Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Madeline baja la mirada, derrotada por la imposibilidad de decir la verdad sin dinamitar su vida, y yo sonrío para mis adentros.

—Bueno —añado acomodándome en la silla—, hablemos de temas más importantes. —Hago una pausa y me llevo un sorbo de vino a los labios—. Como, por ejemplo, cuándo se va a mudar mi futura mujer a mi mansión.

Edward se queda petrificado y Lucian se levanta al instante. Julian abre los ojos de par en par, fascinado por la idea; Isadora, sin embargo, traga saliva con nerviosismo, como si hubiera perdido con los años la capacidad de intervenir.

Y Madeline… Me mira directamente a los ojos, su rostro se quiebra en un millar de emociones que intentan salir a la vez y que no encuentran un hueco por donde hacerlo.

Disfruto cada microgesto suyo, y al mismo tiempo lo detesto.

—Eso es… —balbucea su padre, buscando las palabras adecuadas— un paso importante, Eiden. Muy importante. Quizá… quizá deberíamos hablarlo con tiempo.

—Por supuesto. Pero, teniendo en cuenta que la boda es inminente, lo lógico sería que Madeline se instale cuanto antes en un entorno adecuado para prepararse, al fin y al cabo, en ocho meses será mi mujer.

Mi lobita por fin saca las garras y rompe su propio silencio, aunque no sé si es valentía o desesperación lo que la impulsa.

—¡No he aceptado nada todavía! Solo ante las cámaras, pero no aquí —grita, descontrolada.

La miro fascinado, que tenga agallas para seguir protestando la hace menos estirada, me pregunto qué más esconde dentro de esa carcasa de perfección y buenos modales.

—Eso no es relevante —respondo con calma—, es una cuestión de negocios y ya está decidido, querida.

Lucian hace un ruido sordo al otro lado de la mesa, una especie de exhalación tensa que no puede contener. Sigue de pie, su padre lo mira fijamente, y la chispa de amenaza cruza entre ellos sin necesidad de palabras.

—Lucian —advierte con un tono frío—, compórtate.

Es fascinante cómo una sola orden puede cerrar la boca de un hombre como si fuera un niño. Baja la mirada y se sienta, pero no es obediencia: es furia contenida, un animal encadenado esperando su momento. Apoyo los codos sobre la mesa, entrelazo los dedos y sigo hablando como si nada.

—Creo que lo mejor —prosigo— sería establecer una fecha. Algo razonable. No quiero que se sienta presionada, pero tampoco quiero que la mudanza se prolongue. La gente empezará a hablar si mi prometida no vive conmigo, y aquí eso no nos conviene a ninguno.

El padre asiente, intentando controlar la avalancha de emociones que atraviesan la cara de su hija.

—Estoy de acuerdo, es lo mejor, Madeline —asegura—. Podríamos fijar la mudanza para el próximo mes.

Ella se aferra a la servilleta con tanta fuerza que podría rasgarla con sus pequeñas uñas granate.

—No —niega de forma muy suave.

Me giro hacia ella con delicadeza, toco su muslo por debajo de la mesa y aprieto ligeramente, provocándole una exhalación de lo más exquisita.

—¿Has dicho algo, querida? —pregunto, casi con dulzura.

Respira hondo y me aparta la mano con cautela, se lo permito solo porque me divierto viéndola luchar.

—Que no, no quiero… no estoy lista, para el próximo mes quedan diez días, yo… no puedo…

Vuelvo a colocar la mano sobre su muslo y esta vez deslizo los dedos más arriba, notando el calor que desprende su cuerpo y provocando su silencio.

—Madeline —advierte su padre—, esto es por tu bien. Y por el de la familia. Confío en que sabrás comportarte con madurez.

Ella no dice nada y su silencio es la conformidad que él esperaba, pero no la que yo quiero. Me inclino un poco hacia su mejilla, viendo a Lucian apretar tanto el cuchillo que sus nudillos se tornan blancos.

—No te preocupes —susurro besando su mejilla—, me encargaré personalmente de tu adaptación.

Agarro su mano a la vista de todos, y entonces Lucian pierde el control. Se pone de pie de nuevo y la silla hace un ruido seco al moverse. Su mirada se clava sobre mí con una violencia tan cruda que por un segundo parece que va a atravesarme.

—¡Esto es una puta locura! No me puedo creer que le hagáis esto a ella —gruñe a voces.

Lo ignoro conteniendo una carcajada, está reventando por dentro y ni siquiera puede exteriorizarlo porque en esta casa es una puta marioneta.

—Te he traído un anillo —informo mirándolos uno por uno antes de volver a posar mis ojos sobre Madeline—. Debes ponértelo, todos deben saber que pronto serás mi mujer, y cuando te mudes, las cosas irán mejor, ya lo verás.

Mi falsa promesa no parece animarla en absoluto, sin embargo, se queda ciertamente sorprendida cuando la pequeña caja aterciopelada le roza las manos, con el anillo de diamante brillando en el centro, listo para adornar su dedo y marcarla como mía.

En vista de que no va a colocárselo por sí misma, agarro su mano y lo hago yo, sellando así mi venganza y asegurando mi legado.

Dos pájaros de un tiro, supongo.

—Te queda espectacular, querida.

Lo observa y una lágrima traicionera se desliza por su rostro de porcelana. Antes de que pueda caerse, la recojo con el pulgar y, fingiendo que tiene algo en los labios, se los humedezco con su propia gota. Tal como hice cuando nos conocimos.