Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

MADELINE

Su pulgar sigue sobre mi labio incluso cuando la lágrima ya no está.

Parece completamente extasiado cuando el líquido salado roza mis labios, igual que hizo con la sangre de mi hermano.

No soy capaz de reaccionar, de apartarlo, lo único que siento es su calor, impregnándose en mi piel como si tuviera derecho a dejar su huella ahí.

Y no puedo, Dios, no puedo.

Mi cuerpo entero responde como si él fuera un detonante que no sé manejar, como si todo dentro de mí se tensara y se encendiera con una violencia que no comprendo.

Frustración.

Vergüenza.

Excitación.

Rabia.

Todo al mismo tiempo.

Abro la boca para decir algo —cualquier cosa—, pero Eiden clava sus ojos oscuros como la noche en los míos y me quedo muda. Me observa con tal intensidad que, por un segundo, juraría que está dentro de mi cabeza, leyendo todo el caos que está desatándose en esta.

—Ya está —murmura—. Tendrás todo el tiempo del mundo para llorar por mí, pero no aquí, tus lágrimas me pertenecen, lobita.

Por él.

Lo dice como si fuera normal pensar que lloro por él, menuda arrogancia.

No comprendo cómo, de entre todos los hombres, mi padre ha decidido que debo casarme justo con Eiden. O existen las casualidades o la vida se ha tomado muy en serio eso de castigarnos a Lucian y a mí. Se me revuelve de nuevo el estómago, trago saliva y me obligo a apartar la mirada.

Mi padre carraspea desde el otro lado de la mesa, y entonces Eiden retira la mano de mis labios con lentitud, sabe perfectamente lo que acaba de hacerme sentir al recrear este momento.

Hacemos como que nada ha pasado. O al menos, yo lo intento.

La cena prosigue con demasiada naturalidad, dadas las circunstancias.

Toda mi puta familia, excepto Lucian, actúan como si este tío formase parte de nuestras vidas.

La rabia es tal que no saboreo nada, no escucho ni proceso nada.

Estoy aquí físicamente, sentada con un cubierto entre los dedos, pero mentalmente estoy tan desconectada que me siento como una marioneta dentro de un espectáculo.

Lucian me observa con los ojos entrecerrados, cargados de culpa, rabia y algo de curiosidad. Me conoce demasiado bien y sabe que algo ha pasado, pero es imposible que haya oído lo que me ha dicho a esta distancia, y eso parece enfurecerlo todavía más.

Yo intento recomponerme, pero la mano de Eiden sigue sobre mi muslo, se siente firme contra mi piel, caliente, y por más que le doy manotazos y la clavo las uñas, es imposible moverlo sin montar una escena que no me conviene lo más mínimo.

A cambio de mis pequeñas agresiones, obtengo que sus dedos se aproximen mucho más de lo debido a mi entrepierna, y solo cuando me estremezco, temiendo lo peor, se detiene y sonríe.

Es un puto enfermo, me quedó claro cuando lo vi por primera vez, y ahora no hace más que reafirmarlo.

Entendí su rabia al saber que mi hermano le había drogado, creí que nuestra interacción no había sido más que una pérdida total y absoluta de control, pero me temo que aquella noche conocí su verdadera naturaleza.

Y temo todavía más haberme convertido en el objetivo principal de toda esa rabia.

Yo solo quería defender a mi hermano…

Mis dedos se tensan sobre el tenedor, bajo la mirada como si eso pudiera esconder lo que siento, pero sé que no lo hace. Mi mente está dividida entre querer alejarlo y querer…

¡Joder! ¿Pero a mí que coño me pasa?

No puedo ni pensar eso, por suerte su mano se retira de mi cuerpo cuando su móvil vibra.

—Es mi padre —susurra solo para mí, antes de levantarse con falsa educación y alejarse unos cuantos pasos.

Me invade un vacío absurdo cuando su calor desaparece, al menos la rabia me distraía, sin ella solo puedo pensar en lo que me ha hecho mi padre, en lo que mamá y Julian están apoyando.

No puedo verle, pero su voz irritada es perfectamente audible y me concentro en ella.

—¿Qué quieres?

…

—Sí, ya lo he visto.

…

—No. No necesito tus felicitaciones.

…

—Haz el favor de no decir que mi abuelo estaría orgulloso.

…

—Mañana. A primera hora. Lo sé.

…

—Te lo contaré todo, pero lo que has visto en la rueda de prensa es lo que hay. Estoy celebrándolo con mi prometida, así que no me llames más esta noche.

La forma en la que dice eso último…

Eiden vuelve a la mesa como si nada, pero su ceño fruncido me indica que la conversación con su padre le ha puesto de un humor de perros.

Me importa una mierda, yo tampoco quiero esto, así que, que se joda, igual que yo.

—Parece que la rueda de prensa ha sido un éxito —asegura para todos de forma arrogante—. Mi correo está a reventar pidiendo entrevistas y mi padre no ha podido evitar llamarme como un cotilla. Quizá tengamos que hacer alguna aparición pública como pareja, Madeline.

Pareja. Esa palabra…

Todo esto me resulta tan absurdo que soy incapaz de reaccionar como me gustaría, solo asiento. Automatizada y destruida a partes iguales.

—Debo irme —anuncia, incorporándose—. Mañana tengo una reunión importante, pero nos veremos pronto.

Besa mi frente demasiado rápido como para poder apartarme.

Y, de pronto, mi respiración vuelve a ser regular cuando veo que va a marcharse.

Le da la mano a mi padre y a Julian, Lucian se aparta asqueado, lo cual provoca una sonrisa arrogante en Eiden.

Antes de agradecer la cena y la invitación, le da dos besos a mi madre y me dedica una mirada lasciva y oscura que, por supuesto, correspondo con falsa indiferencia.

Y entonces se va.

Cuando la puerta principal se cierra tras él, me levanto con la intención de largarme de aquí de una vez.

—Madeline, cariño, por favor —ruega mamá—, parece un buen hombre, quizá el compromiso no sea tan malo después de todo, estoy segura de que tu padre se ha asegurado de que sea alguien adecuado para ti…

Pero ya estoy llorando, no puedo contenerlo. No quiero contenerlo.

Es como si todas las emociones que he estado acumulando desde hace días, semanas, años, explotaran. Me llevo las manos a la cara mientras un sollozo me dobla por la mitad y mi pecho se cierra tanto que siento que no voy a poder respirar nunca más.

—Deja de dramatizar —exige mi padre.

Alzo la mirada, su expresión es… parece enfadado, como si tuviera derecho a estarlo. Y le odio por ello.

—Si todas las chicas de tu edad que han tenido que casarse para mantener el legado familiar se pusieran así, el mundo se habría derrumbado hace siglos —continúa con fastidio—. Las familias adineradas se casan con familias adineradas. Así funcionan las cosas.

—Pero no nos conocemos, no funcionará, yo no le amo, no…

Mi padre se ríe de mí, literalmente.

—El amor no te va a dar estabilidad y tampoco te va a dar de comer, niña —espeta con dureza—. Y ya que te niegas a cumplir con las obligaciones que acarrea nuestro apellido, no me has dejado otra opción. Alguien tendrá que hacer algo útil contigo.

Algo útil conmigo… como si yo fuera un objeto, un mueble más de esta casa.

Mamá intenta poner una mano sobre mi hombro, pero la aparto, no puedo soportar ningún contacto ahora mismo, mucho menos el suyo. Y entonces Julian tiene el descaro de abrir la boca.

—En serio —dice, observándonos a Lucian y a mí—, sois un desastre, os habéis comportado como dos inmaduros, pero esta boda se va a llevar a cabo tal como ha dicho papá. No podéis seguir comportándoos como críos, vais a echar la familia a perder.

—Julian —gruño sin pensarlo demasiado—, vete a la mierda.

—Sí —secunda Lucian, poniéndose a mi lado—. A la mierda con tus discursos de niño ejemplar.

Julian abre la boca para replicar, pero mamá lo frena con un gesto.

Papá va a decir algo, pero por primera vez, no me quedo a escucharlo. Lucian y yo salimos disparados de esta casa, y ojalá no tuviéramos que ver a nuestra familia nunca más.

Yo no digo nada, no es que no quiera, es que no puedo. Solo tengo un nudo enorme dentro del pecho y una sensación de vacío tan profunda que me deja sin equilibrio.

Caminamos en silencio durante veinte minutos y las luces cálidas de nuestra calle quedan atrás. Nos envuelven la oscuridad, la humedad y el silencio.

—Mads —susurra Lucian, acercándose un poco más.

Mis rodillas ceden sin aviso y caigo al suelo, sé que la ansiedad está a punto de devorarme. No ha hecho más que arañar las puertas de mi pecho desde el maldito momento en el que puse un pie en esa casa.

Lucian se agacha a mi lado inmediatamente.

—Eh… —Me rodea con los brazos, torpe al principio, casi rígido—. Mads, esto no se me da bien, tienes que ser fuerte, por favor. Yo te sacaré de esta del mismo modo en el que te he metido.

Pero no puedo, no puedo tranquilizarme ni respirar ni detener este temblor.

Me doblo sobre mí misma, mis manos buscan anclarse a la tierra húmeda, y un sollozo desesperado se abre paso desde lo más profundo de mis pulmones.

—No puedo. —Mi voz se quiebra, irreconocible—. No… puedo…, no puedo, Lucian, no puedo…

—Shhh…, Mads, estoy aquí —murmura llevándose mis manos a su pecho para que clave las uñas en él y no en la tierra.

Yo respiro entrecortadamente mientras él me habla para distraerme, me encantaría saber con exactitud qué me dice, pero solo puedo concentrarme en el aire que me entra como agujas, afilado, doloroso.

—¿Cómo… cómo se supone que voy a casarme con él? —pregunto entre lágrimas, sin levantar la mirada—. No lo conozco…, pero sé… es peligroso, Lucian, ¡es peligroso!

La imagen de Eiden rozando mis labios con su pulgar me golpea de nuevo. Ese gesto no fue normal, nada de lo que él hace es normal. Y eso me aterra, no soportaré vivir con él, no podré controlar mi ansiedad ni mi dolor cuando él sea quien me controle a mí. Va a destruirme, lo sé.

—Vamos a salir de esto —susurra en mi pelo, pero su voz ya no suena tan segura como antes—. Te lo prometo. No vamos a dejar que papá nos controle eternamente.

—Para ti es fácil decirlo —intento rebatir—. Tu no vas a mudarte con él… Sabes tan bien como yo que no dejará pasar lo que le hiciste, tampoco cómo me interpuse. Papá me lo ha arrebatado todo, pero será Eiden quien me haga desear desaparecer.

Parece que al decirlo en voz alta empiezo a poder respirar mejor, pero soy incapaz de levantarme. Lucian cierra los ojos como si mis palabras fueran golpes que cree merecer, y entonces ocurre.

—Estás llorando —susurro, sin aliento.

Mi hermano nunca ha llorado, jamás.

—Eres la mujer más importante de mi vida.

Y me jode, Mads. Me jode porque sé que justamente eso es lo que te ha puesto en esta situación.

—Respira hondo y sus ojos, tan marrones como los míos se clavan en mi rostro—.

Él sabía que, si quería atacarme, tenía que empezar por mi familia.

Le he hablado de mamá alguna vez, pero a ti siempre te mantuve oculta, y sé que la noche de la pelea se dio cuenta de lo que me importas, en ese momento supo que esta era la única forma de hacerme daño.

Me concentro en sus palabras y ahora soy yo quien le enjuga la única lágrima que se ha permitido derramar. No es su culpa, joder, claro que no.

—Tenemos que mantenernos unidos, Mads. Si no lo hacemos, él ganará.

Pero yo no puedo pensar en estrategias ahora, mucho menos en «ganar». Él ya ha ganado, igual que papá.

—Tengo miedo, Lucian —confieso, aferrándome a su camisa, dejando de clavarle las uñas—, tengo muchísimo miedo.

Me abraza con fuerza, acunándome hasta que el ataque de ansiedad disminuye lo suficiente para incorporarme. Lucian me ayuda a hacerlo y, antes de soltarme, coge mi rostro entre sus grandes manos.

—Mads… mírame —me pide, tan preocupado que me duele estar haciéndole daño.

Levanto la mirada, o eso intento, tengo los ojos hinchados, la garganta ardiendo, el alma en carne viva.

—Sé que estás asustada —continúa—, pero no puedes dejar que él vea esto, si lo haces, si él llega a ver lo rota que estás, te va a aplastar del todo, y yo necesito tiempo para sacarte de allí, hermanita.

Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con el frío.

—Ya me ha aplastado —musito, sacudiéndome como puedo la suciedad del vestido—. Ya lo ha hecho, Lucian, y lo peor es que ha sido nuestro padre quien le ha ayudado, no pienso volver a hablarle en mi vida.

Me abrazo a mí misma, intentando contener el temblor.

—¿Acaso no lo ves? Por alguna razón de lo más sospechosa, parecen haberse unido justo cuando papá más necesitaba una excusa para controlarnos. Y él quería vengarse, no me jodas, si no acabo muerta, será un puto milagro, y los sabes…

Lucian gruñe con rabia, tanto que, si no fuera su hermana, saldría huyendo ahora mismo.

—Eiden tiene un plan, lo conozco. No sé cuál es, pero está claro que esto… —gesticula en el aire, frustrado— no es solo un compromiso. Papá es irrelevante, él quiere algo. Y tú eres la llave.

El miedo me sacude, por un momento temo volver a caer al suelo, esto es demasiado.

—¿Y si no puedo con esto? ¿Y si no soy lo suficientemente fuerte?

Trago saliva, desesperada.

—No vas a dejar que eso pase. No te voy a dejar, Mads, tú eres lo único real que tengo en mi vida. Si te derrumbas, yo también lo hago. Y eso es exactamente lo que él quiere, no se lo vamos a dar.

Quiero creerle, Dios, quiero creerle tanto que duele.

Pero cuando cierro los ojos, lo único que veo es a Eiden sonriendo, disfrutando de mi dolor y de la rabia de mi hermano.

Y sé que no seré lo suficiente fuerte.

Lucian me toma de la mano y, a regañadientes, me guía de vuelta a ese infierno.

—Si intenta hacerme daño, me defenderé —murmuro, sin mirarlo.

Mi hermano aprieta mi mano.

—No esperaba menos de ti, hermanita.

Pero, ¿podría hacerlo? Porque si incluso Lucian teme a Eiden… ¿qué posibilidades tengo yo?

Subimos las escaleras en silencio. Todos parecen haberse acostado, seguramente hemos pasado fuera un par de horas, pero en esta casa a nadie le importa, mientras cumplamos con lo que se nos ordena. Al llegar a mi habitación, me suelta la mano con cuidado, como si temiera dejarme sola.

—Intenta dormir, princesa —suplica, aunque ambos sabemos que no voy a hacerlo.

Asiento, incapaz de hablar. Me da un beso en la cabeza y me coloca los mechones que se me han soltado del moño detrás de las orejas. Cuando se marcha, cierro la puerta lentamente, apoyando la frente contra la madera. Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez, esto es surrealista.

Una cosa se repite en mi cabeza una y otra vez: en dos semanas, mi historia dejará de pertenecerme.

Y Eiden ha empezado a reclamar cada uno de los días del resto de mi vida.