CAPÍTULO 5
EIDEN
Llevo exactamente una semana viviendo en una especie de limbo en el que el tiempo parece estirarse y comprimirse a su vez, una semana en la que cada amanecer se siente como una repetición interminable del anterior, y cada sonido que atraviesa mi conciencia no es más que un eco constante de la misma frase que se ha tatuado detrás de mis ojos y que arde con insistencia:
«Debe estar casado».
Al principio, esa idea era solo un dato más, una cadena absurda que no debería tener peso, un pensamiento que podía ignorar con facilidad.
Pero ahora se ha convertido en un engranaje fundamental de mi plan, una pieza más en un mecanismo que ha empezado a girar con una precisión demasiado inquietante en mi cabeza.
Cada vez que pienso en Lucian y en su familia, siento que voy tejiendo una red invisible que me acerca a mi objetivo.
Porque claro que podría vengarme de Lucian, siempre he sido capaz de eso y más, pero ninguna estrategia habría resultado tan fascinante, tan adictiva, tan perfecta como la que estoy ejecutando ahora, a ese psicópata solo le importa su familia, y solo podré hacerle daño si toco justo eso.
Mis días, desde entonces, han sido un teatro impecable.
Trabajo remoto para la empresa, redactar informes con la rapidez y precisión de alguien que lleva el apellido por bandera, participar en videollamadas donde finjo un compromiso absoluto con su visión de futuro y responder las insistentes llamadas de mi padre, que se empeña en conocer hasta el último detalle de mi «futuro enlace».
Él nunca sabrá que, mientras sonrío y asiento, estoy planeando algo que me hará conseguir aquello que me pertenece, la empresa por la que tanto he luchado y él se niega a soltar.
¿De verdad creía que me frenaría un estúpido as que se ha guardado bajo la manga durante estos años?
Por favor…, es insultante que crea que existe algo que puede detenerme.
Las noches, cuando no tengo que seguir interpretando el papel que me hará conseguirlo todo, son otra historia.
Al llegar la oscuridad, al apagar las luces de mi despacho y cerrar las cortinas de la mansión, activo mis sistemas y dejo que la habitación se sumerja en la penumbra.
Mis tres pantallas se encienden, iluminando la estancia como ventanas a universos prohibidos, mundos que nadie debería tocar, pero yo sí.
No es la primera vez que desmantelo una familia desde dentro; otras veces lo he hecho por dinero, por aburrimiento o por encargo.
Esta vez no. Esta vez es personal.
Porque Lucian Crowley tuvo la osadía de traicionarme, y porque su hermana —la lobita— cometió el error imperdonable de cruzarse en mi camino con una mezcla extraña, casi absurda, de valentía y miedo.
Después de lo ocurrido en el ring, cuando por fin me deshice de la atención de mi padre y de las miradas curiosas de la junta, lo primero que hice fue volver al club.
No podía permitir que la mera mención de ese imbécil volviera a contaminar el ambiente.
Entré por la puerta principal sin camuflar la tensión que cargaba, sin ocultar que cualquiera que se cruzara en mi camino podía acabar en el suelo.
Los entrenadores, reclutadores y luchadores se reunieron en cuanto les indiqué que lo hicieran.
Vieron mi máscara y supieron, sin necesidad de palabras, que detrás de ella se escondía una expresión que garantizaba consecuencias severas si no obedecían.
—A partir de ahora, Cuadro de la Muerte no pisará este club —dije, y mis palabras cayeron como un ladrillo sobre el suelo—. No existe. Si alguien lo deja entrar, si alguien siquiera pronuncia su nombre, responderé personalmente.
No preguntaron, todos lo entendieron, pues la mayoría había presenciado la paliza que le di.
Dejarlo fuera del club fue lo fácil. Lo difícil fue atar todos los cabos para destruirlo de verdad, cómo tocar la fibra de su mundo sin que él pudiera impedirlo.
Ese hijo de puta no tiene sentimientos, pero me ocultó la existencia de su hermana, y me moría por descubrir la razón, pues no había tenido problema en mostrar el afecto que siente hacia su madre.
Por eso, durante las noches siguientes, me sumergí en la investigación.
Cada archivo y cada cifra revisada con precisión quirúrgica me acercaba más a la verdad.
Comencé por la madre, Isadora Crowley, analicé sus cuentas, todos los movimientos y documentos relacionados con Isadora’s Conservatory.
Una escuela elitista por la que las familias pagan fortunas para que sus hijos aprendan música, aunque la mayoría de esos niños no distinga entre talento y dinero.
A primera vista, todo parecía perfecto: ingresos sólidos, matrículas elevadas, donaciones de familias acaudaladas.
Cada número estaba pulido, cada desviación era mínima, como si alguien hubiera limpiado meticulosamente cada cifra para que nada destacara.
Pero la verdadera joya de la investigación no estaba en la madre: estaba en el padre, Edward Crowley.
Su empresa, Crowley Art no hay seguridad, no hay márgenes limpios, no hay estabilidad.
Sin embargo, sus cifras eran constantes, crecientes, inalterables.
Sin pérdidas, sin fluctuaciones. Eso no existe legalmente.
Profundicé más. Descubrí fideicomisos inflados artificialmente para los tres hijos, compras de obras que nunca aparecían en inventarios, movimientos triangulados entre empresas subsidiarias y transferencias por «servicios de restauración» sin respaldo tangible.
Y luego, lo más inquietante: pagos periódicos desde paraísos fiscales, ocultos bajo empresas pantalla con nombres anodinos.
Ahí estaba. No es una empresa familiar ni artística; es un sistema de blanqueo de dinero a gran escala.
Pero no solo eso, al cruzar datos con movimientos internacionales, comprendí que esas operaciones estaban vinculadas a redes mucho más oscuras: tráfico de arte robado que servía de fachada para envíos ilegales de sustancias controladas y transacciones financieras que manipulaban mercados corporativos y políticos.
Una red que podía hundir a cualquier persona que se interpusiera, una de la que Lucian se aprovechaba económicamente sin saber realmente el alcance de lo que su padre estaba moviendo.
Cada noche de esta semana he ido desenterrando capas de una familia que, a simple vista, parece impecable, casi ejemplar, como si fueran un retrato colgado en una sala de exposiciones donde nada fuera de lugar puede permitir arruinar la estética del conjunto.
Pero cuanto más profundizo, cuanto más desmenuzo sus cuentas y sus movimientos, más me doy cuenta de que esta familia ha sido construida sobre cimientos podridos que nadie se ha atrevido a cuestionar.
Y en el centro de todo ese hedor está Edward Crowley.
Así que él será el eslabón más débil para mi plan, a quien manipular y extorsionar para conseguir lo que quiero.
Tras cruzar datos, movimientos y direcciones vinculadas a empresas pantalla, aparece el patrón que ya sospechaba: dinero que entra desde rutas marítimas privadas procedentes de puertos donde el control aduanero es una mera ilusión, dinero que sale hacia cuentas en jurisdicciones donde la ley es solo una palabra bonita en boca de políticos corruptos.
Empiezo a notar la magnitud del fraude cuando descubro una serie de envíos de arte «restaurado» que viajan en contenedores compartidos con productos químicos regulados.
Sustancias que jamás deberían viajar sin documentación oficial, sustancias que, en las manos adecuadas —o, mejor dicho, equivocadas— sirven para la producción de drogas sintéticas.
Tráfico de drogas. Tráfico muy bien encubierto que lleva años operando bajo la fachada de una empresa cultural.
Y cuanto más leo, cuanto más conecto rutas, nombres, sellos y firmas digitales, más me doy cuenta de que Edward Crowley dirige una red que puede hundirlo para siempre si decido entregar esta información a la persona correspondiente.
La sensación que me atraviesa cuando termino de almacenar toda esta información en una carpeta que usaré a mi antojo es casi placentera. Una especie de expansión, un calor que se instala en mi abdomen y sube lentamente hacia mi pecho, hacia mi lengua, hacia mis manos.
—Ahora sí, cabrón, tengo a tu padre, y gracias a eso tendré a tu hermana, pienso destruir tu puta familia desde dentro —aseguro en un susurro mientras observo la última serie de documentos falsificados—. Te tengo cogido por los huevos.
Lucian cree que el mundo que lo ha criado lo va a proteger, cree que puede caminar sin mirar atrás porque tiene un apellido que abre puertas y un padre que compra silencios.
Pero no hay apellido ni dinero ni máscara social capaz de salvarlo cuando la persona equivocada —yo— descubre exactamente dónde se encuentran los cimientos que puede derrumbar.
Lo curioso es que, entre toda la basura que he ido encontrando, hay una pieza que se mantiene como un vacío, una especie de hueco inexplicable dentro de todo este caos perfectamente encubierto: ella, Madeline Crowley.
La única que parece no existir, pues, sobre sus hermanos, encontré algunos documentos que dejaban claro que el dinero de papi les ha salvado el culo en varias ocasiones, pero, ¿sobre ella? Nada, tan solo su nombre.
Y eso, para alguien como yo, es una provocación.
En cada evento público familiar, fotografía oficial, nota de prensa, aparece solo como un destello, la perfecta hija ejemplar que ha resultado casi invisible si la comparamos con los escándalos sociales que han provocado sus hermanos.