Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—No te lo tomes así, uno de los dos debe llevarse la corona —explica mientras se levanta la máscara unos centímetros y evalúa la sangre de su labio partido.

Se pone de pie con socarronería y temo desfallecer aquí mismo—.

La gente está empezando a sospechar, ¡pero eres tan cabezón que convencerte con palabras habría sido imposible!

Y así, sin más, estoy segura de que Leyenda va a cumplir su amenaza al ver cómo mi hermano asume haberlo drogado, algo que no comprendo pero que, desde luego, me parece fatal.

—Estupendo, entonces que queden claras dos cosas —amenaza, acercándose peligrosamente a su cara; las máscaras se encuentran a un milímetro de tocarse—: primero, desde este momento no somos socios, mucho menos amigos, estás fuera del club y pienso destrozarte a ti y a toda tu puta familia.

Segundo, sí que va a haber solo un ganador, pero ni drogándome vas a ser tú.

Mi hermano retrocede ligeramente al comprender que, sea lo que sea lo que le ha dado, no ha conseguido frenarle como esperaba, y si sus movimientos parecían ralentizados, ahora, con toda la rabia que emana de su cuerpo, eso parece haberse extinguido.

Entonces todo explota.

La gente se vuelve completamente loca viendo como los puñetazos impactan cada zona del cuerpo de mi hermano y cómo la sangre que sale de su boca se dispara con tanta fuerza que me salpica en la mejilla.

A las locas de al lado parece gustarles. Cuando también les cae a ellas, juraría que quieren conservar su sangre en un botecito y venerarla hasta su último aliento.

El sádico de mi hermano sonríe, y ahora que su máscara ha quedado ligeramente levantada por los golpes, Leyenda puede verlo tan claramente como yo, y esto parece enfurecerle con más ahínco.

Empiezo a hiperventilar viendo como ese animal propina tantos golpes como le viene en gana, estoy segura de que esto ni siquiera es legal, pero al árbitro parece importarle una mierda.

Y no puedo quedarme de brazos cruzados.

Maya tira de mi brazo con una fuerza excesiva cuando me lanzo hacia adelante sin pensarlo siquiera, pero ni ella ni Sebastián son capaces de detenerme cuando la preocupación y el miedo toman el control de mi cuerpo.

No hay vuelta atrás.

Leyenda tiene sujeto a mi hermano por el cuello cuando me cuelo dentro del cuadrilátero sin dudarlo, ganándome así los abucheos del público, pero no me importa.

Ellos no parecen darse cuenta de mi presencia, no hasta que otro puñetazo en la mandíbula manda a Lucian al suelo y entonces puedo meterme en medio.

Y lo que veo me hiela la sangre, se me paraliza el cuerpo entero y mi respiración se corta.

Leyenda chasquea tres veces los dedos y, entonces, la mayor parte de la iluminación del cuadrilátero se apaga, dejándonos casi a oscuras.

Ya no pueden vernos con claridad, y sé a ciencia cierta que eso no es algo positivo.

Se acerca a mí con pasos lentos, como un cazador evaluando lentamente a su presa, y cuando se coloca delante de mí, sin dudar, me sujeta por el cuello y se me hace imposible poder respirar ni apartar mis ojos de los suyos.

—Por… por fa… por favor —consigo decir al fin, haciendo que afloje su agarre lo justo como para poder hablar—, para, por favor, es mi hermano, te lo suplico… Lo vas a matar.

Mis súplicas parecen no importarle, pues mientras el árbitro, por fin, va a socorrer a Lucian, él no me suelta.

Me mantiene en esta posición y tengo que ponerme de puntillas para no ahogarme. Su cuerpo desprende tantísimo calor que el mío parece estallar en llamas mientras sus ojos lo contrastan con un frío digno del más tormentoso invierno.

Y entonces, con la otra  mano, se levanta un poco la máscara, permitiéndome apreciar la incipiente barba de dos días y unos labios carnosos. A diferencia de mi hermano, él no tiene sangre en la boca, pero no por ello su sonrisa resulta menos siniestra.

—Vaya vaya… —susurra al oído, provocándome un estremecimiento mientras inhala el olor afrutado de mi pelo—. Mira lo que tenemos aquí, una lobita sacando los colmillos.

Su risa oscura y penetrante se cuela debajo de mi piel y me tensa los músculos.

Siento la sangre tibia de mi hermano todavía resbalando por mi mejilla, él parece fijarse en cómo desciende por mi pálida piel y, con dos dedos, recoge las gotas. Con determinación, los sostiene delante de mis labios, casi rozándolos.

—Abre —ordena, sin levantar la voz, para que solo yo pueda oírlo.

Intento apartar la mirada hacia mi hermano, pero no puedo moverme, solo escucho al árbitro, que le retiene comprobando su estado físico.

Desvío de forma débil la mirada hacia el público, pero los seguratas no permiten que nadie se acerque después de que yo me haya colado.

Escucho a Maya insultar sin cesar, pero no consigue pasar para rescatarme.

Su mano se aprieta más contra mi garganta, obligándome a posar de nuevo mi mirada en la suya.

—He dicho que abras la boca, lobita.

Sus dedos se apretujan contra mis labios y al final no me deja más remedio que obedecer.

Cuando recorren mi lengua, la sangre espesa y metálica me estalla en la boca.

El amargo sabor se mezcla con el cuero de sus guantes ajustados y mi saliva, haciendo que se me revuelva el estómago y se me salten las lágrimas.

Asiente y me observa como si acabara de descubrir algo fascinante.

Me suelta de golpe y casi me caigo al suelo, estabilizándome a duras penas, y entonces, sin dudar, corro hacia mi hermano.

Miro sus heridas y le lanzo a Leyenda una mirada de odio, pero él no me está mirando a mí, como si lo que acabara de hacerme no fuera lo más sádico y pervertido que nadie me haya hecho jamás. Joder, que me ha obligado a lamer la sangre de mi hermano después de casi matarlo.

—Conque una hermana, ¿eh? Esto no ha acabado —le asegura a Lucian—. Voy a destruirte.

No le da tiempo a formular una respuesta, a mí tampoco. En un parpadeo, se ha bajado del cuadrilátero y se ha marchado, el árbitro lo considera un empate ya que ninguno ha podido acabar el combate por mi culpa.

Joder…

¿Qué cojones acaba de pasar?