CAPÍTULO 8
MADELINE
Tras volver a mi habitación y atrincherarme en esta, me siento en el suelo con el cuerpo entero convertido en un nudo, como si alguien hubiera tirado de cada uno de mis nervios hasta dejarlos tensados, a punto de romperse.
No tengo tiempo ni de pensar ni de respirar, simplemente me incorporo de nuevo y corro al baño, me sujeto el pelo con manos temblorosas mientras mi estómago se revuelve con la violencia que le proporciona mi ataque de ansiedad.
Vomito hasta que siento que mis costillas se me clavan por dentro, hasta que noto la garganta ardiendo como si la hubiera raspado papel de lija.
Cuando ya no queda nada que expulsar, vuelvo a sentarme en el suelo frío, con la frente apoyada en las piernas y los ojos cerrados, intentando no pensar en la conversación de mi padre, intentando no pensar en la nota de mi manuscrito, en la pelea, en las consecuencias que nos ha traído…
Intento no pensar, pero es imposible.
Busco mi teléfono con manos torpes y le envío un mensaje a Maya, aunque sean las diez de la mañana y a esta hora ella esté completamente muerta para el mundo si no me ha escrito. No pasan ni cinco minutos antes de que me llame. Y yo estoy tan desesperada que atiendo sin siquiera limpiarme la boca.
—Tía, ¿qué ha pasado? —pregunta ella en cuanto escucha mi respiración irregular—.Mads, ¿estás bien, amor?
Me muerdo el labio, tragando saliva amarga.
—Estoy… estoy fatal, May —respondo con un hilo de voz—. Me acaba de dar un ataque de ansiedad, lo he vomitado todo, llevo días sin salir de mi habitación y creo que… creo que es el estrés. No lo sé.
Respiro con dificultad agradeciendo que me deje unos segundos para seguir explicándome.
—Sigo encerrada en la casa de mis padres… No puedo ir al estudio, no puedo salir. Hemos… hemos contado una mentira sobre lo que pasó en el club, y ahora nos tienen vigilados como si fuéramos delincuentes.
Maya resopla y, aunque está al otro lado del teléfono, siento cómo su indignación atraviesa la distancia.
—Tía, eso no puede seguir así —responde con un tono firme, casi indignado—. No puedes permitir que tu padre te controle de esa manera, es enfermizo, ¿vale? Es tóxico, no puedes vivir así.
Cierro los ojos con fuerza, apoyando la cabeza contra la puerta del baño.
—Maya, ya sabes cómo es mi padre —susurro—. Si no lo controla todo, pierde los papeles.
—Sí, pero eso no justifica que te trate como si fueras una niña, Mads. Tienes veinticinco años, joder. Veinticinco. No puedes seguir viviendo bajo sus eternas normas.
Y sé que tiene razón, pero para mí no es tan sencillo, en esta familia nunca lo ha sido.
—Hablemos de otra cosa —le ruego—. Por favor, distráeme, así la ansiedad se irá a la mierda de una vez. Cuéntame qué tal con Sebastian. Necesito pensar en cualquier cosa que no sea mi familia, por favor.
Maya suelta un suspiro largo, uno de esos que solo escucho cuando está muy preocupada por mí.
—Bueno, a Sebastian ya le han dado por culo, la verdad.
Pese a todo, pese al temblor de mis manos, al ardor en mi garganta y el nudo en mi pecho, suelto una risa.
—¿Qué? ¿Tan rápido?
—Tía, por favor, éramos tan incompatibles que, si lo piensas bien, le hice un favor haciendo que durara más de dos citas —responde ella con ese tono descarado que tanto adoro—. Hay muchos chicos como él, follaba bien, pero yo necesito algo más. Algo con chispa, ya sabes cómo soy.
Asiento más relajada, pese a que sé que no puede verme.
—Tú te lo mereces todo, me encantaría ser igual de libre que tú.
—Puedes serlo. Puedes serlo si te liberas de las cadenas de tu familia, yo lo hice. No estás destinada a vivir bajo sus normas, Mads. No tienes que…
Unos golpes desacompasados en la puerta interrumpen la frase y mi corazón se detiene un segundo. Reconozco ese golpe, es el de Julian.
—Madeline —me reclama—, baja ahora mismo. Tenemos que hablar, papá está de camino y debe ser importante si estaba tan alterado. Dios sabe que habréis hecho esta vez tú y el loco de Lucian…
Maya se queda en silencio unos segundos.
—¿Lo ves? —murmuro en un susurro quebrado—. Es imposible, necesito salir de esta casa, a cualquier precio, joder.
—Mads… —lamenta Maya con preocupación.
—Tengo que colgar —me resigno mientras me levanto como puedo—, si no bajo ahora, será peor.
—Voy a ir a verte. Y me da igual lo que diga tu padre.
—No, Maya —la corto con rapidez—. Será mejor que no, tía, ya sabes cómo es, no quiero que todo esto te salpique.
Ella suspira, frustrada, y la adoro por estar para mí a pesar de los problemas que vienen conmigo. El ataque de ansiedad ha remitido, pero sé que mientras siga aquí puede volver en cualquier momento.
—Está bien, pero escúchame —me ruega con cariño—: en cuanto estés mejor, nos debemos una ronda de chupitos, promételo.
Una lágrima me cae por la mejilla.
—Sí…, así será.
Cuelgo y siento que se me desploma algo dentro del pecho, me miro en el espejo del baño mientras me enjuago la boca. Lentamente, salgo de la habitación con el pijama puesto, el cabello hecho un desastre y el miedo instalados en mi cuerpo.
Cuando llego al salón, todos nos miramos con intriga; mi madre con la expresión tensa, Julian con una falsa compostura y Lucian con el ceño fruncido.
Mi padre entra por la puerta hecho una furia, para no variar.
—Dios mío, Madeline, ni siquiera has podido adecentarte, y son casi las once de la mañana. ¿De verdad eres mi hija?
No digo nada, porque si respondo, sé que acabaré llorando, pero mamá suelta un suspiro que muestra lo inapropiado que le ha resultado ese comentario. Mi padre se aclara la garganta antes de continuar.
—Quiero que todos toméis asiento. Como cabeza de familia, he tomado una decisión, y no está abierta a debate.
Todos obedecemos y tomamos asiento, pero él se queda de pie.
—Empecemos por ti, Lucian —prosigue mirándolo directamente—.
A partir de mañana empezarás a trabajar de forma oficial en la empresa: te encargarás de gestionar las obras nuevas que lleguen, supervisarás las exposiciones, tendrás que garantizar que cada una cumple con el nivel de calidad que exige el apellido Crowley.
Ha llegado la hora de que tomes responsabilidades reales.
Lucian abre la boca, perplejo.
—¿Qué? Pero si eso debería estar haciéndolo Julian —replica, claramente molesto—. A mí me va el arte, no los números, ya lo sabes.
Julian sonríe con un gesto afilado.
—Bueno, hermanito —añade con esa voz empalagosa que tanto detesto—, tampoco estaría mal que te comprometieras un poco con la empresa, ya llegará tu momento de exhibir tu arte. Al final, todos tenemos que aportar nuestro granito de arena.
—Pelota de mierda… —rezonga Lucian, apretando los dientes.
Mi padre golpea la mesa suavemente con la palma abierta.
—Basta —ordena—. Lucian, harás lo que te he dicho y punto.
Mi hermano cierra la boca, mirando a un lado como si mascara un insulto.
—Y ahora —continúa mi padre, girando lentamente su rostro hacia mí—, vamos contigo, Madeline.
Siento un escalofrío, pero me quedo en silencio.
—Cuando cumpliste veinte años —dice él, entrelazando las manos— y se desbloqueó tu fideicomiso, no nos opusimos a que lo invirtieras en un estudio.
Tampoco nos opusimos a que lo invirtieras en material de escritura, a que ocuparas tu tiempo en algo que, a día de hoy, no puede considerarse un proyecto serio.
Siento un golpe directo al pecho, uno tan doloroso que mis ojos arden.
—Sin embargo, he tomado la decisión de permitir que sigas tu propio camino, que intentes convertirte en escritora de forma profesional, si eso es lo que quieres.
Mi corazón da un vuelco y lo miro, confundida. ¿Está hablando en serio? Me llevo una mano al pecho, con las lágrimas acumulándose de golpe, una esperanza que explota rápida, casi dolorosa.
—Graci… —empiezo a decir, pero él me interrumpe antes de que pueda terminar.
—Como comprenderás —me corta con una frialdad aséptica—, necesito asegurarme de la estabilidad de esta familia. Y como veo que eso no vas a proporcionármelo tú sola, he llegado a la conclusión de que es hora de que te cases.
El mundo se detiene. Literalmente. Se detiene.
—¿Qué? —pregunto, apenas audible.
—¿QUÉ? —brama Lucian, incrédulo.
—Hostias —suelta Julián, pero él sonríe, como si el drama le entretuviera.
Mi madre se lleva una mano al pecho, sin decir nada, y mi padre alza la mano para silenciarnos a mí y a mis hermanos.
—Como empresario, debo asegurarme de que el nombre de esta familia siga significando algo en la sociedad.
Y ya que tú no quieres hacerte cargo de la empresa y tampoco muestras interés por el arte o la música, permitiré que sigas tu camino como escritora, a ver dónde te lleva…
—añade con una ironía tan hiriente que siento algo romperse dentro de mí.
Ya no puedo más.
—¡No! —estallo, con la voz rota— ¿Cómo te atreves? ¡Esto es lo único que me faltaba! Si haces esto, no te lo voy a perdonar nunca. ¡Nunca, papá! Joder, ¡¿no entiendes lo que estás haciendo?!
Mi padre me sostiene la mirada sin inmutarse.
—No dramatices, Madeline —ordena, como si mis sentimientos fueran una molestia—.
Tampoco te hagas la sorprendida, esto se ha hecho siempre.
Si no, fíjate en nuestros amigos, sus hijas ya están casadas, y no por algo tan estúpido como el amor.
Es una fusión de apellidos, no tienes por qué enamorarte ni pretender que la relación es real en la intimidad.
Pero deberás hacerlo frente a las cámaras.
—¿F-fren… frente a qué? —balbuceo, sintiendo un mareo súbito— ¿Cámaras? ¿Qué estás diciendo?
—Si intentas negarte, te quedarás sin el estudio, sin fondos y sin futuro. Esta tarde daremos un comunicado frente a la prensa. Y esta noche, tu prometido vendrá a cenar con nosotros para celebrar el compromiso. Confío en que acatarás mis normas y pensarás en el bien de tu familia. Es tu deber.
La mesa queda en silencio, es un silencio que duele, que me aplasta.
—¿Cómo puedes hacerle esto a mi hermana? —explota otra vez Lucian, levantándose de la silla— ¡Esto es demasiado incluso para ti!