CAPÍTULO 7
EIDEN
Me ajusto el nudo de la corbata frente al espejo por tercera vez, no porque lo necesite realmente —nunca lo necesito—, sino porque esperar resulta tan agotador como innecesario, y algo tengo que hacer para entretenerme. Finalmente, me tomo una copa para matar el tiempo.
Faltan treinta minutos para que llegue el padre de Madeline. El hombre que no entiende todavía qué clase de terreno está pisando ni quién le ha exigido esta reunión, el hombre que pronto descubrirá que, desde el momento en que contestó a la llamada, su vida dejó de ser enteramente suya.
Me coloco los gemelos —los antiguos, que pertenecieron a mi abuelo, los que siempre llevo cuando necesito recordarme quién soy, de dónde vengo y qué estoy destinado a heredar— y cierro la caja con un clic seco que resuena en la habitación.
Abro las cortinas, dejo que la luz grisácea de la mañana entre en mi mansión como una mano helada que acaricia el mármol del suelo, y observo durante unos segundos el exterior: el camino de grava perfectamente alineado, las columnas blancas, los setos recortados a la perfección.
Todo ese orden me calma y todo este lugar me pertenece, he trabajado mucho para estar donde estoy, tanto en la empresa como en el club, y nada me impedirá conseguir lo que merezco.
Vuelvo a mirar el reloj: veintisiete minutos.
Vendrá, sé que vendrá, solo necesité insinuar que conocía información sospechosa sobre su empresa para conseguir que se ablandara más rápido de lo que esperaba.
Las amenazas funcionan muy bien cuando se hace la correcta.
Y yo siempre escojo las correctas.
—Señor Ashford —dice uno de mis nuevos guardias mientras su compañero asoma la cabeza por la puerta, con la espalda recta—, todo está preparado en el salón principal. ¿Desea que vigilemos la entrada?
Asiento, despacio. Antes no tenía seguridad, y sigue pareciéndome una gilipollez, pues nadie que intentase entrar aquí por la fuerza saldría vivo, pero no los tengo por mí.
Alguien tendrá que vigilar a mi mujercita cuando no esté en casa, no soy tan gilipollas como para creer que no intentará huir a la primera de cambio.
—Sí. En cuanto llegue, llévalo directamente allí. Que no pase por ningún otro lugar, no me gustan los fisgones.
—Por supuesto, señor.
La puerta se cierra suavemente. Vuelvo a mirar mi reflejo y, por un segundo, al mirarme las manos, pienso inevitablemente en Madeline.
Su rostro, la forma en que su garganta se estremeció bajo mi agarre cuando le ordené abrir la boca…
Sí, ese momento no debería haber significado nada para mí, y puede que solo sea mi oscuridad tratando de descubrir la suya, pero no consigo borrar el recuerdo de mi cabeza.
Y cuando leí sus escritos… Jo-der.
No tengo predisposición a obsesionarme con mujeres, nunca lo he hecho.
Hasta ahora. Y eso me cabrea de sobremanera. Puedo admitir que todo lo hago para joder a su hermano, por traicionar mi confianza, pero mentiría si dijera que esa lobita no despertó algo en mí, y sea lo que sea, quiero descubrir hasta dónde puedo divertirme con esto.
Cabeceo para olvidarme de esa mujer durante un puto segundo y salgo del dormitorio, satisfecho por la reunión que se llevará a cabo en breve.
El pasillo es largo, silencioso, alfombrado con tonos granate; las paredes están decoradas con cuadros antiguos de la familia, fueron la herencia de mi abuelo, y por alguna absurda razón, sentí que era mi deber tenerlos ahí.
Cuando llego al salón principal, la luz está atenuada, las cortinas ligeramente abiertas y la chimenea encendida creando una atmósfera cálida que contrasta con la frialdad del encuentro que está a punto de tener lugar.
Me siento en el sillón central, cruzo una pierna sobre la otra y dejo que mis dedos descansen con suavidad sobre el reposabrazos de cuero marrón.
No hay prisa, me muero por ver el momento exacto en el que entiende que se ha metido en un terreno del que no puede salir ileso.
Porque este tío tampoco es trigo limpio, no sabiendo a qué se dedica a escondidas de su familia.
El ruido de un motor acercándose por la grava me hace alzar la cabeza y mis dos hombres aparecen en la puerta.
—Ha llegado su invitado, señor.
Asiento apenas.
—Adelante. Traedlo.
Inclinan la cabeza en señal de respeto y salen a buscarlo.
Pocos segundos después escucho pasos pesados, acelerados por la inquietud de alguien que se ha visto obligado a venir contra su voluntad.
La puerta del salón se abre, y ahí está él: el padre de Madeline, tiene sus ojos, el mismo tono chocolate que ella.
La lobita se ve mucho más inocente, pero el tono rubio platino es herencia de su madre.
Reparo en lo diferentes que son sus rostros, pero lo familiar que me resulta si lo comparo con Lucian, hace que me hierva la sangre.
—Gracias por venir —digo con una sonrisa que sé perfectamente que lo incomodará—. Pasa, por favor.
Él no devuelve la cortesía.
—No me has dejado elección —responde con un tono cargado de rabia—. Te recuerdo que me has amenazado. Ahora dime quién coño eres y cómo tienes información sobre mí.
Me levanto despacio, paseando mi mirada por su cuerpo con un gesto casi perezoso, dejándole claro que, dada nuestra diferencia de tamaño, le conviene controlar sus modales.
—Para empezar —me acerco a él con calma—, mi nombre es Eiden.
Él no parpadea, pero mi sonrisa afilada le provoca un estremecimiento perceptible desde mi posición. Me gusta.
—¿Y qué debería significar ese nombre para mí?
—Lo significará todo de ahora en adelante, créeme.
Se ríe, en completa tensión.
—Creo que estás confundido si piensas que voy a seguirte el juego. No sé quién eres, y mucho menos entiendo qué quieres de mí, pero a mí nadie me amenaza.
—Relájate, solo quiero llegar a un acuerdo.
Pronuncio cada palabra con la lentitud exacta para obligarlo a escucharlas. Su ceño se frunce más.
—¿Qué acuerdo? ¡No sé ni de dónde coño has salido!
Sonrío, se está poniendo nervioso y, por alguna razón, eso me divierte.
—Soy el heredero de Ashford Security —confieso finalmente—. Estoy seguro de que te suena.
El padre de Madeline parpadea, desconcertado.
—¿Y qué cojones me importa a mí eso? —escupe intentando recuperar control.
—Oh —cabeceo lentamente inclinando mi postura con superioridad—, te importa más de lo que imaginas.
Mucho más. —Doy un paso hacia él, lo suficiente para que él retroceda dos más—.
Verás, tengo ciertos talentos. Entre ellos, la capacidad de hackear e investigar empresas de manera extremadamente eficiente.
Y, después de revisar a fondo la tuya, he llegado a la conclusión de que…
, digamos, la fachada tan pulcra que has presentado ante el mundo podría desmoronarse con un solo clic por mi parte.
Su rostro pierde color.
—¿Qué… qué estás diciendo? —titubea de forma deliciosa.
—Estoy diciendo que sé exactamente a qué te dedicas. El tráfico de drogas no es inteligente por tu parte, pero… —sonrío de forma casi amable— tranquilo. Te ofrezco mi ayuda. Siempre y cuando me des algo a cambio.
Sus ojos se abren como si acabara de ver el filo de un cuchillo dirigirse a su garganta.
—¿Algo a cambio? ¿Qué coño quieres?
Me detengo frente a él y lo miro a los ojos, no dudo ni un segundo:
—A tu hija —sentencio.
Su reacción es instantánea, se acerca a mí creyendo que voy a retroceder, pero acaba chocando de forma vergonzosa contra mi pecho. Se ha quedado helado ante mis palabras; es que yo nunca he sido de andarme con rodeos.
—¿Mi hija? ¿Pero qué tiene que ver ella en todo esto? ¡No entiendo nada!
Doy media vuelta, regreso al sillón y me siento con la misma calma que tendría alguien tomando café por la mañana, fulminándole con la mirada para que haga lo mismo.
—Necesito casarme con tu hija para poder heredar mi imperio, una tontería en mi opinión, pero bueno…
Nos beneficiará a ambos: tú necesitas mi silencio y mi colaboración.
Ahora que tengo los ojos puestos en ti y en tu empresa fraudulenta, créeme cuando te digo que…
—finjo eliminar una pelusa inexistente de mi traje—, si no me das lo que quiero, te hundiré. A ti, y a toda tu familia.
Se queda petrificado, blanco, sudoroso. Me observa como si mis palabras hubieran abierto un agujero en el suelo bajo sus pies, como si de golpe, el mundo que creía sólido y bien construido, se hubiera resquebrajado en un segundo.
Las manos le tiemblan ligeramente, aunque intenta ocultarlo colocándolas en el sillón: un gesto torpe, desesperado, impropio de alguien que pretende parecer poderoso.
—Esto es una locura, no tiene sentido, no tienes ningún derecho a…
Lo interrumpo levantando una ceja, sin necesidad siquiera de abrir la boca todavía:
—Tienes veinticuatro horas para darme la respuesta correcta.
—¿Correcta? —espeta, como si intentara aferrarse a la poca rabia que le queda— ¿Y qué ocurre si digo que no? ¿Qué ocurre si decido que no pienso entregar a mi hija a un desconocido? ¿Qué ocurre si...?
—Si dices que no —amenazo levantándome para rodearlo como si fuera una presa que no sabe hacia dónde escapar—, tus proveedores quedarán expuestos, tus cuentas intervenidas, tus alianzas criminales filtradas, tu fachada destruida.
Cada socio que has traicionado sabrá exactamente dónde encontrarte.
Y esos hombres no suelen ser pacientes ni comprensivos ni compasivos.
Ya lo sabes, ¿verdad? Por eso te has esforzado tanto en ocultar a tu preciosa hija.
No puedo evitar que una risa altanera escape de mi garganta, lo tengo. Literalmente, lo tengo.
—No estás hablando en serio —musita, pero no suena como una afirmación, suena a ruego, un intento de convencerse a sí mismo de que todo lo que está escuchando no es real.
Dejo de dar vueltas lentas y tortuosas a su alrededor. Me detengo justo frente a él, tan cerca que no tiene más remedio que mirarme a los ojos.
—Estoy hablando muy en serio. Y tú también deberías hacerlo.
Él aparta la mirada, incapaz de sostener la mía.
—Pero ¿mi hija? ¿Qué tiene que ver ella en esto? ¿Por qué ella? ¿Por qué nosotros? No entiendo nada.
Inclino ligeramente la cabeza, y cruzo los brazos sobre mi pecho, genuinamente harto de escuchar a este hombre renegar de lo que ya es su destino.
—Eso no te importa —respondo sin un ápice de emoción, pues empiezo a aburrirme—.
Lo único que debería importarte y lo único que quiero que entiendas es que tu deber ahora es asegurarte de que todo esto parezca un acuerdo mutuo, un compromiso perfecto.
Ya sabes, eso se hace mucho entre familias poderosas, al final, te estoy haciendo un favor.
Porque, créeme, nadie sospechará nada si tú te encargas de vender bien la historia.
Su expresión denota vacío, desespero, una brecha.
—Mi hija no aceptaría… jamás aceptará… —sus balbuceos desmoralizados son música para mis oídos—. No tienes idea de cómo es ella, es terca, rebelde, no se deja manipular, no…
—Pues más te vale que lo haga —interrumpo, tajante—. Porque tú serás quien se lo comunique, y si no logras que ella acepte mi propuesta, os destrozaré a todos. Y me la quedaré igualmente.
Se pasa una mano por la frente. Se limpia el sudor y me regodeo entregándole el pequeño pañuelo de mi traje.
Lo rechaza mientras se levanta, camina unos pasos por la sala, desesperado, como si buscara un lugar donde esconder sus pensamientos, donde refugiarlos para que yo no los lea, pero ya es demasiado tarde.
—Ella no vale lo que sea que estés dispuesto a hacer por tenerla. Escucha, si te has enamorado de ella, puedes conquistarla, es tan estúpidamente sentimental…
—Cuidado. —Le agarro del cuello sin pensarlo, ahogando sus palabras—. Ahora estamos hablando de mi futura mujer. Y no, Edward, no estoy enamorado de ella, pero me pertenece.
Me observa fijamente con rabia, una rabia que no puede convertir en fuerza o valentía, porque yo le he robado ambas cosas.
—Eres un monstruo… —masculla.
Hago un falso puchero mientras lo suelto, provocándole una tos de lo más patética.
—Auch. Corrección, soy alguien que consigue lo que quiere. Y lo que quiero es a tu hija, los motivos son irrelevantes, si mañana no has hecho lo que te pido, el mundo entero, incluida toda tu familia, sabrá quién eres, y entonces te daré más de un motivo para llamarme monstruo.
Respira hondo, casi con dolor, como si mis palabras lo golpearan en el estómago.
—No, por favor, no. Mi familia…, mis hijos, mi esposa…, ella no lo soportaría, por favor…
La súplica suena tan patética y deliciosa, exactamente como esperaba.
Pero es curioso, porque pensé que el padre de Madeline sería más resistente, más frío y estratégico. Sin embargo, lo que tengo delante es a un hombre que acaba de darse cuenta de que lleva años construyendo un castillo sobre lodo, y de que basta un solo movimiento para que todo se hunda.
—No sabes lo que estás pidiendo —susurra—. No es manejable, ella es fuego, y el fuego no se puede controlar, Eiden.
Y por primera vez, por una fracción de segundo, disfruto al escucharlo, porque confirma exactamente lo que ya había percibido, el motivo por el que Madeline no sale de mi cabeza.
—Perfecto, el fuego es más fácil de manipular que la piedra. Solo hay que darle un contenedor adecuado.
Mi tono es tajante y él se sienta de nuevo, seguramente temiendo que vuelva a agredirle, lo cual sucederá si no cede de una puta vez.
—Anunciarás el compromiso mañana —sentencio—, preferiblemente por la tarde, en un comunicado oficial. Y más te vale que ella parezca jodidamente enamorada. Nos veremos en tu casa para cenar en familia. ¡Esto hay que celebrarlo!
El hombre deja caer la mirada y respira hondo.
—Está bien, lo haré, pero esto no quedará así, acabas de condenarte, chico.
Le señalo la puerta y mis hombres, que han estado todo el tiempo detrás de ella, entran para acompañarlo a la salida.
—Es un placer hacer tratos contigo, futuro suegro.
Maldice antes de marcharse y veo por la ventana cómo lo escoltan hasta su coche, donde su chófer recibe un manotazo al intentar abrirle la puerta.
Está tan cabreado que lo huelo desde aquí, pero eso no es lo que más me divierte.
Es la certeza absoluta de que, a partir de este momento, la función que destruirá mentalmente a Lucian acaba de empezar. Me muero por ver la cara que pondrá cuando descubra que pronto seremos familia.