CAPÍTULO 9
EIDEN
Sé perfectamente lo que estoy a punto de encontrar cuando cruzo el umbral de esta mansión impecable, fría y pretenciosa.
Mi lobita…, la que se atrevió a suplicarme mientras me miraba como si fuera el demonio, y aun así se mantuvo en pie. Hoy, en cambio, tiembla. Y ese contraste… Joder, es casi artístico.
Avanzo hacia ella con pasos lentos, firmes. Su padre la mira como si esperara de ella una perfección absoluta mientras sus hermanos se tensan por motivos diferentes: Julian, porque quiere impresionarme; Lucian, porque acaba de comprender lo que esto significa.
Cuando llego frente a ella, tomo su mano, inclino la cabeza, beso sus nudillos y me acerco lo suficiente como para que solo ella pueda oírme:
—Hola, lobita.
Siento el temblor que recorre su mano y el escalofrío que le baja por la columna.
Y no debería importarme o provocar nada en mí, pero lo hace.
Es extremadamente complaciente, reacciona exactamente como quiero que lo haga, y eso me irrita profundamente, tanto que tenso la mandíbula para que no se me note.
Joder con la niñata…
Me incorporo y la observo, permitiéndome solo un análisis rápido, táctico.
Lleva el cabello recogido en un moño excesivamente ordenado, uno de esos peinados que gritan sumisión social, perfección y modales.
Un vestido largo y ajustado le recorre el cuerpo, ese espectáculo de curvas en el que me deleito sin siquiera disimularlo.
Me da risa lo mucho que su apariencia contradice todo lo que leí en su manuscrito a las tres de la madrugada, cuando la oscuridad de su mente me zumbaba en la polla y me hacía imaginar cómo sonaría su voz si pronunciara todas esas palabras debajo de mí.
Solo hay que verla para saber que esto, pese a ser excitante de cojones, no es su verdadera esencia, no es la mujer que se plantó frente a mí en el ring.
Y, aun así, no puedo evitar pensar en cómo se vería ese vestido tan elegante hecho trizas en mi cama, junto con ese peinado completamente deshecho bajo mis manos mientras borro cada rastro de esa falsa inocencia que tanto pretende mantener.
—Es un honor tenerte aquí —me saluda Julian, con un entusiasmo tan exagerado que casi me provoca arcadas—. Te juro que he seguido todos tus movimientos empresariales. Ashford Security es una referencia internacional. Mi padre siempre nos ha dicho que…
Qué impresionante, el mayor de los Crowley resulta ser un adulador profesional.
—Te agradezco el cumplido —atajo—. Vuestra familia tiene una reputación… singular.
Edward sonríe, la palabra «singular» lo pone en sobre aviso, sabe que, si no me complace, soltaré la bomba aquí mismo, pero, por ahora, todo va según lo acordado.
Lucian baja la mirada como si acabara de recibir una patada en los huevos, pero ya me encargaré más tarde de comunicarle cuánto le va a doler esto.
Isadora me da dos besos que acepto con falso cariño, somo si su afecto fuera algo que debe alegrarme.
Madeline traga saliva y no puedo evitar fijarme en cómo su pequeña nuez se mueve con ese gesto.
La cena está empezando a ser servida por el personal, me siento a su lado sin pedir permiso para ocupar el espacio que le pertenece a ella. Quiero que sienta como mi presencia la envuelve, aunque yo aún no le haya dedicado ni un solo gesto evidente.
Lucian está tan callado que casi me decepciona que no haya saltado ya a mi cuello. Tampoco tiene los cojones necesarios, pero…
—¿Qué te pasa? —gruñe su padre, ladeando la cabeza con desconfianza—. Estás demasiado callado, no seas maleducado, saluda a nuestro invitado.
No responde, solo me mira, y lo hace de la forma exacta que buscaba: como si quisiera arrancarme la piel a tiras.
—¿Podemos hablar un momento? —escupe con rabia, traicionando su autocontrol.
—Lucian —interviene su padre, molesto y acojonado—, no es el momento. La cena va a comenzar.
Pero él no aparta la mirada ni un milímetro, no retrocede.
—Solo quiero conocer al prometido de mi hermanita —se excusa con falsa inocencia—. Sabes que siempre la he protegido, no puedes controlarme también en esto.
Mi futuro suegro empieza a sudar, y pese a que me divierte ver como Lucian comienza a perder los nervios tan deprisa, no quiero agotar toda la diversión de golpe.
Tendré todo el tiempo del mundo para sembrar el caos, así que me pongo de pie con calma, dedicándole a la familia una sonrisa impecable.
—A mí me parece de lo más tierno que quieras proteger a tu hermana. Disculpadnos, no será más que un momento.
Cruzo el comedor detrás de Lucian y lo sigo hacia el pasillo. En cuanto la puerta se cierra, se gira y me suelta un puñetazo directo a la boca.
Mi cabeza gira apenas un poco, parpadeo mientras el intenso sabor a cobre me explota en la lengua y empiezo a reírme.
—Te devolvería el golpe —murmuro—, pero creo que ya te he dado donde más te duele.
Lucian respira como si en cualquier momento fuera a estallar, como si cada latido que le golpea el cuello fuese un aviso de que está a punto de hacer una estupidez monumental; y, aun así, sabe que no puede hacerlo en esta casa.
Es patético y fascinante al mismo tiempo.
Mantengo la sonrisa porque no importa cuánto lo intente: no puede ganarme. Y él lo sabe. Esa es la verdadera hostia que acabo de devolverle sin levantar un dedo.
—No sé qué pretendes con mi hermana —escupe finalmente, con la voz temblándole solo un poco, lo suficiente para que note que está obligado a contener su rabia porque su padre está al otro lado de la puerta— ni cómo cojones has conseguido que él acepte este compromiso absurdo, pero te lo digo así, a la puta cara: no te tengo miedo y no te va a salir bien.
Me acerco un paso, levanto la mano y, con socarronería, le coloco la palma en el hombro. Me aparta de un manotazo seco, directo, y no puedo evitar volver a reírme.
—Hasta ahora habías sido mi socio —le recuerdo, disfrutando del filo de mis palabras hundiéndose en su pecho—.
Y, durante ese tiempo, has disfrutado de algo que para muchos es un privilegio: mi confianza, mi apoyo, mi protección.
Has trabajado bajo mi nombre, has cerrado tratos conmigo, has recibido beneficios que jamás hubieras conseguido solo.
Lucian aprieta la mandíbula, pero tiene la inteligencia de no interrumpirme.
—Pero ahora vas a descubrir qué significa estar en el lado contrario. Descubrirás que traicionarme fue el peor error de tu vida; si creías que podías drogarme y salirte con la tuya, estabas equivocado. Esa fue la última decisión que tomaste libremente.
Resopla con fastidio y me hierve la sangre al ver que no se lo está tomando tan enserio como debería, pero eso cambiará ahora mismo.
—Voy a casarme con tu hermanita —le aseguro de forma obscena—.
Voy a meterme tan profundamente entre sus piernas, en su cabeza y en esta familia, que si no quieres perderla para siempre, cada una de tus decisiones va a quedar ligada a las mías.
Al final, seas consciente o no, vas a bailar al ritmo que yo marque.
Lucian da un paso hacia mí, rozándome el pecho mientras los nudillos se le quedan blancos, deseosos de estamparse en mi cara.
—Si crees que mi hermana se va a dejar controlar por ti —escupe con los dientes apretados—, estás jodidamente equivocado.
Ella no es como las demás. Y si está actuando así delante de nuestro padre, es porque sabe que no tiene opción.
Pero no te confundas: solo está interpretando el puto papelón de su vida.
Una nueva carcajada me cosquillea en la garganta, que crea que todavía tiene opciones es tan estúpido como arrogante.
—Tu hermana caerá rendida a mis pies, igual que caíste tú hace años. En cuanto me la lleve de aquí no volverás a verla.
Le sostengo la mirada, dejo que el silencio haga su trabajo y que la tensión se vuelva insoportable.
—Y, por si no lo has notado, ya está haciendo lo que yo digo —añado con un susurro venenoso—. ¿O no te has dado cuenta? Estás aquí, dándome justo lo que quería.
Sus ojos se tornan tan oscuros como la noche, si yo no fuese quien soy, huiría solo por esa mirada. Durante años, esa fue una de las cualidades que más apreciaba en él, lo veía casi como un igual.
Pero ahora es mi enemigo, y yo jamás agacho la cabeza frente a un enemigo.
—Eres un hijo de puta —suelta estampando su dedo contra mi pecho.
—Lo sé —me encojo de hombros—, pero un hijo de puta muy paciente. Y ahora, si te parece, vamos a volver a la mesa, mi prometida me está esperando.
Le paso por un lado rozándole el hombro, observo mi reflejo en el espejo, asegurándome de no tener sangre en los labios, abro la puerta del comedor y vuelvo a entrar como si nada hubiera pasado.
Toda la familia levanta la mirada hacia nosotros. Ella es la primera, sus ojos brillan como si no supiera si va a llorar, desmayarse o huir. Y aun así consigue mantener esa compostura perfecta que tanto le exige su familia.
Me acerco a su madre, que parece preocupada por la tensión en la habitación y le dedico una sonrisa amable.
—Perdone el retraso —digo con voz suave, como si fuera el invitado ideal—. Me enternece ver cuánto se preocupa Lucian por su hermana, de hecho, creo que vamos a ser grandes amigos.
Lucian, detrás de mí, no responde. Me siento nuevamente al lado de Madeline y ella agacha la mirada.
Pasamos unos minutos en una calma tensa. Nadie quiere romper el silencio hasta que, inesperadamente, ella es quien lo hace. Se pone de pie, veo cómo le tiemblan las manos y la respiración se le acelera. La mirada de su padre intenta sujetarla, pero no lo logra.
—Quiero que sepáis —asegura regalándome un sollozo de lo más exquisito— que esto no me parece bien, no soy un objeto con el que se pueda negociar, joder.
Su mirada se desliza hacia mí, pero rápidamente la aparta.
—Es una locura. Ni siquiera lo conozco.
Levanto la barbilla muy levemente.
—¿No me conoces? —pregunto con arrogancia.
Ella abre la boca para responder, pero la cierra inmediatamente. Y en ese instante lo entiendo: el padre no sabe que estuvieron en el club, y eso… es perfecto.
Porque significa que puedo manipularlo absolutamente todo a mi antojo.