Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Mi padre ni siquiera parece sorprendido ante nuestras reacciones.

—Venga ya, Lucian. Tú eres un hombre. Pero tu hermana… sin un buen apellido detrás, no será nadie. Y si fueras más responsable, entenderías que como cabeza de familia a veces hay que tomar decisiones difíciles.

Lucian aprieta los puños.

—No. Me ocuparé de ella, trabajaré horas extra si hace falta. Haré lo que tenga que hacer, pero no la sometas.

Pese a todo, mi padre ya ha cerrado la puerta emocionalmente. Ya no nos escucha.

—Sube a tu habitación. Adecéntate, lávate ese pelo. Ponte presentable. A las ocho tenemos la rueda de prensa y debes fingir que eres una prometida feliz y enamorada. No me decepciones más de lo que ya lo has hecho.

Se me rompe el corazón en tantos cachitos que me desangro por dentro. Mi madre intenta tocar mi mano, pero no busca parar esta locura.

—Cariño… —susurra—, por favor…

La aparto con brusquedad, como si su contacto quemara. Me levanto de la mesa corriendo, con los ojos anegados, y subo las escaleras escuchando mi propio pulso golpeándome los oídos, sintiendo que el mundo se me cae a pedazos.

Cuando llego a mi habitación, cierro la puerta con fuerza y llamo a Maya con manos temblorosas. Ella contesta al segundo.

—Maya —resollo—, mi padre me va a obligar a casarme. Esta tarde van a anunciarlo en una rueda de prensa. Dice que si no cumplo, me dejará sin nada. Me lo quitará todo, no tendré a dónde ir…

—¿QUÉ? —grita ella, indignada—. Pero qué hijo de puta, ¡qué puto enfermo! Tía, lo digo en serio, voy a ir allí ahora mismo, y si tengo que sacarte de los pelos, lo haré, pero no te vas a quedar encerrada ni un minuto más en esa casa. Lo juro por mi puta vida.

Cierro los ojos, dejando que las lágrimas caigan.

—No tengo elección —susurro, rota—. Esta vez de verdad no la tengo, lo he visto en sus ojos, cuando me amenazó hace años con obligarme a casarme, pensé que solo era para meterme miedo, pero ahora…

—Mierda, Mads.

—Exacto, mierda.

Todo pasa demasiado deprisa, como siempre.

En esta familia, mientras mi padre sea quien nos dirige, las cosas se querrán hechas para antes de ayer, no vaya a ser que tengas un mínimo de espacio para asimilar que toda tu puta vida va a cambiar solo porque él así lo ha decidido.

Es horrible, y cada vez me cuesta más recordar los motivos por los que le tengo algo de aprecio a ese hombre. Sin embargo, en mi situación, poco y nada puedo hacer.

Desafiarlo sería cavar mi propia tumba, y no casarme significaría perderlo todo. Estoy atrapada, así de sencillo. Y por horrible que suene, en mi desespero he llegado incluso a pensar que, tal vez, casarme sea la única forma de escapar de mi apellido.

Y Lucian… su vida también va a cambiar, y pese a que no sea del mismo modo que la mía, temo que se pierda en su oscuridad para soportar vivir bajo las órdenes de nuestro padre.

Estamos más jodidos que nunca.

A las siete y media de la tarde estoy frente al espejo de mi habitación, con el rostro hinchado por haber llorado durante horas, el estómago vacío y los ojos apagados, intentando maquillarme lo suficiente como para que no se note que me he roto por dentro.

Ya no tengo fuerzas ni siquiera para rebelarme.

Cuando termino, aliso el vestido largo de seda blanca, me miro durante largos segundos y lo que veo no es una mujer: es un cadáver que todavía respira.

Sé que no soy ni la primera ni la última a la que le arreglan un matrimonio, y sé que en familias como la mía es lo común, que tal vez debí tomarme a mi padre en serio cuando me amenazó con esto hace años.

Pero, por alguna estúpida razón, creí que me respetaría lo suficiente como para no hacerme esto, y cuán equivocada estaba.

—Cariño, ya es la hora, debes bajar, lo siento tanto… —susurra mi madre golpeando la puerta con suavidad.

Quiero contestar, gritarle, decirle que no la perdono por no haber levantado la voz en la mesa.

Pero no me sale nada, solo abro la puerta, salgo al pasillo y bajo las escaleras sin mirarla a la cara.

Cuando llego al jardín principal, está lleno de cámaras, focos, micrófonos, trípodes, asistentes, técnicos y fotógrafos.

Todo parece una puesta en escena perfectamente planeada para que el mundo vea algo hermoso, aunque por dentro huela a podrido.

Lucian está atrás, de pie, con el ceño tan fruncido que parece que se le vaya a partir la cara, y Julian sonríe como si estuviera encantado con el acontecimiento.

Y yo… yo solo quiero desaparecer.

Intento sonreír, pero lo que sale es una mueca triste, tensa, profundamente falsa. Los focos se encienden y el murmullo se apaga. Las cámaras rojas parpadean indicando que ya están grabando, mi padre respira hondo antes de comenzar.

—Buenas tardes a todos —saluda con seguridad—. Gracias por asistir a este comunicado tan especial para nuestra familia.

Mi estómago se contrae, joder, quiero vomitar otra vez

—Como ya sabéis, la familia Crowley siempre ha formado parte activa de la vida artística y cultural de este país, manteniendo nuestro compromiso con el legado, el esfuerzo y la excelencia —continúa él, apoyando las manos sobre el atril.

Las mías están temblando, pero hago lo imposible por no mostrárselo a las cámaras

—Hoy tenemos el honor de anunciar algo que fortalecerá aún más nuestra familia—fanfarronea con una sonrisa sobria que engañaría a cualquiera—. Nos complace comunicar el compromiso de nuestra hija, Madeline Crowley con Eiden Ashford, heredero de Ashford Security.

¿Quién coño es Eiden?

¿Ashford Security? No sabía que a mi padre le interesasen los sistemas de seguridad, pero empiezo a creer que no tengo ni puta idea de quién es este hombre al que llamo padre.

Un murmullo recorre la sala y los periodistas anotan. Las cámaras hacen zoom y mi corazón se desploma. Lucian pierde el color de la cara y parece estar a punto de saltar sobre el cuello de mi padre, pero Julian coloca la palma de la mano en su hombro a modo de amenaza.

Yo le pido con una mirada que no me defienda; nadie puede hacerlo.

—Nuestra familia está muy feliz con esta unión —continúa mi padre—, que representa el amor, la fusión de dos apellidos con una larga trayectoria y una visión conjunta del futuro.

Sonrío a la fuerza, una sonrisa que duele en las mejillas. Y da comienzo a la ronda preguntas, que caen como piedras:

—¿Cómo se conocieron?

—¿Cuándo será la boda?

—¿Cuánto tiempo llevan juntos?

Mi padre responde y yo asiento como una marioneta. Lo tenía todo tan asquerosamente preparado que, si no fuera porque es mi propia vida, hasta me creería la historia que cuenta.

La rueda de prensa dura veinte minutos eternos. Veinte minutos que equivalen al infierno. Cuando finalmente termina, me doy la vuelta para subir corriendo a mi habitación, pero antes de dar dos pasos, la voz de mi padre me corta el aire.

—No tan rápido, tu prometido llegará en breve.

Me quedo congelada. Mi madre intenta acercarse a mí para tocarme el brazo, para consolarme, para fingir que le importa, pero Lucian es quien finalmente se acerca a mí, me toma por los hombros y me abraza con tanta fuerza que siento que por primera vez alguien está intentando sostenerme de verdad.

—Lo siento, Mads —murmura contra mi cabello—. Lo siento tanto…, te juro que te sacaré de esta…, te lo juro…

Tengo los ojos cerrados, pasamos unos minutos así, respirando temblorosa contra su pecho mientras me acuna. Cuando escuchamos tres golpes firmes en la puerta principal, todos nos giramos. El mayordomo cruza la sala hacia la puerta y la abre.

Lucian, que puede ver desde su ángulo, se queda completamente blanco de nuevo, tanto que parece que vaya a desmayarse. Sus manos, que estaban en mis hombros, pierden fuerza lentamente. Yo, con el corazón a punto salirse por la boca, me giro muy despacio.

Al principio solo veo una silueta, un traje oscuro, una postura soberbia y una presencia que llena el marco de la puerta. Mi respiración se corta cuando le veo, la piel se me eriza y mis piernas tiemblan como si fueran incapaces de seguir sosteniéndome.

Es hermoso, no se me ocurre algo más certero para describirlo.

Y por alguna razón, siento que lo conozco de algo. Jamás olvidaría un rostro semejante, pero es su energía lo que me hace sentir que esta no es la primera vez que estamos el uno frente al otro.

Él camina hacia mí con pasos seguros, silenciosos, contundentes. Sus ojos, oscuros y fríos, se fijan en los míos desde el primer segundo. Y cuando llega a mi lado, toma mi mano entre las suyas con un gesto elegante, inclina la cabeza y roza mis nudillos con sus labios.

Sonrío falsamente y se acerca a mis labios con cuidado. Por supuesto, no me besa, no se lo consentiría, pero me bebo su aliento mentolado en cuanto pronuncia las últimas dos palabras que esperaba escuchar.

—Hola, lobita.

Mi corazón se detiene.