Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

MADELINE

No he dormido absolutamente nada en toda la noche, ni siquiera he tenido uno de esos momentos en los que una cree que ha conseguido desconectar lo suficiente como para hundirse en un pequeño abismo de inconsciencia, porque mi cuerpo ha estado demasiado ocupado temblando, y cada vez que cerraba los ojos, la verdad se imponía una y otra vez: los dedos de Eiden rozando mi labio, la sangre, las lágrimas, la nota de mi manuscrito, el compromiso…

Estoy encerrada en el baño desde que empezó a amanecer, con la puerta atrancada, el cerrojo echado y el cuerpo doblado sobre el frío suelo mientras intento vomitar, no solo la bilis ácida y espesa, sino también las sensaciones que ese hombre ha provocado en mí desde que lo vi por primera vez en el cuadrilátero.

Desde que mis ojos reconocieron algo que todavía no entiendo y que preferiría no haber sentido jamás.

Me agarro el pelo con las dos manos tirando un poco hacia atrás como si ese dolor mínimo pudiera hacer que mi mente dejara de castigarse, porque no dejo de repetirme una y otra vez que fui una estúpida por meterme en medio, que no tenía por qué intervenir, que Lucian parecía tenerlo controlado, que mi irrupción en aquella pelea fue el detonante final de este desastre que ahora nos ha caído encima.

Si hubiera tenido más cabeza, nada de esto estaría sucediendo, quizá mi hermano seguiría siendo libre, quizá yo seguiría siendo yo.

Pero entonces me contradigo, como siempre hago cuando mis pensamientos se enredan con tanta fuerza que parecen querer estrangularme por dentro.

Porque recuerdo perfectamente cómo él empezó a levantarse a pesar de las drogas que Lucian le había metido en el cuerpo, cómo Eiden, lleno de músculo y rabia, empezó a recuperar su fuerza de una forma que parecía imposible.

Recuerdo el destello de furia en sus ojos, y me repito que, si no me hubiera interpuesto, quizá aquella bestia habría terminado con mi hermano definitivamente, Lucian estaría ahora bajo tierra y yo…

no sé dónde estaría sin mi hermano, mi mejor amigo.

Mi estómago vuelve a retorcerse y me inclino hacia la taza, pero ya no sale nada, solo un sollozo agónico mientras mis dedos tiemblan contra el borde de porcelana.

De pronto, alguien empieza a aporrear la puerta y sé al instante de quién se trata.

—Lucian, déjame sola, por favor—las palabras me atraviesan la garganta con tanta brusquedad que no puedo evitar soltar un gemido entrecortado.

Lo escucho hablar con alguien y entonces oigo a mi mejor amiga ordenarle que la deje encargarse de esto.

—Bombón, soy yo.

Maya. Alivio y terror se entrelazan al escucharla. Porque me alegra que esté aquí, es la única persona además de Lucian con la que puedo ser humana sin sentir que me estoy traicionando, pero también me aterra que mi padre la vea y decida convertirla en herramienta más para manipularme.

Con los dedos temblorosos, abro la puerta apenas unos centímetros antes de que Maya entre como un torbellino de calor y perfume. Se deja caer conmigo en el suelo sin pensarlo dos veces, se arrodilla a mi lado y me rodea con los brazos.

En cuanto me toca, empieza a llorar.

—Me siento tan culpable… —confiesa mientras se limpia las lágrimas con la manga—. Si no hubiera sido por mí, si no hubiera insistido tanto, no estarías pasando por esto, no estarías atrapada, no estarías… joder, Mads, no estarías aquí.

Yo cierro los ojos porque me duele verla así, no es ella quien tiene que cargar con esta culpa, si alguien debe hundirse en esa espiral soy yo.

—Oh, May… —la consuelo con las pocas fuerzas que me quedan—. Créeme cuando te digo que mi padre habría encontrado tarde o temprano una forma de controlarme definitivamente.

Ella niega con la cabeza con una fuerza casi infantil, como si quisiera borrar la realidad a base de sacudirla.

—No, esto no es justo. —Utiliza ese tono furioso que siempre me ha resultado adorable—. No deberías casarte, no deberías permitir que decidan por ti, deberíamos irnos de aquí ahora mismo, salir por la ventana si hace falta, y desaparecer.

Yo dejo caer la cabeza contra la pared fría, cansada de intentar vivir como una chica normal cuando debería aceptar de una vez lo que conlleva este estúpido apellido.

—¿Y a dónde voy a ir, May? —susurro esperando que lo entienda— Si mi padre no sabe dónde estoy en los siguientes diez minutos o no tiene la certeza de que voy a volver, mis cuentas quedarían congeladas, literalmente no tendría ni siquiera para comprarme una botella de agua.

Sabes perfectamente que no me permitirían trabajar en ningún sitio, son capaces de sabotear cada lugar al que vaya solo para asegurarse de que no tengo otro remedio que regresar.

Maya aprieta los labios con rabia mientras pone los ojos en blanco. Sé que esta situación no es normal y que ella, que huyó de su familia en cuanto pudo, espera que yo pueda hacer lo mismo. Pero, sencillamente, las cosas no funcionan así para mí.

—Esto es una puta mierda, Mads… Una mierda injusta, absurda, cruel…

Soy incapaz de responder y ella se queda un rato conmigo en el suelo del baño, abrazándome y despegando los mechones de cabello que se me han pegado a la cara por el sudor.

Pasan… ¿minutos?, ¿horas? Ni idea. Pero Maya decide que ya basta, que no va a dejar que me quede aquí tirada como un despojo humano durante el resto de mi libertad.

Asegura que nos levantaremos y comeremos algo rico, porque si sigo así, voy a terminar desplomándome, y que, aunque no tenga hambre en absoluto, la voy a obedecer porque ella lo dice.

Me hace sonreír con sus normas de mamá osa, ¿qué haría sin ella?

Me ayuda a ponerme en pie, me pasa el brazo por la cintura como si yo fuera una borracha y no la persona sobria más temblorosa del planeta.

Con la ayuda de Lucian, que ha estado sentado en mi tocador esperándonos, me llevan hasta la cama y, antes de que pueda decir algo, ya están hablando con uno de los mayordomos por el aparato de mi habitación, pidiéndole comida suficiente para alimentar a una familia entera.

Me recuesto y me hago una bolita, Maya se acerca a la mesa donde tengo el ordenador y lo abre, enseñándome un par de mis películas favoritas y pidiéndome que escoja.

Al final elijo una que no había visto nunca, porque bastante se están repitiendo las cosas en mi cabeza una y otra vez como para, además, repetir una película.

Lucian me da un beso en la frente antes de irse y no puedo evitar fijarme en cómo se queda mirando a Maya, como si también quisiera darle uno a ella.

Los ojos de mi mejor amiga brillan durante un segundo, pero cuando mi hermano se marcha, decido no preguntar, esperando que, algún día, sea ella quien me cuente si realmente lo que tienen es solo algo sexual.

La película es divertida, una de esas comedias ligeras donde la mayor tragedia es que se derrame un café, y aunque suene ridículo, el simple hecho de escuchar las voces tontas de los personajes alivia un poco la presión que tengo en el pecho.

Suben la comida y Maya prácticamente me obliga a sentarme recta, me mira con los ojos entrecerrados como una madre dramática y me dice que abra la boca.

Si no lo hago, me atiborrará ella misma, y yo, que estoy agotada emocionalmente, acabo riendo entre lágrimas, y aunque el sonido que sale de mí es frágil y tembloroso, es una risa, al fin y al cabo.

Comemos juntas y, al acabar, se pone en pie de golpe. Se estira como si acabara de despertarse de una maravillosa siesta y anuncia que es hora de quitarme las penas. Asegura que debo recordarme quién soy y no quién quieren que sea.

Tiene razón. Van a robarme la libertad por completo, tendré muchos días para lamentarme, pero no me queda demasiado tiempo para disfrutar de verdad junto a Maya, y me merezco darme el capricho.

Va directa al vestidor, encendiendo todas las luces y, cuando entra, mira alrededor como si acabara de descubrir un crimen, soltando un bufido dramático.

—¡Madre mía, Mads, la ropa que tienes en tu estudio es muchísimo más tú! —exclama mientras aparta una falda beige con dos dedos como si fuera una ofensa a la humanidad—. ¿Qué cojones es toda esta mierda? ¿Quién te viste? ¿Un fantasma de la sobriedad?

Me río y Maya empieza a escarbar entre las perchas, apartando camisas y faldas que mi padre considera «respetables» hasta que, de repente, saca un vestido rojo que había olvidado. Es ajustado y cae por encima de las rodillas, perfecto para salir de casa sin sentirme como una señora mayor.

—Uff… —suspira aliviada mientras lo levanta—. Este. Este sí, aunque no sea tan corto como los que tú te pondrías sin supervisión paterna, desde luego sirve para lo que estoy planeando.

Frunzo el ceño.

—¿Y qué es exactamente lo que estás planeando?

Ella sonríe como si acabara de recibir una iluminación divina.

—¿Recuerdas que prometiste que nos debíamos unos chupitos? —recuerda, caminando hacia mí con el vestido en la mano—. Pues he venido a cobrármelos. Te vas a duchar, vas a enfundarte este vestido y nos vamos a comer la noche, porque no me da la gana de que estés así, no mientras yo siga viva.

Parpadeo, intentando procesarlo. Pensé que iríamos a tomar algo, pero salir de fiesta…

—No sé si es buena idea —murmuro, aunque en el fondo quiero hacerlo, sé que sería divertido—, y de todas formas no creo que mi padre me deje.

Maya se cruza de brazos, levantando una ceja como si le hubiera dicho una estupidez.

—Vas a bajar con este vestido y vas a decir que sales. Punto. No le vas a pedir permiso a nadie. ¿Quieres independencia, aunque sea por una noche? Pues empieza por ahí, cariño.

—Pues qué cojones… —susurro, sintiendo un impulso cálido en el pecho—. Vamos a hacerlo.

—¡ESO! —Me empuja hacia el baño para que empiece a arreglarme, y mientras el vapor de la ducha me reconforta, sonrío. Siento que una parte pequeñísima de mí empieza a despertar, una parte que quiere sentirse viva, aunque sea por unas horas.

Salgo, nos maquillamos y nos vestimos, y por un momento, me miro al espejo y veo a alguien que merece que luchen por su felicidad.

Bajamos las escaleras, ambas oliendo a perfume caro y a decisión recién estrenada, y mi padre aparece en el pasillo, mirándonos fijamente.

—¿A dónde vais vosotras dos tan contentas? Parece que ya te has hartado de montar un drama de lo más innecesario, bien por eso —comenta con una intrusión tan evidente que me dan ganas de darle un empujón.

Le sostengo la mirada, sintiendo cómo algo dentro de mí se fortalece apenas un milímetro.

—Voy a salir un rato —digo con un tono tan firme que me sorprende a mí misma—. Necesito desconectar. Como comprenderás, has cambiado toda mi vida, así que voy a salir con mi mejor amiga porque lo necesito. Y punto.

Mi padre me mira de arriba abajo, evaluando el vestido, evaluándome a mí. Curiosamente, no parece desaprobarlo, quizá porque llega por encima de la rodilla y entra dentro de su estúpida categoría de «decente».

—Bueno, al menos esta vez supongo que no provocarás ninguna pelea, estás más… recatada —comenta con un tono innecesariamente crítico—. De todas formas, ahora todo esto es problema de tu prometido. Si él lo consiente, no tengo nada que objetar.

Me hierve la sangre.

—Mi prometido —repito con sarcasmo—. Ni siquiera sabe si entro o salgo. No le importa una mierda, igual que a mí no me importa él. Así que, por favor, deja de fingir que esto es un matrimonio real.

No parece prestarle atención siquiera a lo que sale por mi boca, pero Maya me da un apretón que se siente como un «estoy orgullosa de ti».

—Lo que tú digas, haré que os lleven a un lugar adecuado. No queremos que vuelva a repetirse lo de ese bar, ¿no?

Sé lo que intenta, y no me quedaré aquí para el interrogatorio.

El chófer nos lleva siguiendo las indicaciones de mi padre hasta una discoteca privada, y cuando estacionamos, Maya mira por la ventanilla frunciendo el ceño.

—¿No decías que tu padre no se creía lo de la pelea en el bar? Entonces, ¿por qué se preocupa por dónde salimos?

Yo sonrío con tristeza.

—Intenta que Lucian y yo digamos la verdad a base de agobiarnos, y supongo que simplemente no quiere estropear la mercancía.

Maya aprieta mi mano con fuerza, no le doy más importancia a la realidad que acabo de escupir y agradezco que ella tampoco lo haga. Cuando el chofer nos abre la puerta, salimos disparadas.

La música nos envuelve de inmediato, fuerte, vibrante, y no tardamos en ir a la barra pasando por completo del reservado. Nos pedimos dos chupitos y nos los bebemos de un trago, dejando que el líquido ardiente nos queme la garganta y nos caliente el cuerpo.

Bailamos, reímos, bebemos un poco más, pero entonces el móvil me vibra dentro del bolso. Seguramente sea mi padre, así que paso de él y sigo bailando.

La vibración vuelve a sacudirme, intentando arrancarme el frágil equilibrio que he conseguido fabricar alrededor de mí durante esta escasa hora, en la que he podido recordar que soy alguien más allá de la hija obediente, de la prometida sin elección.

Y aunque Maya baila delante de mí con los brazos levantados y yo intento seguirla, hay algo en esa vibración que me hiela desde la nuca hasta la base de la espalda, un presentimiento que me marea durante un segundo.

—¿Qué pasa, bombón? —grita mi mejor amiga por encima de la música, inclinando la cabeza hacia un lado, dejando de bailar.

Cabeceo intentando no ser una paranoica, quiero disfrutar de la noche y mi cabeza no va a ganarme la batalla esta vez. Entonces, justo cuando pienso que he logrado conseguir un poco de tiempo, que quizá no es lo que pienso el móvil vibra otra vez. Y se me antoja más fuerte.

—Mads… ¿estás bien? Venga, vamos al reservado, allí estarás más cómoda —grita mi mejor amiga, claramente preocupada.

Asiento con una sonrisa y cojo el móvil, dispuesta a apagarlo, con la esperanza de que no sea nada.

Desconocido: ¿Creías que podías esconderte de mí? Mala idea.

Desconocido : ¿Vienes o voy a por ti, lobita?