Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

MADELINE

Han pasado dos días desde que salimos del hospital, dos días en los que he sentido una calma rara, incómoda, casi culpable, porque por muy extraño que resulte admitirlo, tras saber que tendría que volver a casa, el hospital se convirtió en un refugio al que no quería renunciar todavía.

Fue un refugio triste, sí, pero un refugio, al fin y al cabo.

Pero ahora estamos aquí, frente a la puerta de este infierno de cristal y madera, y cada segundo que paso mirando el pomo siento que todo el aire se me escapa de los pulmones.

Lucian está a mi lado, ligeramente inclinado hacia la derecha por las costillas, aún doloridas.

Su rostro sigue marcado por un hematoma oscuro, que se expande desde el pómulo hasta casi tocar la sien, pero no parece importarle.

—¿Estás bien? —me pregunta en voz baja, como cuando era una niña y tenía miedo.

Trago saliva y me muerdo el labio, indecisa.

—No lo sé —respondo, también bajito, como si pudieran escucharnos—. En realidad no quiero entrar.

Él hace una mueca que intenta parecer una sonrisa, pero fracasa rotundamente.

—Ya…, yo tampoco Mads.

Y aquí estamos los dos, paralizados. Nos abrieron las grandes verjas hace ya cinco minutos, si no entramos, saldrán. Siento el frío del pomo antes de tocarlo; es como si la casa entera supiera que estoy a punto de cruzar una línea invisible de la que no habrá retorno.

Cuando finalmente lo giro, la imagen es exactamente la que temía: nuestros padres nos esperan en el vestíbulo con esa solemnidad que solo reservan para los momentos en los que creen que «la familia debe hablar seriamente».

Mi padre está de pie, completamente erguido, con los hombros tensos dentro de su caro y ostentoso traje y la mandíbula apretada, como si la sola visión de nosotros dos —o quizá solo la mía— fuese insuficiente para satisfacer sus expectativas.

Mi madre está sentada en uno de los sillones del recibidor, con las manos cruzadas sobre las rodillas, y ni rastro de Julian, que seguramente ha considerado que no merecíamos su recibimiento.

Entro en silencio y Lucian me sigue con pasos pesados. Mi madre se incorpora un poco, como si quisiera venir a abrazarnos, pero no lo hace.

—¿Cómo estáis, mis niños? —pregunta enseguida, con tono maternal, intentando poner tiras adhesivas sobre una herida abierta y sangrante.

Mi padre ni siquiera le da tiempo a acercarse.

—No es momento de mimos —sentencia sin mirarla.

Lucian aprieta los dientes y yo siento que acabo de volver a tener diez años.

—Bien —empieza él, cruzándose de brazos—.

Supongo que lo mínimo que merecemos es una explicación lógica de por qué os encontrasteis en un bar de mala muerte, rodeados de gente que no conocéis.

Y por qué tuviste que terminar tú —señala a Lucian, casi con desdén— en el hospital cubierto de sangre mientras tu hermana estaba vestida como una cualquiera.

La frase me golpea con una violencia inesperada, tan rápida que casi no sé dónde duele primero.

—Papá… —susurro, intentando contener la rabia que me sube por la garganta.

Pero él levanta la mano.

—No he terminado.

Mi madre baja la cabeza y Lucian resopla.

—Papá, déjala hablar —ordena, dando un paso delante de mí como un escudo.

—A partir de este momento —anuncia él, ignorándolo—, quiero que ambos entendáis que, mientras no demostréis ser capaces de tomar decisiones adultas, las tomaré yo por vosotros.

Me muerdo el labio para contener las ganas de contestarle, de recordarle que, pese a todos los lujos que nos ha brindado, jamás se ha preocupado realmente por nosotros.

—Lo que significa que tú, Madeline, no vas a volver a tu estudio hasta nuevo aviso, y tú, Lucian, tampoco volverás al piso del centro. —Sus órdenes no dejan lugar a objeciones—. Hasta que ambos demostréis que podéis vivir libremente sin ser una deshonra para esta familia, vais a quedaros aquí.

—¿Qué? —La incredulidad me atraganta— ¡Pero papá, no puedes hacer eso! Ese estudio es mío, es donde trabajo, donde…

—¿Trabajas? —me corta él, riéndose. Levanta una ceja con un sarcasmo tan fino que me hiere más que cualquier grito—. ¿Llamas trabajar a perder el tiempo escribiendo cuentos que nadie va a leer?

Mi madre cierra los ojos, dolida. Lucian me mira como si temiera que me rompiera aquí mismo, y yo siento todo mi cuerpo temblar.

—Papá, Lucian no tiene la culpa, solo me ayudó, no debería haber consecuencias para él. —Todos pueden presenciar cómo mi voz se rompe, pero sigo—: ¿Por qué no confiáis en mí?

Mi madre intenta acercarse, pero él la detiene con solo un movimiento de la cabeza.

—¿Confiar en ti? —se ríe en mi cara—. ¿A dónde nos ha llevado esa confianza? Te lo diré yo, a permitir que estés en un bar rodeada de gentuza, vestida como una fulana, con tu hermano malherido a tu lado. Que habéis acabado en un hospital, por Dios. ¡A eso nos lleva confiar en ti!

Mi corazón se rompe en pedazos bajo su desprecio, nos está castigando y presionando para que contemos la verdad de lo que pasó, pero me basta una mirada hacia mi hermano para saber que ninguno pensamos hacer tal cosa.

—Eso no es justo, repudias mis manuscritos, pero nunca has leído nada de lo que he escrito… —murmuro.

—Lo que no es justo —replica, demasiado cerca de mi cara— es que sigas viviendo en una nube de fantasías mientras el resto de nosotros cargamos con el peso real de esta familia.

No te involucras en la empresa, no te pones seria con la música, ni terminas nada en el arte.

Has tirado a la basura años de tu vida. Y eso se acabó, eres mi hija, pero no permitiré que nos deshonres.

Siento que el suelo se mueve bajo mis pies justo cuando Lucian explota:

—¡Joder, papá, ya basta! —grita, dándole un empujón tan fuerte que lo aparta de mí al instante—. ¡Déjala en paz, te estás pasando!

—¿Pasándome? No vuelvas a tocarme, y ten mucho cuidado con tu vocabulario o dejará de importarme que seas mi hijo y te romperé la cara yo mismo —responde mi padre, girándose hacia él con una dureza casi inhumana—. Estoy siendo indulgente, mucho más de lo que debería.

Mi madre da un paso adelante, con los ojos inundados de lágrimas.

—Por favor… —susurra—, mis niños, solo intentamos hacer lo mejor para vosotros. Estamos tratando de ayudaros, de guiaros, no somos vuestros enemigos.

Pierdo los nervios por completo, mi madre siempre vivirá controlada por su marido, eso está claro, pero, joder… yo quiero ser libre.

—¡Tengo veinticinco años! —estallo— ¡No podéis controlarme así!

Mi padre me mira con una sonrisa tan amarga que un golpe habría resultado menos doloroso.

—Oh… ya verás como sí podemos controlarte.

No espero ni un segundo más. Salgo corriendo y subo las escaleras casi sin ver, cerrando la puerta de mi habitación de un portazo.

Me dejo caer de espaldas sobre la puerta con tal fuerza que el impacto me vibra en los omóplatos, pero aun así no siento nada, porque el dolor físico es lo único que ahora mismo no me afecta; es todo lo demás —la humillación, la impotencia, la rabia y el miedo— lo que me empuja contra el suelo como si la gravedad hubiera duplicado su fuerza.

Me llevo las manos a la cara y respiro como puedo, pero el aire no entra del todo.

Miro a mi alrededor, todo en mi habitación me parece diferente, incluso el color de las paredes me molesta.

El orden de mis libros me irrita, la colcha perfectamente doblada me da ganas de arrancarla de cuajo, porque si algo dentro de mí se está desmoronando…

¿por qué nada refleja el caos que llevo dentro?

Me abrazo las piernas tan fuerte que me duelen los músculos. Me siento como una niña castigada, como si el eco de las palabras de mi padre hubiera regresado a épocas en las que yo no tenía más defensa que llorar en silencio.

Y lo peor es que él lo sabe, sabe exactamente lo que está haciendo.

Pasan los minutos, no sé cuántos, pero de pronto dejo de escuchar los gritos de mi hermano y escucho un golpe suave en mi puerta.

—Mads… —su voz me saca del trance—, ábreme.

No respondo, no puedo.

—Venga…, por favor.

Tengo que respirar hondo tres veces antes de levantarme. Cuando abro la puerta, Lucian está con el rostro demacrado, sosteniéndose contra el marco como si todo esto le importara una mierda. Pero su primera preocupación soy yo.

No es tan malo como dicen, y sí que tiene sentimientos, a mí me quiere…

—Joder —susurra cuando ve mis lágrimas—, ven aquí, hermanita.

Me envuelve en un abrazo al que me aferro con desesperación, me aprieta más de lo que su cuerpo magullado debería permitirle, pero no me quejo, le necesito.

—No dejes que el gilipollas de nuestro padre te hable así —murmura contra mi pelo—, no dejes que te haga sentir que no vales nada, porque no es verdad. No lo es.

Un suspiro entrecortado escapa de mi garganta mientras sigo sollozando sin control, sé que mis sentimientos excesivos le ponen nervioso, que no sabe gestionarlos, pero no se queja.

—Es que —susurro— quizá sí sea verdad, quizá sí soy un desastre, una decepción, quizá no sirvo para nada…

Él se separa de golpe, sujetándome por los hombros, obligándome a mirarlo.

—¡No digas eso! —me interrumpe con rabia—.

¡No vuelvas a decirlo! No sé qué coño le pasa a papá, no sé por qué siempre quiere jodernos a su manera, pero te juro por todo lo que tengo, que tú…

tú eres la persona más auténtica de esta familia.

La única que intenta ser algo que no esté escrito en un maldito guion.

Me tiembla el mentón.

—Mírame —insiste con suavidad—. Lo que tú haces, escribir, es valioso, y es tu arte.

Sus palabras son tan necesarias que duelen, pero el dolor me obliga a quedarme en silencio y él me abraza de nuevo.

—Lo siento —susurra—, siento que todo esto esté pasando por mi culpa.

Me separo lo justo para mirarlo.

—No —niego—, no digas eso, nada de esto es tu culpa, fui yo quien se metió donde no debía.

Él pone los ojos en blanco y coloca mi pelo detrás de mis orejas.

—Sí, bueno, tú siempre te metes donde no debes, cariño —bromea.

Dejo caer la cabeza en su hombro.

—Estoy tan cansada…

Me abraza durante media hora, respetando mi silencio, y cuando dejo de llorar, le pido que se marche para poder estar sola. Me meto en la cama sin desvestirme, cierro los ojos y la noche pasa sin descanso, la siguiente también, y la siguiente…

Tres días en esta casa, completamente encerrada, tres días comiendo apenas las sopas que Lucian me deja junto a la puerta cuando no soy capaz de abrirla.

Me bajan por la garganta como si fueran agua envenenada, pero las tomo solo porque mi cuerpo necesita algo para seguir funcionando, aunque mi mente no tenga energía para nada.

Cuando por fin le abro la puerta, me sorprendo, pues pensaba que se trataría de nuevo de Lucian, pero es Julian. Veo una caja en sus manos que me reconforta al instante: son mis cosas del estudio.

—Madeline —me saluda, algo incómodo—, Lucian me ha pedido que te traiga esto, ¿necesitas algo más? He de ir a trabajar, pero puedo traerte algo, tal vez… ¿algo de comer?

Niego despacio y se marcha sin decir nada más, así es Julian, pero al menos me ha traído una parte de mí.

Dejo la sopa sobre la mesa y me acerco a la caja con un nudo enorme en la garganta, las manos me tiemblan cuando la abro.

Ahí está mi cuaderno, mis lápices y, en el fondo, mi portátil.

Lo tomo con ambas manos, me siento en la cama, lo enciendo y espero.

La pantalla se ilumina y mi manuscrito aparece, lo reviso de arriba a abajo un par de veces, sin creerme que lo tenga delante.

Y entonces la veo. Una pequeña anotación en el margen de una de las escenas más explícitas que he escrito en mi vida, una nota que no he puesto yo:

«Tienes mucho talento para la oscuridad».

Y justo debajo, tan inquietante como intrigante, otra nota:

«Tus fantasías son órdenes para mí».

Me quedo completamente inmóvil, mi piel se eriza como si hubiera metido los dedos en un enchufe. No sé quién lo ha leído o cómo ha llegado esto aquí.

Me quedo mirando la nota, incapaz de reaccionar. No es un animal vivo que pudiera saltar de la pantalla en cualquier momento, pero esas palabras negras, tan concretas e íntimas, parecen un veneno recién activado.

Mi mente intenta buscar explicaciones lógicas —un error del programa, un comentario que dejé sin querer en un borrador, un fallo técnico—, pero ninguna se sostiene.

Yo no la escribí. Lo sé con una certeza visceral, profunda, tan firme que el pánico que me sube por la columna.

Trago saliva, pero tengo la garganta tan seca que duele.

Me acerco un poco más a la pantalla y la nota parpadea ligeramente, cual ser consciente de que lo estoy observando.

Y lo peor, lo más inquietante, es que hay algo en esas palabras que no me espanta del todo.

Algo que, en lugar de advertirme del peligro, me produce una punzada aguda de…

¿curiosidad? ¿La mera posibilidad de que alguien lo haya leído y le haya gustado?

Me odio por ello. Me odio por sentir una chispa de orgullo en medio del miedo, pero está ahí: «Tus fantasías son órdenes para mí».

Me paso el resto del día sin salir de la habitación, escribiendo sin parar, con miedo pero con la certeza de que no debo permitir que nadie me arrebate esta parte de mí.

Esa noche no duermo, me revuelvo en la cama constantemente; cada vez que cierro los ojos, veo la frase en la pantalla, hasta que a las seis de la mañana tomo una decisión.

Camino por el pasillo para ir a buscar a Lucian, debo contárselo. Estoy a escasos pasos de su habitación cuando algo me detiene en seco.

Es la voz de mi padre: está en su despacho con la puerta entreabierta.

—No tienes derecho a exigirme nada —gruñe él.

Hay algo desesperado en su voz, algo casi… temeroso, ¿mi padre con miedo?

Me acerco un milímetro más, viendo un poquito de su expresión a través de la puerta entreabierta, contengo la respiración para que no me pille fisgoneando.

No oigo la voz de la otra persona, pero debe estar diciendo algo que no le gusta, pues se toma un trago de un espeso licor como si fuera agua.

—Te he dicho que no. No insistas. No tengo por qué hacer… —Se detiene, se queda completamente pálido—. Está bien —su voz suena distinta, es extraño verlo asustado—, está bien, allí estaré, dame una hora.

Un escalofrío me sube por la espalda, mi padre jamás cede ni cambia de opinión en cuestión de segundos, jamás dice «está bien» cuando ya ha dicho que no, pero… lo ha hecho.

Me alejo un paso. No sé qué está pasando, pero la nota y la reacción de mi padre…

Hay algo que no va bien.