Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Miro documentos académicos, registros de salud, notas de actividades; todo está incompleto, disperso, borrado o bloqueado.

Su rastro es un conjunto de puntos inconexos que no llevan a ninguna parte.

Y cuanto más busco, más se hunde la duda dentro de mí, más siento que hay algo en ella que no encaja.

Empiezo a estar seguro de que los hijos no conocen la verdad de su propia familia, por eso su padre la mantiene tan oculta como le es posible, quizá tema que alguien la utilice para amenazar o extorsionar.

Bueno, para su buena suerte, un miedo menos.

No se puede decir que no sea considerado, ¿verdad? Al fin y al cabo, voy a quitarle a mi futuro suegro un gran peso de encima.

Por eso, hace dos horas que he comprendido con absoluta claridad lo que tenía que hacer: entrar en el ordenador de la lobita. Porque una necesidad de controlarla y conocer hasta el último detalle de su vida se ha colado entre mis prioridades, y pienso llevarla a cabo.

Desde entonces, todo mi enfoque ha girado alrededor de su sistema operativo. Tardo más de lo que tardé con los demás, pero las medidas de seguridad no son un problema para alguien como yo. Esta es una intrusión que no realizo por necesidad, pues ya tengo todo lo que necesito, sino por deseo.

Y cuando finalmente accedo, después de afinar protocolos y rodear barreras improvisadas, siento un estremecimiento que sube por mi columna.

La pantalla se llena de carpetas vacías, documentos con nombres de proyectos, aplicaciones profesionales de escritura bastante complejas y una colección de archivos temporales, cuyo patrón de uso revela que ella borra constantemente lo que escribe.

Ese tipo de comportamiento es propio de alguien que teme ser visto, no de alguien que vive una vida tranquila en una familia adinerada.

Exploro más, reviso metadatos, fragmentos residuales, notas abandonadas antes de convertirse en algo definitivo. Cuando creo que no voy a encontrar nada interesante, encuentro una carpeta sin nombre que podría pasar desapercibida si no fuera por el tamaño del archivo que contiene.

El cursor parpadea sobre el archivo mientras leo el título:

DarkRomance_Borrador_Proyecto_M.

El simple nombre me provoca un cosquilleo extraño en la base del cuello. No abro el archivo enseguida. Me quedo observándolo, como si la tecla fuera una invitación peligrosa, un límite que estoy a punto de atravesar sabiendo que no habrá vuelta atrás.

Y, aun así, lo hago.

Y lo que leo… no es lo que esperaba.

No es simple escritura, es un mundo que se abre delante de mí, un territorio prohibido que parece hecho para ser explorado únicamente por quien sabe mirar más allá de la superficie.

Empiezo a leer sin poder evitarlo:

«Sus dedos le recorrían la espalda con una firmeza calculada, tan precisa que parecía conocer de memoria cada uno de sus límites, como si hubiera pasado años estudiando la exacta cantidad de presión que podía ejercer sin quebrarla.

Sentía que quería que él fuese más lejos, que apretara un poco más, que la empujara contra ese borde peligroso donde todo lo prohibido empezaba a volverse inevitable. »

Mi mandíbula se tensa y un calor lento empieza a extenderse desde mi abdomen, subiendo hacia mi pecho y clavándose como un fuego que no puedo apagar. Cada palabra despierta una sensación que creía controlada y, sin embargo, no puedo detenerla.

Sigo completamente fascinado.

«Su voz le rozaba el oído antes que su boca, como si las palabras fueran una advertencia que descendía lentamente por su columna hasta hacerla temblar; le dijo que no huyera, y ella supo que no podría hacerlo, aunque quisiera.

Sus piernas ya no le respondían, había algo en él que la dominaba de una forma que nunca se atrevió a admitir en voz alta. »

Cierro los ojos por un instante, dejando que el calor se acumule, que la tensión se vuelva casi dolorosa. No debería interesarme lo que escribe, pero lo hace.

Con un movimiento lento y deliberado, dejo que mis dedos exploren lo que el pantalón ya no puede contener. La erección se endurece al instante apretando con fuerza, reclamando atención mientras mis pensamientos giran alrededor de sus frases, de cada línea que ella dejó escrita.

No es solo sexo; es poder, es fascinación, es la manera en la que su mente y su forma de sentir se revelan solo para mí, y eso me vuelve casi ingobernable.

Cada línea que leo alimenta el fuego. Cada descripción detallada de sus límites, de su vulnerabilidad y de su entrega calculada me hace desearla de formas que nunca había experimentado.

Mis dedos se mueven con precisión, imitando las caricias que ella describe, imaginando cada toque, cada susurro, cada estremecimiento que ella misma registró en el archivo.

—Joder con la lobita… —murmuro, con la voz ronca, apenas audible en la habitación silenciosa.

Mis movimientos se hacen más rápidos, el calor me consume y la sensación de poder —de conocer sus deseos más íntimos antes incluso de conocerla por completo— me pone tan cachondo que creo no aguantar más.

Y entonces, cuando siento que estoy a punto de correrme, que no hay vuelta atrás, vuelvo a recordar su rostro contrayéndose por el terror entre mis manos. Es un clímax largo, violento, contenido y desbordante a la vez, que me deja temblando, respirando con dificultad.

Esto va a ser mucho más excitante de lo que creía.