Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

MADELINE

El hospital huele a desinfectante, a frío, a esas madrugadas interminables que parecen no pertenecer a ninguna hora del día, sino a un limbo en el que todo se suspende, donde la realidad queda congelada y solo existe la espera.

Camino por el pasillo casi sin sentir las piernas, como si mi cuerpo avanzara por pura inercia, arrastrado por una mezcla absurda de miedo, culpa y esa imagen que no consigo expulsar de mi cabeza.

La misma que llevo viendo una y otra vez desde que, hace dos noches, salimos del puto cuadrilátero: la mano de Leyenda rodeando mi garganta, sus dedos manchados de sangre —la sangre de mi hermano— entrando en mi boca, su voz grave susurrándome cosas que todavía me queman en la piel.

Me froto los labios con el dorso de la mano como si pudiera borrarlo, arrancarlo, fingir que no ha pasado, pero el sabor metálico sigue ahí, pegado al recuerdo, y el temblor que me recorre desde la base de la columna hasta la nuca no desaparece.

Cuando entro en la habitación —la número doscientos diecisiete— veo a mi hermano en la camilla, medio incorporado, con hielo en el pómulo hinchado y un vendaje en las costillas.

No debería tener esa expresión, no después de la paliza que ha recibido; debería estar llorando, maldiciendo, pateando la cama del pánico, pero lo conozco demasiado bien, y sé que la forma en la que ha clavado la mirada en la ventana, completamente quieto, sin parpadear, solo significa una cosa: está dándole vueltas a todo lo que ha ocurrido.

—No deberíamos estar aquí —masculla antes siquiera de mirarme—. Mads, de verdad, deberíamos habernos ido a tu estudio o a mi piso.

Cierro la puerta con cuidado, como si temiera que cualquier ruido pudiera hacerle más daño. Me acerco despacio, sintiendo cómo cada uno de mis pasos pesa el doble de lo normal debido al profundo agotamiento.

—¿Estás de coña? —susurro, intentando mantener la voz firme, aunque sé que tiembla—.

Te han reventado la cara y tienes las costillas rotas, Lucian.

No eres inmortal, estaba muy preocupada…

y Maya ha hecho todo lo posible por evitarlo, pero papá y mamá se han enterado de que estamos aquí, los médicos han decidido avisar, es lo que tiene nuestro apellido.

—No lo entiendes —responde, dejando caer la cabeza contra la almohada con un suspiro que parece arrancar años de su espalda—.

No solo es la paliza, Mads. Es que… estoy fuera del club.

Significa que ya no voy a ver un puto euro de todo lo que invertí, y para colmo, el peligro al que nos he expuesto… ¡Joder, joder, joder!

Frunzo el ceño mientras maldice.

—¿Invertiste qué… exactamente?

Él traga saliva, sus ojos se mueven a la puerta como si temiera que alguien estuviera escuchando, finalmente murmura:

—Mi fideicomiso. Todo.

Me quedo helada, completamente helada.

—¿TU FIDEICOMISO COMPLETO? —exclamo sin poder contenerme, aunque enseguida me llevo la mano a la boca para no gritar más—. Lucian, ¿estás loco?, ¿cómo se te ocurre?

Dios, esto no puede estar pasando…

—¿Qué otra cosa iba a hacer, joder? —interrumpe, golpeando la cama con frustración, e inmediatamente después suelta un quejido por el dolor de las costillas—.

A mí me encanta el arte, Mads, me encanta, pero no soy Julian, ¿vale?

Lo haría mil veces mejor que él, pero a ojos de papá y mamá, él es el «heredero perfecto» para la empresa, no yo.

Necesito algo que sea mío sin tener que competir constantemente con mi puto gemelo, hostias.

Baja la mirada y la voz se le quiebra.

—No soy suficiente para ellos, y me importa una mierda. Pero sí soy bueno para pelear, y con ese dinero podría montar mi propia galería de arte. Era la idea, pero él me va a matar, así que supongo que da igual.

Soy incapaz de responder durante unos segundos porque lo entiendo, entiendo su frustración, pero mentiría si dijera que la amenaza de ese tipo no me pone los pelos de punta a mí también.

—Yo tampoco soy suficiente —confieso por fin, con la garganta cerrándose—.

Nunca lo fui, ni con mis cuadros ni con la música de mamá.

Con nada, en realidad, y escribir es lo único que tengo, pero incluso así siento que lo hago mal, que no importa lo que haga, siempre… siempre decepcionaré a alguien.

—Joder, Mads… —susurra—. Ojalá pudiéramos ser solo personas normales, pero tú… tú eres estupenda, hermanita, aunque nunca te lo diga.

Abro la boca para decir algo más, pero un ruido en el pasillo hace que me enderece. Nos quedamos blancos como las paredes de este hospital y pactamos un silencio con la mirada, intentando lucir más tranquilos de lo que nos sentimos.

La puerta se abre, ahí están los tres.

Mi madre primero, con la mano en el pecho, temblando.

Mi padre detrás, con los hombros tensos, la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados examinando cada rincón de la habitación como si buscara pruebas de un crimen.

Y Julian…, mi hermano mayor, impecable como siempre, pero con el ceño fruncido y esa expresión de «qué coño habéis hecho ahora».

Justo lo que necesitábamos.

—¿SE PUEDE SABER QUÉ HA PASADO? —ruge papá, sin siquiera saludar, sin preguntar si Lucian está bien—. ¿QUÉ MIERDA HABÉIS HECHO?

Lucian cierra los ojos, yo trago saliva. Mi padre entra en la habitación como si fuera un huracán contenido, de esos que parecen moverse despacio, pero arrasan con todo a su paso, y durante un segundo siento que el aire desaparece y que el hospital entero se queda demasiado pequeño para su rabia.

Mi madre intenta adelantarse, acercarse a Lucian para comprobar su estado, pero mi padre la detiene con un gesto. Ni siquiera la toca, solo levanta una mano y con eso basta, como siempre.

Julian se cruza de brazos apoyándose en el marco de la puerta como si fuera parte del mobiliario, como si no formara parte de nosotros. Pero sus ojos recorren cada detalle: la venda, el hielo, mi mano temblando aún sobre la sábana y la tensión en el cuerpo de Lucian.

Y sé lo que piensa, porque Julian siempre juzga primero y pregunta después.

—Edward…, deja que los niños se expliquen —susurra mamá, con una voz tan cansada que me duele—. Están vivos, eso es lo importante.

—No —responde él, sin apartar la vista de nosotros—, lo importante es saber qué estaban haciendo para acabar así, la niña parece una muerta viviente con esas ojeras, y a este parece que le ha pasado un camión por encima.

Lucian se hunde ligeramente en la cama y veo cómo sus dedos se tensan alrededor del borde de la sábana, como si necesitara aferrarse a algo físico para no lanzarse al cuello de nuestro padre. Así que, antes de que él pueda hablar, lo hago yo:

—Papá… —empiezo, intentando sonar convincente, aunque mi corazón late tan fuerte que siento que me va a romper el esternón—, estábamos en un bar, Lucian me defendió y la cosa se puso violenta… No quisimos llamaros porque temíamos preocuparos.

Mi padre gira la cabeza hacia mí con lentitud, como si mi intento de mentira fuera una ofensa personal.

—¿Un bar? —repite, ladeando la cabeza— ¿Tú? Pero si solo te juntas con Maya y esa se pasa las noches de cama en cama.

Y ahí está la burla, escondida bajo la incredulidad, la misma burla con la que ha destruido cada una de mis decisiones desde que tengo memoria.

Porque puede que me hayan sobreprotegido, pero jamás me han engañado, siempre he sabido cómo eran y lo que pensaban.

—Sí —respondo, manteniéndole la mirada—, fui con Maya, porque esa noche no tenía plan, estábamos tomando algo, y…

un tío intentó pasarse conmigo. Lucian y yo habíamos hablado un rato antes, sabía dónde nos encontrábamos, así que le llamé, vino corriendo y se metió en medio. Hubo una pelea. Eso es todo.

Mentira.

Joder, me tiembla todo el cuerpo.

Pero si digo la verdad, Lucian deseará estar muerto. Julian suelta una carcajada amarga, cruzándose de brazos con más fuerza.

—Claro —murmura—, siempre hay un «tío» que «se pasa» en estos casos, qué conveniente.

Lo miro con frustración y cansancio, Julian siempre piensa lo peor de nosotros, ni siquiera se esfuerza por fingir que no se cree superior.

—Julian, por favor —pide mamá, poniéndose entre nosotros e intentando mediar, deshacer un nudo que lleva años formándose y que todos pretendemos ignorar—. Lucian está herido, Madeline está claramente alterada, no es momento de…

—Es exactamente el momento —la interrumpe papá, sin subir la voz, pero haciéndola temblar—, si esto ha sido una pelea de bar, ¿por qué coño tienes costillas rotas, Lucian? ¿Por qué tu pómulo parece haber recibido el puñetazo de un camionero? ¿Por qué tu hermana tiene esas putas marcas en el cuello?

El silencio que sigue es brutal. Me llevo inconscientemente la mano al cuello, tocando el lugar exacto donde Leyenda me apretó, y tengo la sensación de que arde cuando lo toco.

—No digas que te lo ha hecho ese «tío», porque dudo que en un bar cualquiera haya un puto profesional entrenado para dejarte así —continúa papá, cada vez más enfadado— ¿Quién ha sido?

Lucian traga saliva y yo también.

—Nadie importante, solo un tío en un puto bar, tal como hemos dicho.

—Lucian —amenaza—, no me hagas repetirlo. ¿Quién?

Pero mi hermano no responde. Papá se inclina hacia él, apoyando las manos en la barandilla metálica de la camilla, dejando su rostro demasiado cerca para su propia seguridad, pues como siga así seré incapaz de contener a mi hermano.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta? —vacila sin dudar—. Que te atrevas a pensar que puedes ocultarme algo.

—Papá, basta —intervengo, sintiendo cómo la sangre me sube a la cara—. Fue una pelea de bar. Punto. Lucian me estaba defendiendo, me arreglé demasiado, como puedes ver, ya que sigo con la misma ropa desde entonces, y algunos tíos toman eso como una invitación.

—¿Defendiéndote? —Mi padre se gira hacia mí arqueando las cejas—.

Desde que eras pequeña te he enseñado a no meterte en problemas, pero tú te pasas todo el día metida en ese estudio inútil, pintando basura y escribiendo gilipolleces, y ahora encima me vienes con la excusa más barata del mundo.

Y sí, ese vestido es demasiado corto, Madeline.

El golpe en el pecho es tan directo que casi me quedo sin aire. Lucian aprieta los dientes y Julian mira al suelo. Mamá susurra algo parecido a una queja, pero no llegamos a entenderlo porque mi padre es incapaz de dejarlo estar.

—Y tú —continúa papá, volviendo a gritarle a Lucian—: siempre he entendido que eres diferente, que necesitas espacio, que no sientes las cosas igual que los demás, pero estoy harto, ¿me oyes? Harto de tus idas y venidas, de tus desapariciones, de tus secretos, de tus mierdas.

Lucian se tensa tantísimo y sus ojos se vuelven tan oscuros, que por un momento temo que empiece otra pelea.

—No me creo ni una palabra de esa historia del bar —sentencia papá, enderezándose—, y aunque fuera verdad, sigue sin justificar nada. ¿Qué coño hacíais Maya y tú en un bar de mala muerte a esas horas? ¿En qué estabais pensando?

Su voz retumba en la habitación como una sentencia irrevocable y, como siempre, soy incapaz de hablar.

Siento cómo Lucian me mira de reojo, necesita asegurarse de que sigo aquí y de que voy a sostener esta mentira hasta el final.

Y lo haré, lo haría mil veces, porque de toda mi familia Lucian es por el que más me sacrificaría, después de esto lo tengo claro.

—No sé qué voy a hacer con vosotros —murmura exasperado nuestro padre—, pero ya estoy harto.

Julian, desde la puerta, asiente levemente, como si estuviera de acuerdo. Mamá se acerca por fin a Lucian y le toca la frente con suavidad.

Y yo… yo solo quiero que todos salgan de esta habitación para poder respirar otra vez.

—Vosotros dos vais a volver a casa cuando el médico diga que puedes levantarte, Lucian, y cuando lleguéis, hablaremos de esto en condiciones.

Ambos le fulminamos con la mirada, pero tenemos la prudencia de no protestar. Esta no es más que otra de sus formas de control, sabía que algún día me obligaría a volver, igual que sabía que Lucian no me dejaría sola en esa casa, siempre encuentra la forma de doblegarnos.

Se va hacia la puerta y le hace un gesto a Julian para que le siga, como si fuera un guardaespaldas en vez de su hijo, y mi hermano mayor obedece sin cuestionar nada, con esa disciplina que siempre ha tenido y que tanto admira mi padre, incluso cuando eso significa pasar por encima de sus propios hermanos.

Cuando está a punto de cruzar la puerta, se detiene.

—Madeline —ni siquiera me mira cuando me habla—, estoy cansado de tus evasiones y de tus hobbies sin sentido. El estudio no te va a dar de comer. Y si vas a seguir comportándote como una irresponsable, tomaré medidas.

Mamá nos dedica una mirada temblorosa antes de cerrar la puerta tras ella, como si quisiera pedir perdón sin palabras, como si supiera que ninguna disculpa será suficiente.

Lucian se hunde contra la almohada, con los ojos clavados en el techo blanco.

—No puedo más —murmura al fin, con un hilo de voz que nunca le había escuchado—, te juro que no puedo más, Mads, acabaré matándolo.

Y su confesión me atraviesa el pecho como una bala, porque sé que lo dice con honestidad.

—Lo sé —susurro, acercándome más a él—, yo tampoco puedo más.

—Mads… —acaricia mi mejilla, recogiendo así una lágrima—, debes tener cuidado, en serio. Te protegeré, pero no estamos a salvo, no después de que entrases en su radar. Vi cómo te miraba y yo… En serio, esto no es ningún juego.

—Pase lo que pase con papá o con ese hombre, prométeme que no me dejarás sola.

Agarro su mano como cuando era pequeña, deseando su protección y su compañía. Maya me envía un mensaje asegurándome que nuestros padres y nuestro hermano ya han salido de aquí, y eso me proporciona cierta calma.

—Jamás —me asegura—, nunca te voy a dejar sola, eres la única mujer a parte de nuestra pobre madre por la que moriría, y lo haré si viene a por nosotros, pero nadie te hará nada, ¿me oyes?

Le sonrío con ternura, pero me estremezco sin poder evitarlo; el miedo que siento amenaza con no desaparecer.