sale de una discoteca con otro hombre. ¿Crisis en el paraíso?».
Sé cómo funciona la prensa rosa, lo he visto mil veces. He podido destruir a más de una empresa fraudulenta con la ayuda de rumores así.
Y nadie, absolutamente nadie, va a ponerle las manos encima a mi mujer.
Ni literal ni figuradamente.
Sé exactamente dónde está porque su padre me lo ha dicho.
Controla sus pasos y, aunque eso me resulta patético, también me sirve, porque me permite ir directo al lugar sin perder tiempo.
Y aquí estoy ahora, frente a una discoteca demasiado pija para mi gusto.
Antes de entrar, decido darle la oportunidad de salir por su cuenta, porque si entro, me la voy a llevar y nadie podrá detenerme.
Salgo del coche, me apoyo en el capó y enciendo un cigarro observando la puerta como un depredador. Mientras exhalo el humo por la nariz, le envío los dos mensajes sabiendo que, si no responde, iré a por ella.
Dejo que la ceniza caiga, consciente de que me ha dejado en visto a propósito, escribo un último mensaje.
Yo: Muy bien, Madeline. Veo que te gusta provocarme, averigüemos a dónde te lleva eso.
Entro en la discoteca después de tirar el cigarro al suelo y aplastarlo con la bota, impulsado por la irritación, el cansancio y un sentido de posesión que no debería existir pero que late dentro de mí con fuerza.
Como alguien la toque, lo mataré, así de simple.
Este lugar está lleno de gente, pero no empujo a nadie para avanzar, los cuerpos se apartan solos. Aquí todos saben quién soy y a qué se dedica mi familia, de hecho, es más que probable que nos encarguemos de la seguridad de todas las casas de los presentes.
Sonrío con falsa amabilidad y destenso el cuello moviéndolo de lado a lado, sintiendo los músculos ardiendo por las peleas del club.
En la parte superior, está el reservado y, sin dudarlo, me dirijo hasta allí.
Hay una barra estrecha donde varias personas bailan.
Entre ellos distingo primero a Maya, la amiga a la que ya descubrí cuando investigaba a la lobita.
No es peligrosa, solo una pequeña salvaje sin filtro que siempre parece estar al borde de un escándalo; la veo reír y agitar su pelo como si fuera una bailarina erótica.
Al principio me divierte, lo reconozco, porque Maya es exactamente ese tipo de presencia caótica que hace que los demás pierdan el control sin ningún esfuerzo, pero la diversión se extingue de inmediato cuando, justo detrás de ella, aparece el motivo por el que estoy aquí, el motivo por el que mi corazón late con una furia contenida que no me gusta.
Madeline sigue a su amiga, moviéndose con un atrevimiento que probablemente ni sabe que posee. Se desliza detrás de ella y me deja sin aire, como si el mundo entero se hubiese ralentizado solo para dejarme observarla con una claridad cruel.
El vestido rojo que lleva se pega a su cuerpo con una precisión que parece obra de una conspiración divina, marcándole la cintura, delineando la curva de sus caderas, subiendo por sus costados como si quisiera atraer todas las miradas hacia ella hasta llegar a sus pechos, grandes y sujetos apenas.
Su melena rubio platino le cae por la espalda en ondas desordenadas cuando se da la vuelta, brillando bajo las luces mientras pequeñas perlas de sudor se forman en su frente.
Y luego están sus labios.
Esos labios gruesos, llenos, hinchados por el brillo labial y por el calor, entreabriéndose en busca de una bocanada de aire, formando un óvalo perfecto.
La de cosas que podría hacerle a esa boca…
Ella no me ve, pero se tensa, como si su cuerpo hubiese reconocido que estoy cerca.
Me dirijo hacia el cordón que me separa del reservado.
Allí, el guardia que custodia la entrada me mira un segundo justo antes de apartarse sin decir una sola palabra; no sé si lo hace porque también me reconoce o simplemente porque mi expresión deja claro que no acepto un no por respuesta.
No me importa cuál sea la razón, solo me importa que se quite de en medio.
Alcanzo la tarima donde se apoyan, la música nos envuelve. Está tan alta que la gente habla a gritos, pero no lo suficiente como para impedirme oír el jadeo que sale de su boca en el instante exacto en el que mi mano roza su hombro desnudo.
Se queda rígida y yo me acerco a su oído, disfrutando del temblor que recorre su espalda.
—Te encontré.
Su piel arde bajo mis dedos. Gira ligeramente la cabeza, no lo suficiente como para mirarme, solo lo justo para tratar de entender si lo que siente es real, si de verdad soy yo quien está detrás.
Quizá cree que es producto del alcohol que, sin duda, tiene corriendo por la sangre; y cuando traga saliva, sonrío con socarronería.
Se ve distinta, viva y real, mi propio cuerpo intentara contener el entusiasmo al verla otra vez fuera del molde que su padre ha creado para ella.
Apenas un segundo después, Maya —que hasta ahora estaba bailando como si no existiera un mañana— se gira y nos ve.
—Hostia puta, tía—le grita a Madeline—. Este si está bueno, ¡menuda suerte!
Me hace sonreír, pues la expresión de mi lobita debe reflejar tanto terror que Maya enseguida pierde su humor y me mira con ojos amenazantes, cruzándose de brazos y acercándose para proteger a su amiga.
—Es él —le grita de nuevo—, ¿verdad?
Madeline sigue sin moverse, pero asiente levemente.
—Joooder, menudo lío —vocifera antes de sentarse en el reservado, dándonos el espacio suficiente para hablar, pero dejando claro que no va a dejar a su amiga a merced de mí.
Es adorable, como si no pudiera hacer lo que me diera la gana…
—Mírame —le ordeno sin levantar la voz, obligándola a concentrarse en mí.
Cuando sus ojos buscan los míos a través de la penumbra intermitente creada por las luces, lo que encuentro no es solo miedo, es algo más retorcido, más sádico.
Me ha sentido antes de verme, y eso es un problema para ambos.
Porque yo no debería querer que mi presencia le afectara así, no debería excitarme que su cuerpo reaccione cuando el mío se acerca, pero maldita sea, lo hace.
Se humedece los labios con la lengua, como si quisiera ganar tiempo, y verlo me hace recordar esa lengua envolviendo mis dedos, me provoca un calor tan primitivo que amenaza con romper el control que he mantenido durante todo el día.
—No deberías estar aquí —hablo casi en sus labios—. Pero ya que estás, no pienses ni por un segundo que voy a dejar que sigan babeando por ti como si no fueras a convertirte en mi mujer.
Ella traga saliva, se muerde el labio inferior y, mierda, la odio por provocar esta erección incontrolable en mí con un gesto tan pequeño.
—¡No tienes derecho a hacer eso! —me grita con la valentía que, sin duda, le ha dado el alcohol.
Mira a Maya, sorprendida por lo que acaba de hacer, se ríe llevándose las manos a la boca y, sin dudarlo, la agarro por la cintura para estrecharla contra mi pecho.
—Ya veremos —sonrío sin poder evitarlo.
Pero no la saco de aquí, aún no. Me complace que sea ella misma y, si estoy aquí, puedo evitar rumores innecesarios que lo jodan todo, así que no hay necesidad de arruinar este momento.
Con mis manos todavía en su cintura, paseo mi aliento caliente contra su cuello, subiendo poco a poco hasta su oreja, provocando que se retuerza en mis manos ante la intensidad del momento.
—Vamos, lobita… —susurro haciendo que su piel se erice—, baila para mí.
Ella suelta un gritito ahogado cuando la suelto de golpe, dejándola delante de mi con la única compañía de la barra en la que ha estado bailando antes.
Me siento en el acolchado sofá que hay justo detrás de mí, sujeto entre mis manos la copa que se estaba bebiendo y, sin apartar los ojos de los suyos, empiezo a beber.
Si quiere provocarme, desafiarme… le enseñaré quién manda.