CAPÍTULO 3
EIDEN
La salida del club me golpea como una ráfaga de aire helado después de haber estado demasiado tiempo sumergido en una habitación sin ventanas, pero ni siquiera ese frío logra despejarme la mente; por el contrario, parece clavarse como agujas bajo mi piel, irritándome, amplificando el temblor residual de la droga que ese cabrón me ha metido en la bebida, un veneno que no ha servido para vencerme, pero sí para recordarme que he sido traicionado de la forma más humillante posible.
Y en mi propia casa, ¡joder!
Me muerdo el interior de la mejilla mientras la gente que se ha quedado fuera, con la esperanza de entrar en algún momento, se aparta cuando camino entre ellos.
Y aunque sus miradas intentan descifrar quién soy tras la máscara, ninguno se atreve a preguntar, a intentar detenerme o a frenarme.
La energía que desprendo es tan violenta que, cualquiera con un mínimo instinto de supervivencia, entiende que tocarme ahora, aunque fuese por accidente, provocaría que le reventase la cabeza contra el suelo sin pensarlo dos veces.
La sensación vaga de mareo no desaparece, apenas se atenúa, y me obliga a ajustar la respiración porque odio, con una intensidad casi enfermiza, tener que admitir que en realidad confiaba en él.
Lucian…, ese puto traidor.
El bosque que nos rodea está iluminado solo por la neblina anaranjada de las farolas que instalé junto al club y, aun así, siento que hay demasiada luz, como si el mundo hubiera decidido exponerme cuando lo único que quiero es arrancarle el corazón a ese imbécil y enterrarlo en el mismo ring que hoy ha osado compartir conmigo.
Pero no es solo eso, no es solo él.
Porque mientras avanzo hacia mi coche, con los nudillos aún vibrando por los golpes, una imagen se mantiene clavada en mi mente.
La lobita.
Esa estúpida, impulsiva y temeraria mujer que ha tenido la inconsciente genialidad de meterse en un puto ring en mitad de un combate entre dos bestias, como si su pequeño cuerpecito pudiese frenar algo que ni los árbitros se atreverían a tocar.
Se ha lanzado hacia nosotros sin pensarlo, sin medir el peligro que suponía para ella.
La forma en la que ha suplicado.
Cómo me ha mirado.
Y, joder…, esa voz.
No debería haberme puesto cachondo. Pero cuando mis dedos han rodeado su garganta fina y cálida, el momento en el que he sentido su pulso desesperado bajo mi palma y su aliento ha chocado contra mi máscara mientras temblaba… algo se ha encendido dentro de mí. Algo oscuro.
La sangre de su hermano manchando su pálida piel.
Su obediencia.
El roce de su lengua contra mis dedos enguantados.
Y esas lágrimas que no ha podido contener…
No sé si quiero arrancarle la cabeza o volver a encerrarla entre mis manos para obligarla a mirarme otra vez. Y ese pensamiento me envenena, porque ni siquiera conozco su nombre, solo sé que es la hermanita secreta del traidor.
Los esfuerzos de Lucian por mantenerla escondida de mí se han ido a la mierda, y solo por eso, sonrío.
Subo al coche y cierro la puerta con tanta fuerza que el cristal tiembla, me paso las manos por la cara, intentando normalizar mi respiración, pero mi pulso sigue acelerado, no por la droga —que ya apenas me afecta—, sino por la rabia contenida.
El motor ruge cuando lo enciendo, un sonido que normalmente me calma, pero que hoy apenas logra evitar que destroce el volante mientras conduzco a toda velocidad.
En el retrovisor, mi reflejo me devuelve la mirada en cuanto me quito la máscara: sudor en la frente, las pupilas aún ligeramente dilatadas y la mandíbula tan tensa que siento que me podría romper un diente de un puto apretón.
Bajo todo eso…, la excitación que me ha provocado tener su vida entre mis manos.
—Joder —gruño, golpeando una y otra vez el volante—, joder, joder, joder.
El paisaje nocturno se difumina en un borrón, los semáforos ya no existen y la ciudad desaparece, lo único que queda soy yo y este incendio interno que no se apaga.
Cuando llego a la entrada de la mansión, las luces frontales se encienden al detectar mi presencia, bañando el camino de piedra con un brillo elegante que normalmente me resultaría reconfortante.
Al entrar, me invade el olor a madera, cuero y vergüenza.
Y entonces mi teléfono vibra. Una, dos, tres veces. Miro la pantalla y me palpita la vena del cuello. Contengo el impulso de tirar el móvil contra la pared.
—¿Qué quieres, padre?
Su voz suena como siempre: calmada, fría y condescendiente cuando me responde.
—¿Se puede saber dónde estabas? Llevas toda la noche sin contestar y mañana a las nueve tenemos reunión con la junta. Es obligatoria y no quiero excusas. Hay temas del testamento del abuelo que deben aclararse antes de que cumplas los treinta.
Este hombre no sabe cuándo parar de tocarme los cojones…
—¿Ahora también controlas mi agenda? —escupo, avanzando por el pasillo con socarronería—. Qué sorpresa, no tenías suficiente con intervenir en todo lo demás.
—No empieces, Eiden. No estoy de humor.
—Yo tampoco —gruño—, pero aquí estamos.
—A las nueve —repite, como si fuera un puto mandato bíblico—. No llegues tarde.
Y cuelga sin despedirse, como siempre.
Me quedo mirando la pantalla del móvil durante unos segundos, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo se tensa hasta casi doler.
La reunión y lo que cojones pase ahora con el testamento del abuelo, el control, la obligación…
Agarro una de las sillas del comedor y la lanzo contra la pared, esta se hace añicos en el suelo, pero no es suficiente, nada parece serlo mientras sigo rompiendo cosas.
La noche avanza sin que pueda domarla, cada hora me muerde los talones recordándome que, por mucho que me esfuerce, no consigo apagar la furia que me arde por dentro.
Duermo poco, apenas un par de horas, un sueño tan agitado que me levanto sudando y con los puños cerrados, como si siguiera luchando contra la traición dentro de mi cabeza.
Me ducho con agua helada para ordenar mi respiración, pero ni eso consigue calmar la electricidad que recorre mis músculos, esa electricidad que solo aparece cuando estoy tan cabreado que ni siquiera soy consciente de dónde está mi límite.
No desayuno. No quiero, la mandíbula aún me duele de tanto apretar los dientes al pensar en la reunión. Recuerdo la voz de mi padre y su forma de dar órdenes como si yo siguiera siendo un adolescente al que puede moldear a su antojo.
Y pienso en ella, sin tener ni puta idea del porqué.
Su imagen me ha perseguido toda la noche, esa mirada que parecía una mezcla imposible entre miedo, desafío y algo más oscuro, algo que no debería provocarme nada más que desprecio…
, pero que, por alguna razón que no quiero analizar, se ha quedado grabado en mi mente como un tatuaje reciente, como si su perfume avainillado se hubiera impregnado en mi piel a pesar de que apenas la toqué.
Salgo de la mansión con un traje Armani negro e impecable, diseñado para que la junta vea lo que necesita: poder, control y precisión. La máscara del hombre perfecto que no se quiebra. Por desgracia esta no puedo quitármela tan a menudo como la de Leyenda.
Subo al coche y conduzco hacia el edificio principal de Ashford Security: uno de los rascacielos más vigilados de todo el país, una estructura de vidrio y acero impecable.
Cada vez que entro, siento que estoy entrando en mi reino, pero hasta que cumpla treinta, sigue siendo una corona que no puedo ponerme sin que mi padre me coloque una mano encima del hombro para recordarme quién manda.
Las puertas automáticas se abren con un susurro suave cuando me detectan y me hacen un escaneo ocular.
El mármol blanco del vestíbulo brilla bajo las luces frías, y las pantallas laterales proyectan cuadros de nuestros mejores gráficos, cifras, informes…
Todos ellos alimentados por los algoritmos que yo mismo diseñé.
Este es mi legado, los frutos de mi trabajo, pero no mi empresa.
No todavía.
Al llegar a la planta cuarenta y dos, donde se encuentra la sala de juntas, noto el murmullo apagado al otro lado de la puerta y entro sin molestarme en disimular mi disgusto.
Mi padre está en la cabecera de la mesa, me observa con esos ojos negros tan parecidos a los míos. Parece muy tranquilo, más que satisfecho, como si supiera que me tiene justo donde quiere.
—Llegas justo a tiempo, hijo —dice con un asentimiento rígido.
—Claro —respondo, ocupando mi asiento a su lado—. Las convocatorias obligatorias son jodidamente importantes, padre.
Algunos miembros de la junta se remueven, incómodos ante mi contestación descarada, nunca he sido sutil.
La reunión comienza con temas irrelevantes, informes, porcentajes, decisiones estratégicas que me aburren tanto que el único motivo por el que no me levanto y me voy es porque sé que lo que viene es lo realmente importante.
Mi padre fija finalmente su mirada en mí.
—Tenemos que hablar del testamento de tu abuelo —escupe, y mi mandíbula se tensa al instante—. En especial, un punto que afecta directamente a tu sucesión.
Uno de los abogados abre una carpeta gruesa y desliza varios documentos por la mesa, entre ellos una copia amarillenta con la firma del viejo Ashford abajo, grande, temblorosa, inflexible incluso en su decadencia.
—Tu abuelo fue claro —comienza el abogado de mi padre—: para que el heredero principal pueda asumir la presidencia total de Ashford Security, debe cumplir una condición innegociable.
Lo suelta como si me estuviera leyendo una receta. Joder con el misterio…
—Debe estar casado.
Espera, ¿QUÉ?
La palabra se extiende por la sala como un disparo silencioso. Algunos miembros evitan mirar directamente hacia mí, otros contienen la respiración esperando mi reacción, y mi padre continúa hablando, como si no hubiera acabado de dejar caer una bomba en mitad de una habitación llena de gas.
—Creía que ya lo sabías —añade, con esa frialdad suya que siempre me han dado ganas de romperle algo cerca, muy cerca—. Pero como te niegas a involucrarte en los asuntos familiares, aquí estamos.
—Estar casado —repito, con la voz tan baja que parece un gruñido.
—Sí —asegura el abogado—. Tu abuelo insistía en que, al ser una empresa creada por él y por su esposa, el valor de la unidad familiar debía mantenerse en cada generación. Decía que la seguridad comienza en casa y que quien aspire a ofrecérsela al mundo, debe saber sostener la suya.
Cierro los ojos un segundo, solo un segundo, y mi cabeza empieza a trabajar, procesando todo lo que ha ocurrido en menos de veinticuatro horas.
Lucian y su traición. Su hermana entrando en el ring sin retroceder, sus ojos clavados en los míos, su cuello caliente en mi mano y mis dedos ensangrentados en su lengua.
Un matrimonio, una condición y una venganza que no piensa esperar.
Respiro hondo y sonrío cuando la unión de todo eso hace clic. Abro los ojos y toda la junta se tensa, porque sé que mi expresión no promete nada bueno.
—Así que más te vale empezar a pensar en ello —añade mi padre con un suspirito de lo más molesto—. No vas a heredar nada hasta que cumplas con ese requisito.
Sonrío falsamente y me quito una pelusa inexistente del traje, sabiendo que ninguna norma u obstáculo me impedirá jamás conseguir lo que es mío.
—Perfecto—anuncio para todos los presentes—. Entonces… tenemos una boda que organizar. Me caso.
Mi padre arquea una ceja.
—¿Qué? ¿Con quién?
No le respondo, pero sé exactamente con quién.
Mi venganza perfecta servida en bandeja, ¿qué mejor forma de destruir a Lucian que formando parte de lo único que aprecia? Debe quererla mucho si se ha molestado tanto en ocultarme su existencia durante todo este tiempo.
Interesante…
No digo una sola palabra más, así que la reunión termina entre murmullos tensos, papeles moviéndose y sillas arrastrándose.
Mi padre cree que ha ganado, que ha conseguido sacar a relucir esto en el último momento y que conseguirá controlarme unos años más.
Pero hay algo que no sabe, la condición del matrimonio no es un obstáculo, es una oportunidad.
Una que no pienso desperdiciar.
Y es curioso, porque debería estar enfadado, debería estar maldiciendo la memoria de mi abuelo y la estupidez anticuada de sus valores familiares, debería estar pateando puertas y rompiendo mesas; pero, por primera vez desde anoche, siento que la rabia empieza a ordenarse.
Se estructura, se vuelve útil y salgo de la sala sin mirar a nadie.
Yo siempre he funcionado con caos, con intensidad y con violencia precisa, quizá por eso la palabra «matrimonio» no me asusta, es solo otra forma de control, de conseguir lo que quiero.
Y, aunque racionalmente sé que todo debería reducirse al odio que siento por su hermano, que debería estar imaginándome mil formas de destruir al bastardo de Lucian, de arrastrarlo por el suelo y convertirlo en un ejemplo de lo que pasa con los que me traicionan, mi mente no va hacia él.
Va hacia la lobita.
Si para heredar necesito casarme, entonces me casaré de una forma que mi abuelo jamás habría imaginado. Porque el matrimonio que voy a elegir no será un símbolo de estabilidad, será un arma. Y el apellido Crowley quedará atado a mí, a mi voluntad y a mi control para destruirlo.
Una sonrisa lenta y oscura adorna mi rostro, porque acaba de empezar algo que nadie será capaz de detener.
Joder, como voy a disfrutar con esto.