CAPÍTULO 11
EIDEN
La carretera nocturna se abre ante mí como una especie de corredor interminable en el que las luces de las farolas parpadean a intervalos irregulares, y mientras conduzco siento el peso de mis propios pensamientos acumulándose como piedras húmedas dentro del pecho, cada uno engarzado al siguiente.
Sujeto el volante con ambas manos mientras dejo que una sonrisa afilada se estire en mi rostro.
Ahora que estoy lejos de esa casa, en la que todos parecen actuar como si la vida fuera una obra cuidadosamente ensayada, me siento orgulloso de mí mismo, pues yo tenía razón en cuanto a mis sospechas sobre Lucian.
Durante años, no ha dejado de hablar de su padre con odio, de su hermano con frustración y de su madre con nostalgia, como si fuera una marioneta controlada por su marido en lugar de una mujer que puede tomar sus propias decisiones.
Me ha hablado incluso de negocios, pérdidas, rabias y golpes; sin embargo, jamás, absolutamente jamás, mencionó a una hermana, ni siquiera en esos momentos de alcohol o furia en los que su lengua se volvía un arma que apuntaba a todo lo que le dolía, lo cual no ocurría demasiado, porque si hay algo que he aprendido de él es que cuando calla, no es por prudencia, sino por estrategia.
Y he reventado todas esas estrategias desde dentro.
Supe que Madeline sería importante desde que se subió en el ring.
Porque en el mismo instante en el que ella me miró, él giró la cabeza con una expresión que gritaba; «mierda, ya lo sabe».
Entendí que la existencia entera de esa chica había sido ocultada durante años no por protección, sino porque era exactamente la pieza que podía hacerlo arrodillarse, el talón que siempre ha temido exponer, la única parte de sí mismo que no controla.
Y en el momento en que lo comprendí, supe también que, si quería destruirlo —si quería devolver en forma de fuego su osadía al traicionarme—, no era suficiente con amenazar su empresa ni con presionar su apellido.
Tenía que arrebatársela a ella, tenía que tomar aquello que él jamás habría admitido que era importante.
Mientras avanzo por la carretera, dejo que la euforia se mezcle con la frustración. El absoluto asco que me produjo ver cómo el padre de Madeleine intenta moldearla, corregirla y convertirla en una muñeca perfecta ha sido descomunal.
Hubiera disfrutado mucho más viendo a la lobita que conocí en ese maldito ring: con su vestido corto ajustándose a esa explosión de curvas, sus tacones de aguja —diseñados sin duda para atravesar voluntades—, el pelo revuelto por la adrenalina y los ojos marrones encendidos con fiereza.
Es como si el brillo hubiese sido arrancado de raíz.
Yo debería ser el único que pueda controlarla, joder. Después de que se atreviera a interponerse en mi camino, es lo justo.
Me despierta una curiosidad que no quiero reconocer, porque sé lo que significa: que una parte de mí quiere ver qué queda de aquella chica cuando viva bajo mi techo, y no bajo el del tirano que la ha mantenido anestesiada durante años.
Y, sí, me incomoda imaginar la convivencia, aunque sea yo quien la ha impuesto.
No porque tema no poder controlarla, sino porque he vivido demasiado tiempo solo. En mi casa no ha entrado otra mujer que no sea Lina, quien se encarga de cocinar y sermonearme como si de una madre se tratase, y a ella no la veo demasiado.
Incluso para follar recurro a cualquier otro espacio que no sea tan íntimo, pero supongo que esto es lo que hay.
Hace muchos años que dejé de estar acostumbrado a la convivencia, y lo prefiero así. A mi padre solo le importa que cumpla con mis obligaciones en la empresa, tampoco es que yo quiera su compañía, y jamás me la ha ofrecido.
Pero ya no importa lo que prefiera, la rueda de prensa se ha llevado a cabo y el compromiso es público. La maquinaria mediática está girando con la velocidad de una tormenta que no puede frenarse.
Y sé que, para evitar cualquier sospecha, ella debe mudarse conmigo cuanto antes.
Mañana tendré que plantarme frente a mi padre y frente a la junta directiva con una historia perfectamente fabricada, una historia que los convenza de que llevo meses con esta mujer y que nuestros encuentros han sido discretos.
Diré que nuestra relación se mantuvo oculta por seguridad, protección, tal vez incluso me atreva culpar a los «sentimientos».
Esa palabra que odio pronunciar porque me parece una pérdida de tiempo, un concepto que la gente usa para justificar decisiones estúpidas, frágiles y carentes de lógica.
Aun así, tendré que representar el papelón de mi vida.
Deben creer que estamos enamorados, solo así aseguraré mi puesto en la empresa.
Mis dedos tamborilean sobre el volante mientras aparco frente a la mansión, llevo dos noches durmiendo apenas dos horas, pero no subo directamente a mi habitación; en cambio, camino hacia mi despacho, con la curiosidad haciéndome cosquillas en los dedos.
Enciendo el ordenador, dejo que la luz azulada ilumine mi rostro y abro el archivo que no he revisado desde hace días: el manuscrito de Madeline.
Lo abro sin dudar, preguntándome si ya habrá encontrado mi comentario en su novela, si se habrá asustado o si, tal vez, esa cabecita retorcida haya disfrutado al sentirse observada.
Apenas empiezo a leer, siento cómo la tensión que venía sosteniendo en los hombros desde que dejé la casa de los Crowley comienza a desaparecer.
No quiero perderme ni un solo matiz de lo que ella ha escrito mientras su mundo entero se derrumbaba, necesito saber lo que piensa.
Avanzo por el nuevo capítulo y me detengo cuando llego a una escena que parece escrita para arrancarme el aire del pecho.
El protagonista masculino de su historia —un capullo que vive en la mente de mi prometida sin mi permiso— se acerca a la mujer, herida por el corte de un cuchillo.
Levanta la mano para recoger una gota de sangre que desciende por su brazo, la observa un segundo y, acto seguido, la lleva a sus labios, obligándola a probarla con un gesto que en cualquier otra historia sería enfermizo, pero que en la suya está descrito con tanta precisión sensorial que resulta hipnótico.
Me quedo sin palabras por primera vez en mi vida.
Porque ese gesto fue mío. No solo en el ring, también esta noche, alcé mi mano y la llevé a sus labios exactamente así, tanto la primera vez con la sangre de su hermano, como la segunda con sus lágrimas. La miré exactamente con la misma intención que describe en esta escena.
¿Escribe sobre mí porque le aterra lo que le provoco o porque le inspira?
La respuesta es peligrosa en cualquier dirección, y me niego a pensar en ella mientras sigo leyendo.
La excitación me atraviesa como un golpe lento, como un incendio que empieza en lugares que no controlo y que me obliga a tensar la mandíbula para no dejarme llevar.
Es involuntaria, molesta, visceral.
Me retiro hacia atrás un segundo, necesito aire, necesito algo que me permita recuperar la compostura, pero el problema no es el texto: el problema es que es suyo, nace de ella, sale de una mente que yo ya había clasificado como demasiado dócil, controlada por su padre, por los deseos ajenos.
Pero no. Porque si ella es capaz de escribir tanta oscuridad con esta naturalidad, entonces no es tan inocente como aparenta.
Me inclino otra vez hacia la pantalla sin poder evitarlo, porque leerla se convierte de repente en una necesidad, y avanzo por la página hasta que encuentro otra escena que provoca que la entrepierna vaya a reventarme el pantalón de traje.
La protagonista está atrapada entre una pared y el cuerpo del hombre, sin posibilidad de escapar.
La manera en la que ella describe cómo la mujer se rinde sin ser consciente de que lo hace, provoca en mí un impulso brusco de cerrar los ojos, porque la imagen que se crea en mi mente no es la del personaje de pelo oscuro y ojos azules que ha creado.
Es la de Madeline.
Acaricio mi excitación por encima de la tela, imaginando que son sus labios gruesos los que la envuelven, tal como hizo con mis dedos ensangrentados.
Me cago en la puta, no debería estar haciendo esto.
Porque sé que la única razón por la que la quiero cerca es para destruir a Lucian y, aun así, mientras sigo leyendo, no puedo evitar liberar mi miembro de las ataduras de la tela que lo sostenían, impregnando toda su longitud con la excitación que ya ha brotado de este.
Empiezo a mover mis caderas con fuerza, con rabia, imaginando todas las formas en las que podría hacerle perder los buenos modales, en las que podría sacar a la lobita con garras y colmillos afilados que lleva dentro.
Me repito una y otra vez que no tengo porque no desearla. Va a ser mi mujer, es guapa, su cuerpo podría provocarle un infarto a cualquier hombre y, por lo que escribe, parece ser perfecta para complacer mis deseos más oscuros.
Pero no puedo obsesionarme con ella, porque ni ahora ni nunca podrá ser más que esto para mí.
Aunque su lado oscuro parezca hecho a mi medida.
Y precisamente esa lucha interna es la que hace que me lleve una mano al pelo, tensándolo, tirando con frustración mientras sigo llevando mi cuerpo al límite.
Ella es la hermana del enemigo, la llave para quebrarlo. No puedo desear lo que tengo que destruir. No puedo querer arrancarle la ropa a la mujer que debo convertir en una prisión viviente para la mente de su hermano. No puedo permitir que mi cuerpo contradiga mi mente.
Y, sin embargo, lo está haciendo.
Sigo leyendo mientras mi cuerpo me avisa de que pronto lo dejaré todo hecho un desastre, a penas me quedan unos párrafos del medio capítulo que ha escrito, y los leo mientras gruñidos y gemidos escapan de mi garganta.
Voy cada vez más rápido y cuando llego al punto final, el orgasmo me atraviesa como un rayo y me encuentro sudoroso, con el pelo revuelto, los labios abiertos ligeramente y el resultado de esta atrocidad manchándome la ropa.
Maldigo entre dientes a esa mujer y a su mente retorcida, capaz de excitar la mía, que apenas se excita con nada porque nada se parece a esto, a ella.
Dejo una nota en los comentarios de su manuscrito, si ella va a torturar mi mente, yo haré lo mismo. Cierro el ordenador y el silencio se vuelve pesado.
Mi cuerpo sigue tenso, es la segunda vez que me toco pensando en ella y esto debe parar de una puta vez, ya ha tenido demasiado poder sobre mí.
Subo las escaleras con la sensación de que cada peldaño pesa más que el anterior, me detengo frente a la puerta de mi habitación y entro sin pensar demasiado en lo que acabo de hacer, deshaciéndome de la ropa y entrando en la ducha.
Me irrita, la idea de querer comérmela entera me irrita profundamente.
Debería estar centrado únicamente en la parte estratégica, ya que la planificación va exactamente como esperaba. La rueda de prensa cumplió su función, su familia está atrapada, mi padre tendrá que tragarse su sorpresa con la elegante compostura que tanto presume dominar.
Todo va según lo planeado, pero algo en mi interior se ha movido. Algo que se parece demasiado al deseo obsesivo, al interés. Y eso es lo que no puedo permitir.
Mañana será un día agotador, tendré que mirar a mi padre y fingir una preocupación inexistente por su opinión, tendré que desplegar ante la junta otra actuación más de este teatro tan repugnante como necesario, y lo peor es saber que la mentira será examinada, repetida y publicada ante miles de personas.
Porque el compromiso es ya una noticia internacional, el correo que utilizo para la empresa amenaza con explotar en cualquier momento pese a que lo he silenciado antes de la cena, la gente no puede creer que por fin vaya a «sentar cabeza» y están deseando reclamar su parte de esta noticia.
Dejo escapar un suspiro lento, asqueado por la certeza de que de ahora en adelante, me tocará sostener la mentira más romántica, empalagosa y artificial que jamás haya construido.
Ante a la junta, ante a mi padre, y, joder… ante el mundo entero.